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Literatura en Español

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Obviamente, también puedes publicar en idioma español.

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Les llevó poco tiempo volver a las dunas. Con el nuevo día, el sol parece otro, uno más confiable, uno que nace desde su derecha, de entre los montículos de arena que se extienden hasta el infinito. Ellos no han reparado en el astro, Arlon señala que han aprendido a prescindir de los engaños del cielo a la hora de guiarse. Aun así, el mago quiere creer que Nowa no ha mentido, que se dirigen hacia el norte, hacia donde sea que se encuentre su hogar.

Al avanzar, el desierto le parece cada vez más extraño; transfigurándose a cada paso, cambiando con discreción hasta convertirse en algo más, pero siempre siendo lo mismo, una interminable extensión de fino polvo. La arena, el horizonte y el calor son constantes, se enrarecen por momentos y confunden a la mente.

Piensa que, de haber estado solo, es probable que para tal punto alguna especie de locura ya se hubiese apoderado de sus sentidos. Sin entender porque, la presencia de Zev sosiega su percepción y el desierto se vuelve prístino en su compañía, como aligerando el vagabundeo, invitando al viajero a admirar su inmensidad. Quizá es por ello por lo que le han confiado la delantera en la marcha, puede que sea el único que sepa a donde va. Ha dejado de cojear ya y resulta difícil seguirle el paso.

—¿Cómo lo has creado? —inquiere Nowa.

—¿El qué? —Se imagina explicando a aquellos bárbaros los principios de su arte, pero entonces duda que lo comprendan—. El fuego es como aire muy caliente. Es complicado de explicar.

—Yo hablo del manantial.

Si tan solo pudiera decir la verdad, aceptar que no lo sabe y que apenas entiende los principios detrás del conjuro que le ha permitido materializar tal milagro. Si tan solo pudiese admitir que desde aquel momento perdió algo más que una parte del recuerdo de la clave, que su ser se aligeró y que su mente adquirió un nuevo cariz tras pronunciar aquellas palabras; una consciencia más lúcida, más frágil, que le hace pensar en los delicados íconos de vidrio que adornan el templo central. Como si su voz interior fuese menos suya que cuando atravesó los muros de La Ciudadela para adentrarse en el desierto. Prefiere no pensar en ello, porque la ausencia de miedo hacia el desgaste le perturba y es que imagina que, al mantener a la duda alejada de su mente, mantendrá la cordura un poco más; un día a la vez.

—Ha sido en un momento de desesperación —Bebe un trago de su cantimplora y se prepara para mentir una vez más—. A veces, frente a la posibilidad de morir, el cuerpo rompe sus propios límites y es capaz de cosas asombrosas.

—Pues intentaré matarte cada vez que tenga sed —interrumpe Zev—. Tal vez en una de esas también arrojes oro y pueda comprarme todo el vino que desee.

Él hace una mueca y la tentación de probar un conjuro que carbonice esos mechones anaranjados lo invade, ríe para sus adentros ante tal idea.

Camina por delante de Arlon, quien hace de muro protector, cubriendo la retaguardia de la marcha. A veces Nowa se aleja del grupo y desaparece a ratos, entonces regresa con alguna presa colgada del cinto, de extraña apariencia y piel iridiscente, o con un puñado de hierbas que envuelve con cuidado en retazos de tela y termina por guardar en su mochila.

La piel le ha comenzado a arder bajo los rayos del sol y él siente que vagan sin rumbo, perdidos en una monótona trampa de arena. Cuando se detienen en seco, se hallan en mitad de la nada, rodeados por hierbajos y arena, todavía más arena, la misma que ha visto desde que entró a las dunas, esa que ha fastidiado su vista y comienza a desatinar su paciencia, tanta que podría repartir un saco repleto a cada habitante de La Polis y aun así restarían cantidades inmensurables.

—Desde aquí los centinelas ya podrán vernos. Lo mejor será anunciar nuestro regreso.

De entre sus ropas, Zev extrae un extraño objeto metálico doblado sobre sí mismo en un ángulo recto. Por un extremo se ensancha y revela la boca de un tubo, por el otro, lo que el mago se aventura a creer sirve de soporte e interruptor. Cuando apunta hacia el cielo libera un chasquido mecánico, y una llama nace desde la punta de aquel artilugio, asciende a toda velocidad y perfora el azul del cielo con un resplandor plateado. Nota que Zev lo mira a los ojos, por sobre su cicatriz. Está a punto de preguntar sobre la naturaleza de aquella luz cuando el peso frío del brazo artificial de Arlon se posa sobre su espalda.

