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Literatura en Español

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Qualia

Capítulo 1

Nunca un humano

Sábado, 07 de Junio 1947.

Cuando Vicente entró a la casa, los otros invitados comenzaron a susurrar, lanzándole miradas que parecían escupitajos.

A sus doce años, Vicente había sido visto en varias ocasiones sentado, con el cuerpo tenso, la cabeza levantada y la mirada perdida, mientras sujetaba cerca de la barbilla el cuerpo inerte de algún animal: a veces una gallina, alguna liebre o cualquier otra desafortunada víctima. Peor aún, algunos afirmaban que se podía percibir en su rostro una leve sonrisa.

Su naturaleza rebelde y agresiva le cerró las puertas de la única escuela del pueblo y le granjeó el rechazo de familiares y amigos, por lo que solía vagar solo cuando no estaba ayudando a sus abuelos en las labores del campo.

Esa noche acompañó a Francisco y Genoveva, sus abuelos, a la casa de Rogelio, quien era hermano de Francisco, para celebrar sus cincuenta años de vida.

Era el mes de junio del año 1947. La luz eléctrica comenzaba a llegar al centro de ese pueblito en el bajío de México, por lo que esa noche el cielo era un manto de estrellas.

Genoveva le ajustó la camisa de franela blanca, que era utilizada en fechas especiales. «Hoy será diferente, verás que vas a conocer amigos nuevos», murmuró, más para convencerse a sí misma que a él. Francisco, desde la puerta, evitó su mirada; sus manos callosas, apretadas en un puño de impotencia.

La fiesta bullía. Vicente se quedó al margen, observando cómo un primo menor tropezaba y, entre lágrimas, era recogido y mecido en el regazo de su madre. Ese simple acto le provocó un vacío en el estómago, un eco lejano de un perfume a gardenias y una voz que ya no recordaba.

El rasgueo estridente de las guitarras le taladraba los tímpanos. Cada risa era un recordatorio que dolía.

La irritación por el goce ajeno lo desplazó hacia la oscuridad de la parte trasera del terreno, donde la luz de la fiesta se convertía en penumbra que invitaba a las jóvenes parejas a momentos de privacidad. Avanzó a lo largo de la barda de piedra encimada que delimitaba el enorme terreno, pasó frente a la nopalera hasta llegar al gallinero. El aire olía a tierra húmeda y plumas. Allí, en la quietud, la compulsión despertó, inspirada por las miradas de desaprobación que percibió al llegar a esa casa. Había prometido a su abuela que se portaría bien, pero su mano abrió la puerta para poder entrar lentamente.

Para las personas, Vicente era un niño que mataba animales por placer, «el que le sonreía a la muerte». Pero en realidad no tenían la menor idea sobre sus verdaderos motivos.

Desde muy niño se dio cuenta, por experiencia y por instinto, de que tenía una facultad sobrenatural. Al matar a un animal podía capturar su alma y recorrer toda su vida como si fuera propia. Su conciencia se perdía desde varios minutos hasta horas, experimentando lo que era vivir como un animal. Ese ritual era una especie de comunión inter-especie que le resultaba mucho más interesante que sus propias experiencias monótonas, las cuales se fueron llenando de rechazo y apatía con el paso de los años.

Nunca un humano, se decía desde que comprendió que tras cada muerte de un animal quedaba exhausto, con una «resaca emocional» de las vidas robadas. La complejidad y compatibilidad del alma humana podría capturarlo en un laberinto emocional del que no podría escapar. No debía matar a un humano; al menos hasta que lograra controlar su don.

A los cinco años, sus abuelos habían tratado de quitarle esa maña, explicándole que los animales se mataban solo para comer; matar por entretenimiento era una aberración. Cuando eso no funcionó, intentaron con castigos y golpes, pero nada daba resultados. Cuando le preguntaban por qué lo hacía, solo se encogía de hombros al no sentirse capaz de explicárselo.

¿Cómo decirles, con su limitado lenguaje infantil, que el abandono de sus padres había dejado en él una sensación de rechazo e inseguridad? ¿Cómo decirles que al explorar la vida de los animales se había encontrado con unas emociones extremadamente fuertes de amor y protección hacia sus crías? No comprendía cómo sus padres, siendo humanos, pudieron abandonarlo. ¿Cómo decirles que ver familias celebrando cumpleaños le provocaba una envidia que se convertía en dolor?

Había pasado como media hora cuando, alrededor de Vicente, yacían los cuerpos sin vida de varias gallinas mientras él permanecía con la cabeza levantada en el trance.

