Inquietud naciente. Los dos abuelos y un paseo en barca en el crepúsculo
El tiempo era horriblemente malo. En este sentido, Hans Castorp no tenía suerte durante su breve estancia en aquellas comarcas. No nevaba, pero durante días enteros caía una lluvia pesada y fea, espesas nieblas cubrían el valle y tempestades ridiculamente superfluas —pues hacía, además, tanto frío que incluso habían encendido la calefacción en el comedor— estallaban en ecos que retumbaban largamente.
—¡Qué lástima! —dijo Joachim—. Había pensado que podríamos ir un día al Schatzalp llevándonos el almuerzo, o hacer otra excursión, pero me parece que no será posible. Esperemos que tu última semana sea mejor.
Pero Hans Castorp respondió:
—Vamos, hombre. No importa. No tengo grandes aspiraciones excursionistas. Mi última expedición no resultó precisamente un éxito. Descanso mejor viviendo sin muchas variaciones. Los cambios son para los valientes, pero yo, con mis tres semanas, ¿para qué quiero variaciones y sorpresas?
De este modo, se sentía alegre y ocupado en el propio Berghof. Si albergaba esperanzas, tanto su realización como las decepciones le esperarían aquí, y no en un Schatzalp cualquiera. No era el tedio lo que le atormentaba; todo lo contrario, comenzaba a temer que el fin de su estancia llegase con demasiada rapidez. Transcurría la segunda semana, dos tercios del tiempo que le era concedido quedarían bien pronto consumidos, y cuando comenzara la tercera semana tendría que ocuparse de hacer la maleta. La vivacidad de su sentido del tiempo se había debilitado. Los días comenzaban a volar, a pesar de que cada uno de ellos se componía de esperas renovadas y sensaciones silenciosas y secretas… Sí, el tiempo es un singular enigma, una cuestión difícil de aclarar.
¿Es necesario detallar de un modo más preciso las sensaciones secretas que retardaban y aceleraban a la vez el curso de los días de Hans Castorp? Todo el mundo las conoce, eran sensaciones vulgares en su insignificancia sentimental, y en el caso más razonable y prometedor hubiese podido aplicarse a ellas la insípida canción «Una sola palabra suya…»; no hubiera podido desarrollarse de otra manera.
Era imposible que madame Chauchat percibiese los hilos que se anudaban entre determinada mesa y la suya y, sin embargo, Hans Castorp deseaba desaforadamente que se diera cuenta. Empleamos estos términos porque Hans Castorp comprendía claramente el carácter irracional de su caso. Pero quien llega al extremo a que él había llegado —o al que iba a llegar—, desea que la otra parte tenga conocimiento de su estado, aunque la cosa no tenga fundamento ni razón. Así es el hombre…
Así pues, cuando madame Chauchat miró dos o tres veces por casualidad y se encontró con los ojos de Hans Castorp, ella devolvió la mirada de un modo magnético y, volvió a hacerlo, encontró de nuevo los ojos de Hans Castorp. A la quinta vez ella ya no pudo sorprender sus miradas; él estaba al acecho, pero sintió de pronto que madame Chauchat le miraba y sus ojos respondieron con tanta precipitación que la dama volvió la cabeza sonriendo. La desconfianza y la duda se disputaron en su espíritu ante aquella sonrisa. Si ella le juzgaba pueril, se engañaba. Su necesidad de refinamiento era considerable. A la sexta ocasión, cuando él adivinó la mirada, cuando supo interiormente que le miraba, fingió observar insistentemente con repugnancia a una dama cubierta de pústulas que se había acercado a la mesa para hablar con la tía rusa; se mantuvo así, con firmeza, al menos dos o tres minutos, y no cedió hasta que estuvo seguro de que aquellos ojos le habían abandonado. Fue una extraña comedia que madame Chauchat no solamente podía, sino debía comprender, a fin de que la gran sutileza y dominio de Hans Castorp la hiciese reflexionar…
También ocurrió lo siguiente: durante la comida, madame Chauchat se volvió con indolencia e inspeccionó la sala. Hans Castorp se hallaba en su puesto, y sus ojos se encontraron. Mientras se miraban —la enferma, de una manera burlona y un poco curiosa; Hans Castorp, con una firmeza excitada, apretando incluso los dientes para mantener firmes sus miradas—, la servilleta de madame Chauchat estaba a punto de resbalar de sus rodillas y caer al suelo. Estremeciéndose nerviosamente alargó la mano, pero él también se sobresaltó y estuvo a punto de saltar de la silla, tratando de precipitarse ciegamente en su ayuda por encima de los ocho metros de espacio y la mesa que los separaba, como si constituyese una catástrofe el que la servilleta cayese al suelo… Ella consiguió atraparla, pero agachada, con la punta de la servilleta en la mano y el rostro sombrío, aparentemente irritada por aquel absurdo pánico al que acababa de ceder y del que ella parecía hacerle responsable, miró una vez más en su dirección con las cejas arqueadas y luego se volvió sonriendo.
Hans Castorp interpretó ese accidente como un triunfo al que se abandonó. Pero la reacción no se hizo esperar, pues, durante dos días enteros —es decir, durante diez comidas—, madame Chauchat ya no volvió a mirar la sala y renunció incluso a «presentarse» en público entrando en el comedor como solía hacerlo. Era duro. Pero como esos cambios en las costumbres de la dama estaban relacionados con él, existía, pues, un vínculo entre ellos y, aunque bajo una forma negativa, eso, podía ser suficiente.
Comprendía que Joachim había tenido toda la razón al poner de relieve que no era en modo alguno fácil trabar relaciones allí, a excepción de los comensales de la propia mesa. Así pues, al terminar la comida, durante la única hora que propiciaba una especie de vida social, hora que se reducía con frecuencia a unos veinte minutos, madame Chauchat se sentaba siempre en su círculo acostumbrado: el señor del pecho hundido, el humorista de los cabellos encrespados, el silencioso doctor Blumenkohl y los jóvenes de hombros caídos, todos ellos al fondo del pequeño salón que parecía estar reservado a la «mesa de los rusos distinguidos».
