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Literatura en Español

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Capitulo Veintitres: El Imperio de Exquema

Año 45 del Calendario Universal.

Año 450 en el calendario mortal de la República.

Año 1978 en el calendario de Kil.

Tres maneras de contar el mismo momento, tres civilizaciones midiendo el tiempo con instrumentos distintos, sin saber todavía que sus relojes estaban a punto de sincronizarse de la peor manera posible.

La República llevaba cincuenta años mortales construyendo sus fronteras hacia adentro. El estancamiento que había seguido a la muerte de Zhaxlor había producido algo inesperado: una época de consolidación interna que, vista desde afuera, podría confundirse con estabilidad. Pero por dentro era otra cosa. Disputas de control entre los Primigenios sobre sus territorios conquistados. Alejamiento progresivo de la República respecto a los mundos que ya no producían lo suficiente para justificar su mantenimiento. Separaciones de poder que se resolvían en los pasillos de Hixtalis con la misma lógica política que había producido a Zhaxlor, la convicción de que el poder era un fin en sí mismo.

Los Primigenios habían construido sus propias relaciones con los mortales bajo su mando. Algunos con genuino afecto. Otros con la indiferencia condescendiente de quien cuida una mascota sin llegar a respetarla. Pero todos, de una manera u otra, habían dejado de mirar hacia las fronteras de su territorio con la misma urgencia con que lo habían hecho durante los años de expansión.

Nadie en la República miraba hacia afuera. Nadie prestaba atención a lo que crecía al otro lado del universo. Al otro lado del universo, el Imperio de Exquema llevaba un año surcando el espacio interestelar.

La Operación Mar del Cosmos avanzaba despacio y con cuidado, como correspondía a una civilización que entendía que el cosmos no se conquista con prisa sino con método. En ese único año, el Imperio había reclamado varios exoplanetas deshabitados y había hecho contacto con mundos que albergaban vida inteligente, muchos de ellos todavía en etapas medievales de desarrollo, con sus propios reyes y sus propios dioses tangibles que caminaban entre sus súbditos con la naturalidad de lo que siempre había sido normal para esa gente. Dante sabía exactamente lo que encontraría.

Lo había visto durante dos años de viaje por el cosmos antes de llegar a Faizus. Lo había visto en cada mundo que visitó durante ese tiempo: la misma estructura repetida en infinitas variaciones. Dioses que exigían devoción. Mortales que la entregaban. Una cadena invisible que llamaban fe pero que funcionaba como sometimiento. Esta vez tenía los medios para hacer algo al respecto.

Su forma de proceder era metódica y siempre comenzaba igual: la palabra antes que la espada. A cada mundo que alcanzaba la flota imperial, Dante ofrecía los mismos términos. El Imperio les daría tecnología, protección y la oportunidad que nunca habían tenido de gobernarse por su propia fuerza. A cambio, debían abandonar las estructuras religiosas que los mantenían atados a sus dioses y reconocer la soberanía imperial. Para los mortales de esos mundos, la propuesta era desconcertante. Para sus dioses, era una amenaza existencial.

Y los dioses que se negaban encontraban a Dante personalmente. No los enviaba a negociar con un embajador ni los amenazaba desde la distancia de una nave orbital. Iba él. Con aquella espada negra que había llevado desde Solaris, la misma con la que había matado a su padre en la sala del trono de Sulcalir, la misma que había usado en Servanther bajo las órdenes de Zhaxlor cuando era demasiado joven y demasiado roto para negarse. Ahora la usaba por elección propia.

Muchos dioses cayeron ante ella. Algunos con dignidad. Otros con la sorpresa genuina de criaturas que nunca habían concebido su propia mortalidad porque nadie a su alrededor había sido capaz de hacerla real. La visión de un dios sangrando y muriendo hacía algo irreversible en los mortales que la presenciaban: quebraba el fundamento sobre el que habían construido toda su comprensión del mundo. Y cuando ese fundamento se quebraba, lo que venía después era o el colapso o la liberación, dependiendo de qué tan profundo había calado el miedo en cada persona.

Dante prefería la liberación. Pero no esperaba a que llegara sola. Había algo en él que reconocía sin nombrarlo, un residuo de todo lo que Zhaxlor le había hecho y que el tiempo y el poder no habían disuelto del todo. Cuando mataba a un dios que se negaba a ceder, no todo en ese acto era ideología imperial. Algo era más viejo y más personal. Lo sabía. Y lo ignoraba con la misma determinación con que había aprendido a ignorar muchas cosas durante su vida.

Los mundos que resistían más terminaban cayendo de todas formas. Los que aceptaban por convicción propia florecían con una velocidad que confirmaba lo que Dante había creído desde aquella primera noche en Faizus: que la fuerza mortal, cuando no estaba encadenada, era capaz de cosas que ningún dios podía predecir ni controlar.

La bandera del Imperio se extendió por los territorios opuestos a las fronteras republicanas. Un dragón de tres cabezas, uno central rugiendo con las fauces abiertas y dos laterales en vuelo, visible en cada mundo que el Imperio reclamaba como suyo. La espada negra recibió un nombre. Lamento.

Dante lo adoptó como lo que era, un juicio pronunciado sobre cada vida que esa hoja tomaba. No con remordimiento sino con la frialdad de quien ha decidido que las cosas deben llamarse por lo que son.

Para el año 1979, a sus veintisiete años universales y veinte como gobernante, el Imperio de Exquema se había convertido en la segunda potencia espacial más grande del universo conocido. Su flota crecía con cada conquista. Su ejército se nutría de los mundos que se sumaban voluntaria o involuntariamente a su orden. Sus fronteras se expandían hacia el único sector del cosmos que todavía no había tocado. El sector que la República llamaba suyo.

El año 1981 llegó con la misma frialdad de todos los inviernos de Kil. Y en algún punto de la frontera republicana, en un planeta colonial llamado Elisium que ni la República ni el Imperio consideraban particularmente importante, las avanzadas imperiales detectaron algo que no estaba en sus mapas. Una frontera que no habían puesto ellos. Dante recibió el informe en el puente de su nave insignia y lo leyó dos veces antes de responder.

Luego ordenó poner rumbo a Elisium. Lo que ocurrió a continuación no tuvo nombre oficial durante años. Los registros republicanos lo llamaron invasión. Los registros imperiales lo llamaron expansión. Los mortales que vivían en los mundos fronterizos y que pagaron el precio de ese encuentro no lo llamaron de ninguna manera porque la mayoría no sobrevivió para contarlo. La historia lo llamaría la Primera Guerra de las Divinidades...

..."

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