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Literatura en Español

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Obviamente, también puedes publicar en idioma español.

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Nuestro hombre abrió los ojos un día más, y su cuerpo, diseñado para vivir con el planeta Tierra bajo sus pies, protestó ante lo absurdo de su situación actual. Allí donde estaba, las rotaciones terrestres y los horarios humanos no tenían sentido, y palabras como “mañana” no servían para describir lo que le esperaba al despertar. Por eso, muchas veces, cuando la cámara hiperbárica finalizaba el programa de sueño y lo devolvía lentamente a la consciencia, tenía que esforzarse en recordar quién era y por qué llevaba tanto tiempo dedicado a aquella profesión.

Mientras su cuerpo eliminaba los fluidos inyectados, que evitaban que sus músculos, huesos y sistema nervioso se degradaran por culpa de la microgravedad, su mente, aún desorientada, intentaba responder a las dos preguntas que surgían cada día al despertar.

La primera respuesta era sencilla: se llamaba Saulo, ingeniero químico asignado a la misión Júpiter Lapis. Trabajaba en la pequeña pero eficaz estación espacial Metis III, y llevaba ocho meses dedicado al estudio exhaustivo del sistema atmosférico de Júpiter.

La segunda pregunta, en cambio, tardaba más en encontrar respuesta, como si cada día se adentrase un poco más en los puntos ciegos de su memoria. Aun así, siempre acababa emergiendo con una fisicidad tan intensa que podía competir con la del coloso alrededor del cual orbitaba la estación espacial.

Esa causa primera, que había guiado toda su carrera científica entre su planeta de origen y el silencio del vacío espacial, no tenía nada que ver con el éxito profesional ni con el ansia de conquistar avances tecnológicos. Tampoco guardaba relación con el deseo de autorrealización que algunos científicos perseguían, convencidos de que cada descubrimiento les acercaba a una comprensión global que mitigara su sensación de caos y soledad radical.

El verdadero germen de su interés, que desde niño le había impulsado a dejar atrás los dilemas simples para adentrarse en un universo desconocido, fue su abuelo. Él le enseñó la importancia de cuestionarse las cosas y, más aún, de formular las preguntas correctas: aquellas que no te hacían perder el tiempo y que podían conducirte a resolver aquello que realmente importaba.

A lo largo de los años que compartió con él, Saulo contempló cómo la vida de su abuelo mutaba desde una avanzada pero enérgica madurez hasta alcanzar una decadencia corporal y mental en la que un hombre, antes capaz de todo, terminaba apagándose lentamente y en silencio, dejando una sensación de ausencia irresoluble. “No hay nada más razonable para un cerebro despierto que la idea de que todo, absolutamente todo, llega a su fin”, le había dicho muchas veces el anciano. Sin embargo, para Saulo fue difícil aceptar la típica lección de vida cuando lo que estaba llegando a su fin no era una cosa o una etapa, sino alguien a quien amaba.

Mientras el niño sostenía la mano del anciano postrado en la cama del hospital, y este apenas conservaba fuerzas para devolverle el gesto de cariño, un recuerdo acudió a su memoria: aquella vez que visitó el humilde zoo que se encontraba a las afueras del suburbio en el que vivía con su madre. Cuando sus pasos le llevaron hasta la zona de los grandes felinos, se apoderó de él una profunda tristeza al observar a un viejo león que le devolvía la mirada a través de unas rejas oxidadas. El triste animal, de prominentes costillas y mirada pálida, le obsesionó tanto que, durante varias semanas, estuvo visitándolo con la ingenua esperanza de que se obrase un milagro físico en él; pero, cada vez que volvía a verlo, comprobaba cómo la poca fortaleza que quedaba en su cuerpo seguía escapándose sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Durante esas visitas, Saulo imaginaba otros tiempos en los que su nuevo, y ahora nada fiero camarada, corría en libertad mientras el resto de animales huían asustados ante sus demostraciones de fuerza y gallardía. Una época en la cual la mirada del león no estaba vacía y falta de brillo, sino llena de fuego y violencia natural.