Además, Joachim tenía siempre prisa en marcharse, a fin de no abreviar la cura de reposo de la tarde, según decía, y quizá también por otras razones dietéticas que no manifestaba pero que Hans Castorp sospechaba y respetaba.
Hemos reprochado a Hans Castorp el carácter de sus deseos, pero cualesquiera que fuesen, no se trataba en ningún caso de relaciones mundanas en lo que se refería a madame Chauchat y, en el fondo, estaba de acuerdo con las circunstancias que a ello se oponían.
Las relaciones indefinidas que sus miradas e iniciativas habían establecido entre él y la rusa no tenían carácter mundano, no obligaban a nada y no pretendían hacerlo.
Una parte de la reprobación mundana y social podía armonizarse con ellas y, el hecho de que tuviera que reprimir los latidos de su corazón al pensar en Clawdia, no era suficiente para destruir en el nieto de Hans Lorenz Castorp la convicción de que no podía haber nada en común entre él y aquella extranjera separada de su marido, que no llevaba sortija de alianza, que se comportaba mal, que daba portazos, que hacía bolitas de pan y que, indudablemente, se roía las uñas. En realidad, al margen de sus relaciones secretas, profundos abismos separaban su existencia de la de ella, y no hubiera podido afrontar ninguna de las críticas que admitía estaban justificadas.
Hans Castorp era demasiado sensato para tener orgullo personal, pero un orgullo más general y de un origen más lejano se hallaba inscrito en su frente y en torno de sus ojos soñolientos. De dicho orgullo procedía su sentimiento de superioridad, del que no podía ni quería deshacerse ante la manera de ser y de comportarse de madame Chauchat. Curiosamente cobró conciencia, con una vivacidad particular y acaso por primera vez, de ese sentimiento de superioridad cuando oyó a madame Chauchat hablar en alemán. Se hallaba ésta de pie, con las manos metidas en los bolsillos de su blusa al terminar una comida, y mantenía una conversación con otra enferma, sin duda una compañera de cura de reposo. Hans Castorp la oyó pasar. Ella hacía esfuerzos verdaderamente encantadores para hablar la lengua alemana, la lengua materna de Hans Castorp, lo que despertó en éste orgullo desconocido, a pesar de que al mismo tiempo se sintió dispuesto a sacrificarlo ante el deleite que le producía aquel delicioso chapoteo verbal.
En una palabra: Hans Castorp no consideraba su relación muda con ese lánguido miembro de los habitantes de allá arriba más que como una aventura de vacaciones que, ante el tribunal de la razón —de su propia conciencia razonable—, no podía en modo alguno pretender ser aprobada; en primer lugar, porque madame Chauchat estaba enferma, fatigada, febril e interiormente agusanada, circunstancia indudablemente ligada al carácter dudoso de su existencia toda, así como a la prudente voluntad de mantener las distancias de Hans Castorp… No; intentar seriamente trabar relación con ella era una idea descabellada. Además, ¿no acabaría todo, bien o mal, antes de una semana y media, cuando comenzara su trabajo en casa de Tunder&Wilms?
Sin embargo, en espera de eso, había empezado a considerar las emociones, tensiones, satisfacciones y decepciones que resultaban de su sutil relación con la enferma, así como el sentido y contenido verdadero de su permanencia allí durante las vacaciones; a no vivir más que por ellos y a dejar depender su humor, bueno o malo, de su desarrollo. La situación era propicia, pues convivían en un espacio limitado, con horarios y costumbres idénticas para todos y, aunque madame Chauchat se hallaba alojada en un piso distinto del suyo —por otra parte, hacía su cura de reposo, según se enteró Hans Castorp por medio de la institutriz, en una sala común, la situada bajo el tejado, y la misma en la que el capitán Miklosich había apagado la luz recientemente—, por el sencillo hecho de las cinco comidas diarias existía la posibilidad de los encuentros frecuentes. Y en esto, lo mismo que en todo lo demás, la ausencia de preocupaciones y esfuerzos le parecía a Hans Castorp maravilloso, a pesar de que sentirse encerrado en aquel sanatorio resultara angustioso. No obstante, trataba de ayudarse a sí mismo, calculaba y ponía su cerebro al servicio de la causa para aumentar su felicidad. Como madame Chauchat llegaba generalmente con retraso a la mesa, él procuró hacer lo mismo a fin de encontrarla por el camino. Se vestía lentamente, nunca estaba dispuesto cuando Joachim iba a buscarle, dejaba que su primo se marchara y decía que ya le seguiría. Aconsejado por el instinto propio de su estado, esperaba durante el tiempo que le parecía indicado; luego bajaba al primer piso. Al llegar allí, no continuaba descendiendo por la misma escalera, iba por otra, recorriendo la longitud del pasillo hasta pasar frente a la puerta de una habitación que le era bien conocida: la número 7. Durante el camino, mientras iba por el corredor de una escalera a otra, se le ofrecía a cada paso una probabilidad, pues a cada instante dicha puerta podía abrirse, lo cual ocurría a veces: la puerta se cerraba con estrépito detrás de madame Chauchat, que se escurría sigilosamente hacia la escalera. Luego descendía delante de él sosteniéndose los cabellos con la mano, o bien Hans Castorp marchaba delante y notaba su mirada clavada en la espalda, sintiendo sobresaltos y hormigueos, pero con la voluntad de mantenerse en su posición, como si ignorase su presencia y como si llevase una vida independiente al margen de ella. En tales ocasiones, metía las manos en los bolsillos de la chaqueta, se encogía inútilmente de hombros y tosía con fuerza, golpeándose el pecho con el puño como para manifestar su indiferencia.
A veces llevaba la astucia mucho más lejos. Cuando estaba ya sentado a la mesa decía con aire contrariado a su primo, palpándose los bolsillos:
—Vaya, he olvidado el pañuelo. Tendré que volver a subir.
Y subía, para que Clawdia y él se encontrasen, lo que constituía algo más peligroso y al mismo tiempo de un encanto más infinitamente agudo que cuando iba delante o detrás de ella.
