Como todos los veranos, los muchachitos se presentaron en la casa del viejo. Entrando por el portón del fondo, llevaron las bolsas vacías hasta el árbol de mandarinas. Clay les sonrió a través de las ramas; los esperaba. Se había instalado en una horqueta y seccionaba la fruta, cortando el tallo con ayuda de una tijera curva. La escalera descansaba en el tronco del mandarino.
—Llegan tarde, chicos. ¿Qué los demoró? —dijo.
Los hermanos cruzaron una mirada gris. Durante el camino habían pensado en una buena mentira para justificarse, pero ahora no se decidían. El viejo era bueno, les regalaba la fruta. Decirle la verdad hubiese sido hiriente, pero mentirle también. Lo pensaron durante un rato, mientras la tijera dibujaba las úes en el aire caluroso.
Al final se jugaron. El viejo se descolgó de la horqueta para escuchar la respuesta. Así, a horcajadas de la escalera, semejaba un gran mono lampiño. Los ojos azules eran como dos brasas en la penumbra de la arboleda.
—Esperábamos —respondieron, casi a coro.
—¿Qué cosa?
—Que papá se fuera. Mamá dijo que esperemos.
—Ah, mirá. ¿Y por qué? ¿No los deja venir?
Los chicos volvieron a mirarse, nerviosos. Llegaba la parte que preferían evitar. Clay había remontando de nuevo el árbol, la tijera brillaba otra vez bajo el sol de febrero. Lo único visible era una porción de sus largas piernas.
—Un vecino le contó que venimos, y él nos prohibió visitarlo. Pero mamá dice que no hay problema, que usted es bueno. Nos contó que una vez salvó a un nene.
—Sí, es cierto. Mamá era chica entonces, como de nuestra edad. Así nos dijo. Y usted encontró a ese nene ahogándose en la vereda del frente y le hizo… le hizo una maniobra rara. Bah, no debe ser muy rara porqué le salvó la vida; me refiero al nombre.
Los hermanos hablaban a coro y el viejo escuchaba sin decir nada. El filo curvo de la tijera seguía trabajando en los tallos, desgarrando los cabitos con pequeñas medialunas. Cada vez quedaban menos. Un buen sacudón bastaría.
—La maniobra de Heimlich, es verdad. Se había ahogado con un caramelo de menta. Pero sigan hablando de su padre. ¿Por qué razón les prohibió que vengan? ¿Son feas mis mandarinas?
—¡No, no! Las mandarinas son riquísimas, re dulces.
—¿Y entonces? Digan la verdad, chicos. No quiero que se embromen por mi culpa. Si pasa algo… hablen. Ahora de viejo, lo último que quiero es pelearme con la gente del barrio. Si no, ¿Quién me va a llorar cuando me muera?
La carcajada hizo temblar su tono grave. Tenía una risa contagiosa, agradable. Los chicos también se rieron, arrastrados por la inercia cómica de Clay. Casi al mismo tiempo, empezaron a caer las primeras mandarinas, una granizada de frutas.
—Papá dice que usted es un asesino, que hizo cosas malas.
El viejo siguió riendo, aferrado al tronco del mandarino. Daba grandes sacudones con sus brazos largos y monstruosos. Las mandarinas caían en línea recta al pie de los chicos, que se apuraban para rellenar las bolsas.
—¿Eso dice? ¡Ja, ja! Sí, tiene razón. Enterré los cadáveres de mis víctimas bajo este árbol, y por eso da fruta todos los años. Me descubrió.
La broma se tornó incómoda. Aunque el tono del viejo seguía siendo jocoso, había algo distinto. Era como si una fuerza invisible hubiese apretado un botón, cambiando radicalmente el significado de las palabras. Clay jadeó un poco al bajar de la escalera. El mango de la tijera curva enroscado en la mano larga y blanca, como una zarpa. Su estatura le daba un aspecto terrible, totémico. La expresión del viejo al bajar, sin embargo, los tranquilizó. Tenía la mirada vidriosa de tanto reírse.
—Era broma, che. ¿A quién voy a matar yo si estoy medio ciego? Dale, junten todo antes de que lleguen las hormigas. Cuando terminen, se van para su casa. No sea cosa que su padre me agarre bronca al pedo.
—Sí, don Clay. Ojalá no se ofenda por las cosas que dijimos. Papá no sabe nada —sentenció uno de los hermanos, reafirmando su complicidad con el viejo. Clay pasó a su lado con la escalera al hombro y le frotó la coronilla. Después entró en la casa y salió de la visual de los chicos. No era la primera vez que alguien decía «eso», pero le daba igual. Pensaba en las mandarinas, en cuidar su arbolito para que cada verano diese las mejores frutas del barrio.
Antes de subir al cuarto, Clay corrió la cortina del comedor y derramó una mirada sombría sobre el patio del fondo. Sus ojos eran como dos rendijas, dos heridas azules sobre una sombra negra. Una sonrisa le atravesó la cara.
Afuera, los hermanos corrían y saltaban entre las mandarinas...
..."
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