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Literatura en Español

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Capitulo Veinticuatro: Elisium, el Dolor del cosmos

Hay planetas que la historia olvida y planetas que la historia no puede soltar. Elisium fue de los segundos.

No por su belleza ni por sus recursos ni por su posición estratégica, aunque la República tenía razones para valorar las tres cosas. Elisium fue inolvidable por lo que ocurrió en él, por lo que se rompió ahí que nunca volvió a soldarse del todo, por el peso específico de ser el lugar donde dos ideas sobre el universo se encontraron por primera vez con las armas en la mano. La flota imperial llegó sin anuncio previo.

No hubo ultimátum ni declaración formal. El procedimiento habitual que Dante había seguido en cada mundo conquistado durante los últimos años, la palabra antes que la espada, la oferta antes que el fuego, no se repitió en Elisium. Algo en ese planeta desbloqueó una intención diferente, más directa y más brutal, como si Dante hubiera decidido que este mensaje no podía llegar con cortesía sino con claridad absoluta.

La maquinaria imperial se desató sobre el planeta con una ferocidad que sus propias tropas recordarían años después como algo distinto a todas las batallas anteriores. Ciudades que ardían desde los primeros minutos. Defenses terrestres que resistían con la desesperación de quien sabe que los refuerzos están lejos y el enemigo está cerca. Porque Elisium no era un mundo desprotegido.

Era un planeta colonial de la República, y como tal tenía apostados en sus cielos cruceros de batalla de la F.E.E.R. que respondieron desde el primer momento con todo lo que tenían. La resistencia fue real. Por primera vez en sus conquistas espaciales, el Imperio encontró una fuerza capaz de sostener el choque durante horas sin quebrarse. El aviso llegó a Hixtalis con la urgencia de lo que nunca había ocurrido antes. Una fuerza extranjera, desconocida, atacaba territorio republicano.

La respuesta vino de la misma comandante en jefe de la F.E.E.R. Mikahla Alhatomothir partió desde Hixtalis a bordo del Zero Valerias, uno de los tres cruceros de guerra construidos específicamente como naves insignia para los Pilares durante los años de estancamiento, la punta de lanza de una República que había pasado décadas consolidándose hacia adentro. Con ella viajaba Hazele Alhatomothir, la Deidad Suprema de la Luz, que llegaba con la intención que la había guiado siempre: detener el daño con palabras si era posible, con su lanza si no quedaba otra opción. El viaje desde Hixtalis duró horas a hiperveclocidad. Horas en las que Elisium seguía ardiendo.

Cuando el Zero Valerias salió del salto estelar y los sensores captaron lo que quedaba del planeta, Mikahla no dijo nada durante un momento largo. Desde el espacio, Elisium se veía como una herida. Las ciudades que habían existido esa mañana eran columnas de humo. Las naves del C.E.I. cubrían la órbita como una nube de metal. El Zero Valerias abrió fuego.

Lo que siguió fue la primera batalla real entre la República y el Imperio, no una escaramuza ni un malentendido fronterizo sino una guerra declarada en los cielos y en la tierra de un planeta que no había pedido ser el escenario de ninguna de las dos cosas. Naves cazándose en la atmósfera. Flotas enteras chocando en órbita con la violencia nueva de dos potencias que se medían por primera vez. Y en tierra, entre las ruinas humeantes de lo que había sido Elisium, el ejército imperial avanzaba sobre los últimos reductos de resistencia republicana con el Emperador a la cabeza. Fue ahí donde se encontraron.

No hay registro oficial de ese momento. Los testimonios de quienes lo presenciaron desde la distancia coinciden en los hechos básicos pero no en los detalles, y los detalles son exactamente lo que la historia hubiera querido conservar. Lo que se sabe es esto: en algún punto del campo devastado de Elisium, entre el humo y los cráteres y el metal retorcido de máquinas de guerra de ambos bandos, Dante Lorian y Hazele Alhatomothir quedaron frente a frente.

Se reconocieron sin dificultad.

Dante no había cambiado visiblemente desde aquella noche en Sulcalir cuando tenía veintiún años y el mundo que había conocido todavía existía. Los dioses no cambian de la manera en que cambian los mortales, y esa inmovilidad que en otro tiempo le había parecido una trampa ahora era simplemente lo que era. Hazele seguía siendo lo que siempre había sido, radiante con la luz que llevaba en la sangre desde antes de que ninguna de las civilizaciones que ahora se destruían a sus pies existiera.

Se dice que hubo palabras entre ellos.

Cortas. Nadie que las oyera las repitió con certeza, o quizás nadie que las oyera sobrevivió para repetirlas. Lo que sí quedó registrado es lo que vino después: una batalla que los libros de historia de ambos bandos llamarían con nombres distintos durante generaciones, hasta que el nombre que prevaleció fue el que nadie había elegido oficialmente sino el que surgió solo de la gente que intentaba describirla.

El Vals de los Príncipes.

Porque había algo en ese duelo que no era solo violencia. Era también reconocimiento. Dos seres que se conocían desde antes de que el universo tuviera guerras, enfrentándose ahora como los representantes más absolutos de dos ideas que no podían coexistir. La oscuridad que había aprendido que los mortales no necesitaban dioses. La luz que creía que los dioses podían ser mejores de lo que habían sido.

La espada maldita y la lanza de la portadora de luz.

Cada choque hacía temblar lo que quedaba de Elisium. No con el poder desmedido de quien intenta destruir al otro sino con la precisión terrible de quien ha combatido toda su vida y sabe exactamente cuánta fuerza necesita cada golpe. Ambos sangraron. Ambos retrocedieron. Ambos sostuvieron.

Al final se separaron por razones distintas.

Hazele porque la experiencia de Dante en batalla era mayor que la suya, forjada en guerras reales durante décadas mientras ella había pasado esos mismos años aprendiendo en la capital de una República que rara vez necesitaba que sus dioses pelearan. Dante porque el Zero Valerias y su flota estaban terminando con la suya, que llevaba meses de operaciones continuas sin descanso y no podía sostener ese intercambio indefinidamente.

Se retiró sin lamentarlo.

Lo que había venido a demostrar ya estaba demostrado. Elisium ardió hasta que no quedó nada de la presencia republicana en su superficie. El primer dominio divino de la República erradicado por la fuerza de un Imperio que había nacido en una taberna fría de un planeta que la República ni siquiera sabía que existía. La República de los Dioses tuvo que admitir, por primera vez desde su fundación, que al otro lado del universo había crecido algo que no podía ignorar.

Algo que venía hacia ellos.

Elisium no fue una batalla. Fue una declaración.

La primera vez en la historia del universo que la mortalidad se alzó contra la divinidad y no perdió.

No sería la última...

..."

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