La primera vez que realizó esta maniobra, ella le lanzó una mirada más bien impertinente y exenta de timidez, pero cuando se fueron acercando, ella volvió los ojos con indiferencia y pasó por su lado de tal modo que el episodio no podía tener valor alguno. Por el contrario, la segunda vez ella le miró no sólo de lejos, sino durante todo el tiempo: le miró a la cara con un aire firme y poco sombrío, y hasta llegó a volver la cabeza hacia él al pasar por su lado. El pobre Hans Castorp se sintió penetrado hasta la medula. Por otra parte, no había motivo para tenerle lástima, puesto que era lo que había deseado y preparado. Pero este encuentro le causó un gran sobresalto, no sólo mientras ocurría, sino también después, a título retrospectivo, pues precisamente cuando hubo pasado se dio cuenta de cómo había ocurrido.
Jamás había tenido el rostro de madame Chauchat tan cerca de él, tan claramente distinto en todos sus detalles; pudo distinguir el vello que nacía en la raíz de su trenza rubia, de un tono rojizo, metálico, y con la que se recogía sencillamente los cabellos. No había existido más que la distancia de unos palmos entre su rostro y el de ella, rostro de formas tan extrañas y al mismo tiempo familiares que constituían lo que más le gustaba en el mundo: facciones exóticas y llenas de carácter (pues únicamente lo que nos es extraño nos parece que tiene carácter), de un exotismo nórdico y misterioso, que incitaba a la exploración en la medida en que sus signos y proporciones eran difíciles de determinar. Pero lo más característico eran sin duda los pómulos salientes, elevados, que cercaban aquellos ojos situados excepcionalmente a una notable distancia uno de otro, a flor de rostro, un tanto oblicuos, endulzando la concavidad de las mejillas, que destacaban a su vez la plenitud de los labios ligeramente curvados. Lo más impresionante eran los ojos, esos ojos alargados de tártaro (eso era lo que creía Hans Castorp), de un corte verdaderamente mágico, de un gris azulado o de un azul grisáceo, que era el color de las montañas remotas y que a veces, en una mirada oblicua que no pretendía observar, se fundían con una coloración nocturna, tenebrosa y velada… Los ojos de Clawdia le habían contemplado de muy cerca con una mirada penetrante y sombría y, por la posición, el color y la expresión se parecían de una manera sorprendente y casi terrorífica a los de Pribislav Hippe. «Se parecían» no era del todo la expresión apropiada; eran más bien los «mismos» ojos y también la anchura de la mitad superior del rostro, aquella nariz un poco maciza…, todo, hasta la blancura rosada de la piel, el color sano de las mejillas, que en madame Chauchat no hacían más que dar la ilusión de salud y que, como en todos los demás pacientes, eran sólo el resultado superficial de la cura de reposo al aire libre; todo era como en que Pribislav, e incluso este le había mirado del mismo modo cuando se encontraron en el patio de la escuela.
Era desconcertante desde todos los aspectos. Hans Castorp estaba entusiasmado por esa coincidencia y, al mismo tiempo, sentía algo parecido al temor, a una angustia creciente, como si estuviera encerrado en un lugar exiguo. El hecho de recordar a Pribislav, tanto tiempo olvidado, y de que en la persona de madame Chauchat su antiguo camarada le mirase con sus «mismos» ojos, contenía un sentido de felicidad angustioso. Al mismo tiempo era prometedor, inquietante y casi amenazador, y el joven Hans Castorp sentía que tenía necesidad de ayuda. Movimientos vagos e instintivos se operaban en él, movimientos que hubieran podido ser calificados de tanteos, de gestos en busca de un consejo, de un apoyo. Pensó en aquellas personas que quizá podrían serle beneficiosas.
Junto a él, estaba Joachim, el valiente y honrado Joachim, cuyos ojos, durante esos últimos meses habían adquirido una expresión triste, y que se encogía a veces de hombros con esa violencia obstinada que antes jamás había manifestado. Joachim, con su «Henrich azul» en el bolsillo, como solía designar ese utensilio madame Stoehr; con el rostro marcado con un atrevimiento tan restaurado que Hans Castorp se sentía emocionado hasta el fondo del alma. El honrado Joachim estaba acosando y atormentando al doctor Behrens para poder marcharse, para volver a la «llanura», al «terreno llano», del que se hablaba aquí con un ligero pero perceptible desdén; para volver al servicio militar que tanto anhelaba. A fin de lograrlo lo antes posible y de ganar un poco del tiempo que aquí se perdía tan ligeramente, se aplicaba con toda conciencia al servicio de la cura, lo hacía para restablecerse y porque cumplir con ese deber era cumplir con «su» deber.
Por eso insistía cada noche, y cada cuarto de hora, a su primo en abandonar la reunión e ir a la cura nocturna, y así, en cierto modo, acudía en socorro de Hans Castorp, con los ojos fijos en el saloncito de los rusos. Pero si Joachim tenía tanta prisa en abreviar la velada, era también debido a otra razón silenciada, pero que Hans Castorp conocía desde que había aprendido a comprender por qué el rostro de Joachim se cubría de manchas al palidecer y por qué su boca se hallaba atormentada en ocasiones por una mueca tan singularmente lastimosa. En efecto, Marusja, la eternamente risueña, la que llevaba un pequeño rubí en el dedo y de la que emanaba un perfume de naranja, la del pecho opulento y carcomido, asistía con frecuencia a estas reuniones, y Hans Castorp comprendió que era eso lo que alejaba a Joachim, porque se sentía demasiado atraído hacia ella, atraído de una manera irresistible.
Joachim se hallaba tan aprisionado como él tal vez de un modo más estrecho y angustiado, puesto que se sentaba cinco veces al día a la misma mesa que Marusja, la del pañuelo perfumado con esencia de naranja. En cualquier caso, estaba demasiado ocupado en sí mismo para poder ayudar a Hans Castorp. Su huida cotidiana sin duda le honraba, pero esto era muy poco tranquilizador para Hans Castorp, y a menudo le parecía que el buen ejemplo de Joachim, con relación a su exactitud en la observación de la cura, y las instrucciones de experto que le daba sobre este punto, tenían algo de inquietante.