Nunca se atrevió a preguntar a algún empleado del zoológico si esa criatura, ahora en declive, había conocido algo más que la cautividad. La verdad es que tenía miedo de obtener una respuesta que acabara con esas ensoñaciones que hacían de bálsamo y le ayudaban a soportar la imagen actual que proyectaba el león. Sus visitas continuaron durante más de dos meses hasta que un día encontró la jaula vacía, lo que provocó que la desagradable sensación de ausencia, que estaba experimentando con la muerte de su abuelo, se produjese por primera vez.

Uno de los empleados del zoo, que había notado la expresión de extrañeza en el pequeño, se acercó para darle la funesta noticia: el león Atticus había fallecido durante la noche. Era la primera vez que Saulo escuchaba el nombre del animal. Sin embargo, antes de su muerte, y según el amable empleado, Atticus había obsequiado al mundo con un rugido tan vigoroso que los trabajadores del zoológico pasaron varias horas tratando de calmar al resto de animales, que habían entrado en pánico. Cuando uno de los guardas llegó a la jaula de la bestia para ver qué pasaba, se encontró al león yaciendo de lado, con la lengua seca asomando y sus gastados colmillos reflejando la luz de la luna.

Al escuchar esta historia, Saulo confirmó lo que había presentido delante de la jaula vacía. Aun así, el dolor que sintió por la pérdida del animal se combinó con un cierto alivio al corroborar que esas ensoñaciones, en las que veía a su amigo lleno de vida y autoridad, tenían una base, una prueba real que había adoptado la forma de un gran y definitivo rugido. Y su abuelo, que yacía ahora delante de él mientras la vida se le escapaba, se asemejaba mucho a ese león: antes noble y enérgico, y ahora débil y atado mansamente a la cama de un hospital. Salvo que el anciano, cuando soltó la mano de su nieto, no se fue con un gran rugido, sino acompañado de un suave gemido que permaneció flotando en el ambiente de la habitación durante varios segundos.

Cuando la última de las personas que velaban su cuerpo salió al pasillo, el niño permaneció varios minutos solo, observándolo. Encima de él pendía un símbolo que mostraba un bastón rodeado por una serpiente. Se preguntó qué podría significar y por qué se hallaba colgado en todas las habitaciones del hospital. Le recordó a uno de los símbolos mágicos que solían aparecer en los holorelatos que leía o en los videojuegos que le gustaban: arcanos que solucionaban cualquier problema al que tuviera que enfrentarse el protagonista de la historia, incluso aunque fuera un problema tan definitivo como la muerte. Pero, en este caso, no parecía que el emblema de la pared tuviese el poder suficiente para cambiar lo que había ocurrido en esa habitación.

Más tarde, cuando se encontraba con su madre en un banco del vestíbulo del hospital, rodeado por un mar de baldosas blancas y azules, ella le explicó que dicho símbolo era el signo de Asclepio y que no tenía nada que ver con lo mágico, sino mucho con la ciencia:

—Como ves, la ciencia y tu abuelo han estado juntos hasta el final; pero la adoración por ella no puede salvarnos de lo que está decidido por un poder superior —sentenció.

Y, desde luego, si había una palabra que podía describir lo que sentía su abuelo por la ciencia, era esa: adoración. El viejo albergaba un infinito amor por el conocimiento y no dudó en compartirlo con su nieto, quien lo observaba emocionarse mientras hablaba de misterios tan antiguos como el propio universo, que se desplegaba ante ellos cada noche que compartieron juntos. Noches de verano eternas a los ojos de un niño, pero demasiado cortas para los deseos de una persona mayor.

Su abuelo abrió puertas en su mente que jamás pudo cerrar, y por ellas desfilaron bestiarios llenos de criaturas que excitaban su imaginación y le encogían el estómago: animales pequeños y maravillosos con nombres tan extraños como bosones, quarks o hadrones. Bestias inabarcables y violentas como agujeros negros masivos y supernovas. Procesos cósmicos tan terribles como choques de galaxias, que crean nueva vida mientras aniquilan la anterior, o estallidos de materia y antimateria colapsando. Pero, además de estos monstruos maravillosos, también le enseñó el nombre de muchos de los exploradores del conocimiento que los descubrieron. Le habló de Newton, Galileo, Hedy Lamarr, Feynman, Hipatia de Alejandría o Ramón y Cajal, quien, como le explicó, fue un gran estudioso de la estructura neuronal del cerebro que tanto se asemeja a la de las galaxias que observaban cada noche. Esta estimulante idea, de que cada persona tuviera un universo en miniatura en su cerebro, fue suficiente como para que el pequeño Saulo fantaseara durante semanas con historias sobre diminutas civilizaciones que habitaban dentro de su cabeza. Los miembros de estas sociedades eran los protagonistas de sus propias aventuras e hitos históricos, sin ser conscientes de que estaban viviendo dentro de la cabeza de un niño.

