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Qualia

Capítulo 1

Nunca un humano

Sábado, 07 de Junio 1947.

Cuando Vicente entró a la casa, los otros invitados comenzaron a susurrar, lanzándole miradas que parecían escupitajos.

A sus doce años, Vicente había sido visto en varias ocasiones sentado, con el cuerpo tenso, la cabeza levantada y la mirada perdida, mientras sujetaba cerca de la barbilla el cuerpo inerte de algún animal: a veces una gallina, alguna liebre o cualquier otra desafortunada víctima. Peor aún, algunos afirmaban que se podía percibir en su rostro una leve sonrisa.

Su naturaleza rebelde y agresiva le cerró las puertas de la única escuela del pueblo y le granjeó el rechazo de familiares y amigos, por lo que solía vagar solo cuando no estaba ayudando a sus abuelos en las labores del campo.

Esa noche acompañó a Francisco y Genoveva, sus abuelos, a la casa de Rogelio, quien era hermano de Francisco, para celebrar sus cincuenta años de vida.

Era el mes de junio del año 1947. La luz eléctrica comenzaba a llegar al centro de ese pueblito en el bajío de México, por lo que esa noche el cielo era un manto de estrellas.

Genoveva le ajustó la camisa de franela blanca, que era utilizada en fechas especiales. «Hoy será diferente, verás que vas a conocer amigos nuevos», murmuró, más para convencerse a sí misma que a él. Francisco, desde la puerta, evitó su mirada; sus manos callosas, apretadas en un puño de impotencia.

La fiesta bullía. Vicente se quedó al margen, observando cómo un primo menor tropezaba y, entre lágrimas, era recogido y mecido en el regazo de su madre. Ese simple acto le provocó un vacío en el estómago, un eco lejano de un perfume a gardenias y una voz que ya no recordaba.

El rasgueo estridente de las guitarras le taladraba los tímpanos. Cada risa era un recordatorio que dolía.

La irritación por el goce ajeno lo desplazó hacia la oscuridad de la parte trasera del terreno, donde la luz de la fiesta se convertía en penumbra que invitaba a las jóvenes parejas a momentos de privacidad. Avanzó a lo largo de la barda de piedra encimada que delimitaba el enorme terreno, pasó frente a la nopalera hasta llegar al gallinero. El aire olía a tierra húmeda y plumas. Allí, en la quietud, la compulsión despertó, inspirada por las miradas de desaprobación que percibió al llegar a esa casa. Había prometido a su abuela que se portaría bien, pero su mano abrió la puerta para poder entrar lentamente.

Para las personas, Vicente era un niño que mataba animales por placer, «el que le sonreía a la muerte». Pero en realidad no tenían la menor idea sobre sus verdaderos motivos.

Desde muy niño se dio cuenta, por experiencia y por instinto, de que tenía una facultad sobrenatural. Al matar a un animal podía capturar su alma y recorrer toda su vida como si fuera propia. Su conciencia se perdía desde varios minutos hasta horas, experimentando lo que era vivir como un animal. Ese ritual era una especie de comunión inter-especie que le resultaba mucho más interesante que sus propias experiencias monótonas, las cuales se fueron llenando de rechazo y apatía con el paso de los años.

Nunca un humano, se decía desde que comprendió que tras cada muerte de un animal quedaba exhausto, con una «resaca emocional» de las vidas robadas. La complejidad y compatibilidad del alma humana podría capturarlo en un laberinto emocional del que no podría escapar. No debía matar a un humano; al menos hasta que lograra controlar su don.

A los cinco años, sus abuelos habían tratado de quitarle esa maña, explicándole que los animales se mataban solo para comer; matar por entretenimiento era una aberración. Cuando eso no funcionó, intentaron con castigos y golpes, pero nada daba resultados. Cuando le preguntaban por qué lo hacía, solo se encogía de hombros al no sentirse capaz de explicárselo.

¿Cómo decirles, con su limitado lenguaje infantil, que el abandono de sus padres había dejado en él una sensación de rechazo e inseguridad? ¿Cómo decirles que al explorar la vida de los animales se había encontrado con unas emociones extremadamente fuertes de amor y protección hacia sus crías? No comprendía cómo sus padres, siendo humanos, pudieron abandonarlo. ¿Cómo decirles que ver familias celebrando cumpleaños le provocaba una envidia que se convertía en dolor?

Había pasado como media hora cuando, alrededor de Vicente, yacían los cuerpos sin vida de varias gallinas mientras él permanecía con la cabeza levantada en el trance.

Anselmo, su primo diez años mayor, lo encontró allí. El espectáculo dantesco de las gallinas muertas y el niño sentado en el suelo, con la mirada perdida en un éxtasis macabro, hizo que su enfado estallara. El puñetazo certero contra la mandíbula de Vicente fue un cataclismo.

Fue como ser arrancado del vientre caliente de una madre y arrojado a un mundo gélido y hostil. El dolor fue un rapto violento. Vicente cayó de espaldas sobre la tierra que manchó su ropa blanca, y al abrir los ojos, la rabia que lo invadió no fue la de un niño, sino la de docenas de almas animales interrumpidas en su momento más sagrado. Una furia metafísica.

—¡Monstruo! —gritó Anselmo.

Y entonces sucedió. Su mirada, aún nublada por el éxtasis de la muerte, se clavó en su primo. No era una mirada de odio humano, sino la mirada fija e hipnótica de un depredador. Anselmo, que se disponía a regañarlo, se quedó paralizado. La voz se le atoró en la garganta. Los ojos de Vicente, profundos como pozos nocturnos, parecían absorber su voluntad. Era una hipnosis nacida del trance, un último y terrible poder residual de las almas que había absorbido.

Anselmo se paralizó. El terror le inundó los ojos. Sus manos, temblorosas, intentaron levantarse para obstruir la mirada al sentir como si, a través de ella, su alma comenzara a abandonar su cuerpo, acercándose peligrosamente a un horizonte sin retorno.

Vicente, desde el suelo, lo observaba, impasible, sintiendo cómo la conciencia de Anselmo se remolineaba de miedo y confusión: intentaba absorberlo.

Anselmo cayó desmayado. Vicente se levantó y se sentó sobre su pecho. Sus manos encontraron el cuello. Nunca un humano, pensó una vez más, mientras sus dedos apretaban. Un sudor frío le recorrió la espalda. Sus manos ya no le pertenecían. Parecía como si su cuerpo exigiera venganza, como si el trance estuviera adquiriendo voluntad propia. Tenía miedo, miedo de sí mismo, miedo de perderse.

Un pánico helado se mezcló con la rabia: estaba adentrándose en el océano prohibido y estaba a punto de ahogarse.

Nunca un humano, le gritó el subconsciente, pero no podía dejar de apretar.

—¡Vicente!

El grito de Genoveva tirando al suelo el plato de comida que le llevaba. Corrió a rescatar a Anselmo, su rostro distorsionado por el horror. Sus manos tiraron de él, pero era inútil. No podía separarlo.

Un impacto brutal en la espalda lo despegó de Anselmo y lo lanzó de cara contra la tierra. Chuy, el hermano menor de Anselmo, lo había empujado con la fuerza de la desesperación.

El instinto de autopreservación de Vicente venció a la rabia y lo sacó del trance, permitiéndole ver el caos en el que estaba metido. Cuerpos de gallinas, el cuerpo de Anselmo, su abuela más furiosa que nunca y un primo que intentaba capturarlo.

Su mirada se cruzó con la de su abuela. Le había prometido que se portaría bien. Era la primera vez que le rompía una promesa y, en esa fracción de segundo, se propuso que nunca más lo haría. Ya no era la mirada hipnótica del depredador, sino la de un niño aterrado por haber sondeado el abismo que tenía dentro. Había cruzado un umbral que ni él mismo sabía que existía. Con agilidad felina, salió corriendo del corral, derribando a Rosita, quien había corrido tras su novio al escuchar los gritos de Genoveva. Siguió corriendo hacia la oscuridad a pesar de que había perdido sus guaraches en el proceso, mientras Chuy trataba desesperadamente de reanimar a su hermano.

Se detuvo por un momento bajo un mezquite para espiarlos, nervioso, aterrado, hasta que escuchó el sonido de Anselmo tosiendo, vivo, pero irrevocablemente quebrado. Genoveva se abalanzó hacia el cuerpo tendido para darle un abrazo muy fuerte, lleno de alivio, lleno de amor. Llorando porque la profecía de Francisco se había cumplido. Los golpes, sus rezos, sus intentos de domesticar aquel apetito oscuro habían sido inútiles. Su nieto ya no era solo el niño que le sonreía a la muerte. Era algo nuevo, algo mucho más peligroso. Su sombra era tan larga y oscura que podría eclipsar el hermoso brillo de las estrellas.

Vicente caminó débilmente, descalzo, refugiándose en la oscuridad hacia donde la música y el aroma de la comida se desvanecían, limpiando la sangre de su labio inferior y el polvo de su rostro con la parte interior del cuello de su camisa revolcada y añorando el abrazo que nunca nadie le había dado...

..."

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Rey David

Capítulo Diecisiete — La Pregunta

Llegaron al amanecer.

No hicieron ruido. No corrieron. Solo un golpe. Practicado. Inevitable.

Morales llegó primero al sótano. No abrió la puerta. No hacía falta. El sacerdote ya estaba de pie. Hombros rígidos. Como si hubiera esperado esto toda su vida.

—Yo voy —dijo.

—No —dije. Mis manos ardían. Picaban. —Vinieron por mí.

La puerta se abrió igual.

Gray Coat entró. Como si siempre hubiera sido suyo el lugar. Cuarentón. Ojos tranquilos. Zapatos limpios que daban confianza.

Detrás, Jones. Jones no me miraba. Ahí supe. No era la placa. Ni la vergüenza. Ni la cojera que desapareció. Eran las manos. Cerradas. Apretadas. Como si soltar algo fuera a romperlo todo.

—Lo siento —dijo—. No sabía… no se suponía… esto no… —

Gray Coat levantó un dedo. Jones se detuvo. Demasiado tarde. Gray Coat me miró. De verdad. No mis manos. Mi cara.

—David —dijo suave—. Has ayudado a mucha gente. No respondí.

—Pero no a todos —continuó—. Eso te hace interesante.

Se acercó. Un paso.

—Dime —dijo—. ¿Por qué no curaste a su hija? Jones se estremeció. La habitación se encogió. Mis manos se enfriaron.

—Porque —dije— no funciona así. Gray Coat sonrió. Esperaba eso.

—¿Cómo funciona entonces?

Pensé en la paloma. El viejo. Wanita, temblando, limpia. El niño en la escalera. Jones agarrándome. La hija. Intacta.

—No responde al dolor. Ni al miedo. Ni al deseo. Gray Coat inclinó la cabeza.

—Responde a quién eres —dije— cuando nada te es quitado. Cuando no intentas usarlo. Ni cambiarlo. Ni ganarlo.

Jones murmuró mi nombre. Lo miré. De verdad.

—Y no funciona —dije— con quienes piensan que el amor es manipulación.

Silencio. La sonrisa de Gray Coat se mantuvo. Pero algo detrás se endureció.

—Fascinante —dijo.

—No es un milagro —dije—. Solo un espejo. Jones retrocedió. Como si lo hubieran golpeado.

—Mi hija —dijo, ronco—. Solo quería…

—Lo sé —dije. La peor parte. Gray Coat se acomodó el abrigo. —Entonces tendremos que encontrar la forma de cambiar el reflejo. El sacerdote dio un paso. Morales lo siguió.

Por primera vez, mis manos no ardían. Esperaban.

Capítulo Dieciocho — Lo Que Te Llevas

Jones no durmió.

Se quedó en el coche frente a la iglesia. Hasta que el cielo se volvió gris. Manos sobre las rodillas. La cojera volvió. Fuerte. Dolorosa. Cada paso recordándole lo que hizo.

Vendió a un niño. No por dinero. Ni poder. Por esperanza. La esperanza. La peor excusa de todas.

Volvió al hospital. Pie de su cama. Respiraba. Distante. Inocente.

—He roto algo —susurró—. Y no eras tú. Por primera vez, no pidió un milagro. Se dio la vuelta. Salió. Cojeando. Humano.

En el rectory, el sacerdote empacaba despacio. No ropa. No papeles. Solo lo esencial. El libro fino. El rosario gastado. Un papel con un nombre y un lugar.

—Sé de un sitio —dijo—. Lejos. Tranquilo. Sin hospitales. Sin registros. Morales se apoyó en el marco.

—Tiene quince años.

—Lo sé.

—Te odiará.

—También lo sé.

El sacerdote la miró. —No se detendrán. Viste a Gray Coat. No quiere el poder del niño. Quiere definirlo.

Morales tragó saliva. —¿Y David?

Suave ahora. —David no sabe que la seguridad a veces parece exilio.

Me senté en el catre. Rodillas al pecho. Escuchando. Lo supe. Algo terminaba. El sacerdote se arrodilló frente a mí. —David —dijo—. Tal vez deba llevarte a otro lugar. —¿Huir? —pregunté. —Proteger.

Pensé en Wanita. El niño de la escalera. La hija de Jones. Dormida. Intacta.

—No quiero desaparecer. —Lo sé. —No quiero estar escondido como… una cosa.

—No lo estarías —dijo—. Te protegerían.