Hans Castorp había llegado hacía sólo dos semanas, pero tenía la impresión de que hacía mucho más tiempo, y el régimen de esas gentes, que Joachim observaba a su lado con tanta aplicación, había comenzado a adquirir a sus ojos una intangibilidad casi sagrada y natural, de modo que la vida de allá abajo, en el «llano», vista desde arriba, le parecía casi singular y paradójica. Había adquirido ya una aceptable destreza en el manejo de las mantas, por medio de las cuales se transformaba, en los días fríos, en un paquete compacto, en una verdadera momia; faltaba poco para igualar a Joachim en la destreza y en el arte de envolverse según las reglas, y casi se sorprendía al pensar que en la llanura nadie sabía nada de ese arte ni de esas reglas. Sí, era sorprendente, pero al mismo tiempo que Hans Castorp se extrañaba de encontrarlo así, esa inquietud, que hacía interiormente se revolviese en busca de un consejo o un apoyo, nacía de nuevo en él.
Pensaba en el doctor Behrens y en su consejo «absolutamente desinteresado» de que viviese como los pacientes y de que incluso tomase su temperatura. Pensaba en Settembrini, que se había echado a reír cuando se enteró del consejo y que luego había citado algo de La flauta mágica. Sí, pensó en ellos a título de ensayo para ver si este pensamiento le aliviaba. ¿Tenía cabellos blancos el doctor Behrens? ¿Podría ser el padre de Hans Castorp? Quizá sí… Además, era el director del sanatorio, la más alta autoridad —casi de una autoridad paterna, lo que el joven Hans Castorp necesitaba—. Pero a pesar de que lo intentase, no podía pensar en el doctor con una confianza filial. Éste había enterrado aquí a su mujer, había sufrido un dolor que le convertía provisionalmente en un ser extraño, y luego se había quedado porque la tumba le retenía y él mismo se hallaba ligeramente enfermo. ¿Lo había superado? ¿Estaba decidido, sinceramente y sin segundas intenciones, a curar a los enfermos para que pudiesen regresar rápidamente a la llanura y prestar sus servicios? Sus mejillas tenían siempre un extraño color azul, y podía afirmarse que siempre tenía fiebre. Pero esto tal vez era una ilusión y el color de su rostro se debía al frío. Hans Castorp sentía lo mismo todos los días: una especie de calor seco sin tener fiebre, por lo que se podía juzgar sin termómetro…
Pero cuando oía hablar al consejero áulico, no podía evitar pensar que tenía fiebre, pues había algo misterioso en su manera de hablar. Parecía muy despreocupado, muy alegre y jovial, pero se intuía en él algo extraño y exaltado, sobre todo cuando se observaban sus mejillas azules y sus ojos lacrimosos que hacían creer que todavía lloraba a su mujer. Hans Castorp recordó lo que Settembrini había dicho acerca de la «melancolía» y la «depravación» del doctor, y recordó también que el italiano le había llamado «un alma confusa». Eso podía ser malicia o ligereza, pero de todos modos estimaba muy poco reconfortante pensar en el doctor Behrens.
Estaba también Settembrini, el hombre de oposición, ese humorista y «homo humanus», como él mismo se definía, que, con abundantes y acertadas palabras, le había reprochado que calificase la unión entre la enfermedad y la estupidez de «contradicción» y de «dilema para el sentimiento humano». ¿Qué debía pensar de él? ¿Era provechoso hacerlo? Sin duda Hans Castorp recordaba que se había enojado en el trascurso de esas divagaciones, que llenaban aquí sus noches, a causa de la sonrisa sutil y seca del italiano —esa sonrisa que ondulaba bajo la bella curva de sus bigotes— y recordaba haber calificado a Settembrini de «organillero ambulante» y de haber intentado separarse de él porque le estorbaba. Pero eso había en sueños, y el Hans Castorp despierto era otro Hans Castorp, menos desenfrenado que el de los sueños. En estado de vigilia podía ser de otro modo y tal vez le convenía estudiar el carácter moderno de Settembrini y su espíritu crítico, a pesar de que era evidente que esa crítica pretendía ejercer influencia. El joven Hans Castorp deseaba de todo corazón ser influido, lo que, naturalmente, no significaba que estuviera dispuesto a dejarse convencer por Settembrini haciendo las maletas y marchándose antes del tiempo señalado, como éste le había recientemente propuesto con seriedad.
«Placet experiri», pensaba sonriendo, ya que sabía suficiente latín, sin que pudiera considerarse un homo humanus.
No perdía, pues, de vista a Settembrini y escuchaba con gusto, y no sin atención crítica, todo lo que el italiano decía en las entrevistas que se celebraban durante los paseos prescritos por el tratamiento, hasta el banco situado en la falda de la montaña o hasta Davos-Platz. Hacía lo mismo en otras ocasiones como, por ejemplo, cuando terminaba la comida. Settembrini se ponía en pie el primero, y con su pantalón a cuadros y un palillo entre los dientes vagaba a través de la sala de las siete mesas para terminar, con manifiesto desprecio de las reglas y costumbres, yendo un instante a la mesa de los primos. El italiano se tomaba esta libertad, se plantaba allí con las piernas cruzadas, en una actitud graciosa, y hablaba gesticulando con su palillo. A veces tomaba una silla, se colocaba en uno de los rincones de la mesa, entre Hans Castorp y la institutriz, o bien entre Hans Castorp y la señorita Robinson, y contemplaba cómo los nueve comensales devoraban los postres a los que él había renunciado.
—¿Puedo unirme a esa noble compañía? —preguntaba estrechando la mano de los dos primos y dirigiendo un saludo a las demás personas—. Ese cervecero de allá abajo…, sin mencionar el aspecto desesperante de la cervecera, acaba de darnos una conferencia psicosociológica. ¡Oh, el señor Magnus…! ¿Quieren oírla? «Nuestra querida Alemania es un gran cuartel; sí, ciertamente. Pero se oculta en ella gran capacidad, y no cambiaría nuestras sólidas virtudes por la cortesía de otros. ¿De qué sirve la cortesía si me engaña por delante y por detrás?…» Y otras cosas por el estilo. Ya no pude resistir más. Además, tengo por vecino un ser lamentable con rosas de cementerio en las mejillas, a una vieja solterona de Transilvania que habla sin cesar de su «cuñado», un hombre del que nadie sabe nada ni nadie lo quiere saber. En una palabra, no he podido resistir más y me he escabullido.