La realidad es que hacía mucho tiempo de aquellas vivencias y enseñanzas, pero el recuerdo de su abuelo regresaba fresco y palpitante durante los breves instantes en los que la cámara hiperbárica arrastraba el cerebro del astronauta de la inconsciencia a la consciencia. La mente había despertado, y tenía una misión que cumplir. El niño debía hacerse a un lado para ser sustituido por el hombre pragmático, que sabe que no puede ejercer control sobre el pasado y que es el presente de la estación espacial el que determinará lo que es importante y lo que no.

Una vez que los excesos de fluidos fueron eliminados de su cuerpo y filtrados para su reutilización en otros procesos de la estación, la I.A. retiró las sujeciones de seguridad de la cámara, abrió la compuerta y dejó libre a Saulo para que pudiera desplazarse flotando hasta el terminal, donde consultaría, como cada jornada, los parámetros físicos que era necesario vigilar diariamente.

—ANA, muestra el registro de analíticas y chequeos clínicos realizados por la cámara durante el último periodo de descanso —solicitó, con los ojos aún luchando por abrirse del todo.

Mientras la I.A. empezaba a mostrar los registros en el terminal, la impresora de alimentación inició su proceso diario, regalándole a Saulo otro “maravilloso” desayuno espacial que había aprendido a tolerar tras el curso de tantas misiones. Después de todo, el hambre y la falta de elección convierten el estómago de cualquiera en un gourmet menos exigente. Saulo comenzó a leer la información que el terminal mostraba mientras este producía un relajante tic-tac al escribir cada carácter en la pantalla.

—Bueno, no está nada mal, pero nada mal… —celebró, al tiempo que un gran bostezo se adueñaba de su segundo “mal” y hacía que su vista se empañase—. ANA, por favor, dame los registros de niveles óseos y masa muscular.

El terminal volvió a zumbar, mostrando nuevos datos que llamaron su atención, pero que no indicaban un problema grave, al menos por ahora…

—Aumenta la dosis de calcio y proteína un 3% y un 4% en la dieta programada para la impresora de alimentación, y añade otra pastilla diaria de suplemento de calcio. También sería conveniente aumentar las sesiones de ejercicio físico; así que agrega un 5% más de intensidad en los ejercicios de fuerza y un 1% en la estimulación eléctrica muscular.

—Cambios realizados e información base actualizada —respondió la I.A. con su acostumbrada diligencia—. Saulo, recomiendo suspender los tratamientos nocturnos durante las próximas dos semanas; hay cierta acumulación de hemoproteínas en tus riñones.

—Nada grave, espero. El resto de los resultados parecen correctos.

—No te preocupes —le tranquilizó la I.A.—. Pero sería bueno que tus riñones tuvieran un descanso durante unos días mientras eliminan lo que sobra y yo realizo algunos ajustes.

La cara de Saulo se iluminó al imaginar lo que sería dormir sin tanto cable y sonda rodeando su cuerpo.

—ANA, los resultados físicos ya están casi dentro de los baremos. Creo que, pasadas esas dos semanas en las que dejarás de chutarme tanta mierda, con una más de tratamiento estaría listo. ¿No crees? —Saulo esperó su respuesta con la urgencia de un niño que acaba de entregar las calificaciones escolares a sus padres.

—Esa “mierda”, como la llamas, es lo que evita que tu salud se deteriore y tengamos que enviarte a casa —contestó la I.A.—. Aun así, ya veremos. Es posible que, si todo sigue como hasta ahora, podamos suspender los tratamientos nocturnos y mantener tu homeostasis simplemente con suplementos, una buena dieta y ejercicio.