Miré mis manos. Cansadas. Nada. Ni fuego. Ni frío. La puerta se abrió. Jones estaba ahí. Solo.

Morales se tensó. El sacerdote se levantó a medias. —No vengo por él —dijo Jones—. Vengo porque le debo.

Avanzó. Cojeaba. Lento.

—Le dije al hombre equivocado —dijo—. No puedo deshacerlo. Pero puedo retrasarlos.

El sacerdote lo estudió. —¿Por qué?

Jones me miró. —Si lo único que mi hija aprende de mí —dijo, rompiéndose— es que finalmente elegí bien, tal vez eso valga más que un milagro.

Sacó algo de la chaqueta. Lo puso en la mesa. Placa. Tarjeta. Un nombre.

—Vendrán esta noche. No ruidos. No rápido. Pero vendrán. Mis manos se calentaron. Apenas. No curadas. Solo reconocidas. Jones se enderezó. Dolor en cada línea.

—No me debes nada, chico —dijo—. Ya tomé demasiado. Se dio la vuelta.

—Jones —dije. Se detuvo. —Espero que despierte —dije. Él también. Nada se curó. Algo sostuvo.

Epílogo — Lo Que Espera

La iglesia era más vieja de lo que parecía. Piedras lisas de manos que olvidaron por qué tocaban. Velas bajas aun de día. Aire de polvo, cera, lluvia.

Me senté en el último banco. Aprendí a quedarme atrás. Escuchar. Dejar que el silencio me encuentre.

El sacerdote estaba unas filas adelante. Cabeza inclinada. Rezando como si nunca terminara las palabras.

No curé a nadie. No ese día. Dejé de perseguir reglas. Dejé de preguntar lo que el don nunca contestó. Se movía solo. Como el dolor. Como el clima. Como la marea.

A veces, tarde, lo sentía. Suave. Lejano. Tirando. No lo seguí. Afueras, ciudad. Sirenas. Pasos. Vidas rozándose sin tocarse. Crucé las manos. Esperé. Lejos, Chicago. Una máquina se agitó. Una enfermera levantó la vista.

La niña se movió. Apenas. Humedad en el ojo. Los dedos se movieron.

Lento. Inseguro.

Abrió los ojos.

..."

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Capitulo Veinticuatro: Elisium, el Dolor del cosmos

Hay planetas que la historia olvida y planetas que la historia no puede soltar. Elisium fue de los segundos.

No por su belleza ni por sus recursos ni por su posición estratégica, aunque la República tenía razones para valorar las tres cosas. Elisium fue inolvidable por lo que ocurrió en él, por lo que se rompió ahí que nunca volvió a soldarse del todo, por el peso específico de ser el lugar donde dos ideas sobre el universo se encontraron por primera vez con las armas en la mano. La flota imperial llegó sin anuncio previo.

No hubo ultimátum ni declaración formal. El procedimiento habitual que Dante había seguido en cada mundo conquistado durante los últimos años, la palabra antes que la espada, la oferta antes que el fuego, no se repitió en Elisium. Algo en ese planeta desbloqueó una intención diferente, más directa y más brutal, como si Dante hubiera decidido que este mensaje no podía llegar con cortesía sino con claridad absoluta.

La maquinaria imperial se desató sobre el planeta con una ferocidad que sus propias tropas recordarían años después como algo distinto a todas las batallas anteriores. Ciudades que ardían desde los primeros minutos. Defenses terrestres que resistían con la desesperación de quien sabe que los refuerzos están lejos y el enemigo está cerca. Porque Elisium no era un mundo desprotegido.

Era un planeta colonial de la República, y como tal tenía apostados en sus cielos cruceros de batalla de la F.E.E.R. que respondieron desde el primer momento con todo lo que tenían. La resistencia fue real. Por primera vez en sus conquistas espaciales, el Imperio encontró una fuerza capaz de sostener el choque durante horas sin quebrarse. El aviso llegó a Hixtalis con la urgencia de lo que nunca había ocurrido antes. Una fuerza extranjera, desconocida, atacaba territorio republicano.

La respuesta vino de la misma comandante en jefe de la F.E.E.R. Mikahla Alhatomothir partió desde Hixtalis a bordo del Zero Valerias, uno de los tres cruceros de guerra construidos específicamente como naves insignia para los Pilares durante los años de estancamiento, la punta de lanza de una República que había pasado décadas consolidándose hacia adentro. Con ella viajaba Hazele Alhatomothir, la Deidad Suprema de la Luz, que llegaba con la intención que la había guiado siempre: detener el daño con palabras si era posible, con su lanza si no quedaba otra opción. El viaje desde Hixtalis duró horas a hiperveclocidad. Horas en las que Elisium seguía ardiendo.

Cuando el Zero Valerias salió del salto estelar y los sensores captaron lo que quedaba del planeta, Mikahla no dijo nada durante un momento largo. Desde el espacio, Elisium se veía como una herida. Las ciudades que habían existido esa mañana eran columnas de humo. Las naves del C.E.I. cubrían la órbita como una nube de metal. El Zero Valerias abrió fuego.

Lo que siguió fue la primera batalla real entre la República y el Imperio, no una escaramuza ni un malentendido fronterizo sino una guerra declarada en los cielos y en la tierra de un planeta que no había pedido ser el escenario de ninguna de las dos cosas. Naves cazándose en la atmósfera. Flotas enteras chocando en órbita con la violencia nueva de dos potencias que se medían por primera vez. Y en tierra, entre las ruinas humeantes de lo que había sido Elisium, el ejército imperial avanzaba sobre los últimos reductos de resistencia republicana con el Emperador a la cabeza. Fue ahí donde se encontraron.

No hay registro oficial de ese momento. Los testimonios de quienes lo presenciaron desde la distancia coinciden en los hechos básicos pero no en los detalles, y los detalles son exactamente lo que la historia hubiera querido conservar. Lo que se sabe es esto: en algún punto del campo devastado de Elisium, entre el humo y los cráteres y el metal retorcido de máquinas de guerra de ambos bandos, Dante Lorian y Hazele Alhatomothir quedaron frente a frente.

Se reconocieron sin dificultad.

Dante no había cambiado visiblemente desde aquella noche en Sulcalir cuando tenía veintiún años y el mundo que había conocido todavía existía. Los dioses no cambian de la manera en que cambian los mortales, y esa inmovilidad que en otro tiempo le había parecido una trampa ahora era simplemente lo que era. Hazele seguía siendo lo que siempre había sido, radiante con la luz que llevaba en la sangre desde antes de que ninguna de las civilizaciones que ahora se destruían a sus pies existiera.

Se dice que hubo palabras entre ellos.

Cortas. Nadie que las oyera las repitió con certeza, o quizás nadie que las oyera sobrevivió para repetirlas. Lo que sí quedó registrado es lo que vino después: una batalla que los libros de historia de ambos bandos llamarían con nombres distintos durante generaciones, hasta que el nombre que prevaleció fue el que nadie había elegido oficialmente sino el que surgió solo de la gente que intentaba describirla.

El Vals de los Príncipes.

Porque había algo en ese duelo que no era solo violencia. Era también reconocimiento. Dos seres que se conocían desde antes de que el universo tuviera guerras, enfrentándose ahora como los representantes más absolutos de dos ideas que no podían coexistir. La oscuridad que había aprendido que los mortales no necesitaban dioses. La luz que creía que los dioses podían ser mejores de lo que habían sido.

La espada maldita y la lanza de la portadora de luz.

Cada choque hacía temblar lo que quedaba de Elisium. No con el poder desmedido de quien intenta destruir al otro sino con la precisión terrible de quien ha combatido toda su vida y sabe exactamente cuánta fuerza necesita cada golpe. Ambos sangraron. Ambos retrocedieron. Ambos sostuvieron.

Al final se separaron por razones distintas.

Hazele porque la experiencia de Dante en batalla era mayor que la suya, forjada en guerras reales durante décadas mientras ella había pasado esos mismos años aprendiendo en la capital de una República que rara vez necesitaba que sus dioses pelearan. Dante porque el Zero Valerias y su flota estaban terminando con la suya, que llevaba meses de operaciones continuas sin descanso y no podía sostener ese intercambio indefinidamente.

Se retiró sin lamentarlo.

Lo que había venido a demostrar ya estaba demostrado. Elisium ardió hasta que no quedó nada de la presencia republicana en su superficie. El primer dominio divino de la República erradicado por la fuerza de un Imperio que había nacido en una taberna fría de un planeta que la República ni siquiera sabía que existía. La República de los Dioses tuvo que admitir, por primera vez desde su fundación, que al otro lado del universo había crecido algo que no podía ignorar.

Algo que venía hacia ellos.

Elisium no fue una batalla. Fue una declaración.

La primera vez en la historia del universo que la mortalidad se alzó contra la divinidad y no perdió.

No sería la última...

..."

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Lina llega, asustada, ve la puerta. Frente a ella solo ve un pasaje solitario con una reja oscura que deja tras de sí un misterio y duda de su futuro luego de ese día. Respira hondo. Se da valor y se dice ante sí: tú aceptaste, tú necesitas el dinero, ¿qué puede pasar…?

Las luces están a punto de encenderse, la tenue luz del día está apagándose, el frío y la tristeza están a punto de salir a las calles. Mira a todos lados, observa si alguien la ve, tal vez la persona que solo conoce por mensajes la observa. ¿Tal vez no solo es uno? ¿Tal vez es alguien que la conoce? Invade su mente la inseguridad, la duda, el miedo desea poseerla.

Lina creció en el campo con sueños apagados por la necesidad y la pobreza. Pasó una niñez feliz junto a sus hermanas y hermanos. Papá era un hombre rudo y trabajador, nunca sobró mucho pero siempre estaba la mesa con comida. Desde niños les enseñó a trabajar en el campo, a ver de dónde y cómo sale la comida que llena la mesa. Lina disfrutaba jugar con la tierra fresca, buscar gusanos después del descanso o almuerzo.

Hoy la comida fue papas sancochadas con queso de Lidia, la vaca que mamá cuidaba más que a nosotras, jijijiji, sonríe. La tierra fresca nos da gusanos fuertes que son el plato favorito de Pía, el pollito que adoptó como suyo Lina, dice. A Pía le gustan los gusanos, es su favorito, se los llevaré hoy, juntaré todo lo que quepa en mi mandil. Su madre la regaña. Sabes que Pía o como se llame será para el cumpleaños de tu padre, no te encariñes, es comida. Lo sé mamá, lo sé, pero igual la cuidaré hasta ese día.

Lina vivía el día a día, ya anteriormente había entendido que sus mascotas no eran para su felicidad sino para alimentar a su familia. Sus hermanos mayores ya estaban dedicados al campo, habían concluido la primaria y ya tenían que trabajar. Hoy ya mayores cada uno tenía sus roles en la chacra junto a su padre, ellos entendían que su futuro era inmediato y era el campo. Debían cultivar lo más que se podía aprovechando las temporadas de lluvias y sacar la cosecha para venderla y vivir del dinero durante el resto del año.

Ellos no quisieron seguir la secundaria, aunque Lina siempre les dice: ustedes eran burros, no nacieron para estudiar. El pico es su mujer y su lapicero, con eso hablan, piensan y viven. Sonreían al oírla y siempre la consideraban, al ser la menor, la preferida o la engreída. Le decían: cuando naciste viniste a casa envuelta en un ropón blanco, ahí dijimos serás la enfermera de mamá.

Lina desde que tuvo uso de razón sentía que era la más considerada de la casa. Cada vez que la felicidad asomaba fugazmente a la casa, siempre decían: Lina, todos somos campesinos, al menos alguien debe ser profesional. No te vayas a enamorar de alguien, ya te vimos algo encariñada con el hijo del vecino, cuidado y te embaracen y te quedes sola con tu hijo. Ya ves cómo estamos en la casa, las cosas que producimos solamente alcanzan para vivir, un hijo más nos llevará a la ruina.

Ella, sonriente y fresca dentro de su mundo de inocencia y candidez, respondía: ¿con ese feo? ¿acaso soy ciega? Todos recordaban que sabían reír, que en esos rostros duros por el frío y el sol aún se formaban sonrisas. Pero papá solo miraba seriamente, quizá amargado por la dura vida que le tocó pasar, quizá dudando que su autoridad y respeto se perderían con una sonrisa.

Aquí todos saben que quien no ayuda o quien tiene para mujer o varón debe irse, aquí alimentamos a quienes hacen algo, respondía secamente y todo en su entorno se congelaba.

Lina culminó el colegio, la única de la familia con más alta educación. No tenía enamorado, no tenía pretendientes, sea esto porque vivía lejos del pueblo o porque su padre era de temer por su duro carácter.

Papá, quiero seguir estudiando, le dijo en una de las comidas entre todos. Él la miró duramente como odiando ese momento que presagiaba iba a llegar y sin saber cómo afrontarlo. Algo lo consumía, la tristeza, la impotencia. Un frío viento entra por la cocina. No vas a poder estudiar, es difícil, además no tenemos dinero y sola siendo mujer te puede pasar algo. Aquí ayúdanos, hay mucho para hacer en la chacra. Te separaré una parte como a tus hermanos, ahí siembres, produzcas tu propio dinero y así cuando cualquier hombre se te acerque y pida tu mano siquiera tendrás para tus cosas. No pensarás irte con un hombre sin dinero en tus bolsillos.

