A nadie le sorprendió encontrar el cuerpo. No porque fuera algo común —no lo había sido nunca, al menos no al principio—, sino porque el mundo llevaba demasiado tiempo enseñándoles que la sorpresa era un lujo inútil. El polvo cubría todo por igual: piedras, restos de edificios, huellas antiguas y aquello que yacía inmóvil junto al camino seco. El viento arrastraba un olor indefinido, mezcla de óxido, humo viejo y algo más difícil de nombrar.
Uno de ellos se detuvo primero. No dijo nada. Los demás lo imitaron sin preguntar. Así funcionaban las cosas desde hacía años: nadie necesitaba explicaciones cuando el silencio ya las había dado.
Era pequeño. Demasiado liviano para el tamaño del mundo que lo rodeaba. No tenía daños en ningún lado, pero estaba inmóvil.
—Parece reciente —murmuró alguien, no con compasión, sino con la misma neutralidad con la que se evalúa una tormenta lejana.
Otro se encogió de hombros.
—Todo es reciente ahora —dijo antes de mirar detenidamente el cuerpo desde diferentes partes—. Alguien se entretuvo.
No hubo plegarias. Tampoco palabras solemnes. Alguien comentó que el sol caería pronto y que sería mejor avanzar antes de que la noche trajera consigo aquello que se movía cuando nadie miraba directamente. El cuerpo fue cubierto, levantado con cuidado práctico y cargado sin ceremonia. No por respeto, sino por costumbre.
Caminaron durante horas.
El paisaje no cambiaba, sólo se repetía con ligeras variaciones: colinas erosionadas, estructuras partidas a la mitad, señales antiguas que ya no señalaban nada. A lo lejos, en algún punto imposible de medir, algo enorme se desplazaba lentamente. No hacía falta verlo con claridad para saber que estaba ahí. Nadie lo señaló. Nadie preguntó si se acercaba o se alejaba. Eso tampoco importaba.
Al caer la noche, encendieron una fogata pequeña, discreta. El fuego atraía miradas, y las miradas solían traer consecuencias. Se sentaron alrededor, cansados, agradecidos de haber llegado a un lugar donde el suelo no temblaba y el aire no gritaba.
Cenaron en silencio.
No fue una comida abundante, pero fue suficiente. Alguien comentó, casi con alivio, que llevaban demasiado tiempo sin encontrar nada. Otro asintió y dio gracias —no a nadie en particular, sólo al hecho de seguir respirando. El fuego crepitó. El mundo permaneció indiferente.
Más tarde, cuando el cansancio empezó a vencer incluso al miedo, uno de ellos recordó el inicio del viaje.
No lo dijo en voz alta, pero los recuerdos no pedían permiso.
Habían sido muchos al principio. Demasiados, incluso. La ciudad aún existía entonces, o al menos seguía en pie lo suficiente como para que la gente creyera que podía salvarse algo. Recuerda el sonido primero: no un rugido, sino una presión, como si el aire mismo estuviera siendo aplastado. Luego la sombra. Luego la certeza.
No hubo nombre para aquello. Nunca lo hubo. Describirlo era más fácil que entenderlo: inmenso, lento, imposible de abarcar con la mirada. No atacó con furia. No la necesitaba. Simplemente avanzó, y la ciudad dejó de estar donde había estado siempre.
Corrieron.
Algunos cayeron al instante. Otros sobrevivieron lo suficiente como para darse cuenta de que no lo harían por mucho tiempo. El grupo se fue reduciendo día tras día, herida tras herida, decisión tras decisión. Cuando alguien ya no podía seguir, no había discusiones. El camino no permitía sentimentalismos prolongados.
Así fue como aprendieron.
Lo que hicieron junto a la fogata no fue distinto de lo que habían hecho antes, ni de lo que harían después. El mundo no castigaba ni recompensaba; sólo respondía a la coherencia. Y ellos habían aprendido a ser coherentes.
Antes de dormir, uno de ellos observó el cielo. Las estrellas seguían ahí, pero ya no parecían distantes ni ajenas. Parecían demasiado cercanas, demasiado atentas. Como si el universo entero hubiera inclinado ligeramente la cabeza para observar qué hacían esas pequeñas figuras alrededor del fuego.
—No existe la moral absoluta —dijo alguien, casi como una broma cansada.
Nadie respondió. No hacía falta.
El fuego se apagó poco a poco. En la oscuridad, algo se movió muy lejos, con la paciencia de quien sabe que siempre habrá...
... "
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