Lina llega, asustada, ve la puerta. Frente a ella solo ve un pasaje solitario con una reja oscura que deja tras de sí un misterio y duda de su futuro luego de ese día. Respira hondo. Se da valor y se dice ante sí: tú aceptaste, tú necesitas el dinero, ¿qué puede pasar…?
Las luces están a punto de encenderse, la tenue luz del día está apagándose, el frío y la tristeza están a punto de salir a las calles. Mira a todos lados, observa si alguien la ve, tal vez la persona que solo conoce por mensajes la observa. ¿Tal vez no solo es uno? ¿Tal vez es alguien que la conoce? Invade su mente la inseguridad, la duda, el miedo desea poseerla.
Lina creció en el campo con sueños apagados por la necesidad y la pobreza. Pasó una niñez feliz junto a sus hermanas y hermanos. Papá era un hombre rudo y trabajador, nunca sobró mucho pero siempre estaba la mesa con comida. Desde niños les enseñó a trabajar en el campo, a ver de dónde y cómo sale la comida que llena la mesa. Lina disfrutaba jugar con la tierra fresca, buscar gusanos después del descanso o almuerzo.
Hoy la comida fue papas sancochadas con queso de Lidia, la vaca que mamá cuidaba más que a nosotras, jijijiji, sonríe. La tierra fresca nos da gusanos fuertes que son el plato favorito de Pía, el pollito que adoptó como suyo Lina, dice. A Pía le gustan los gusanos, es su favorito, se los llevaré hoy, juntaré todo lo que quepa en mi mandil. Su madre la regaña. Sabes que Pía o como se llame será para el cumpleaños de tu padre, no te encariñes, es comida. Lo sé mamá, lo sé, pero igual la cuidaré hasta ese día.
Lina vivía el día a día, ya anteriormente había entendido que sus mascotas no eran para su felicidad sino para alimentar a su familia. Sus hermanos mayores ya estaban dedicados al campo, habían concluido la primaria y ya tenían que trabajar. Hoy ya mayores cada uno tenía sus roles en la chacra junto a su padre, ellos entendían que su futuro era inmediato y era el campo. Debían cultivar lo más que se podía aprovechando las temporadas de lluvias y sacar la cosecha para venderla y vivir del dinero durante el resto del año.
Ellos no quisieron seguir la secundaria, aunque Lina siempre les dice: ustedes eran burros, no nacieron para estudiar. El pico es su mujer y su lapicero, con eso hablan, piensan y viven. Sonreían al oírla y siempre la consideraban, al ser la menor, la preferida o la engreída. Le decían: cuando naciste viniste a casa envuelta en un ropón blanco, ahí dijimos serás la enfermera de mamá.
Lina desde que tuvo uso de razón sentía que era la más considerada de la casa. Cada vez que la felicidad asomaba fugazmente a la casa, siempre decían: Lina, todos somos campesinos, al menos alguien debe ser profesional. No te vayas a enamorar de alguien, ya te vimos algo encariñada con el hijo del vecino, cuidado y te embaracen y te quedes sola con tu hijo. Ya ves cómo estamos en la casa, las cosas que producimos solamente alcanzan para vivir, un hijo más nos llevará a la ruina.
Ella, sonriente y fresca dentro de su mundo de inocencia y candidez, respondía: ¿con ese feo? ¿acaso soy ciega? Todos recordaban que sabían reír, que en esos rostros duros por el frío y el sol aún se formaban sonrisas. Pero papá solo miraba seriamente, quizá amargado por la dura vida que le tocó pasar, quizá dudando que su autoridad y respeto se perderían con una sonrisa.
Aquí todos saben que quien no ayuda o quien tiene para mujer o varón debe irse, aquí alimentamos a quienes hacen algo, respondía secamente y todo en su entorno se congelaba.
Lina culminó el colegio, la única de la familia con más alta educación. No tenía enamorado, no tenía pretendientes, sea esto porque vivía lejos del pueblo o porque su padre era de temer por su duro carácter.