Quería llorar, quería responderle. Decirle que no soy una campesina, que no moriré en una cocina sobre fuego y humo oliendo a comida con las manos llenas de hollín. Miraba a mi madre y cómo sufre día tras día para poder sostener a la familia, hacer cada día recetas de platos nuevos con los ingredientes que tenía a la mano. Comprar cosas en mi familia es algo que sucede poco. Sufrimiento puro es lo que denotan sus ojos llenos de ojeras y sus arrugas que entre ellas buscan lugar a falta de espacio. Su sufrimiento es la daga que empuja a huir de ahí.

Papacha, cuando nací me dijeron que vine de blanco, que sería enfermera, eso quiero ser. Cuidaré de ustedes. Aquí una mujer solo sabe cocinar y servir a un hombre, en la chacra se acaban rápido. Quiero estudiar, yo podré con los exámenes, me esforzaré. El instituto me enseñará a ser una mujer independiente con un destino distinto al de todas. Trabajaré allí, seré moza, seré limpiadora, seré lo que pueda conseguir para no hacerles gastar. Quiero ser como la señora Vilam que trabaja en el centro de salud. ¿Acaso ella no te ayuda cuando te enfermas? ¿Acaso ella no es buena cuando no tenemos dinero? ¿Acaso ella no recibe cosas cuando necesitamos medicinas? Trataré de ser como ella, me esforzaré.

Los días pasaron cual aguas surcan los ríos ondulantes y rápidos, sin que nadie diga nada, sin que nadie más hable del tema por días. Todo regresó a la rutina de siempre, como si la discusión de aquel día no hubiese existido, como si el calendario simplemente hubiera quitado aquel día de su listado.

Pasaron semanas hasta que el padre habló con Lina y le dijo que tendría una oportunidad, que si no podía que nunca más exija estudiar, que ella viaje a la ciudad, que averigüe todo y que le avise cuánto costará. Ella estalló de emoción, abrazó a su padre, lo que nunca era común en su familia. Se puso a llorar de emoción, aunque tuvo que disimularlo rápidamente antes que arruine todo, porque ante papá nadie debía llorar, porque sin razón nadie llora de tonterías, él lo decía. Ese día Lina nunca lo olvidaría porque fue el día que conoció la felicidad.

En el fondo sabía que si su hermano no la apoyaba ya estaría sudando frío en la chacra volteando la papa o moviendo el almuerzo. Se decía cómo una sola palabra bien dicha podía cambiarte el destino completamente. Ella en un universo paralelo habría vivido en el campo, en una chacra con su esposo, ayudándole a criar a los hijos, copiando lo que tiene de la chacra, viviendo necesidades, consolando a los hijos y satisfaciendo a su pareja sin expresar sus sentimientos o necesidades, sueños ni ambiciones personales; estaría muerta en vida cumpliendo su misión de madre directa al sacrificio de la muerte.

Lina viajó presurosa a la ciudad. Conocía solo lo que alguna vez fue con su padre a tramitar algunos documentos o vender sus productos. Era aventurera, no le temía a la ciudad y sus carros. Llegó hasta donde le dijeron que ya se bajara, preguntó y fue al instituto, aquel que la enfermera del centro de salud le había comentado donde estudió y pasó gratos momentos de su juventud. Imagina ella igual disfrutando de sus estudios, de sus salones, de sus enseñanzas, de sus vivencias con nuevas compañeras y compañeros. Se imaginaba la ciudad, conocer sus calles, vivir sola, buscar dónde vivir, eso la extasiaba y hacía que la sonrisa le fluyera cual vaso lleno de agua desbordándose sin poder contenerse.

Se enteró que el examen era pronto y que aún podía inscribirse y que su carrera que anhelaba tenía 25 vacantes y las clases empezaban de inmediato luego de la selección.

Volvió presurosa con las noticias, ansiosa de ya querer estudiar, de querer contarle a su familia que todo estaba encaminado para que ella estudie, que los astros la favorecían, que su tayta Dios la ayudaba. En la hora de la cena comunicó todo a su familia. La emoción con la que transmitía sus indagaciones hacía imposible que cualquiera, hasta papacha, pudiese objetar o quisiese poner trabas o desanimarla.

En la cama la madre callada solo oyó decir al padre que sentía orgullo de que su hija quisiera estudiar. Nunca imaginé que alguno de nuestros hijos pudiese siquiera terminar el colegio, me emociona saber que Lina quiere ser profesional. Será la primera hija de todos mis hermanos y los tuyos que al menos vaya a estudiar educación superior, sentenció ante la pasiva mirada de la madre que solamente asintió, sintiendo el peso del día sobre sus hombros y respirando cansancio.

Llegado el día del examen, Lina tuvo que ir de madrugada para poder entrar a tiempo. Se llevó su comida en su bolso para desayunar cuando llegue porque a ella le marea el carro. Llevó sus lápices y cosas que le pidieron, se fue muy emocionada e impaciente a ver de qué trataba el examen y si daría la talla para poder ingresar.

Postulantes, todos en orden, solo ingresarán con lápiz y borrador y su identidad, el resto lo dejan aquí en los corredores. Si alguien ingresa con notas, copias o algo indebido será expulsado del examen, pregonaba el tutor. La prueba será de 2 horas, solo respondan en las cartillas que se les brindará. Buena suerte.

Suerte es lo que necesitaré, veo mucha gente, espero no decepcionar a mis padres, sería terrible que no ingrese, esta es mi única oportunidad de salir de mi destino elegido por mis padres, se decía dentro de sí.

Pasaron las horas, terminó el examen. Se fue inmediatamente a su casa. No habló nada, nadie le preguntó, es más nadie siquiera recordaba que Lina había ido a la ciudad a dar su examen. Todos estaban enfocados en sus trabajos y quehaceres que ni recordaron dónde estaba Lina. Sus hermanos imaginaban que ella fue al pueblo a tramitar sus certificados, su padre pensó que estaba en la cocina ayudando.

El día terminó y ella frente a la radio buscando si ahí encontraría la noticia de los ingresantes, impaciente pero temerosa a la vez. Encontró la radio, tuvo que esperar a que den la lista. Cuando llegó la relación de su carrera, llegó al número 22 y aún no estaba su nombre. Sentía salir las lágrimas y entregarse a la depresión porque a esas alturas ella ya se sentía derrotada. Dentro de sí se decía que aquella respuesta no era, que la correcta era otra, que por qué no lo cambió. Deseaba apagar la radio y ahogar esa pena en su soledad.

Puesto 23, no es ella. Estaba todo echado, no había ingresado, repetía. Debí estudiar más, debí ir al establo y ahí haber estudiado con la lámpara.

Finalmente llegó el número 25 y ahí estaba Lina, era su nombre finalmente. No sabía si gritar y despertar a todos y darles la buena nueva, pero ella decía, si hago eso me golpearán porque todos al día siguiente deben trabajar temprano. Calló su grito de emoción, las lágrimas ya estaban fuera pensando en que no ingresó, ahora se convertían en lágrimas cristalinas de felicidad. Se decía: seré la enfermera como mis padres me sentenciaron cuando nací.

A la mañana ella se levantó primero, esperó a todos con el fogón encendido, esperando que alguien pregunte cómo le fue en el examen para ella decirles que lo logró. Primero apareció la madre cansada, entró y le dijo: ¿qué cocinaremos? Quaker con papas cocinadas, mamá, respondió. Su madre no habló más hasta que todo estaba ya listo. Ahí gritó: ya está listo.

Al rato todos se acomodaron en la cocina a desayunar. Lina dentro de sí pensaba, alguien recordará en preguntarme, aún podré hacerlos sentir feliz con mi noticia. Se sentaron todos, se sirvió la comida, nadie dijo nada ni le preguntaron. Papá dijo: hoy quién subirá a soltar el agua de la sequía. El hermano respondió: yo lo haré.

No se sintió triste, conocía a su familia cuando distraídos y cansados estaban por los trabajos de la chacra. Saben, les quiero decir que ayer fue el examen y ingresé para enfermería, le avergonzó decirles que fue la última, se dijo así ese será mi secreto.

Todos en la casa volvieron la cara hacia donde Lina. Se asustó. Después aquellas rocas sin expresión esbozaron una sonrisa. El hermano mayor dijo: felicitaciones hermana, cuando trabajes nos mantendrás, espero. Ella sonrió. Su padre solo le dijo que se esfuerce, que esto recién empieza y que serán unos años de mucho sacrificio y esfuerzo.

Papacha, trabajaré, ya vi donde estudiaré, cerca hay un mercado, ahí venderé algo, no te fallaré.

Por primera vez supo que era orgullo de su familia, aquella niña, aquella pequeña que todos decían solo causaba travesuras y problemas, hoy era quien daba un minuto de felicidad.

Iniciadas las clases, ella se fue cargando sus costales con sus ropas, sus abrigos. Se decía: no podré comprar nada, llevaré todo lo que necesite.

Fue a vivir a casa de una vecina cuya hija vivía en la ciudad y tenía cuartos que podía alquilar; quedaba cerca de su instituto. Ilusionada, decoró su cuarto, colgó sus horarios, alistó su pequeña cocina a leña en el patio, ordenó su ropa, limpió sus zapatos del barro de la chacra y se dijo a sí misma que no regresaría mientras no terminara su carrera.

Pasaron los meses. Avanzó con sus clases, sus exámenes, sus trabajos. Lina había cambiado, era mucho más responsable e independiente. Ya no lloraba por sus hermanos o sus padres; sabía que estaba allí porque necesitaba estudiar. El dinero que le mandaban lo guardaba entre sus ropas y lo usaba de manera muy medida; solo servía para pagar su comida, su cuarto y sus materiales de estudio.

Se decía: ya luego compraré, está rico, pero puede esperar. No exigía más dinero a sus padres, sabía que no se lo darían. Trabajaba en el mercado limpiando verduras; no ganaba mucho, pero le entendían con sus horarios y eso le gustaba.

El dinero siempre era justo. Siempre debía renunciar a algo antes de que llegara la remesa del siguiente mes. Sus necesidades se llenaban con sus estudios, que la hacían sentir feliz. Se decía que la vida era como una casa de muchos pisos y que cada semana era un escalón más que subía para llegar a la meta.

Lina tiembla y se cuestiona si es el camino que desea tomar. Se dice a sí misma si el chico que conoció y le propuso dinero será como menciona, seguro y discreto. Ha sopesado todo lo que necesita y se ha visto rodeada, sin salida alguna.

Toma valor y regresa de lo que se alejaba, y se dice que si no lo hace siempre huirá de cualquier reto de igual manera. Ella nunca entró a un hotel, pero el chico ya le indicó cómo hacer.

Toca la reja. Le preguntan a dónde irá. Responde, agachada y avergonzada, que ingresará al cuarto 304. El conserje, viejo y acostumbrado a ver estas escenas, la ve y abre la puerta. No le dice nada, solo abre y ella ingresa. Él solamente piensa que es otra chica más que trabaja así, debe ser alguien que cambió de zona de trabajo, y cierra la puerta.

Lina tiembla y no puede quedarse cerca de la reja. Siente que el conserje puede preguntarle algo incómodo o tocarla. Imagina que las chicas que entran allí son todas fáciles y no dirían nada si las toca.

Sube la escalera, revisa el número. ¿Dónde está? Va a la derecha, no está. A la izquierda tampoco. Sube al tercer piso y ubica la puerta. Se sofoca, la adrenalina la agita y cuestiona todo.

Ahí dentro está él. ¿Estará solo? ¿Será otra persona? ¿Y si fui engañada?

Olvídalo, ya no dudes más, ya estás dentro —se enoja consigo misma— y, sin darse cuenta, toca la puerta.

Toca otra vez. Ella se dice: apúrate, que deseo irme. Siente que alguien se acerca hacia la puerta. Se sonroja. ¿Y si me conoce, qué hago?

Antes de terminar de pensar, un señor abre la puerta y le dice:

—Hola, Lina, pasa.

Entre la duda de irse o entrar, siente que su cuerpo ingresa mientras su mente le dice: ándate.

Se cierra la puerta.

—Pensé que no vendrías, te hiciste esperar —le dice él.

—No conocía, tenía miedo de entrar —dice sinceramente ella.

—Si haré esto será solamente porque lo necesito —sentenció, para entregarse finalmente…

..."

 

Siempre que pasaba por aquel lugar lo miraba con insistencia, como si buscara algo o a alguien. Sabía que no iba a encontrar nada nuevo, pero le resultaba imposible romper aquella rutina sin sentido.

La casa permanecía cerrada, sin rostro, sin señales de vida. A veces pensaba que nadie podía habitar un encierro así. Otras, que quizás siempre había estado vacía.

Nunca se acercaba demasiado. Le atraía, pero también le inquietaba. Como si cruzar cierta distancia implicara aceptar algo para lo que no estaba preparado.

¿Qué dirían si lo vieran merodeando allí? ¿Qué explicación podría dar?

Había pensado en tocar la puerta más de una vez. Siempre desistía. No por miedo a que alguien abriera, sino a que no lo hiciera… y aun así sintiera que había sido escuchado.

Observar la casa se volvió parte de su vida. Su existencia, por lo demás, transcurría sin sobresaltos. Por eso regresaba, una y otra vez, a esas ventanas cerradas, imaginando que detrás de la madera alguien respiraba… o recordaba.

Hasta que una mañana todo cambió.

Las ventanas estaban abiertas.