Anselmo, su primo diez años mayor, lo encontró allí. El espectáculo dantesco de las gallinas muertas y el niño sentado en el suelo, con la mirada perdida en un éxtasis macabro, hizo que su enfado estallara. El puñetazo certero contra la mandíbula de Vicente fue un cataclismo.

Fue como ser arrancado del vientre caliente de una madre y arrojado a un mundo gélido y hostil. El dolor fue un rapto violento. Vicente cayó de espaldas sobre la tierra que manchó su ropa blanca, y al abrir los ojos, la rabia que lo invadió no fue la de un niño, sino la de docenas de almas animales interrumpidas en su momento más sagrado. Una furia metafísica.

—¡Monstruo! —gritó Anselmo.

Y entonces sucedió. Su mirada, aún nublada por el éxtasis de la muerte, se clavó en su primo. No era una mirada de odio humano, sino la mirada fija e hipnótica de un depredador. Anselmo, que se disponía a regañarlo, se quedó paralizado. La voz se le atoró en la garganta. Los ojos de Vicente, profundos como pozos nocturnos, parecían absorber su voluntad. Era una hipnosis nacida del trance, un último y terrible poder residual de las almas que había absorbido.

Anselmo se paralizó. El terror le inundó los ojos. Sus manos, temblorosas, intentaron levantarse para obstruir la mirada al sentir como si, a través de ella, su alma comenzara a abandonar su cuerpo, acercándose peligrosamente a un horizonte sin retorno.

Vicente, desde el suelo, lo observaba, impasible, sintiendo cómo la conciencia de Anselmo se remolineaba de miedo y confusión: intentaba absorberlo.

Anselmo cayó desmayado. Vicente se levantó y se sentó sobre su pecho. Sus manos encontraron el cuello. Nunca un humano, pensó una vez más, mientras sus dedos apretaban. Un sudor frío le recorrió la espalda. Sus manos ya no le pertenecían. Parecía como si su cuerpo exigiera venganza, como si el trance estuviera adquiriendo voluntad propia. Tenía miedo, miedo de sí mismo, miedo de perderse.

Un pánico helado se mezcló con la rabia: estaba adentrándose en el océano prohibido y estaba a punto de ahogarse.

Nunca un humano, le gritó el subconsciente, pero no podía dejar de apretar.

—¡Vicente!

El grito de Genoveva tirando al suelo el plato de comida que le llevaba. Corrió a rescatar a Anselmo, su rostro distorsionado por el horror. Sus manos tiraron de él, pero era inútil. No podía separarlo.

Un impacto brutal en la espalda lo despegó de Anselmo y lo lanzó de cara contra la tierra. Chuy, el hermano menor de Anselmo, lo había empujado con la fuerza de la desesperación.

El instinto de autopreservación de Vicente venció a la rabia y lo sacó del trance, permitiéndole ver el caos en el que estaba metido. Cuerpos de gallinas, el cuerpo de Anselmo, su abuela más furiosa que nunca y un primo que intentaba capturarlo.

Su mirada se cruzó con la de su abuela. Le había prometido que se portaría bien. Era la primera vez que le rompía una promesa y, en esa fracción de segundo, se propuso que nunca más lo haría. Ya no era la mirada hipnótica del depredador, sino la de un niño aterrado por haber sondeado el abismo que tenía dentro. Había cruzado un umbral que ni él mismo sabía que existía. Con agilidad felina, salió corriendo del corral, derribando a Rosita, quien había corrido tras su novio al escuchar los gritos de Genoveva. Siguió corriendo hacia la oscuridad a pesar de que había perdido sus guaraches en el proceso, mientras Chuy trataba desesperadamente de reanimar a su hermano.

Se detuvo por un momento bajo un mezquite para espiarlos, nervioso, aterrado, hasta que escuchó el sonido de Anselmo tosiendo, vivo, pero irrevocablemente quebrado. Genoveva se abalanzó hacia el cuerpo tendido para darle un abrazo muy fuerte, lleno de alivio, lleno de amor. Llorando porque la profecía de Francisco se había cumplido. Los golpes, sus rezos, sus intentos de domesticar aquel apetito oscuro habían sido inútiles. Su nieto ya no era solo el niño que le sonreía a la muerte. Era algo nuevo, algo mucho más peligroso. Su sombra era tan larga y oscura que podría eclipsar el hermoso brillo de las estrellas.

Vicente caminó débilmente, descalzo, refugiándose en la oscuridad hacia donde la música y el aroma de la comida se desvanecían, limpiando la sangre de su labio inferior y el polvo de su rostro con la parte interior del cuello de su camisa revolcada y añorando el abrazo que nunca nadie le había dado...

..."

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