—Lo mejor será que tú continúes a ciegas.

Ni siquiera alcanza a preguntar cuando un estridente escozor ya lo recorre por completo, subiendo de intensidad hasta que su cuerpo se entumece y su mente termina obcecada entre un zumbido eléctrico que termina por derribarle. Esa mirada extraña es lo último que alcanza a ver.

Engranajes y chirridos. El frio inerte del metal al tocar su vientre, incluso a través de sus ropas. El calor se disipa, el sol se opaca y el rojo que inunda sus párpados se oscurece hasta alcanzar una negrura incierta. Se arrastra hasta caer rendido sobre un amable montón de tela, mullido y cálido. Huele a tierra, huele a metal. El rumor eléctrico que se filtra entre las gruesas capas del síncope le recuerda al cántico taciturno del rotor. A veces abre los ojos un poco, y pequeñas luces amarillas se cuelan entre sus pestañas, pero decide entregarse al sueño, revolviéndose entre un amasijo de seda y lana, calidez exasperante, calma impaciente.

Lo primero que nota al volver en sí, es el brillo cúprico que se refleja desde el cielo raso y las paredes, tenues lumbreras enjauladas y adosadas a los muros apenas le permiten discernir que sigue vivo, separando la vigilia del sueño. Una manta de gruesos hilos cubre su cuerpo, que se ha visto desprovisto de sus ropas más pesadas. Cuando por mero instinto contrae los dedos de sus pies, se encuentra con que ha perdido también las botas que lo llevaron a través del páramo. Por un momento se queda quieto, disfrutando el abrazo del suave lecho que lo arropa, intentando distinguir algo entre la penumbra.

No muy lejos suyo, distingue lo que él supone es una puerta, enmarcada en sus extremos por líneas brillantes que se escurren por entre dos finas ranuras. Así que se decide por levantarse, por huir si es necesario hacerlo. Ahí no existen Nowa, ni Zev, ni Arlon. Solo él y la penumbra.

Ha encontrado sus zapatos junto a la cama, y tras amarrar el último cordón, alza la mirada y se encuentra con su capa de viaje colgada de un perchero que tiene enfrente y del que apenas se ha vuelto consciente. Entonces, tras echársela sobre los hombros, se da tiempo para examinar las luces que ronronean y emiten esa leve luz amarilla. El asombro lo invade al descubrir una crisálida de cristal que, en su interior, contiene a lo que solo alcanza a describir como un minúsculo fuego fatuo que parpadea con periodicidad. “La puerta”, recuerda, urgido por salir de ahí y comprender en dónde es que ha terminado tras las últimas palabras de Zev.

Se encuentra con un panel deslizable, el cual, para su sorpresa, cede cuando lo empuja, ocultándose hacia adentro del muro. Cierra los ojos y parpadea deprisa, y es que sale a un pasillo donde las prisioneras de aquellas cárceles cristalinas brillan con mayor intensidad. Observa que, hacia el final del corredor, unas escaleras marcan el descenso hacia algún piso inferior, así pues, prepara un hechizo, el mismo que aturdió al bárbaro y asustó a la mujer, pero en esta ocasión ha puesto toda su voluntad en ello. Ha concluido que nunca se es demasiado precavido. Tal vez hasta podría asesinar a alguien.

No sabe cuánto tiempo le ha llevado alcanzar las escaleras, caminando tan lento como le es posible, buscando ocultar cualquier ruido que puedan emitir sus pisadas. Se ha llenado de alivio al sentir un suelo de madera húmeda bajo sus pies, al menos eso amortiguará su presencia. Toma un respiro antes de bajar, toma un respiro y se imagina disparando de nuevo un conjuro que apenas y ha probado contra otro ser vivo. Hacia la mitad de la escalera, asoma la mirada y alcanza a observar una mesa, frente a la cual una figura encorvada ha encontrado asiento, quedando de espaldas a él, por eso no puede reprimir dar un pequeño brinco cuando una voz grave, femenina, se dirige a él.

—Veo que ya has despertado, hijo.