Se detuvo. Sintió un frío extraño, como si el aire alrededor hubiera cambiado de densidad. Dio unos pasos, más cerca de lo que nunca antes se había permitido.

Una de las ventanas estaba apenas entornada. Y entonces los vio.

Unos ojos.

Lo observaban con una tristeza inmóvil, difícil de sostener. No parecían pedir ayuda. Tampoco huir. Solo… esperar.

Parpadeó. No estaba seguro de haberlos visto realmente.

Entonces escuchó la voz:

—Entra.

No supo de dónde venía. Tal vez de la casa. Tal vez de sí mismo.

Rodeó el lugar y llegó hasta la puerta. Cerrada. Como siempre. Pero esta vez no dudó. Empujó… y cedió con una facilidad que no esperaba.

Entró.

El silencio no era total. Tenía una textura, como si algo lo habitara sin mostrarse. Recorrió las habitaciones llamando, esperando una respuesta que no llegó.

No había nadie.

O tal vez no había nadie ya.

Los objetos estaban dispuestos con un orden que no parecía casual. Se detuvo frente a unas figuras. No supo cuánto tiempo pasó mirándolas. Poco a poco, comenzaron a adquirir sentido.

No era una escena. Era una historia.

Recordó —o creyó recordar— una antigua leyenda africana: la de los elefantes que, al sentir cercana la muerte, se apartan de la manada y emprenden un último viaje. Caminan durante días, guiados por algo que no es instinto ni memoria, hasta un lugar donde otros han llegado antes.

Un sitio oculto.

Silencioso.

Lleno de restos que no cuentan cómo murieron, pero sí que todos eligieron llegar.

Dicen que nadie los ve partir.

Dicen que nadie los acompaña.

No supo por qué pensó en eso. Ni por qué le resultó familiar.

Sonrió. O creyó hacerlo.

Siguió avanzando. Encontró libros cubiertos de polvo, casi deshechos. En uno de ellos, apenas legible, había una dedicatoria.

La leyó.

Sintió un quiebre.

Cayó en un rincón, sin saber si lloraba por lo que recordaba o por lo que estaba entendiendo en ese momento.

Tal vez siempre había sabido llegar hasta allí.

Tal vez nunca se había ido del todo.

Afuera, las ventanas permanecían abiertas.

Como si alguien —o algo— siguiera esperando.

 

Siempre que pasaba por aquel lugar lo miraba con insistencia, como si buscara algo o a alguien. Sabía que no iba a encontrar nada nuevo, pero le resultaba imposible romper aquella rutina sin sentido.

La casa permanecía cerrada, sin rostro, sin señales de vida. A veces pensaba que nadie podía habitar un encierro así. Otras, que quizás siempre había estado vacía.

Nunca se acercaba demasiado. Le atraía, pero también le inquietaba. Como si cruzar cierta distancia implicara aceptar algo para lo que no estaba preparado.

¿Qué dirían si lo vieran merodeando allí? ¿Qué explicación podría dar?

Había pensado en tocar la puerta más de una vez. Siempre desistía. No por miedo a que alguien abriera, sino a que no lo hiciera… y aun así sintiera que había sido escuchado.

Observar la casa se volvió parte de su vida. Su existencia, por lo demás, transcurría sin sobresaltos. Por eso regresaba, una y otra vez, a esas ventanas cerradas, imaginando que detrás de la madera alguien respiraba… o recordaba.

Hasta que una mañana todo cambió.

Las ventanas estaban abiertas.

Se detuvo. Sintió un frío extraño, como si el aire alrededor hubiera cambiado de densidad. Dio unos pasos, más cerca de lo que nunca antes se había permitido.

Una de las ventanas estaba apenas entornada. Y entonces los vio.

Unos ojos.

Lo observaban con una tristeza inmóvil, difícil de sostener. No parecían pedir ayuda. Tampoco huir. Solo… esperar.

Parpadeó. No estaba seguro de haberlos visto realmente.

Entonces escuchó la voz:

—Entra.

No supo de dónde venía. Tal vez de la casa. Tal vez de sí mismo.

Rodeó el lugar y llegó hasta la puerta. Cerrada. Como siempre. Pero esta vez no dudó. Empujó… y cedió con una facilidad que no esperaba.

Entró.

El silencio no era total. Tenía una textura, como si algo lo habitara sin mostrarse. Recorrió las habitaciones llamando, esperando una respuesta que no llegó.

No había nadie.

O tal vez no había nadie ya.

Los objetos estaban dispuestos con un orden que no parecía casual. Se detuvo frente a unas figuras. No supo cuánto tiempo pasó mirándolas. Poco a poco, comenzaron a adquirir sentido.

No era una escena. Era una historia.

Recordó —o creyó recordar— una antigua leyenda africana: la de los elefantes que, al sentir cercana la muerte, se apartan de la manada y emprenden un último viaje. Caminan durante días, guiados por algo que no es instinto ni memoria, hasta un lugar donde otros han llegado antes.

Un sitio oculto.

Silencioso.

Lleno de restos que no cuentan cómo murieron, pero sí que todos eligieron llegar.

Dicen que nadie los ve partir.

Dicen que nadie los acompaña.

No supo por qué pensó en eso. Ni por qué le resultó familiar.

Sonrió. O creyó hacerlo.

Siguió avanzando. Encontró libros cubiertos de polvo, casi deshechos. En uno de ellos, apenas legible, había una dedicatoria.

La leyó.

Sintió un quiebre.

Cayó en un rincón, sin saber si lloraba por lo que recordaba o por lo que estaba entendiendo en ese momento.

Tal vez siempre había sabido llegar hasta allí.

Tal vez nunca se había ido del todo.

Afuera, las ventanas permanecían abiertas.

Como si alguien —o algo— siguiera esperando...

... "

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La profesora se encuentra en la sala designada para los docentes, cumpliendo horario a través de labores administrativas. Su tiempo de colación terminó y ahora está revisando la planificación de las clases para mañana, asegurándose además de tener los materiales necesarios para las correspondientes actividades. Ha pasado un rato desde que sus alumnos fueron a sus hogares y no puede evitar reír ligeramente al recordar el incidente que tuvo lugar en dicho momento.

Mientras despedía a cada uno de sus estudiantes cuyos padres habían venido a buscarlos, uno de ellos de improviso le dijo a su madre sobre la reunión de apoderados. En primera instancia, se alegró de ver que pudo retener correctamente la respectiva información y los observó irse antes de centrar su atención en el resto de los niños que se reúnen con sus respectivos tutores.

Fue entonces cuando comenzaron uno a uno a repetir el mensaje del que se acababan de acordar al escucharlo del pequeño inexpresivo, extendiéndose por todos los presentes. Sin duda fue un resultado interesante que le pareció encantador de observar. Más aun porque luego de que lograran su objetivo de entregar dicha información, mostraron expresiones satisfechas, como de haber realizado un buen trabajo.

Todavía le queda un tiempo más para terminar su jornada laboral, por lo que decide repasar los temas a tratar en la reunión agendada para este miércoles. Es su primer año encargándose por su cuenta de un curso y quiere asegurarse de que todo fluya correctamente. Aún no pierde del todo el nerviosismo a pesar de haber tenido una reunión previa con los apoderados al comienzo del año escolar, en la cual se presentó, explicó el proceso de adaptación y los objetivos del curso, así como los protocolos y demás aspectos importantes que debía esclarecer.

Los apoderados incluso se mostraron abiertamente satisfechos ante su claro profesionalismo. Aunque esto solo provocó que sintiera más deseos de no defraudar sus expectativas. Por ello es que se toma muy en serio su trabajo y revisa cada uno de los puntos señalados en sus propias anotaciones, ensayando las formas en que pretende abordar los temas, para hablar con propiedad y transmitir confianza.

Entonces da vuelta la página de la libreta y observa otra lista de apuntes. Esta contiene notas sobre aspectos que pensó que sería adecuado abordar respecto de lo que observó en algunos niños en particular. Los escribió aparte para dejar en claro que no hablará de esto en la reunión como tal, sino que les pedirá de antemano a los padres que se queden un tiempo después para conversar sobre sus hijos.

No son asuntos de gravedad, pero considera importante hacer saber a los tutores sobre cualquier detalle observado que pueda ser relevante para el desarrollo de sus pequeños. Naturalmente, uno de ellos involucra al niño inexpresivo, quien en estos momentos se encuentra junto a su madre, mirando uno de los programas infantiles recomendado por otros padres y completamente concentrado en las vívidas expresiones que lo atrapan.

Está mucho más interesado por los gestos que por la historia en sí, ni siquiera fijándose realmente en los acontecimientos, sino exclusivamente en los rostros y la forma en que se manejan las interacciones interpersonales. Parece considerarlo como algún tipo de extensión de sus prácticas para sonreír. Sobre todo cuando la cámara se centra en las caras, porque, aunque las expresiones no se muestran con detalles que sirvan como ejemplo para su entrenamiento, estas se entienden claramente y le sirven en algún sentido como una guía conductual.

En otras palabras, a través de este programa, él de alguna forma analiza en su subconsciente la dinámica relacional y aprende la manera en que se espera que se comporten los niños como él en determinadas situaciones sociales. Paulatinamente va obteniendo curiosidad por algo más que las expresiones que no tiene, pero este desarrollo debe esperar, pues primero debe aprender a sonreír.

La caricatura termina y el resto del día transcurre de la manera acostumbrada, jugando con sus padres, compartiendo la mesa y practicando su sonrisa frente al espejo. Sus esfuerzos se acumulan de forma lenta pero constante. No logra advertir cambios en el reflejo que ve ante sí, pero son al menos suficientes para causar en los padres la impresión de que está sonriendo más que de costumbre. Las rutinarias actividades se extienden al día siguiente, teniendo como únicas diferencias el tamaño de los tallos de las flores sembradas que miran con atención cada día.

La fecha vuelve a cambiar y llega el momento de la reunión de apoderados. Las clases se habían dado con normalidad, con la profesora mostrando su confianza y tranquilidad de siempre, aunque por dentro su nerviosismo se acrecentaba al acercarse la hora de dicho evento.

Una vez habiéndose despedido de sus estudiantes y asegurándose de que todos fueran con sus respectivos tutores, toma su tiempo de colación y aprovecha para despejar su mente antes de continuar con las labores administrativas. Conversa con algunos colegas y, tras terminarse el tiempo de descanso, se dirige con cierta prisa a la sala de profesores. Quiere asegurarse de hacer todo lo que tenía planeado para el día de hoy, considerando que saldrá una hora antes de su jornada laboral, como consecuencia de la reunión de más tarde.

Para cuando había terminado ya era la hora de salida, por lo que revisó sus pertenencias y se fue, despidiéndose de algunos compañeros con los que se encuentra en el camino. Llega en unos quince minutos y dispone de alrededor de dos horas antes de que tenga que ir saliendo para la reunión.

Mientras tanto, el niño inexpresivo va de la mano con su madre. Están dirigiéndose al supermercado, tras haber pasado un tiempo en la plaza cerca de su casa. Normalmente se quedan hasta un poco más tarde, pero quería tener un poco más de margen para tener todo listo para cenar apenas llegara su marido del trabajo y poder alistarse bien para la reunión de apoderados.

Pasean por los pasillos colocando los productos en una canasta de compras y se dirigen sin demora hacia la caja más cercana. Hay pocas personas en la fila y pronto llegará su turno. Ahora estando más cerca, el niño alcanza a ver a la persona atendiendo y se da cuenta de que es la persona que pensó que estaba enojado.

A su edad es normal olvidar gran parte de los sucesos que no presentan suficiente significancia. De manera que el mencionado incidente debería haberse esfumado sin almacenarse en su memoria o a lo sumo quedar perdido en algún lugar del inconsciente. Pero no fue ese el caso. Aunque pueda parecer que el comentario recibido careciera de importancia, en realidad resultó ser algo impactante.

Esto es así porque resultó impactante para él enterarse de que otras personas pueden pensar que está enojado, cuando no lo está. Para empezar, aún no llega a una etapa en la que se acostumbre a cuestionar los propios conocimientos, ni tampoco a pensar en la forma en que se es visto por el entorno. Más aún, cualquier otro infante de su edad habría en ese entonces contestado directamente que no está enojado o en su lugar, por mera curiosidad, preguntar directamente en el lugar si parece enojado.

Sin embargo, eso no ocurrió. En vez de eso guardó dentro de sí el comentario para comprobar su veracidad con una fuente confiable, su madre. En conclusión, una pregunta que pretendía ser inocua terminó cuestionando la imagen que tiene de sí mismo, quien hasta entonces creía ingenuamente que los demás saben cómo se siente.

La espera se había prolongado como consecuencia de un comprador regresando por un producto olvidado, pero finalmente llegó el turno de su madre. Intercambian breves saludos de cortesía, pasan uno a uno los productos y los pagan. Mientras la madre está embolsando y antes de que el cajero fije su atención en el siguiente cliente, su hijo utiliza este breve espacio de tiempo para decir una sola frase: «No estoy enojado».

Después, viendo que su progenitora tiene todas las compras en la bolsa, toma su mano disponible y la mira de una forma que parece instarla a moverse, o al menos así es como lo interpreta ella. Entonces, tras un par de segundos de estar en un estado de incredulidad, recuerda lo que ocurrió anteriormente, mira su rostro y percibe cierto grado de satisfacción en él, provocándole una ligera risa antes de salir de la escena para caminar hasta su hogar.