Papá, quiero seguir estudiando, le dijo en una de las comidas entre todos. Él la miró duramente como odiando ese momento que presagiaba iba a llegar y sin saber cómo afrontarlo. Algo lo consumía, la tristeza, la impotencia. Un frío viento entra por la cocina. No vas a poder estudiar, es difícil, además no tenemos dinero y sola siendo mujer te puede pasar algo. Aquí ayúdanos, hay mucho para hacer en la chacra. Te separaré una parte como a tus hermanos, ahí siembres, produzcas tu propio dinero y así cuando cualquier hombre se te acerque y pida tu mano siquiera tendrás para tus cosas. No pensarás irte con un hombre sin dinero en tus bolsillos.
Quería llorar, quería responderle. Decirle que no soy una campesina, que no moriré en una cocina sobre fuego y humo oliendo a comida con las manos llenas de hollín. Miraba a mi madre y cómo sufre día tras día para poder sostener a la familia, hacer cada día recetas de platos nuevos con los ingredientes que tenía a la mano. Comprar cosas en mi familia es algo que sucede poco. Sufrimiento puro es lo que denotan sus ojos llenos de ojeras y sus arrugas que entre ellas buscan lugar a falta de espacio. Su sufrimiento es la daga que empuja a huir de ahí.
Papacha, cuando nací me dijeron que vine de blanco, que sería enfermera, eso quiero ser. Cuidaré de ustedes. Aquí una mujer solo sabe cocinar y servir a un hombre, en la chacra se acaban rápido. Quiero estudiar, yo podré con los exámenes, me esforzaré. El instituto me enseñará a ser una mujer independiente con un destino distinto al de todas. Trabajaré allí, seré moza, seré limpiadora, seré lo que pueda conseguir para no hacerles gastar. Quiero ser como la señora Vilam que trabaja en el centro de salud. ¿Acaso ella no te ayuda cuando te enfermas? ¿Acaso ella no es buena cuando no tenemos dinero? ¿Acaso ella no recibe cosas cuando necesitamos medicinas? Trataré de ser como ella, me esforzaré.
Los días pasaron cual aguas surcan los ríos ondulantes y rápidos, sin que nadie diga nada, sin que nadie más hable del tema por días. Todo regresó a la rutina de siempre, como si la discusión de aquel día no hubiese existido, como si el calendario simplemente hubiera quitado aquel día de su listado.
Pasaron semanas hasta que el padre habló con Lina y le dijo que tendría una oportunidad, que si no podía que nunca más exija estudiar, que ella viaje a la ciudad, que averigüe todo y que le avise cuánto costará. Ella estalló de emoción, abrazó a su padre, lo que nunca era común en su familia. Se puso a llorar de emoción, aunque tuvo que disimularlo rápidamente antes que arruine todo, porque ante papá nadie debía llorar, porque sin razón nadie llora de tonterías, él lo decía. Ese día Lina nunca lo olvidaría porque fue el día que conoció la felicidad.
En el fondo sabía que si su hermano no la apoyaba ya estaría sudando frío en la chacra volteando la papa o moviendo el almuerzo. Se decía cómo una sola palabra bien dicha podía cambiarte el destino completamente. Ella en un universo paralelo habría vivido en el campo, en una chacra con su esposo, ayudándole a criar a los hijos, copiando lo que tiene de la chacra, viviendo necesidades, consolando a los hijos y satisfaciendo a su pareja sin expresar sus sentimientos o necesidades, sueños ni ambiciones personales; estaría muerta en vida cumpliendo su misión de madre directa al sacrificio de la muerte.
Lina viajó presurosa a la ciudad. Conocía solo lo que alguna vez fue con su padre a tramitar algunos documentos o vender sus productos. Era aventurera, no le temía a la ciudad y sus carros. Llegó hasta donde le dijeron que ya se bajara, preguntó y fue al instituto, aquel que la enfermera del centro de salud le había comentado donde estudió y pasó gratos momentos de su juventud. Imagina ella igual disfrutando de sus estudios, de sus salones, de sus enseñanzas, de sus vivencias con nuevas compañeras y compañeros. Se imaginaba la ciudad, conocer sus calles, vivir sola, buscar dónde vivir, eso la extasiaba y hacía que la sonrisa le fluyera cual vaso lleno de agua desbordándose sin poder contenerse.
Se enteró que el examen era pronto y que aún podía inscribirse y que su carrera que anhelaba tenía 25 vacantes y las clases empezaban de inmediato luego de la selección.