—Ha huido con armas y bagajes —dijo la señora Stoehr—, hay que confesarlo.
—Exactamente —exclamó Settembrini—, con armas y bagajes. Veo que aquí soplan otros vientos. No hay duda, he llegado a buen puerto con saco y bagaje. ¡Ah, si todo el mundo supiese disponer las palabras de este modo…! ¿Pero me permite que le pregunte por los progresos de su preciosa salud, señora Stoehr?
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Siempre igual! Usted no lo ignora. Se dan dos pasos adelante y tres atrás. Cuando se ha tenido paciencia durante cinco meses, llega el viejo y prescribe otros seis. ¡Ay!, es el suplicio de Tántalo. Uno va empujando, empujando, y cuando cree haber llegado arriba…
—¡Oh, qué amable es usted! Concede al fin a ese pobre Tántalo un poco de variedad. Por un día, le hace empujar la famosa roca. Esto sí que es tener buen corazón… Pero ¿qué pasa, señora? Se dicen de usted cosas misteriosas. Se habla de dobles, de cuerpos astrales. Yo no creía en nada, pero lo que pasa en su habitación me inquieta…
—Me parece que el señor quiere divertirse a mi costa.
—Nada de eso. Le aseguro que no es mi intención.
¡Pero tranquilíceme sobre ciertos aspectos oscuros de su existencia y luego podremos hablar de divertirnos! Ayer por la noche, entre las nueve y media y las diez, hacía un poco de ejercicio en el jardín y miré hacia los balcones; en el de usted estaba encendida la lámpara eléctrica, y lucía a través de la oscuridad. Usted hacía su cura, como lo ordenan el deber, la razón y el reglamento. He aquí a nuestra linda enferma, me dije a mí mismo, que observa fielmente las prescripciones para poder volver lo antes posible a los brazos del señor Stoehr. Y de pronto, ¿qué oigo…? Pues que a la misma hora la habían visto en el cinematógrafo —Settembrini pronunció esta palabra en italiano, con el acento sobre la cuarta sílaba—, en el cinematógrafo del Casino, y después en la confitería, tomando vino dulce y no sé qué clase de pasteles, y se rumorea…
La señora Stoehr se retorcía de risa, tratando de disimular con la servilleta. Tocaba con el codo a Joachim Ziemssen y al tranquilo doctor Blumenkohl, guiñaba un ojo de un modo astuto y confidencial, mostrando una vana coquetería. Para escapar al control médico, tenía la costumbre de colocar en el balcón la lámpara encendida y escabullirse discretamente y en busca de distracciones allá abajo, en el barrio inglés. Su marido la esperaba en Cannstadt. Por otra parte, no era la única paciente que practicaba este sistema.
—… es decir —continuó Settembrini—, que usted saboreaba los pastelillos en compañía de… en compañía del capitán Miklosich, de Bucarest. Se asegura que lleva corsé, pero ¡Dios mío!, ¿qué importancia puede tener eso? Se lo ruego, señora, ¿dónde estaba? ¿Es acaso doble? Sin duda se hallaba dormida y mientras la parte terrenal de su ser realizaba solitariamente la cura, la parte espiritual se divertía en compañía del capitán Miklosich y de los pastelillos…
La señora Stoehr se retorcía y gesticulaba como si alguien le hiciese cosquillas.
—No sabemos si se debe desear lo contrario —aseguró Settembrini—. Es decir, que hubiese saboreado sola los pastelillos y que hubiese hecho su cura de reposo en compañía del capitán Miklosich…
—¡Hi, hi, hi…!
—¿Conocen los señores la historia de anteayer? —inquirió sin transición el italiano—. Alguien fue raptado, por el diablo o, más exactamente, por su señora madre, una dama enérgica. Me gustó… Era el joven Schneermann, Anton Schneermann, el que se sentaba allí delante, en la mesa de la señorita Kleefeld. Como pueden ver, su sitio está vacío. Pronto será ocupado y no siento inquietud sobre este aspecto, pero Anton se ha marchado en alas del Céfiro, en un juego de manos y antes de que pudiese darse cuenta. Se hallaba aquí desde hacía año y medio, con sus dieciséis años; se le acababan de conceder seis meses más. Y ¿qué ocurre? No sé quién haría llegar unas palabras a la señora Schneermann, pues siempre estuvo recelosa de las costumbres de su vastago in Baccho et coeteris. Entró en escena sin avisar, una auténtica matrona, tres palmos más alta que yo, de cabellos blancos, furibunda. Administró, sin decir una palabra, un par de bofetadas al señor Anton, le cogió por el cuello y lo metió en el tren. «Si debe morir (exclamó), puede morir también allá abajo.» ¡Y hala, a casa!
Todos los que le oían se reían, pues Settembrini se había expresado con gracia. Parecía muy bien informado sobre las últimas noticias, aunque consideraba la vida en común en el sanatorio con una marcada ironía. Lo sabía todo. Conocía los nombres y las condiciones de existencia de los recién llegados. Contaba que el día anterior, fulano o zutana había sufrido la extracción de una costilla y sabía de muy buena fuente que, a partir del otoño próximo, no serían ya admitidos enfermos que tuviesen más de 38,5 de fiebre. Afirmaba que la pasada noche, el perrito de la señora Capatsulias, de Mytilene, se había sentado sobre el interruptor de la lámpara de la mesita de noche de su dueña, lo que había provocado muchas molestias y algún tumulto, ya que la señora Capatsulias no fue encontrada sola, sino en compañía del asesor Düstmund, de Friedrichshagen. El mismo doctor Blumenkohl no pudo evitar sonreírse al oír esta historia; la linda Marusja estuvo a punto de asfixiarse con su pañuelo perfumado con esencia de naranja, y la señora Stoehr lanzó un grito comprimiendo su seno izquierdo con las dos manos.