En estas últimas dos semanas, sus conocimientos sobre el comportamiento de su hijo han aumentado de forma exponencial y ahora es capaz de entender hasta cierto punto lo que hay tras ese rostro aparentemente inexpresivo.

En el incidente previo ocurrido con este mismo cajero, quedó considerablemente confundido al escucharlo preguntar amistosamente el motivo de su enojo. Aunque no miró la reacción de su hijo, por lo que no pudo notarlo en ese instante. Más tarde él le preguntó directamente si parecía enojado y tuvo que hacer uso de todo su ingenio para que comprendiera el asunto.

No se mostró molesto, triste ni preocupado, ya que su pregunta era solamente por curiosidad. Como consecuencia, aprendió que las personas pueden tener ideas distintas sobre un mismo tema, en este caso él mismo. Por lo que entendió a grandes rasgos, es normal que algunas personas piensen que esté enojado, dando por cerrado el asunto.

Al menos eso es lo que creyó su madre hasta este momento. Por supuesto, no es que sea algo que haya estado molestándolo o incomodándolo, mucho menos que carcomiera su mente. Solo que, al ver nuevamente al cajero y recordar el mencionado evento, surge en él la necesidad de corregir la equivocada impresión de esa persona, sobre todo porque el shock de ese momento le impidió recordar haber visto en ese entonces a su madre explicarlo adecuadamente.

Por todo lo anterior, en este momento el cajero continúa atendiendo a los clientes mientras la escena reciente invade sus pensamientos, pues no recordaba el incidente anterior. Es natural, puesto que, aunque fue un momento emocionalmente significativo para el niño, para él fue solo una de las tantas personas con las que comparte breves y fútiles interacciones cada día. Resultó ser más desconcertante aún, porque no pudo identificar que el niño estaba de hecho mostrando la sonrisa que ha estado practicando.

En realidad, su madre no se rio solo por lo adorable que le pareció el comportamiento de su primogénito, sino también porque el trabajador lució un poco desconcertado por ver a un pequeño con rostro inexpresivo decirle que no está enojado y marcharse sin esperar alguna respuesta. Pudo haber aclarado el asunto para sacarlo de la duda, pero deliberadamente no lo hizo porque no le gustó que su frívolo comentario confundiera a su querido hijo...

..."

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Si viajas por los senderos del bosque de Valdelumbre, puede que te hayas topado con la tiendita del señor Gabriel. Nunca está en el mismo lugar, y nunca al lado del camino. Solo quienes de verdad la necesitan la podrán encontrar.

Agata dobló el trozo de papel y lo guardó con cuidado en el bolso. Avanzó lentamente por el camino flanqueado de espesa vegetación mientras despejaba su mente. Frunció el ceño y empezó a girar la cabeza como si estuviera perdida. Hmm, estoy segura de que ya debería haber salido del bosque, murmuraba de vez en cuando. Al llegar a la primera bifurcación, sacó una brújula y, con gesto pensativo, tomó el camino de la izquierda. Luego se devolvió y tomó el de la derecha. De repente, la aguja de la brújula dio un salto de noventa grados. Ágata aminoró la marcha. Colgando de un tronco había un cartel en forma de flecha que señalaba hacia la espesura. La Tiendita del señor Gabriel, decía. Más allá, dos ventanas parpadeaban entre los torcidos y apretados pinos. Agata guardó la brújula y se apresuró hacia la luz.

Los cascabeles de la puerta resonaron con un eco casi imperceptible. El denso muro de incienso y polvo le arrancó una tos a la visitante.

—Salud —dijo una voz con un extraño acento.

Un hombre alto y delgado surgió de entre las recargadas estanterías. Llevaba una larga túnica blanca y un sombrero de punta. Su rostro de prominente nariz estaba cubierto con una espesa barba castaña. Sonrió, revelando unos dientes tan amarillos que parecían de madera. Agata esbozó una débil sonrisa y el hombre continuó su discurso.

—Veo que está perdida, viajera. Pero no se preocupe, pues sus pasos la han traído al lugar correcto. Dígame qué anhela su corazón y le daré una solución. ¿Una brújula nueva, tal vez?

Agata concentró sus pensamientos en lo que deseaba mientras ponía su mejor cara de sorpresa.

—Como…

—Grabiel todo lo sabe… Grabiel todo lo ve —dijo el hombre clavando sus ojos en ella.

Por un instante, Ágata sintió hediondos dedos en su cabeza, que luego bajaron hacia la boca de su estómago.

Gabriel sonrió de nuevo. Cuando habló, olía a tierra húmeda.

—Pero eso no es lo que realmente desea, ¿verdad? Busca deshacerse del eco de alguien que ya no está. De un dedo que acusa desde las sombras.

—Es mi maestro. Etiqueté mal una de las pociones del escaparate.

—Oh, un desafortunado accidente, ¿sí?

—Exacto, ahora tengo que ocuparme yo del negocio y los clientes no entran a la tienda.

Sin decir más, Gabriel se deslizó hacia atrás y desapareció tras el estante para volver a salir unos segundos más tarde. Extendió unas manos enguantadas con dedos demasiado largos, revelando una pequeña caja de madera. Cuando Ágata la tomó, sintió el peso del metal en su interior.

—Es una caja musical —explicó Gabriel—. Ábrala frente a su acosador y su alma quedará atrapada en su interior. Si gira la palanca, podrá escuchar su voz entre dulces tintineos.

—Perfecto. ¿Y si se rompe?

—Él saldrá, naturalmente. No hay nada peor que un alma añejada en resentimiento, así que cuídela bien.

—¿Cuánto le debo?

—Algo simple, pequeño. Un objeto amado y la promesa de que volverá a visitar al viejo Gabriel.

Agata sacó su brújula y la depositó sobre el mostrador.

—Era de mi padre.

Sin esperar, Gabriel la tomó y se la llevó a la nariz. Su sonrisa desapareció al instante.

—He sido amable contigo. Así que no trates de engañarme, mujer —Gruñó. La brújula resonó con brusquedad sobre la madera.

Agata miró a su alrededor. Algo cambió. El aire se sentía más pesado. Sintió los dedos de nuevo. Esta vez sobre su pecho. Con un suspiro, se quitó la bufanda y la entregó. Gabriel inspiró hondo, hundiendo la nariz en la tela.

—Mmm, sí, sí… Manos de madre. Lagrimas secas. Paseos al atardecer y vientos de verano. Trato hecho.

Agata dio las gracias y se retiró, pero Gabriel la llamó de nuevo.

—Olvidas algo.

—Ah, claro. Gabriel, prometo que volveremos a vernos.

—Gracias, ¡vuelve cuando quieras!

Agata salió y la puerta se cerró tras ella, dejando solo arbustos y el murmullo del viento. Se encaminó con paso decidido por el sendero, pero su brújula no volvió a funcionar...

..."

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Bitácora**

Capítulo: VI

Perspectiva: Dr. Mathew A. Miller

Empujo las puertas dobles de la Academia y el aire estancado del vestíbulo me recibe como una bofetada física. Es un frío que no pertenece a la meteorología, sino a la piedra antigua y a algo que ha dejado de respirar. Siento un escalofrío que me recorre la columna, un instinto primario que mi formación científica intenta sofocar.

Me coloco los guantes de nitrilo, el cubrebocas y la bata desechable. El crujido del plástico es el único sonido en este mausoleo de mármol. Saco la grabadora digital de mi maletín, compruebo el nivel de batería y presiono REC. La luz roja parpadea, un pequeño faro en la penumbra.

—REGISTRO DE CAMPO — CASO 001-SC —mi voz suena extraña, demasiado clínica para el escenario—. Dr. Mathew A. Miller, Médico Forense Titular. Fecha: Martes, 13 de enero. Hora de inicio: 07:52 a.m. Ubicación: Academia Shadow Creek, vestíbulo norte, zona de suministros.

Camino con cuidado, evitando los charcos de suero hemático que se han extendido por las juntas del suelo.

—Condiciones ambientales: Temperatura interior de aproximadamente 4°C. Humedad relativa elevada, probablemente por la falta de calefacción nocturna. La iluminación principal está inactiva; trabajo bajo el haz de luz de los focos portátiles del Sheriff Clark.

Me detengo frente al cuerpo. El olor me golpea: es una mezcla ácida de contenido gástrico, hierro oxidado y un aroma almizclado, casi como ozono o azufre, que no logro clasificar en mi catálogo mental de descomposiciones.

—Sujeto: Masculino, edad aparente entre 25 y 30 años. Identificado como Julian, conserje del centro. Complexión mesomórfica. Ropa de trabajo estándar, severamente dañada en la zona del torso.

Me inclino sobre la víctima. Mi mano tiembla un milisegundo antes de estabilizarse.

—Examen externo: El trauma es… masivo. Presenta una evisceración completa mediante una incisión central que se extiende desde la fosa supraesternal hasta la sínfisis púbica. Los bordes cutáneos muestran signos de desgarro —típico de una fuerza bruta—, pero los planos musculares y el tejido conectivo profundo presentan cortes de una limpieza quirúrgica. Es una contradicción física. Como si algo hubiera usado garras para abrir la piel y, simultáneamente, un bisturí de plasma para separar los órganos.

Hago una pausa. Trago saliva. El silencio de la escuela parece estar escuchando mi informe.

—Estado de los órganos: El hígado presenta una ruptura lobular completa; el bazo y el páncreas están prácticamente pulverizados, compatibles con un trauma por compresión de al menos quinientos kilos por pulgada cuadrada. Sin embargo… —acerco la linterna al centro del tórax abierto— el corazón está intacto. Anatómicamente perfecto. No hay arritmia post-mortem visible, ni laceraciones en el pericardio. Nada. Es como si el atacante hubiera trabajado con una delicadeza reverencial alrededor del músculo cardíaco mientras destruía todo lo demás. Esto no es un patrón de alimentación animal. Es una exposición.

Me levanto para observar el entorno. Las luces del Sheriff proyectan sombras largas de las gárgolas del techo sobre el cuerpo de Julian.

—Dinámica del lugar: Las manchas de arrastre son bidireccionales. Sugieren que Julian no murió aquí. Fue cazado cerca de la entrada y arrastrado hasta este rincón de suministros. Alguien, o algo, decidió que este era el lugar adecuado para… la exhibición. Hora probable del deceso: Entre las 22:00 y las 00:00 horas. La lividez cadavérica ya está fijada en la zona dorsal.

Apago la grabadora un momento. Me paso una mano enguantada por la frente. Llevo doce años en esto. He visto escenas en los callejones de Los Ángeles que harían vomitar a un veterano de guerra. He documentado lo que la psicosis humana puede hacer y lo que un oso pardo puede destrozar en los bosques del norte. Pero esto no encaja en ningún manual de patología. Esto tiene una intención. Tiene un ritmo.

—Nota personal, fuera de protocolo: —susurro para la cinta— Mi hijo, Tyler, conoció a este hombre ayer. Fue su primer contacto con este pueblo. Necesito procesar estos restos y limpiar este vestíbulo antes de que mi hijo entienda que el horror de este mundo es enorme.

—Esos lobos fueron los culpables —una voz rompe mi monólogo.

Me giro. El Sheriff Clark está apoyado contra una columna, encendiendo un puro. El humo gris se mezcla con la bruma blanca de nuestros alientos.

—Esas dos bestias que ya estamos cargando en la camioneta fueron las responsables de este desastre, doctor —dice Clark, soltando una nube de humo espeso—. Los ataques de lobos son así. Feos.

Miro al Sheriff, luego a Julian, y luego otra vez a Clark. Preparo la camilla y empiezo a asegurar los restos con una sábana de transporte.

—¿De verdad le parece, Sheriff? —digo, recuperando mi tono profesional, ese que uso para marcar distancias—. He trabajado en tres condados distintos, incluyendo zonas rurales de California. He visto ataques de pumas y hasta de un tigre escapado de un zoo privado. Los ataques animales son caóticos, desesperados y sucios. Esto… esto es tan preciso como una cirugía de corazón abierto en la Clínica Mayo. Mire las marcas en el suelo, Sheriff. Un lobo no arrastra a su presa para “acomodarla”. Un lobo se la come donde cae.

Clark me mira con una sorpresa que no termina de llegar a sus ojos. Hay algo en su expresión que me dice que está midiendo cuánta verdad puedo soportar.

—No hay otra explicación, Mat. Usted vio el tamaño de esas cosas ahí fuera. No son normales. El frío del bosque hace que los animales hagan cosas raras. Yo los veo perfectamente capaces de abrir a un hombre así.

Miro al Sheriff con una incredulidad que apenas logró disimular, aunque puede tener razón. 

—Puede que tenga razón en cuanto a la fuerza —concedo, cerrando la cremallera de la bolsa de cadáveres con un sonido definitivo—, pero la técnica es otra historia. De igual forma, me llevaré todo lo que pueda a la morgue del hospital. Mañana por la mañana tendrá el informe preliminar sobre mi mesa.

Clark se separa de la columna y camina hacia la salida, dándome una palmada en el hombro que se siente demasiado pesada.

—Perfecto, Mat. Haz tu magia —se detiene en el umbral, recortado contra la luz gris del exterior—. Y bienvenido a Shadow Creek. Espero que tu estómago sea tan fuerte como tu currículum.