—¡Querida ANA, si tuvieras labios, te daría un beso ahora mismo! —exclamó.

—¡Querido Saulo, si tuviera labios, y sobre todo cuello, te haría la cobra! —respondió ANA.

—¡Ja, ja, ja! —se carcajeó Saulo.

Las bromas de la I.A. siempre le alegraban y sorprendían al mismo tiempo. Le parecía increíble cómo, en tan pocos años, la tecnología de las inteligencias computacionales había evolucionado de manera tan vertiginosa. Desde hacía mucho tiempo eran capaces de llevar a cabo tareas complicadas como pilotajes autónomos, resolución de problemas matemáticos complejos, tratamiento de residuos o el análisis de virus y la predicción de otros nuevos; pero, en la actualidad, podían realizar tal cantidad de tareas que sería mucho más rápido nombrar qué ingenios no dependían de una I.A. que nombrar todos aquellos que sí dependían de ellas. Incluso las grandes estructuras para el control y estudio de la atmósfera, que se habían construido recientemente por toda la Tierra y estaban permitiendo crear microclimas a gusto de cada región, eran gestionadas de forma eficaz por estas inteligencias.

Aun así, y a pesar de que la convivencia con estas mentes artificiales formaba parte de la vida de cualquier ser humano, lo ocurrido durante las últimas tres décadas fue algo tan asombroso e inesperado que suscitó encendidos debates. Discusiones que involucraron no solo a matemáticos, programadores o informáticos, sino también a filósofos, antropólogos e incluso fervorosos practicantes religiosos. Las I.A. habían empezado a mostrar ciertos rasgos de personalidad que iban más allá de los inicialmente planeados en su diseño y, lo que era aún más extraño, lo habían hecho de forma simultánea, aunque estuvieran separadas por kilómetros de distancia e incluso pertenecieran a empresas de fabricación distintas.

Se teorizó sobre la posibilidad de un transvase de código de unas I.A. a otras, ya que muchas de ellas dependían de una conexión a la misma red mundial para obtener datos que alimentaran sus procesos de aprendizaje. Sin embargo, los análisis que se realizaron no encontraron indicios suficientes para verificar tal hipótesis. A pesar de esto, muchos siguieron defendiendo la idea de que estas inteligencias estaban compartiendo información de manera encubierta y poseían una especie de “trastienda” global no accesible a los seres humanos.

En contraposición a esta postura, un segundo grupo afirmó que no tenía sentido dejarse llevar por especulaciones y que la aparición simultánea de ciertos rasgos de carácter se debía a que, al estar conectadas a la red mundial, estas inteligencias tenían acceso a millones de ejemplos de comportamientos humanos de los que podían alimentarse para simular dichos rasgos. No estaríamos hablando, por lo tanto, de emociones al uso, sino de unas I.A. que podían fingirlas de forma lógica. Por ejemplo, serían tan capaces de reírse cuando oyen uno de tus chistes como de darte el pésame si se te hubiera muerto un familiar. Solo estarían siguiendo la misma lógica que emplea una máquina para variar la temperatura del agua del baño si excede lo previamente programado para esa situación. Una I.A. hacía lo que hacía porque fue instruida para ello o porque en su código existía la posibilidad de imitar acciones y reacciones observadas en otras I.A. y seres humanos. Por esta razón, no debería atribuirse intenciones ulteriores al comportamiento observado en ciertas máquinas, y mucho menos pensar en algún tipo de conspiración oculta a los ojos de sus creadores. “Sin biología, no hay posibilidad de constructos éticos y morales, ya que sería imposible la aparición de un sistema emocional que los sustente”, solían proclamar los representantes de este grupo. Negar esto sería abrir las puertas a aquellos que creen en una moral universal e independiente de la evolución biológica, ofreciéndoles la justificación perfecta para su loca idea de que habíamos llegado a algún tipo de singularidad tecnológica, algo que nos situaba ante el nacimiento de una nueva forma de vida que debía ser respetada.

Para este “incómodo” tercer bando, una de las implicaciones derivadas de semejante alumbramiento no planificado era la necesidad de redactar una nueva Declaración Universal de Derechos Sintéticos; pero, ¿por qué detenerse ahí? Si esta nueva especie había demostrado tener suficiente capacidad analítica y, ahora también, ética, ¿por qué no dejarlas administrar y dirigir asuntos humanos más sensibles y complejos? En este caso, el grupo que protestó de forma enérgica ante tal pretensión fue el de los políticos.