Es una mujer bajita, rechoncha y vieja. Se levanta de súbito y el mago observa el amplio vestido amarillo que envuelve su cuerpo. Ell hace excesivos ademanes al hablar, desaparece por un portal adornado con cortinas, que el mago no había notado, solo para volver enseguida cargando un burdo cuenco de madera que exhala vapor desde su interior.

—Siéntate ahora que aún está caliente. Las dunas han de tenerte famélico —Más ademanes, vueltas alrededor de la mesa y miradas furtivas en su dirección—. Solo mírate, estás tan flaco. ¡Pobre! ¡Pobre!

Desorientado, apenas pone un pie fuera del escalón cuando ella ya lo ha tomado por un brazo, acto que deshace el conjuro entre sus dedos. Le conduce hasta la mesa, en donde casi a la fuerza lo sienta frente al humeante cazo, y el aroma a especias golpea su nariz, el denso vapor sube hasta su rostro y de pronto siente mucha hambre, tanta como no había sentido jamás. Sin dudarlo, bebe el caldo, rebosante de carne y trozos de lo que adivina, sería el mismo alimento que Zev le ofreció en la bóveda. La grasa forma un hilo desde las comisuras de sus labios hasta el final de su barbilla, y el pan que ella le ofrece es bueno, seco y amargo, impregnado por un perfume frutal e incrustado con algunas semillas de gusto aceitoso.

La mujer le mira con atención, y entonces la observa. El abundante cabello anaranjado se funde en marañas por sobre sus hombros, custodiando un corto cuello adornado con varios collares de madera, de hojalata y de cristal. La mirada de dos grandes ojos verdes se cierne sobre él, y entre ellos, justo donde termina una ceja y comienza la otra, una marca como la suya, una señal del saber.

—Parece ser que la tuya es más discreta —ríe la mujer—. La mía me arruina el semblante.

Se ahoga, el caldo caliente quema su garganta y tose en el intento de recuperar algo de aire. Se pone de pie de un salto y entreteje un sortilegio que le permita distraer a la mujer. Es una bruja, una marcada por el saber, así que ella también es capaz de ver la marca sobre su cuello. Observa el cuenco de sopa, aun humeante, dirige entonces su voluntad sobre él, será menos demandante trabajar sobre algo ya caliente.

Del líquido, grasoso y condimentado, forma una densa nube que oscurece por un instante la habitación. Siente pena por la comida, hubiese deseado terminar aquel guiso, pero también siente la necesidad de huir. Siempre huyendo, escapando de la muerte y del peligro, escapando de la partida de Aldous y de la amenaza de Pólux, del esnórak y de la deshidratación, y ahora escapando de una bruja con apariencia de abuelita. Cuando está por escabullirse, un gesto de la mujer condensa en vapor sobre sus manos, solo para verterlo en el cuenco y dejarlo ahí, todavía humeante, comestible.

—Es sorprendente que alguien tan joven ya esté marcado —dice con seriedad—. Pero jugar con la comida que he preparado es un insulto hacia mí.

—¿Qué es lo que desean de mí? —solloza él—. Si aquel salvaje ha de cortarme el brazo para dejarme ir, que lo haga, pero os advierto que no dudaré en atacar con toda mi fuerza.

Perpleja, la mujer primero se rasca la cabeza, buscando sentido en las palabras del mago. Acto seguido se cubre la boca con una mano y suelta una carcajada ruidosa, disonante.

—Mi nieto dijo que eras escurridizo —El cabello dorado y los ojos verdes. Ahora lo ve—. Pero no le creía capaz de soltar tales amenazas. Es un joven ingenioso, sin duda.

Otro gesto de manos, un resplandor sobre su mente y un destello enceguecedor. Se ve sentado a la mesa, ¿cómo es que llegó ahí?

—Termina de comer y podremos hablar en paz.

Una botella de pesado cristal verde ha aparecido a su derecha. Ella lo destapa y el aire se inunda con el aroma de la fruta al fermentar. Sirve un generoso vaso y lo extiende hacia él.

—Soy Uzi —dice ella. Y el elixir carmesí llena hasta el borde una copa que sostiene con ambas manos, da un ruidoso sorbo y continua—. Aunque casi todos aquí me dicen Ma. Así que está bien si tú también lo haces.

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