Volvió presurosa con las noticias, ansiosa de ya querer estudiar, de querer contarle a su familia que todo estaba encaminado para que ella estudie, que los astros la favorecían, que su tayta Dios la ayudaba. En la hora de la cena comunicó todo a su familia. La emoción con la que transmitía sus indagaciones hacía imposible que cualquiera, hasta papacha, pudiese objetar o quisiese poner trabas o desanimarla.
En la cama la madre callada solo oyó decir al padre que sentía orgullo de que su hija quisiera estudiar. Nunca imaginé que alguno de nuestros hijos pudiese siquiera terminar el colegio, me emociona saber que Lina quiere ser profesional. Será la primera hija de todos mis hermanos y los tuyos que al menos vaya a estudiar educación superior, sentenció ante la pasiva mirada de la madre que solamente asintió, sintiendo el peso del día sobre sus hombros y respirando cansancio.
Llegado el día del examen, Lina tuvo que ir de madrugada para poder entrar a tiempo. Se llevó su comida en su bolso para desayunar cuando llegue porque a ella le marea el carro. Llevó sus lápices y cosas que le pidieron, se fue muy emocionada e impaciente a ver de qué trataba el examen y si daría la talla para poder ingresar.
Postulantes, todos en orden, solo ingresarán con lápiz y borrador y su identidad, el resto lo dejan aquí en los corredores. Si alguien ingresa con notas, copias o algo indebido será expulsado del examen, pregonaba el tutor. La prueba será de 2 horas, solo respondan en las cartillas que se les brindará. Buena suerte.
Suerte es lo que necesitaré, veo mucha gente, espero no decepcionar a mis padres, sería terrible que no ingrese, esta es mi única oportunidad de salir de mi destino elegido por mis padres, se decía dentro de sí.
Pasaron las horas, terminó el examen. Se fue inmediatamente a su casa. No habló nada, nadie le preguntó, es más nadie siquiera recordaba que Lina había ido a la ciudad a dar su examen. Todos estaban enfocados en sus trabajos y quehaceres que ni recordaron dónde estaba Lina. Sus hermanos imaginaban que ella fue al pueblo a tramitar sus certificados, su padre pensó que estaba en la cocina ayudando.
El día terminó y ella frente a la radio buscando si ahí encontraría la noticia de los ingresantes, impaciente pero temerosa a la vez. Encontró la radio, tuvo que esperar a que den la lista. Cuando llegó la relación de su carrera, llegó al número 22 y aún no estaba su nombre. Sentía salir las lágrimas y entregarse a la depresión porque a esas alturas ella ya se sentía derrotada. Dentro de sí se decía que aquella respuesta no era, que la correcta era otra, que por qué no lo cambió. Deseaba apagar la radio y ahogar esa pena en su soledad.
Puesto 23, no es ella. Estaba todo echado, no había ingresado, repetía. Debí estudiar más, debí ir al establo y ahí haber estudiado con la lámpara.
Finalmente llegó el número 25 y ahí estaba Lina, era su nombre finalmente. No sabía si gritar y despertar a todos y darles la buena nueva, pero ella decía, si hago eso me golpearán porque todos al día siguiente deben trabajar temprano. Calló su grito de emoción, las lágrimas ya estaban fuera pensando en que no ingresó, ahora se convertían en lágrimas cristalinas de felicidad. Se decía: seré la enfermera como mis padres me sentenciaron cuando nací.
A la mañana ella se levantó primero, esperó a todos con el fogón encendido, esperando que alguien pregunte cómo le fue en el examen para ella decirles que lo logró. Primero apareció la madre cansada, entró y le dijo: ¿qué cocinaremos? Quaker con papas cocinadas, mamá, respondió. Su madre no habló más hasta que todo estaba ya listo. Ahí gritó: ya está listo.
Al rato todos se acomodaron en la cocina a desayunar. Lina dentro de sí pensaba, alguien recordará en preguntarme, aún podré hacerlos sentir feliz con mi noticia. Se sentaron todos, se sirvió la comida, nadie dijo nada ni le preguntaron. Papá dijo: hoy quién subirá a soltar el agua de la sequía. El hermano respondió: yo lo haré.
No se sintió triste, conocía a su familia cuando distraídos y cansados estaban por los trabajos de la chacra. Saben, les quiero decir que ayer fue el examen y ingresé para enfermería, le avergonzó decirles que fue la última, se dijo así ese será mi secreto.