Le devuelvo una sonrisa profesional, aunque mis entrañas están gritando que algo anda mal. Miro una última vez hacia el rincón de Julian antes de que se apaguen las luces.

Creo que me llevaré bien con este Sheriff, siempre y cuando no espere que ignore lo que los muertos intentan decirme. Porque Julian no me está diciendo “lobo”. Me está diciendo algo mucho más violento. Algo que no cabe en una bitácora forense.

Hora de pausa en el registro: 08:47 a.m.

Perspectiva: Tyler J, Miller

El camino a casa fue un desfile de espectros. No era un silencio cómodo, de esos que nacen de la confianza; era un silencio de plomo, denso y eléctrico, como el que precede a una tormenta de granizo.

Alexis y Ashley caminaban entrelazadas, formando un frente único. Alexis mantenía la mandíbula tan tensa que se le marcaban los tendones del cuello, sus ojos escaneando el entorno como si buscara un enemigo oculto entre los robles. Ashley, por el contrario, parecía haber dejado su cuerpo en modo automático; su mirada estaba anclada en la niebla, desenfocada, procesando una realidad que su mente se negaba a aceptar.

Ethan iba a la zaga, una sombra de nervios. Sus manos no dejaban de retorcerse y sus ojos saltaban de un arbusto a otro, esperando que el horror de la mañana lo reclamara de nuevo.

Y luego estaba Logan.

Caminaba con una pesadez milenaria. Ya no había rastro del chico arrogante que desafiaba al Director. Se veía pequeño, marchito, cargando con una tristeza que le encorvaba los hombros. Sus manos conservaban rastros secos de un carmesí oscuro bajo las uñas. Él no miraba el camino; miraba hacia adentro, hacia un lugar que se acababa de incendiar.

Finalmente, el porche de mi casa apareció entre la bruma como un faro de madera blanca.

—Bueno… esta es mi casa —dije, rompiendo el cristal del silencio.

Nadie respondió. Me siguieron como sombras obedientes. Al abrir la puerta, me hice a un lado, pero ellos se detuvieron en el umbral. Con una sincronía lúgubre, Ethan, Logan y Ashley comenzaron a desatarse los zapatos.

—Oigan, no es necesario… no somos tan estrictos —intenté decir, buscando un rastro de normalidad.

Ethan negó con la cabeza, sin levantar la vista del suelo.

—Tenemos los zapatos llenos de lodo… y sangre, Tyler —murmuró con una voz que parecía venir de ultratumba—. No queremos manchar las alfombras de tu madre.

La palabra “sangre” entró en mi sala de estar antes que ellos, matando cualquier intento de hospitalidad.

Nos instalamos en la sala. Ashley se hundió en el sofá junto a Alexis, quien no le soltó la mano ni un segundo. Ethan se sentó en el borde de un sillón, tenso, como un pájaro listo para alzar el vuelo al menor ruido. Logan se alejó de todos, refugiándose cerca de la ventana, donde la luz gris de Shadow Creek le daba un aspecto de mármol.

—¿Les apetece algo? ¿Té, agua…? —ofrecí, sintiéndome extrañamente inútil en mi propio hogar.

—Vamos al grano, Tyler —me cortó Alexis. Su voz no era dura, pero tenía el filo de un bisturí—. Sé que quieres ser un buen anfitrión, pero ahora mismo lo que necesitamos es contexto. Información. Algo sólido a lo que agarrarnos antes de volvernos locos.

Se inclinó hacia adelante, tomando el mando con una autoridad natural que nadie se atrevió a cuestionar.

—Vamos a hacer esto simple. Cada uno va a decir exactamente qué hizo esta mañana y qué vio. Sin adornos. Sin teorías. Necesitamos atar cabos.

Sus ojos, fríos y analíticos, se clavaron en Ashley.

—Empieza tú, Ash.

Ashley tomó aire, organizando los fragmentos de su memoria.

—Me levanté temprano por lo de la ofrenda de flores —comenzó, con una calma que me inquietó—. Me encontré con Ethan de camino. Cuando llegamos, la verja estaba cerrada y el Director Thorne estaba allí, esperando al Sheriff. Dijo que Julian no aparecía.

—Yo sugerí entrar —continuó ella, cerrando los ojos—. Pensé que Julian se había quedado dormido o que algo iba mal con las llaves. Saltamos el muro… y al principio, el silencio era absoluto. Como si la escuela estuviera muerta.

—Demasiado tranquilo —intervino Ethan, frotándose las manos—. Entonces aparecieron. Lobos. Pero no eran como los de los documentales. Eran… inmensos. Y estaban empapados en rojo.

Ethan tragó saliva, el miedo volviendo a asomar en sus pupilas.

—Uno de ellos se lanzó hacia Ashley. No gruñó, simplemente saltó para matar. Y entonces apareció Logan.

Todas las miradas giraron hacia la ventana. Logan no se movió, pero su voz surgió desde las sombras, baja y cargada de una melancolía visceral.

—Red Velvet y Girasol. Esos eran sus nombres.

La sala se sumió en un silencio espeso. Logan bajó la mirada, observándose las manos.

—Los encontré hace unos años. Estaba en el bosque buscando trufas negras… montando a mi cerdo, Bacon —dijo, como si fuera lo más normal del mundo.

Abrí la boca para preguntar, pero Ethan me dio un codazo rápido.

—No preguntes. En serio —susurró.

—Eran solo cachorros —siguió Logan—. Huérfanos, temblando de frío. Los escondí en mi casa, les daba de comer con biberón… eran torpes, ni siquiera sabían aullar. Cuando crecieron, los llevé a una cueva en el sector norte. Iba a verlos a diario. Corríamos juntos… a veces me quitaba la ropa para sentir lo mismo que ellos. La libertad.

Volví a abrir la boca, pero la mirada de “no lo hagas” de Ethan me hizo cerrarla de golpe.

—Pero hace dos semanas, la cueva apareció vacía —la voz de Logan se volvió gélida—. No había señales de lucha. Pensé que se habían ido con una manada real. Que me habían abandonado. Pero esta mañana, cuando Thorne me dijo que había intrusos en la escuela, corrí. Y los vi.

Logan se giró hacia nosotros, y por primera vez vi el dolor real en sus ojos bicolor.

—No me reconocieron. Estaban famélicos, Tyler. Se les marcaban las costillas bajo el pelaje pegajoso. No era rabia lo que tenían en los ojos; era el hambre de quien lleva semanas en un agujero sin ver la luz.

—Por eso atacaron —murmuró Ashley.

—Exacto —asintió Logan—. Alguien los encerró. Alguien los mató de hambre, los volvió locos de desesperación y luego los soltó en la escuela como si fueran armas biológicas. Y tú, Alexis… tú sabes que un animal no cruza esos muros perimetrales por su cuenta. Alguien les abrió la puerta.

Alexis sostuvo la mirada de Logan durante un tiempo eterno. No había rastro de la desconfianza de antes.

—Te creo, Logan —dijo ella finalmente—. Pero en este pueblo, la verdad sin pruebas es solo un susurro en la niebla. Necesitamos el informe oficial. Necesitamos saber qué le hicieron a Julian para entender qué les hicieron a tus lobos.

Me crucé de brazos, sintiendo el peso de la responsabilidad. Miré hacia la biblioteca de mi padre, donde los lomos de cuero de los tratados de medicina legal brillaban bajo la lámpara.

—Mi viejo vive para esto —dije, captando la atención de todos—. No es solo un médico; es un obseso de la verdad forense. Si algo no cuadra en el cuerpo de Julian, él lo va a encontrar. No sabe mentir en sus informes.

Levanté un viejo manual de patología de la estantería y lo puse sobre la mesa.

—Si queremos saber quién soltó a esos animales, tenemos que esperar a que la bitácora de mi padre esté terminada.

El silencio volvió a la sala, pero esta vez no era un silencio de miedo. Era el silencio de un grupo que acaba de declarar una guerra privada. Estábamos esperando a que los muertos hablaran a través de mi padre.

—Pero hay algo que no tiene sentido… —dijo de pronto Alexis. Su voz cortó el aire como un escalpelo, frío y preciso.

Todos la miramos. Se había quedado petrificada, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en un punto inexistente de la alfombra, como si estuviera diseccionando un cadáver invisible.

—Si fueron los lobos los que mataron a Julian… ¿cómo entraron? —preguntó, levantando la vista lentamente. Sus ojos brillaban con una lucidez peligrosa—. Las verjas de la Academia miden tres metros y terminan en puntas de lanza. El muro perimetral es de piedra maciza.

Ethan tragó saliva con dificultad. Sus manos, pálidas y nudosas, temblaban levemente sobre sus rodillas, haciendo que la manta térmica que aún conservaba emitiera un crujido metálico.

—¿Cómo…? —repitió Ethan en un hilo de voz, como si la pregunta le pesara una tonelada.

—Es una pregunta excelente —intervine, inclinándome hacia adelante hasta que mis codos tocaron mis rodillas—. No soy experto en comportamiento animal, pero mi padre siempre dice que la escena del crimen nunca miente. Dos lobos hambrientos, por muy grandes que sean, no abren cerrojos. No manipulan sistemas de seguridad. Y, sobre todo, no esperan pacientemente a que un conserje les abra la puerta por cortesía.

Miré a los demás, buscando una chispa de lógica en mitad del caos. El silencio que siguió fue más opresivo que cualquier grito. Logan apretó los puños; sus nudillos, aún manchados de una mezcla de barro y sangre seca, se pusieron blancos como el hueso.

—Alguien los hizo sufrir —soltó Logan finalmente. Su voz era un gruñido contenido, cargado de una rabia que parecía quemarle la garganta—. A Red Velvet… a Girasol… alguien los quebró por dentro. Los utilizaron como perros de guerra para cubrir un rastro humano. Julian no murió por un ataque animal… murió por algo más.

Nadie se atrevió a contradecirlo. La lógica salvaje de Logan encajaba demasiado bien con la situación.

—Entonces —dije, bajando el tono hasta casi un susurro—, hay un depredador en este pueblo que acaba de empezar su temporada de caza.

—O quizás… algo más —murmuró Ethan.

Giramos hacia él. Ethan parecía haberse quedado sin color; su piel tenía el tono de la cera vieja. Parecía estar recordando algo que su mente había intentado enterrar bajo capas de olvido.

—Esto… me recuerda a las historias que contaba el abuelo —continuó, con los ojos fijos en la nada—. La cosa que mató a los colonos. La que busca justicia… o venganza.

Alexis rodó los ojos, aunque esta vez su gesto carecía de su habitual arrogancia. Había un rastro de duda en la comisura de sus labios.

—Ya te lo he dicho mil veces, Ethan. Esas son leyendas para asustar a los niños y mantenerlos lejos del bosque —sentenció ella, aunque su mano buscó inconscientemente el colgante que llevaba al cuello.

—Las leyendas siempre nacen de una cicatriz real —interrumpí—. Y en un lugar como este, las cicatrices nunca terminan de cerrar.

El ambiente en la sala cambió. Ya no era solo el miedo a los lobos; era la duda, esa sospecha corrosiva de que el mal que habitaba en Shadow Creek era mucho más antiguo y organizado de lo que podíamos comprender.

De repente, Ashley se levantó. El movimiento fue tan brusco que el sofá crujió y todos nos sobresaltamos.

—Necesito irme —dijo, evitando el contacto visual con cualquiera de nosotros. Sus manos temblaban mientras buscaba sus zapatos en la entrada—. Es… es demasiado. No puedo estar aquí.

—¿Ash? ¿Estás bien? —Alexis se levantó de inmediato, intentando alcanzarla, pero Ashley retrocedió un paso, como si el contacto le quemara.

—Solo necesito aire. Pensar. Estar sola —respondió Ashley con una rapidez mecánica. Se puso los zapatos con movimientos torpes y febriles. Se detuvo un segundo en la puerta y miró a Logan con una expresión indescifrable: ¿lástima?, ¿culpa?—. Siento lo de tus lobos, Logan. De verdad. Pero… tal vez sea mejor que todo haya terminado así. Para ellos. Y para nosotros.

El aire en la sala se volvió gélido. Logan levantó la cabeza muy despacio, sus ojos bicolor centelleando con una hostilidad repentina. Pero antes de que pudiera articular palabra, Ashley ya había cruzado el umbral. La puerta se cerró con un golpe seco que retumbó en las paredes de la casa como un trueno.

—¿Qué demonios le pasa? —soltó Logan, dejándose caer de nuevo en el sillón con un suspiro de frustración—. Esa chica no es normal. Hay algo en ella que… no encaja.

Iba a decir algo sobre normalidad y que él es el menos indicado para hablar de eso, pero Ethan me detuvo con un leve gesto de la mano, negando con la cabeza.

Alexis se cruzó de brazos, mirando la puerta cerrada con el ceño fruncido.

—Ha sido una mañana de pesadilla para todos —dijo, intentando recuperar el control del grupo—. Ashley procesa el trauma a través de la retirada. No la juzgues por querer estar a salvo en su casa.

Logan negó con la cabeza, sin estar convencido.

—No sé, Alexis… hay algo que no me da buena espina. Parecía aliviada de que Thorne los matara.

Sus palabras quedaron flotando en la sala como ceniza. Nadie se atrevió a negarlas porque, en el fondo, todos habíamos sentido ese extraño alivio frío en la voz de Ashley.