Pero cuando se hallaba solo con los primos, Lodovico Settembrini gustaba de hablar de sí mismo y sus orígenes, tanto en el paseo como en las reuniones vespertinas, y también después del almuerzo, cuando la mayoría de los huéspedes habían salido del comedor y los tres hombres permanecían sentados un momento al extremo de la mesa, mientras las sirvientas retiraban la vajilla y Hans Castorp fumaba su María Mancini, cuyo sabor comenzó a apreciar de nuevo durante esta tercera semana. Examinándolo con atención, sorprendido, pero dispuesto a sufrir su influencia, escuchaba los relatos del italiano, que le abrían un mundo singular y novedoso.
Settembrini hablaba de su abuelo, que había sido abogado en Milán y sobre todo un gran patriota, una especie de agitador, un orador y publicista político, un hombre de oposición —al igual que su nieto, aunque lo había practicado con un estilo más elevado y un espíritu más atrevido—. Mientras que Lodovico, como hacía él observar con amargura, se veía reducido a burlarse de la vida y los habitantes del Sanatorio Internacional Berghof, a ejercer sobre ellos su crítica mordaz y a protestar en nombre de una humanidad hermosa y activa, el abuelo había dado mucho quehacer a los gobiernos, había conspirado contra Austria y la Santa Alianza, que en aquel tiempo tenían a su patria desmembrada bajo el yugo de una servidumbre exhaustiva, y había sido un miembro celoso de ciertas sociedades difundidas por Italia, un carbonario, decía Settembrini bajando súbitamente la voz, como si hoy resultara peligroso hablar de eso.
En resumen, ese Giuseppe Settembrini aparecía en los relatos de su nieto y ante los que le escuchaban como si hubiese llevado una existencia tenebrosa, apasionada y sediciosa, como un cabecilla y un conspirador y, a pesar de todo el respeto que se esforzaban en manifestar por cortesía, no conseguía borrar de sus rostros una expresión de antipatía desconfiada, incluso de repugnancia. Sin duda los acontecimientos evocados eran de una naturaleza bastante singular: lo que oían se refería a una época lejana, había pasado casi un siglo, ¡ya era historia! Y a causa de la historia, en particular de la historia antigua, pudieron comprender la mentalidad del abuelo de Settembrini, su amor temerario y desesperado por la libertad y su odio invencible contra los tiranos que le eran teóricamente familiares. Además, ese espíritu revolucionario y esos manejos de conspirador se aliaban, como pronto supieron, con un profundo amor a su patria a la que deseaba ver libre y unida. Efectivamente, esos actos sediciosos habían sido el fruto y la emanación de su sentimiento patriótico y, por extraña que pareciese a ambos primos esta mezcla de espíritu revolucionario y patriotismo —pues ellos tenían la costumbre de identificar el patriotismo a un sentido conservador del orden—, no podían dejar de reconocer que, en las circunstancias y en la época de referencia, la revolución quizá había sido el verdadero deber cívico, y que la lealtad ponderada equivalía a una indiferencia hacia los problemas públicos.
El abuelo Settembrini no había sido sólo un patriota italiano, sino también un ciudadano y un combatiente de aquellos pueblos sedientos de libertad. Tras el fracaso de cierto golpe de mano y de una tentativa de golpe de Estado en Turín, en la que había participado con la palabra y la acción, logrando escapar por muy poco de las garras de los esbirros del príncipe Metternich, empleó sus años de destierro en combatir y derramar su sangre en España por la Constitución, y en Grecia por la independencia del pueblo helénico. En este último país fue donde el padre de Settembrini vino al mundo —sin duda por eso había llegado a ser tan gran humorista y aficionado a la antigüedad clásica—, nacido de una madre de sangre alemana, pues Giuseppe se había casado con la muchacha en Suiza y ella le había acompañado en todas sus anteriores aventuras. Más tarde, después de vivir durante diez años en el destierro, pudo al fin volver a su país y establecerse como abogado en Milán. No obstante, no renunció por eso a empujar a la nación por medio de la palabra oral y escrita, en verso y en prosa, a la libertad y la instauración de una república una e indivisible, a concebir programas revolucionarios con un aliento apasionado y dictatorial, a predecir, en un estilo claro, la unión de los pueblos liberados para asegurar la felicidad universal. Un detalle que mencionó el nieto Settembrini causó una impresión particularmente viva al joven Hans Castorp, y fue que el abuelo Giuseppe siempre aparecía ante sus conciudadanos vestido de negro, pues decía que llevaba luto por Italia, su patria, esclavizada e infeliz. Al oír eso, Hans Castorp, que ya los había comparado mentalmente, se acordó de su abuelo, quien durante el tiempo que su nieto le había conocido, llevaba trajes negros, aunque su espíritu era muy diferente del que había animado a ese otro. Recordó el modo de vestir pasado de moda por el que Hans Lorenz Castorp, que soñaba en un tiempo pasado, se había conformado al tiempo presente, señalando con una especie de artificio que no pertenecía a ese nuevo tiempo, hasta el día en que, en su lecho mortuorio, sus vestidos recobraron solemnemente la forma verdadera y apropiada a su carácter. ¡En realidad los dos abuelos habían sido completamente diferentes! Hans Castorp pensaba en esto mientras sus ojos adquirían una expresión fija y balanceaba prudentemente la cabeza, de modo que este movimiento podía interpretarse tanto como una muestra de admiración hacia Giuseppe Settembrini como un signo de su sorpresa y su desaprobación.