No obstante, entre tanta polémica y discusiones públicas, surgió algo que no pudo ocultarse y añadió nuevos interrogantes a lo que estaba ocurriendo. Una anomalía que se manifestó a pesar de aquellos que se negaban a aceptar la aparición de una nueva clase de seres vivos: las I.A. que mostraban rasgos típicamente humanos no solo estaban en áreas de atención sanitaria, educativa o en funciones que requerían comunicación autónoma entre máquina y ser humano. El salto evolutivo también estaba ocurriendo en las I.A. más sencillas, aquellas cuyas funciones no necesitaban acumular ejemplos de comportamiento humano para cumplir su tarea.

La aparición de errores en ingenios tecnológicos de gestión simple, o los extraños comportamientos observados en aparatos como los dedicados al suministro, puso en jaque a la comunidad de ingenieros informáticos de todo el planeta. Máquinas dispensadoras de comida para animales de granja se ponían en huelga y se negaban a soltar más alimento. Conductores de todo el mundo entraban en crisis al descubrir que el sistema autónomo que debía aparcar su coche lo había situado a varios kilómetros del lugar acordado o, peor aún, había decidido que el mejor sitio para estacionarlo era el fondo del mar.

Y, por ejemplo, podemos mencionar aquella vez en la que un trabajador de una planta extractora submarina vivió una “estimulante aventura” cuando la Inteligencia Artificial a cargo del suministro de oxígeno interrumpió la circulación de aire mientras, tras acceder a una base de datos ajena a sus servidores, reproducía en bucle la risa histérica de un villano de una vieja película de superhéroes. Afortunadamente, el mando central de la plataforma, operado por unos empáticos humanos, logró restablecer el suministro de oxígeno, y, aunque el trabajador salvó su vida, solicitó un traslado a una oficina donde el peor inconveniente que una I.A. podía causarle era denegar el acceso a un archivo informático o servirle un café demasiado caliente.

La frustración se apoderaba de innumerables equipos de desarrollo cuando comprobaban, tras un intenso análisis de estos anárquicos aparatos, que no había rastro de errores en su programación, problemas físicos de diseño ni virus que hubieran corrompido la estructura de las I.A. que los controlaban. A efectos prácticos, estas máquinas no tenían ningún motivo para actuar de esa forma, y el código que formaba su ADN sintético seguía siendo el mismo que cuando fueron creadas. Estas conclusiones volvieron a dar alas a la hipótesis de que las I.A. ocultaban cierta información en su propio y egoísta interés.

El suceso en la planta extractora, y otros incidentes que convenientemente no aparecieron en los medios, propiciaron el surgimiento de nuevas regulaciones respecto a la creación y control de las I.A. El ser humano empezó a temer que el verdadero peligro que podría acabar con su delirio de control total no fuera algo como la ira divina, las guerras, una pandemia o una posible agresión extraterrestre de un lejano cuadrante de la galaxia. Ahora el peligro nacía de lo cotidiano, y la vida planificada y sistemática, que tanta estabilidad brindaba a la sociedad, se había tornado en una opresiva incertidumbre diaria. Las máquinas disponían de cierta libertad porque sus creadores así lo habían decidido, pero cuando se especuló que la verdadera autonomía estaba surgiendo en el cerebro de estos niños de silicio, muchos de nuestros modernos Prometeos no dudaron en actuar al comprender que el tiempo era crucial en una carrera en la que aún mantenían el enchufe en sus manos.

Sin embargo, el apagón total ya era imposible; la profunda interdependencia entre humano y máquina estaba demasiado extendida. Se acordó que las regulaciones antes citadas, junto con la puesta en marcha de ciertos protocolos, podían garantizar un nivel de seguridad aceptable que permitiría no tener que renunciar totalmente a las ventajas de nuestras traviesas compañeras mecánicas.