Miré a mis amigos. El cansancio nos estaba devorando; las ojeras de Ethan eran surcos profundos y la mirada de Logan seguía perdida en el bosque. Necesitábamos un ancla, algo que nos recordará que seguíamos vivos.

—Bueno… —dije finalmente, forzando un tono más ligero—. Ha sido un día de locos y ni siquiera es mediodía. Mi madre dejó algo de lasaña en el horno y tengo refresco en la nevera. ¿Quieren comer algo?

No esperé respuesta. Me dirigí a la cocina, consciente de que, mientras nosotros intentábamos llenar el vacío de nuestros estómagos, mi padre estaba abriendo el pecho de Julian en una morgue, buscando la verdad que nosotros, por ahora, solo podíamos imaginar...

..."

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Capitulo Veintitres: El Imperio de Exquema

Año 45 del Calendario Universal.

Año 450 en el calendario mortal de la República.

Año 1978 en el calendario de Kil.

Tres maneras de contar el mismo momento, tres civilizaciones midiendo el tiempo con instrumentos distintos, sin saber todavía que sus relojes estaban a punto de sincronizarse de la peor manera posible.

La República llevaba cincuenta años mortales construyendo sus fronteras hacia adentro. El estancamiento que había seguido a la muerte de Zhaxlor había producido algo inesperado: una época de consolidación interna que, vista desde afuera, podría confundirse con estabilidad. Pero por dentro era otra cosa. Disputas de control entre los Primigenios sobre sus territorios conquistados. Alejamiento progresivo de la República respecto a los mundos que ya no producían lo suficiente para justificar su mantenimiento. Separaciones de poder que se resolvían en los pasillos de Hixtalis con la misma lógica política que había producido a Zhaxlor, la convicción de que el poder era un fin en sí mismo.

Los Primigenios habían construido sus propias relaciones con los mortales bajo su mando. Algunos con genuino afecto. Otros con la indiferencia condescendiente de quien cuida una mascota sin llegar a respetarla. Pero todos, de una manera u otra, habían dejado de mirar hacia las fronteras de su territorio con la misma urgencia con que lo habían hecho durante los años de expansión.

Nadie en la República miraba hacia afuera. Nadie prestaba atención a lo que crecía al otro lado del universo. Al otro lado del universo, el Imperio de Exquema llevaba un año surcando el espacio interestelar.

La Operación Mar del Cosmos avanzaba despacio y con cuidado, como correspondía a una civilización que entendía que el cosmos no se conquista con prisa sino con método. En ese único año, el Imperio había reclamado varios exoplanetas deshabitados y había hecho contacto con mundos que albergaban vida inteligente, muchos de ellos todavía en etapas medievales de desarrollo, con sus propios reyes y sus propios dioses tangibles que caminaban entre sus súbditos con la naturalidad de lo que siempre había sido normal para esa gente. Dante sabía exactamente lo que encontraría.

Lo había visto durante dos años de viaje por el cosmos antes de llegar a Faizus. Lo había visto en cada mundo que visitó durante ese tiempo: la misma estructura repetida en infinitas variaciones. Dioses que exigían devoción. Mortales que la entregaban. Una cadena invisible que llamaban fe pero que funcionaba como sometimiento. Esta vez tenía los medios para hacer algo al respecto.

Su forma de proceder era metódica y siempre comenzaba igual: la palabra antes que la espada. A cada mundo que alcanzaba la flota imperial, Dante ofrecía los mismos términos. El Imperio les daría tecnología, protección y la oportunidad que nunca habían tenido de gobernarse por su propia fuerza. A cambio, debían abandonar las estructuras religiosas que los mantenían atados a sus dioses y reconocer la soberanía imperial. Para los mortales de esos mundos, la propuesta era desconcertante. Para sus dioses, era una amenaza existencial.

Y los dioses que se negaban encontraban a Dante personalmente. No los enviaba a negociar con un embajador ni los amenazaba desde la distancia de una nave orbital. Iba él. Con aquella espada negra que había llevado desde Solaris, la misma con la que había matado a su padre en la sala del trono de Sulcalir, la misma que había usado en Servanther bajo las órdenes de Zhaxlor cuando era demasiado joven y demasiado roto para negarse. Ahora la usaba por elección propia.

Muchos dioses cayeron ante ella. Algunos con dignidad. Otros con la sorpresa genuina de criaturas que nunca habían concebido su propia mortalidad porque nadie a su alrededor había sido capaz de hacerla real. La visión de un dios sangrando y muriendo hacía algo irreversible en los mortales que la presenciaban: quebraba el fundamento sobre el que habían construido toda su comprensión del mundo. Y cuando ese fundamento se quebraba, lo que venía después era o el colapso o la liberación, dependiendo de qué tan profundo había calado el miedo en cada persona.

Dante prefería la liberación. Pero no esperaba a que llegara sola. Había algo en él que reconocía sin nombrarlo, un residuo de todo lo que Zhaxlor le había hecho y que el tiempo y el poder no habían disuelto del todo. Cuando mataba a un dios que se negaba a ceder, no todo en ese acto era ideología imperial. Algo era más viejo y más personal. Lo sabía. Y lo ignoraba con la misma determinación con que había aprendido a ignorar muchas cosas durante su vida.

Los mundos que resistían más terminaban cayendo de todas formas. Los que aceptaban por convicción propia florecían con una velocidad que confirmaba lo que Dante había creído desde aquella primera noche en Faizus: que la fuerza mortal, cuando no estaba encadenada, era capaz de cosas que ningún dios podía predecir ni controlar.

La bandera del Imperio se extendió por los territorios opuestos a las fronteras republicanas. Un dragón de tres cabezas, uno central rugiendo con las fauces abiertas y dos laterales en vuelo, visible en cada mundo que el Imperio reclamaba como suyo. La espada negra recibió un nombre. Lamento.

Dante lo adoptó como lo que era, un juicio pronunciado sobre cada vida que esa hoja tomaba. No con remordimiento sino con la frialdad de quien ha decidido que las cosas deben llamarse por lo que son.

Para el año 1979, a sus veintisiete años universales y veinte como gobernante, el Imperio de Exquema se había convertido en la segunda potencia espacial más grande del universo conocido. Su flota crecía con cada conquista. Su ejército se nutría de los mundos que se sumaban voluntaria o involuntariamente a su orden. Sus fronteras se expandían hacia el único sector del cosmos que todavía no había tocado. El sector que la República llamaba suyo.

El año 1981 llegó con la misma frialdad de todos los inviernos de Kil. Y en algún punto de la frontera republicana, en un planeta colonial llamado Elisium que ni la República ni el Imperio consideraban particularmente importante, las avanzadas imperiales detectaron algo que no estaba en sus mapas. Una frontera que no habían puesto ellos. Dante recibió el informe en el puente de su nave insignia y lo leyó dos veces antes de responder.

Luego ordenó poner rumbo a Elisium. Lo que ocurrió a continuación no tuvo nombre oficial durante años. Los registros republicanos lo llamaron invasión. Los registros imperiales lo llamaron expansión. Los mortales que vivían en los mundos fronterizos y que pagaron el precio de ese encuentro no lo llamaron de ninguna manera porque la mayoría no sobrevivió para contarlo. La historia lo llamaría la Primera Guerra de las Divinidades...

..."

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A nadie le sorprendió encontrar el cuerpo. No porque fuera algo común —no lo había sido nunca, al menos no al principio—, sino porque el mundo llevaba demasiado tiempo enseñándoles que la sorpresa era un lujo inútil. El polvo cubría todo por igual: piedras, restos de edificios, huellas antiguas y aquello que yacía inmóvil junto al camino seco. El viento arrastraba un olor indefinido, mezcla de óxido, humo viejo y algo más difícil de nombrar.

Uno de ellos se detuvo primero. No dijo nada. Los demás lo imitaron sin preguntar. Así funcionaban las cosas desde hacía años: nadie necesitaba explicaciones cuando el silencio ya las había dado.

Era pequeño. Demasiado liviano para el tamaño del mundo que lo rodeaba. No tenía daños en ningún lado, pero estaba inmóvil.

—Parece reciente —murmuró alguien, no con compasión, sino con la misma neutralidad con la que se evalúa una tormenta lejana.

Otro se encogió de hombros.

—Todo es reciente ahora —dijo antes de mirar detenidamente el cuerpo desde diferentes partes—. Alguien se entretuvo.

No hubo plegarias. Tampoco palabras solemnes. Alguien comentó que el sol caería pronto y que sería mejor avanzar antes de que la noche trajera consigo aquello que se movía cuando nadie miraba directamente. El cuerpo fue cubierto, levantado con cuidado práctico y cargado sin ceremonia. No por respeto, sino por costumbre.

Caminaron durante horas.

El paisaje no cambiaba, sólo se repetía con ligeras variaciones: colinas erosionadas, estructuras partidas a la mitad, señales antiguas que ya no señalaban nada. A lo lejos, en algún punto imposible de medir, algo enorme se desplazaba lentamente. No hacía falta verlo con claridad para saber que estaba ahí. Nadie lo señaló. Nadie preguntó si se acercaba o se alejaba. Eso tampoco importaba.

Al caer la noche, encendieron una fogata pequeña, discreta. El fuego atraía miradas, y las miradas solían traer consecuencias. Se sentaron alrededor, cansados, agradecidos de haber llegado a un lugar donde el suelo no temblaba y el aire no gritaba.

Cenaron en silencio.

No fue una comida abundante, pero fue suficiente. Alguien comentó, casi con alivio, que llevaban demasiado tiempo sin encontrar nada. Otro asintió y dio gracias —no a nadie en particular, sólo al hecho de seguir respirando. El fuego crepitó. El mundo permaneció indiferente.

Más tarde, cuando el cansancio empezó a vencer incluso al miedo, uno de ellos recordó el inicio del viaje.

No lo dijo en voz alta, pero los recuerdos no pedían permiso.

Habían sido muchos al principio. Demasiados, incluso. La ciudad aún existía entonces, o al menos seguía en pie lo suficiente como para que la gente creyera que podía salvarse algo. Recuerda el sonido primero: no un rugido, sino una presión, como si el aire mismo estuviera siendo aplastado. Luego la sombra. Luego la certeza.

No hubo nombre para aquello. Nunca lo hubo. Describirlo era más fácil que entenderlo: inmenso, lento, imposible de abarcar con la mirada. No atacó con furia. No la necesitaba. Simplemente avanzó, y la ciudad dejó de estar donde había estado siempre.

Corrieron.

Algunos cayeron al instante. Otros sobrevivieron lo suficiente como para darse cuenta de que no lo harían por mucho tiempo. El grupo se fue reduciendo día tras día, herida tras herida, decisión tras decisión. Cuando alguien ya no podía seguir, no había discusiones. El camino no permitía sentimentalismos prolongados.

Así fue como aprendieron.

Lo que hicieron junto a la fogata no fue distinto de lo que habían hecho antes, ni de lo que harían después. El mundo no castigaba ni recompensaba; sólo respondía a la coherencia. Y ellos habían aprendido a ser coherentes.

Antes de dormir, uno de ellos observó el cielo. Las estrellas seguían ahí, pero ya no parecían distantes ni ajenas. Parecían demasiado cercanas, demasiado atentas. Como si el universo entero hubiera inclinado ligeramente la cabeza para observar qué hacían esas pequeñas figuras alrededor del fuego.

—No existe la moral absoluta —dijo alguien, casi como una broma cansada.

Nadie respondió. No hacía falta.

El fuego se apagó poco a poco. En la oscuridad, algo se movió muy lejos, con la paciencia de quien sabe que siempre habrá...

... "

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Elena (forma humana) junto a una agotada Linda llegan por un portal a la entrada del edificio de san Antonio 80, se encuentran con Jorge que esta terminando de barrer el suelo de la entrada, este las saluda cariñosamente con un abrazo a ambas para luego conversar con ellas.

-Me alegra que hallan vuelto a salvo, Linda te veo agotada quien te dejo en este asi.

Linda con problemas para recuperar el aliento, no pudo responder. La Muerte respondió.

-Abuelo Jorge, se enfrento a Demetrios, ambos terminaron empatando y en el mismo estado.

Jorge toma la mano a Linda, pide permiso a la Muerte para ayudarla.

-Por favor déjame llevar a Linda de compras conmigo, planeo cocinar para el almuerzo la sopa picante que tanto les gusta a todos ustedes.

A Elena le brillaron los ojos, como niña pequeña, antes de nada le pregunto a Jorge.

-¿Donde esta la abuela Marta?.

Este respondió, entre serio y alegre.

-Ella esta en el continente de los orcos ellos tienden, a pelear entre ellos con sus ejércitos, la abuela fue a “disuadirlos” otra vez por orden del jefe Guerra.

Muerte responde no aprenden, para luego, ordenar a Linda acompañar a Jorge de compras para los ingredientes de la sopa picante para el almuerzo.

Antes de salir de compras Jorge y Linda, Destino sale afuera del edificio, le avisa a Elena que debe entrar a su departamento. Esta entra, en el esta Marcos, todos listos para empezar la ejecución del payaso demoniaco rojo.

Se observa el escritorio de Destino, Marcos estaba a su lado de pie, finalmente Elena en medio del departamento con su forma de parca con su hoz en mano lista para la ejecución.

El alma del payaso esta en un frasco, sobre el escritorio de Destino, antes de comenzar comienzan a tirar chistes malos, comienza Elena.