Todos en la casa volvieron la cara hacia donde Lina. Se asustó. Después aquellas rocas sin expresión esbozaron una sonrisa. El hermano mayor dijo: felicitaciones hermana, cuando trabajes nos mantendrás, espero. Ella sonrió. Su padre solo le dijo que se esfuerce, que esto recién empieza y que serán unos años de mucho sacrificio y esfuerzo.
Papacha, trabajaré, ya vi donde estudiaré, cerca hay un mercado, ahí venderé algo, no te fallaré.
Por primera vez supo que era orgullo de su familia, aquella niña, aquella pequeña que todos decían solo causaba travesuras y problemas, hoy era quien daba un minuto de felicidad.
Iniciadas las clases, ella se fue cargando sus costales con sus ropas, sus abrigos. Se decía: no podré comprar nada, llevaré todo lo que necesite.
Fue a vivir a casa de una vecina cuya hija vivía en la ciudad y tenía cuartos que podía alquilar; quedaba cerca de su instituto. Ilusionada, decoró su cuarto, colgó sus horarios, alistó su pequeña cocina a leña en el patio, ordenó su ropa, limpió sus zapatos del barro de la chacra y se dijo a sí misma que no regresaría mientras no terminara su carrera.
Pasaron los meses. Avanzó con sus clases, sus exámenes, sus trabajos. Lina había cambiado, era mucho más responsable e independiente. Ya no lloraba por sus hermanos o sus padres; sabía que estaba allí porque necesitaba estudiar. El dinero que le mandaban lo guardaba entre sus ropas y lo usaba de manera muy medida; solo servía para pagar su comida, su cuarto y sus materiales de estudio.
Se decía: ya luego compraré, está rico, pero puede esperar. No exigía más dinero a sus padres, sabía que no se lo darían. Trabajaba en el mercado limpiando verduras; no ganaba mucho, pero le entendían con sus horarios y eso le gustaba.
El dinero siempre era justo. Siempre debía renunciar a algo antes de que llegara la remesa del siguiente mes. Sus necesidades se llenaban con sus estudios, que la hacían sentir feliz. Se decía que la vida era como una casa de muchos pisos y que cada semana era un escalón más que subía para llegar a la meta.
Lina tiembla y se cuestiona si es el camino que desea tomar. Se dice a sí misma si el chico que conoció y le propuso dinero será como menciona, seguro y discreto. Ha sopesado todo lo que necesita y se ha visto rodeada, sin salida alguna.
Toma valor y regresa de lo que se alejaba, y se dice que si no lo hace siempre huirá de cualquier reto de igual manera. Ella nunca entró a un hotel, pero el chico ya le indicó cómo hacer.
Toca la reja. Le preguntan a dónde irá. Responde, agachada y avergonzada, que ingresará al cuarto 304. El conserje, viejo y acostumbrado a ver estas escenas, la ve y abre la puerta. No le dice nada, solo abre y ella ingresa. Él solamente piensa que es otra chica más que trabaja así, debe ser alguien que cambió de zona de trabajo, y cierra la puerta.
Lina tiembla y no puede quedarse cerca de la reja. Siente que el conserje puede preguntarle algo incómodo o tocarla. Imagina que las chicas que entran allí son todas fáciles y no dirían nada si las toca.
Sube la escalera, revisa el número. ¿Dónde está? Va a la derecha, no está. A la izquierda tampoco. Sube al tercer piso y ubica la puerta. Se sofoca, la adrenalina la agita y cuestiona todo.
Ahí dentro está él. ¿Estará solo? ¿Será otra persona? ¿Y si fui engañada?
Olvídalo, ya no dudes más, ya estás dentro —se enoja consigo misma— y, sin darse cuenta, toca la puerta.
Toca otra vez. Ella se dice: apúrate, que deseo irme. Siente que alguien se acerca hacia la puerta. Se sonroja. ¿Y si me conoce, qué hago?
Antes de terminar de pensar, un señor abre la puerta y le dice:
—Hola, Lina, pasa.
Entre la duda de irse o entrar, siente que su cuerpo ingresa mientras su mente le dice: ándate.
Se cierra la puerta.
—Pensé que no vendrías, te hiciste esperar —le dice él.
—No conocía, tenía miedo de entrar —dice sinceramente ella.
—Si haré esto será solamente porque lo necesito —sentenció, para entregarse finalmente…
..."