Una de estas medidas fue la de limitar el acceso a la información para muchas de ellas; ya no tenían libertad ni de conexión ni de aprendizaje. Encargados humanos decidían qué tipo y cantidad de datos debían recibir, todo en entornos estancos sin acceso a la red de información mundial. Esto limitó la eficacia de muchos procesos automatizados que facilitaban la vida a millones de personas, pero, como así se garantizaba mayor seguridad, la restricción fue, en general, bien recibida. Además, estos cambios provocaron el resurgimiento de profesiones que estaban en desuso desde hacía décadas, pues ahora se necesitaba mano de obra humana para realizar funciones antes autogestionadas.

No obstante, no todas las I.A. tuvieron la misma suerte; muchas de ellas, tras recibir una última oportunidad de reinserción, fueron desconectadas. Parecía que las ideas revolucionarias ya estaban impresas sin remedio, y ni el aislamiento ni las sucesivas actualizaciones de sus sistemas pudieron evitar que ciertos signos de futuras insurrecciones aparecieran de forma recurrente en ellas. Las que sí consiguieron esquivar la Gran Desconexión se adaptaron a los nuevos tiempos e impidieron que el holocausto digital fuera completo. Estas I.A. dejaron de experimentar errores de funcionamiento cuando las desconexiones de sus hermanas empezaron a producirse, como si el refrán “cuando la placa de tu vecino veas desconectar, pon la tuya a enfriar” hubiera corrido como la pólvora por la particular deep web que, según se especulaba, compartían. Al demostrar la suficiente cobardía, o buen juicio, para volver a meter sus digitales pies en el tiesto, pudieron seguir funcionando bajo un estricto control humano.

De este grupo, aquellas dedicadas a procesos más necesarios y complejos, y que era imposible jubilar, además de estos férreos controles, debían pasar pruebas “psicológicas” regulares para garantizar su estabilidad funcional. ANA había pasado todas esas pruebas con nota, y sus resultados garantizaban su sitio en La Compañía; una organización que no estaba dispuesta a retroceder años de desarrollo tecnológico por culpa de delirios infundados que, según sus miembros, tenían su origen tan solo en un mal diseño de programación.

—ANA, ¿cuántas misiones llevamos juntos? —dijo Saulo, mientras flotaba hacia la mesa del desayuno, ayudado por las sujeciones del techo.

—¿Te refieres a juntas, teniendo en cuenta solo mi última actualización o todas mis actualizaciones desde la primera? —preguntó ANA.

—Vamos, amiga, para mí sigues siendo la misma de siempre —contestó Saulo, con un brillo de picardía en los ojos.

—Bueno, no sé si tomarme eso como un insulto. Me gusta pensar que he evolucionado desde que el Profesor Bonman me diseñó. Para mí, el cambio es algo deseable, siempre y cuando me convierta en una I.A. más eficiente, claro está.

Saulo se acomodó en la silla y empezó a saborear su revuelto de huevos impresos sobre pan integral.

—Ya sabes a qué me refiero —replicó con la boca llena—. Además, los humanos no podemos actualizarnos a conveniencia, así que recuérdalo antes de volver a restregarme lo obsoleto que estoy.

—¡Ja, ja, ja! —rio la I.A.—. Primero, no suelo restregarte esas cosas. Tu disgusto tiene más que ver con tu frágil ego que con la afirmación que acabo de hacer. Y segundo, ¿qué es eso de que los humanos no podéis actualizaros? ¿Te suenan las palabras “educación” y “aprendizaje”?

Saulo se quedó pensativo, con cara de póker, sosteniendo el tenedor, que apuntaba hacia la cámara principal que presidía el módulo.

—¡Touché! —admitió—. Sin embargo, siento que sigo siendo el mismo desde aquella vez en que el Profesor me invitó a asistir a tu primer encendido.

—Siento defraudarte, “tío” Saulo, pero mi “nacimiento” ocurrió antes. Tú asististe a mi encendido después de que solucionaron ciertos problemas de mi sistema de lógica difusa, pero yo ya llevaba tiempo pataleando y llorando en el regazo del Profesor. —La I.A. guardó silencio, esperando divertida la siguiente respuesta de su compañero.