-Veo que se acabo la función sin empezar Payaso.

Destino aporta otro mas.

-Elena tu chiste es tan malo, que me matara.

Marcos se une.

-Silencio, este demonio no merece ese nombre.

Elena con otro chiste malo.

-Marcos, tus comentarios me mataran, si continuas.

Destino se pone serio, ordena la ejecución del payaso finalmente, Elena pone cara de asco deja su hoz una pared del departamento para tomar la escoba que esta cerca de la entrada.

-No ensuciare mi hoz favorita con un demonio que llora.

Destino ríe a carcajadas abre el frasco que libera al alma del payaso, toma forma física y queda paralizado, este ejecuta su ultimo patético acto.

-Imploro piedad, no me ejecuten.

Elena asqueada lo ejecuta, seguido se dirige a un mueble, toma un frasco de alcohol desinfectante de 96 grados, y desinfecta la escoba con elegancia.

Destino y Marcos asqueados toman el frasco, le piden el alcohol a la Muerte, proceden a desinfectar el frasco entre los dos de manera obsesiva.

Luego de terminar la limpieza, Destino miro seriamente a Marcos.

-Marcos espero no hallas puesto otra recompensa errónea, a otros demonios perdedores. Ya que el Cazador furtivo quedo frustrado por la vulnerable resistencia mental del payado demoniaco rojo.

Marcos intenta contra argumentar.

-Ultima vez Destino, no recuerdo si puse puse otra a los buitres rojos carmesí, Skoll y Hati no recuerdo bien (comienza a silbar girando su cabeza).

Destino mira molesto ya que sospecha, que lo volvió a hacer otra vez, pero …

Elena (en su forma humana) interrumpe elegantemente la reprimenda a Marcos, ella seria ahora, informa la situación ocurrida en la cárcel de al seguridad que ataco Demetrios.

-Deténganse, me preocupa Eduardo, su maldición de recibir el dolor de las almas que vuelven a su cuerpo. Demetrios uso su fuego místico en varios prisioneros.

Marcos ya serio le responde a la Muerte.

-El fuego místico quema cuerpo y alma, debe estar inconsciente ahora.

Muerte toca otro tema importante.

-Linda y Demetrios quedaron fatigados, conocemos bien a ese demonio, volverá rápido.

Destino serio, propone donde puede atacar el demonio, donde es mas probable que sean iglesias de la comuna.

Eduardo y Pedro llegan a la entrada del edificio al mismo tiempo que el portal de Marta aparece, llega cansada donde ambos la abrazan con mucho cariño.

-Vida y Amor, no se preocupen, tendré 1450 años y sigo siendo un dragón rojo poderoso.

Eduardo muy alegre le pregunta como le fue con su ultima labor a lo cual esta le responde.

-Vida, esos orcos, son unos cabeza dura, me vi obligada a usar mi fuego como segunda advertencia.

Pedro triste por los orcos, mira a Marta.

-Abuela, me siento mal por ellos, ¿porque no aprenden a vivir en paz?.

Marta mueve su cabeza, revelando una verdad.

-Por los orcos el jefe Guerra, tiene mas trabajo del normal, hacen aun mas difícil su trabajo.

Los tres golpean la puerta del departamento de Destino. Elena abre la puerta y le da un suave golpe correctivo en la cabeza a Eduardo junto a Amor apenas entran, molesta comenta.

-Vida, comunícate conmigo, me preocupe. Y Amor, porque no te comunicaste para avisarme.

Eduardo explica lo sucedido con el padre Clark donde le curo su maldición, todas las entidades sonríen.

Destino ríe levemente y comenta.

-Bien, me alegra que estén acá ustedes y sobre todo tu Vida, Amor sobre la labor que te encargue vas a necesitar ayuda de ultimo momento.

Marta solo con mirar la cara de este, entendió.

-No me digas, se complico todo, y el jefe Guerra pidió mi ayuda.

Eduardo se unió, seriamente añade.

-Si me necesitas es que en esa reunión, Amor va a cansarse mucho calmando los sentimientos negativos, para recuperarlo a el.

Marcos se une.

-Amor, solo no puedes hacer esto, hay alto riesgo de que estalle una guerra de mafias, por eso sugerí que la abuela Marta se involucrara junto a Vida.

Los tres se dirigen al lugar de la reunión, en algún lugar clandestino de Santiago centro. Ya enfrente del edificio de la reunión Marta se quedo sentada en una banca esperando su participación, en lo que Eduardo junto a Pedro invisibles, siguen a un grupo de peones mezcla de las cuatro mafias de la reunión.

Caminaron por largos pasillos hasta llegar a la sala de la reunión, donde estan los cuatro peces gordos, en una mesa redonda. El ambiente era previo a una guerra entre dos grandes ejércitos medievales.

Los lideres de la mafia siempre se han odiado a muerte, nunca tuvieron tolerancia entre ellos ni menos soportan criticas de los otros. Pedro se concentro esparciendo una potente aura de paz y calma que envuelve a los cuatro lideres con Eduardo pendiente para darle mas fuerzas en caso de emergencia, esta con gran dificultad hacia efecto.

Comenzó la reunión de la paz entre los cuatro: Don “cacho” Valenzuela que rige Barrio Meiggs, El “tuerto” Iturra que rige el casco histórico de Santiago, Gabriel “el zar” Lagos que rige el barrio Franklin junto al Bio Bio y Matías “el patrón” Quintanilla que rige el barrio Lastarria junto al Bellas Artes.

Valenzuela acusa que Iturra le robo drogas de alta calidad asesinando a sus hombres en el proceso donde Iturra le reclama energético que ellos asesinaron a cinco de sus hombres primero. Esto provoca que Amor se esfuerce mas, lo que difícilmente afecta a los dos.

El ambiente se puso cada segundo mas tenso donde la mas mínima chispa, hace estallar la guerra, Pedro se sobre esforzó concentrándose logrando unas disculpas mutuas. Entonces Gabriel Lagos golpeo la mesa con sus dos manos, quejándose con ambos que incendiaron una casa de apuestas en sus territorios, volviendo el ambiente agresivo.

Pedro con signos de cansancio y su respiración agitada, usando la ayuda de Eduardo, para regenerar sus fuerzas logro que Gabriel Lagos se disculpe por su actitud reciente. Matías Quintanilla en tono sarcastico y de burla apaga el fuego con bencina.

-Trio de hipócritas, por dentro se quieren destrozar entre ustedes.

Esto elevo la agresividad entre los cuatro irreversiblemente, el aura esta perdiendo su efecto velozmente, Pedro ya no puede controlar la situación es cuestión de minutos que la guerra de mafias estalle. Con ambas entidades sin poder hacer nada.

En eso Marta que sentada en la banca espera procede a levantarse, donde se acerca a la entrada del edificio, esta es detenida por diez mafiosos que apuntan con sus armas a su cara. Marta en ese momento, cambio sus pupilas por pupilas de dragón, estos se paralizaron de miedo. Marta contesto seria, mientras entra.

-Respeten a sus mayores, jovencitos insolentes.

Marta se dirige a la sala de reunión, sus instintos le indican que debe apurarse. Entra a la sala donde los cuatro peces gordos, surgen peligrosos gritos entre los cuatro comenzando a apuntarse con sus armas, estos que la ven entrar, en coro dicen al mismo tiempo que le disparan.

-¡Fuera de acá vieja entrometida!.

Las balas estallan antes de hacer contacto con Marta, gracias a que los dragones rojos pueden elevar la temperatura ambiental por sus escamas rojas. Ella se molesta y reprende seriamente a los cuatro.

-¡Jovenes insolentes, se sientan de inmediato, y firman la paz ahora!.

Los cuatro lideres como niños reprendidos por su madre guardan sus armas, se sientan en la mesa en silencio vigilados por Marta molesta, firman el tratado de paz entre los cuatro con un falso apretón de manos por el miedo a ella.

Todos los mafiosos dejan el edificio toman sus propios caminos, donde Marcos a través, de los pájaros de las entidades cósmicas , observa feliz diciendo “pueden cuestionar mis métodos, pero jamás mis resultados”. Destino comenta con una actitud infantil.

-Al menos en esto, no colocas recompensas equivocadas a perdedores.

Elena les da a ambos un suave golpe correctivo en sus cabeza, regañándolos.

-Compórtense como entidades que son.

La paz se logro entre los cuatro lideres Marta acompaña a los cansados Eduardo y Pedro camino de vuelta al edificio de San Antonio 80, cumpliendo su labor.

Jorge junto a una Linda relajada y descansada, terminaron las compras, para la sopa picante que prepararan luego. Se van a sentar en una banca de la plaza de armas de Santiago centro y se encuentran con el Cazador furtivo tomándose un delicioso helado de vainilla en otra banca cercana, este reconoce a Linda.

-Parca Linda, ¿eres tu?, es bueno verte imponente. En el bar, de Paris Francia, nos contaron que te enfrentaste a Demetrios.

Linda responde que ambos quedaron sin fuerzas al mismo tiempo, Jorge saluda.

-Joven Cazador furtivo, es un placer conocerte, eres muy famoso en el edificio de San Antonio 80.

Cazador furtivo, reconoce a Jorge al instante, muestra sus respetos con mediante una reverencia.

-Usted es Jorge, el legendario dragón rojo, bajo el mando de Guerra o como lo conocemos en el bar en Francia “el disuasor” hace 300 años.

Jorge riendo alegre orgulloso del apodo que se gano. El Cazador furtivo pregunto a Jorge, si lo ayuda a cargar los paquetes en sus manos, este acepta mientras hace una propuesta a Linda.

-¿Quieres probar los helados de los seres humanos?, son deliciosos.

Ella, miro con aura de niña pequeña, queriendo probarlos. Y con un simple movimiento de su cabeza dijo que si, Jorge fue a comprar dos helados a la heladería Savory cercana a la banca. En eso los dos conversaron un poco comenzó Linda.

-Me contaron que tu ultimo trabajo fue horrible.

El Cazador furtivo comento lo frustrante fue, y que el payaso demoniaco rojo, se quebró mentalmente a las dos horas. Esta respondió que ese payaso no merece ser llamado demonio. Después conversaron sobre su combate contra Demetrios, donde el Cazador furtivo le aconsejo seriamente.

-En el mundo de los caza recompensas, ninguno, puede ganarle en uno vs uno, por eso desde hace 500 años no ha podido ser eliminado. Cuidado con el polvo azul que suelta de sus alas, es una potente pólvora que vuelve aun mas letales sus ataques de fuego.

Linda recordó su combate y la derrota a las parcas, usando ese polvo, recordando que posee una hoz de silicato de ignis ideal para enfrentar a demonios que usan fuego y pólvora. Dio las gracias, en ese momento Jorge llego con los dos helados, uno para Linda y el otro para el.

Los tres comenzaron a disfrutar sus helados: Linda lo hacia con el sabor de chocolate, Jorge de frutilla y Cazador furtivo el de vainilla. Pasaron cinco minutos en silencio hasta que …

El aire se puso frio, el ambiente pesado, un pentagrama se dibujo en el suelo del cual comenzó a manifestarse Demetrios, sin saber que iba a aparecer frente a Linda.

Esto se puso alerta se puso en guardia invocando su hoz de silicato de ignis, donde velozmente el Cazador furtivo crea una ilusión de gran rango en el área para no provocar pánico en los seres humanos y Jorge se quedo tranquilo dejando las compras recién hechas en el suelo por seguridad.

Una gran bola de fuego golpeo sorpresivamente a Jorge de espaldas, dejando un montón de humo en el aire, un molesto Jorge (sus pupilas son las de un dragón ahora) queda de pie intacto. Sorprendiendo a Cazador furtivo donde Demetrios queda en schock al reconocerlo. Jorge mira molesto contestando.

-¡Mocoso, no le faltes el respeto a tus mayores!.

El demonio recordó, las dos sombras en el cielo, que lo obligaron a escapar del continente licántropo-vampiro, sobre todo sus rugidos.

Jorge se dirigió a Linda, donde aclaro que Demetrios es presa de ella y no va a intervenir...

... "

[–] fictograma@lemmy.world 1 points 1 month ago* (last edited 1 month ago)

😅 Sorry, I forgot to modify this part that should read: "and experience THIS TEXT in Spanish language".

[–] fictograma@lemmy.world 2 points 2 months ago

Thank you!! 🥰

[–] fictograma@lemmy.world 1 points 3 months ago (1 children)

That's correct. That's the ending. The author likes ambiguous endings. And yes, the young Mateo murdered his ex-girlfriend the night before, and the story depicts the scene where he's watching the police arrive to arrest him.

[–] fictograma@lemmy.world 1 points 3 months ago (3 children)

Yes. You have to read the end of the story in the main site. Cheers.

[–] fictograma@lemmy.world 1 points 4 months ago

It's a writer's work.

[–] fictograma@lemmy.world -1 points 4 months ago

Unfortunately, our writers rely on IA for their illustrations bc it's cheap and don't have money to pay a professional illustrator.

[–] fictograma@lemmy.world 2 points 4 months ago (1 children)

Thank you! I will try to make one or two post a day, promoting our spanish writers. I appreciate your words.

[–] fictograma@lemmy.world 3 points 4 months ago

Thank you! 🤗

[–] fictograma@lemmy.world 3 points 4 months ago

Thank you! 🤗

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