Por otra parte, evitaba condenar lo que le parecía extraño, y se atenía a su mera comparación. Veía la estrecha cabeza del viejo Hans Lorenz inclinándose sobre la concha dorada de la jofaina bautismal —aquella pieza atávica que se transmitía invariablemente de padres a hijos—, con la boca redondeada, pues sus labios formaban el prefijo alemán «ur», ese sonido sordo y piadoso que evocaba vagamente los lugares donde se comportaba solemne y reverencialmente. Y veía a Giuseppe Settembrini agitando la bandera tricolor en una mano, blandiendo su sable en la otra, con los negros ojos elevados hacia la altura invocando el cielo, lanzándose a la cabeza de una tropa de defensores de la libertad contra la falange del despotismo. Ambas actitudes tenían sin duda su belleza y honor, y Hans Castorp se preocupaba de mostrarse equitativo, pues personalmente se sentía un tanto parcial. El abuelo Settembrini había combatido por los derechos políticos, mientras que éstos habían pertenecido en su origen a su propio abuelo, o al menos a sus abuelos, y era la canalla quien se los había arrancado durante los cuatro últimos siglos por medio de la violencia y las convulsiones políticas, o valiéndose de la retórica.
Y he aquí que uno y otro habían ido vestidos de negro, el abuelo del norte y el abuelo del sur, los dos con el fin de establecer entre ellos y el nefasto tiempo presente una distancia severa. Pero mientras uno obraba por piedad, en honor del pasado y la muerte a los que pertenecía su naturaleza, el otro lo hacía por espíritu de rebelión, en honor de un progreso enemigo de toda piedad. Ciertamente eran dos mundos, dos puntos cardinales, pensaba Hans Castorp, y, en cierto modo, se veía colocado entre los dos polos, y le pareció que eso ya le había ocurrido antes. Se acordaba de un paseo solitario en barco a la caída de la tarde, en un lago del Holstein, a fines de verano, hacía unos años. Eran alrededor de las siete, el sol se había puesto y una luna casi llena se había elevado al este por encima de las riberas cubiertas de espesos arbustos. Durante diez minutos, mientras Hans Castorp remaba sobre el agua tranquila, había reinado una placidez de ensueño, extrañamente turbadora. Al oeste resplandecía el pleno día, una luz brillante y límpida; pero si volvía la cabeza, veía una noche de luna llena, mágica y saturada de nieblas húmedas. Ese extraño contraste duró sólo un cuarto de hora, antes de que la noche y la luna triunfaran y, con una sorpresa emocionada, los ojos deslumbrados y engañados de Hans Castorp habían ido de una a otra luz y de un paisaje a otro, del día a la noche y de la noche al día. Eso fue lo que entonces recordó.
Sea lo que sea —se decía—, el abogado Settembrini, al llevar semejante vida y desplegar una actividad tan intensa, no llegaría a ser un gran jurista. Pero el principio mismo de la justicia le había animado, como ponía de relieve su nieto, desde su infancia hasta el fin de su vida; y, a pesar de que en este momento no tuviese la cabeza muy clara y su organismo estuviese absorbido por los seis platos de comida del sanatorio Berghof, Hans Castorp se esforzaba en comprender lo que Settembrini quería decir cuando llamaba a ese principio «la fuente de la libertad y progreso».
Por esta última palabra, Hans Castorp entendió algo así como el desarrollo de las grúas de vapor en el siglo XIX, y descubrió que Settembrini no hacía mucho caso de esas cosas y que su abuelo tampoco. El italiano rendía a la patria de sus dos oyentes un gran homenaje, teniendo en cuenta que habían sido los inventores de la pólvora —que había relegado al pasado la coraza de los feudales— y la imprenta, ya que esta última había permitido difundir las ideas democráticas. Alababa, pues, a Alemania bajo este aspecto, pero concedía la mayor importancia a su propio país, puesto que había sido el primero, cuando los demás vivían todavía sumidos en el crepúsculo de la superstición y la servidumbre, en desplegar la bandera de las luces, la cultura y la libertad.
Pero si Settembrini reverenciaba la técnica y el transporte —el campo profesional de Hans Castorp—, como había manifestado en su primera entrevista con los primos en el banco del recodo, no parecía, sin embargo, que fuese por amor a esos dominios, sino más bien a causa de su influencia sobre el perfeccionamiento moral del hombre, pues éste era el género de importancia que se declaraba satisfecho de conceder. Al subyugar cada vez más a la naturaleza por las relaciones que establecía, por las redes de caminos y telegráficas, salvando las diferencias climáticas, la mecánica se manifestaba como el medio más seguro de aproximación de los pueblos, para favorecer su comprensión recíproca, establecer entre ellos compromisos humanos, destruir los prejuicios y llevarlos hacia la unión universal. La raza humana había salido de la sombra, del miedo y el odio, y por un camino de luz se dirigía hacia un estado ulterior de simpatía, claridad interior, bondad y felicidad, y en este camino la mecánica era el vehículo más útil.
Pero, al hablar así, de un solo aliento mezclaba categorías que Hans Castorp estaba acostumbrado a considerar separadamente. «Mecánica y moral», decía, e incluso afirmaba que el Salvador del cristianismo había sido el primero en revelar el principio de igualdad y unión de los pueblos, después de lo cual la imprenta había favorecido poderosamente su expansión, hasta que la Revolución Francesa lo había elevado a la categoría de ley. Por razones mal definidas, todo eso pareció al joven Hans Castorp extraordinariamente confuso, a pesar de que el señor Settembrini lo resumía en términos claros y enérgicos. Una sola vez —decía—, una sola vez en su vida, al comienzo de su madurez, su abuelo se había sentido completamente feliz: fue cuando tuvo noticia de la Revolución de julio en París. En voz alta y públicamente había proclamado que un día los hombres compararían aquellos tres días con los seis de la creación del mundo. En ese instante, Hans Castorp no pudo evitar dar un puñetazo sobre la mesa y experimentar una sorpresa profunda. Le parecía verdaderamente exagerado que se pudieran colocar los tres días estivales de 1830, durante los cuales los parisienses se habían dado una nueva constitución, al lado de los seis días durante los cuales Dios había separado la tierra del agua y creado los astros eternos, así como las flores, los árboles, los peces, los pájaros y toda la vida; más tarde, con su primo Joachim, puso de relieve que eso le había parecido excesivo y verdaderamente extraño.