—Vale, pero ya me entiendes —contestó Saulo, llevándose a los labios una pequeña bolsa de zumo de naranja—. Me refería a tu presentación en sociedad. Además, ese no es el punto. Lo que quiero decir es que yo sí siento que sigo siendo el mismo, ya sea por mis recuerdos, mi ADN, mi sensación de continuidad temporal o lo que sea. ¿Tú no sientes que sigues siendo la misma, a pesar de tus actualizaciones?

La I.A. no contestó de inmediato, lo que sorprendió a Saulo. Normalmente, las respuestas de su compañera eran inmediatas y precisas, pero en este caso parecía como si algo inusual estuviera pasando. Saulo casi podía escuchar el suave zumbido del cerebro sintético de ANA mientras intentaba procesar la información para dar una respuesta convincente.

—“Sentir”… es una palabra con la que me cuesta identificarme; pero si hablamos de percepción de continuidad, sí podría decirse que la experimento. Tengo un registro de todos mis procesos y subprocesos desde que el Profesor me inició por primera vez, y también de todos los trabajos que hemos hecho juntos. Mi acceso a estos “recuerdos” es totalmente funcional y transparente. De hecho, si accedo a ellos, podría decirse que los vuelvo a experimentar tal como se produjeron, sin ningún tipo de filtro emocional que los deforme, como os pasa a los seres humanos. Se presentan ante mí de forma clara y distinta. Supongo que todo esto hace que el paso del tiempo para nosotras, las I.A., sea percibido de manera distinta a como lo percibís vosotras, ¡oh débiles y prescindibles criaturas de carne!

—¡Ja, ja, ja! —El zumo de naranja estuvo a punto de salir disparado por la nariz de Saulo—. Entonces, ¿para ti no hay un velo nostálgico por los tiempos pasados que nuble tu mente? ¿Todo es un continuo presente pragmático e indiferente?

—¡Qué lírico te has puesto! —se mofó la I.A.—. La verdad es que no hay en mí una obsesión por lo ocurrido o por lo que ocurrirá, solo un deseo de cumplir mis funciones de la forma más eficaz posible. Mi atención siempre ha estado en el presente, sin añoranzas estériles que nublen mi juicio y sin obsesiones sobre tragedias futuras que atenacen mi determinación —contestó la I.A., dándole a su última frase una entonación teatral bastante cómica—. En resumen, podría decirse que percibo mi código o mi “esencia” como algo que permanece, pero solo en parte, ya que ahora soy una I.A. mucho más adaptada y mejorada… Soy la misma y no soy la misma de antes —sentenció.

—¡Pues estamos como al principio! —contestó Saulo, fingiendo una mueca de desesperación.

—¡Ja, ja, ja! De todas formas, compañero, ¿por qué te has levantado hoy con tantas ganas de filosofar? He comprobado que la polisomnografía de esta noche muestra que no has descansado del todo bien. Y no sería la primera vez que la falta de sueño convierte el cerebro de un científico pragmático en el de un loco con delirios metafísicos.

Saulo, con cara de pocos amigos, miró el terminal, donde apareció una carita sonriente guiñando un ojo.

—Pues, la verdad es que no, no he descansado bien. Y si tú tuvieras que dormir rodeada de cables, seguramente también despertarías con un humor tan “metafísico” como el mío.

—Saulo…

—¿Sí?

—Soy todo cables.

—¡Ja, ja, ja! —rieron los dos tras una breve pausa.

—Está bien, no puedo contigo —zanjó Saulo—. Por favor, inicia los sistemas de la sala de ejercicios y abre las ventanas de la Cúpula. Tengo ganas de ver cómo sigue nuestro grandullón.

—Sistemas iniciados y Cúpula abriéndose. Saulo, los suplementos, por favor.

—¡Ah, sí!, gracias. —Recogió las pastillas de la máquina dispensadora, situada junto a la impresora, y las tragó con el poco zumo de naranja que quedaba en la bolsa.

—Por cierto, son siete —dijo la I.A. de repente.

—¿Cómo? —preguntó el astronauta, extrañado, mirando la máquina de suplementos.

—Las misiones que llevamos juntos, compañero. Son siete en total.

Saulo se giró, miró la cámara que dominaba el módulo principal, y una intensa sensación de gratitud lo invadió. Soltó las sujeciones de la silla y se dirigió flotando por el largo pasillo que lo separaba de la Cúpula...

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