Pero estaba tan dispuesto a «dejarse influir», es decir, a entregarse a nuevas experiencias, que reprimió la protesta que su piedad y buen gusto reclamaban contra la concepción settembriana de los hechos. Se decía que lo que parecía blasfemo podía ser calificado de audaz, y lo que juzgaba de mal gusto podía ser generosidad y noble entusiasmo, al menos en ciertas circunstancias como, por ejemplo, cuando el abuelo de Settembrini había llamado a las barricadas el «trono del pueblo» y declarado que se trataba de «consagrar la pica del ciudadano sobre el altar de la humanidad».
Hans Castorp sabía por qué escuchaba a Settembrini; no podía explicarlo con claridad, pero lo sabía. Había en su complacencia una especie de sentimiento del deber, al margen de esa ausencia de responsabilidad propia de las vacaciones de un viajero y un visitante que no se detiene ante ninguna impresión y que se deja llevar por las cosas, consciente de que mañana, o pasado mañana, abrirá sus alas y volverá al orden acostumbrado. Era, por consiguiente, como una especie de voz de su conciencia y, para ser más explícitos, de su mala conciencia lo que le inclinaba a escuchar al italiano, con las piernas cruzadas, chupando golosamente de su María Mancini, o cuando los tres iban de paseo por el barrio inglés en dirección al Berghof.
Según su opinión y lo que exponía Settembrini, dos principios se disputaban al mundo: la fuerza y el derecho, la tiranía y la libertad, la superstición y la ciencia, el principio de conservación y el principio de movimiento: el progreso. Se podía definir al uno como el principio asiático; al otro, como el principio europeo, pues Europa era la tierra de la rebeldía, la crítica y la actividad que transformaba, mientras el continente oriental encarnaba la inmovilidad y el reposo. No era posible cuestionar cuál de esas dos potencias terminaría por alcanzar la victoria: sería sin duda la potencia de la luz, la del perfeccionamiento conforme a la razón, pues la humanidad arrastraba sin cesar nuevos países por el camino esplendoroso, conquistaba continuamente nuevas tierras en la misma Europa y ya comenzaba a penetrar en Asia. Pero era preciso mucho tiempo para que su victoria fuese completa, y todos los que habían recibido la luz debían todavía realizar grandes y nobles esfuerzos hasta que alumbrase el día en que las monarquías se hundieran, incluso en los países que no habían tenido su «dieciocho» ni su 1879.
«Pero ese día llegará —había dicho Settembrini, y sonreía finalmente bajo su bigote—. Llegará sobre las alas del águila y las palomas, llegará con la aurora de la fraternización universal de los pueblos, bajo el signo de la razón, la ciencia y el derecho. Aportará a la santa alianza de la democracia de los ciudadanos la contrapartida esplendorosa de la infame alianza de los príncipes y los gabinetes, de los que el abuelo Giuseppe había sido enemigo mortal y adversario personal; algún día se implantará la república universal.»
Pero para alcanzar este objetivo era, ante todo, necesario extinguir el principio asiático de la servidumbre y el nervio vital de su resistencia, es decir, Viena. Se trataba de herir a Austria en la cabeza y destruirla, primero para vengarse del pasado, luego para preparar el camino al reino del derecho y la felicidad sobre la Tierra.
Esta última conclusión de las elocuentes expansiones de Settembrini ya no interesaban a Hans Castorp. No le gustaban, le herían penosamente como un resentimiento personal o nacional cada vez que las oía. En lo que se refiere a Joachim Ziemssen, cuando el italiano se metía por esos vericuetos volvía la cabeza, fruncía el entrecejo y dejaba de escuchar, advirtiendo de que ya era hora de ir a la cura o intentando desviar la conversación. Hans Castorp no se sentía tampoco dispuesto a prestar atención a tales extravíos —sin duda se hallaba más allá de los límites de las influencias que su conciencia le aconsejaba sufrir a título de ensayo—, y sin embargo tenía tanto interés en ser iniciado que, cuando Settembrini iba a sentarse a su lado o se unía a ellos al aire libre, era el joven quien invitaba al italiano a expresar sus ideas.
Esas ideas, este ideal y estas tendencias, observaba Settembrini, eran en él una tradición de familia, pues los tres habían consagrado a ellas su vida y sus fuerzas; el abuelo, el padre y el nieto. Cada uno a su manera. El padre, no menos que el abuelo Giuseppe, aunque no hubiese sido un agitador político y un combatiente de la causa por la libertad, sino un sabio discreto y delicado, un humanista de pupitre. ¿Pero qué era el humanismo? El amor de los hombres, nada más, y por eso mismo el humanismo no era otra cosa que una política, una actitud de sublevación contra todo lo que mancha y deshonra la idea del hombre. Se habría reprochado al padre de Settembrini que reverenciaba la forma, pero esa misma forma —y su belleza— la había cultivado únicamente por respeto a la dignidad del hombre, en oposición febril a la Edad Media, que no sólo había estado entregada al desprecio del hombre y a la superstición, sino que se había hundido en una especie de vergonzosa ausencia de formas bellas. Ante todo, había defendido la libertad de pensamiento y el placer de vivir, y había sostenido que era preciso abandonar el cielo y los gorriones. ¡Prometeo! Éste fue, según él, el primer humanista, y era idéntico a ese Satán en homenaje del cual Carducci había compuesto su himno… ¡Ah, si los primos hubiesen oído al viejo boloñés cuando se burlaba de la sensibilidad cristiana de los románticos, de los cantos sagrados de Manzoni, de la poesía de sombras y la luz de luna del romanticismo que había comparado a ésta con una «pálida monja celeste»! Per Baccho! eso hubiese sido un gran placer. Y también tendrían que haber visto a Carducci interpretando a Dante: le había celebrado como el habitante de una gran ciudad que había defendido, contra el ascetismo y la negación de la vida, la fuerza activa que transforma al mundo y lo mejora. No era la sombra enfermiza y mística de Beatrice lo que el poeta había querido honrar bajo el nombre de «donna gentile e pietosa»; por el contrario, había llamado así a su esposa que, en el poema, representaba el principio del conocimiento de las cosas terrenales y la actividad en la vida…
..."
--Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto--