El termómetro
La semana de Hans Castorp se contaba de martes a martes, pues había llegado en este día. Había abonado ya su factura de la segunda semana, de unos 160 francos, razonable y justificada, según estimaba, incluso aunque no se tuviesen en cuenta ciertas ventajas incalculables de la estancia, ni ciertos suplementos que le hubiesen podido ser facturados si se hubiera querido como, por ejemplo, el concierto bimensual en la terraza y las conferencias del doctor Krokovski, sino exclusivamente la pensión propiamente dicha, los gastos de alojamiento y las cinco formidables comidas.
—No es caro; más bien resulta barato, no puedes decir que te estafen —dijo a su primo—. Necesitas un promedio de 650 francos mensuales para la habitación y la comida, y el tratamiento médico está incluido en esta cifra. Bueno… Admite que gastes 30 francos mensuales en propinas, si haces bien las cosas y quieres tener cerca de ti rostros sonrientes. Todo eso suma 680 francos. Bien. Me dirás que hay otros gastos: las bebidas, los cosméticos, los cigarros; a veces el gasto de una excursión o un paseo en coche; luego tenemos las cuentas del zapatero y el sastre. Perfecto… Contándolo todo no conseguirás, con la mayor voluntad de este mundo, gastar mil francos al mes. Ni siquiera ochocientos. Todo ello no llega a diez mil francos anuales. Y esto te basta para vivir.
—¡Buen cálculo mental! —dijo Joachim—. No esperaba esto de ti. Decididamente ya has aprendido algo por aquí arriba. Me parece muy generoso por tu parte el que hagas algo nuevo por nosotros. Por otro lado, exageras un poco. No fumo cigarros, ni creo que necesite los servicios de un sastre.
—¿He calculado demasiado alto? —preguntó Hans Castorp un poco confuso.
Al margen de la descabellada idea de incluir en la cuenta de su primo los cigarros y trajes nuevos, la supuesta rapidez de cálculo que se le atribuía no era más que una mistificación de sus dones naturales. Pues en ese terreno, como en otros, era más bien lento y carente de empuje. En este caso no se trataba de una improvisación, pues en realidad incluso lo había preparado por escrito: una noche, durante la cura de reposo (pues había acabado por tenderse después de la comida como los demás), se había levantado de su excelente hamaca y, obedeciendo a un súbito impulso, había ido a buscar a su habitación papel y lápiz para calcular. Así pues, había comprobado que su primo, o más exactamente, que cualquier paciente del sanatorio precisaba doce mil francos anuales para atender todas sus necesidades, y se había convencido de que, por lo que a él se refería, la vida allí se hallaba más que al alcance de su bolsillo, puesto que podía permitirse unos 19.000 francos anuales de gastos.
Así pues, su segunda factura semanal había sido liquidada hacía tres días contra recibo y expresión de agradecimiento, lo que significa que se hallaba a la mitad de la tercera semana de su permanencia en el sanatorio. El domingo siguiente asistiría una vez más a uno de esos conciertos quincenales en la terraza; el lunes también asistiría a una de las conferencias quincenales del doctor Krokovski, pero el martes o el miércoles partiría y dejaría a Joachim solo, al pobre Joachim, a quien Rhadamante sin duda había prescrito nuevos meses de estancia. Cada vez que se hablaba de la ya próxima partida de Hans Castorp, sus ojos dulces y negros se cubrían de un velo de melancolía. ¡Gran Dios! ¿Cómo habían pasado las vacaciones? ¡Habían volado, literalmente huido! ¡Era casi inexplicable! Sin embargo, habían pasado veintiún días juntos, una larga serie que al principio parecía interminable. Y de pronto, no quedaban más que tres o cuatro insignificantes, un resto sin importancia, ligeramente alterado por las variantes periódicas de la jornada cotidiana, pero presidido por el pensamiento del equipaje y la partida. Tres semanas allí habían sido muy poca cosa o casi nada ¿Acaso no se lo habían advertido desde el primer día? Allí arriba, la mínima unidad temporal era el mes, había dicho Settembrini, y como la permanencia de Hans Castorp había sido menor, no podía ser considerada como tal, no había sido, en suma, más que una visita de médico, como habría dicho el consejero áulico Behrens.
¿Era tal vez a causa del aumento de la combustión general por lo que el tiempo pasaba aquí vertiginosamente? Esta vida frenética era un verdadero consuelo para Joachim, si pensaba en los cinco meses que le esperaban todavía —suponiendo que se contentasen con esto—. Pero durante estas tres semanas deberían haber atendido al paso del tiempo más atentamente, como lo hacían los que tomaban su temperatura cuando los siete minutos prescritos se convertían en un período de tanta importancia. Hans Castorp sentía una cordial piedad hacía su primo, en cuyos ojos se podía leer la tristeza de perder pronto a su camarada; sentía la más viva compasión al pensar que el pobre permanecería en adelante sin él, que viviría de nuevo en el llano y desplegaría su actividad al servicio de la técnica de transportes que junta a los pueblos. Era una piedad verdaderamente ardiente que, en ciertos momentos, le dolía en el pecho, y tan viva que a veces se preguntaba si tendría valor de abandonar a Joachim. Por todo ello, comenzó a hablar lo menos posible de su partida. Era Joachim, pues Hans Castorp callaba con tacto y delicadeza, quien de vez en cuando derivaba la conversación hacia este punto, mientras él parecía que no quería pensar en ello hasta el último momento.
—Esperemos, al menos —dijo Joachim—, que hayas descansado entre nosotros y que al llegar a casa notes el cambio.
—Sí, saludaré a todo el mundo en tu nombre —contestó Hans Castorp— y les diré que volverás como mucho dentro de cinco meses. ¿Descansado? ¿Me preguntas si he descansado durante estos días? Supongo que sí. Incluso creo que en tan poco tiempo ha sido realmente beneficioso. Es verdad que las impresiones recibidas aquí son muy nuevas, nuevas desde todos los puntos de vista, muy excitantes y también fatigosas, tanto moral como físicamente. Tengo la sensación de que todavía no me he acostumbrado ni aclimatado, condición necesaria de todo descanso. El María, gracias a Dios, vuelve a ser el de siempre desde hace unos días y ya siento su sabor habitual. Pero de vez en cuando, mi pañuelo se tiñe de sangre cuando lo uso, y creo que ya no conseguiré desembarazarme de ese condenado color en el rostro antes de mi partida, así como de estas insensatas palpitaciones. No, en mi caso no se puede hablar de aclimatación. ¿Cómo sería esto posible en tan corto tiempo? Sería preciso una temporada más larga para aclimatarme y asimilar esas impresiones; entonces podría comenzar a descansar y a producir albúmina. ¡Es una lástima! Digo «lástima» porque seguramente ha sido un gran error no reservar más tiempo para mi estancia, pues seguramente hubiera podido hacerlo. Así pues, tengo la impresión de que al llegar a casa necesitaré reponerme de este descanso y dormir durante tres semanas, pues me parece que aquí me he agotado. Y, además, a todo eso se añade este maldito resfriado…
En efecto, parecía que Hans Castorp volvería al llano con un constipado de primer orden. Se había resfriado sin duda al hacer la cura de reposo y, puestos a conjeturar, durante la cura vespertina que seguía desde hacía una semana, a pesar del tiempo lluvioso y frío que persistía antes de su partida. Sin embargo, había comprobado que ese tiempo no lo consideraban malo; el concepto de mal tiempo no existía aquí bajo ninguna forma, no se tenía ningún temor a ninguna clase de tiempo, apenas se le tenía en cuenta y, con la suave docilidad de la juventud, con su facultad de adaptación a los pensamientos y usos del medio ambiente en el que se hallaba trasladado, Hans Castorp había comenzado a apropiarse esta indiferencia. Cuando llovía a cántaros no se debía esperar que, por tan poca cosa, el aire fuese menos seco. Y así era, continuaba siendo seco, aunque no siempre sentía la cabeza caliente como si se hallase dentro de una habitación caldeada o como si hubiera bebido demasiado vino. En lo que se refiere al frío, que era sensible, hubiese sido poco razonable intentar escapar a él refugiándose en las habitaciones, pues mientras no nevase no encendían la calefacción y era casi lo mismo tenderse en el cuarto que en la galería, empaquetado en las mantas de invierno según las reglas del arte, en esas excelentes mantas de pelo de camello. Por el contrario, esta posición era mucho más agradable, era sencillamente el estado más placentero que Hans Castorp recordaba haber sentido jamás, y no podía cambiar de opinión por el hecho de que un literato cualquiera, y además carbonario, tildase maliciosamente a esa posición de «horizontal». Por la noche, la encontraba especialmente agradable, cuando la lámpara encendida lucía a su lado sobre la mesita y, bien envuelto en las mantas, saboreaba el María y disfrutaba de las extrañas ventajas de ese tipo de hamaca, aunque naturalmente con la punta de la nariz helada y un libro —continuaba siendo el Ocean steamships— entre sus manos heladas y enrojecidas por el frío, mirando bajo los arcos del balcón hacia el valle cada vez más oscuro, embellecido con luces dispersas y lejanas. Casi cada noche, y durante al menos una hora, se oía el eco de unas melodías familiares y alegres procedentes del valle. Eran fragmentos de óperas, de Carmen, del Trovador, de Freishüz, luego valses bien constituidos, marchas animosas y alegres mazurcas. ¿Mazurca? Marusja se llamaba en realidad la muchacha del pesado rubí y, en el compartimiento contiguo, detrás de la espesa pared de cristal opal, reposaba Joachim, con quien ocasionalmente Hans Castorp cambiaba una palabra prudente, procurando no molestar a los otros «horizontales». Joachim, en su compartimiento, se hallaba tan agradablemente instalado como Hans Castorp, a pesar de que no fuese músico y de que no pudiese sentir el mismo placer con los conciertos nocturnos. ¡Peor para él! En lugar de esto leía con gusto su gramática rusa. Envuelto en sus mantas, Hans Castorp leía el Ocean steamships y escuchaba la música con todo corazón, hundiéndose con complacencia en la profundidad transparente de las composiciones y sintiendo un placer tan vivo al encontrar una melodía original o evocadora que, entregado por completo al deleite, recordaba con sentimientos hostiles las consideraciones irritantes de Settembrini sobre la música como, por ejemplo, aquello de que era políticamente sospechosa lo que, a su juicio, no valía mucho más que la expresión del abuelo Giuseppe sobre la Revolución de julio y los seis días de la creación del mundo.
Joachim no disfrutaba tan vivamente con la música, y el aromático placer de fumar le estaba igualmente vedado. Por lo demás, se hallaba en su compartimiento muy bien arropado. La jornada había terminado; por esta razón todo había concluido, se tenía la seguridad de que ya no ocurriría nada más, que ya no habría más emociones violentas, que el músculo del corazón no sería en modo alguno excitado. Pero, al mismo tiempo, se tenía la convicción de que «mañana» todo volvería a empezar en el flujo de esa existencia estrecha y regular. Y esa doble convicción era una de las cosas más reconfortantes, unida a la música y al sabor del María, lo que hacía que la cura de reposo fuese, para Hans Castorp, un estado verdaderamente agradable.
Pero todo esto no había impedido que el visitante y novicio se hubiese constipado de un modo serio durante ella o en otro lugar. Le amenazaba un fuerte resfriado, le atenazaba la cavidad frontal, el velo del paladar estaba irritado y doloroso, y el aire no atravesaba como de costumbre el conducto destinado por la naturaleza a ese uso: penetraba frío, con dificultad, provocando sin cesar accesos de tos convulsiva. En una noche, su voz había adquirido una tonalidad baja y sorda, como quemada por bebidas fuertes y, según lo que él decía, durante esa misma noche no había podido cerrar los ojos porque una sequedad de garganta que le ahogaba había hecho que se agitara continuamente.
—Una historia muy desagradable y casi penosa —dijo Joachim—. Debes saber que los resfriados no son admitidos aquí, se niega su existencia. Oficialmente, el clima seco de la atmósfera no los justifica, y uno sería muy mal acogido por Behrens si se presentara resfriado. Pero en tu habitación es distinto…, al fin y al cabo tienes perfecto derecho a estar constipado. Pero convendría combatirlo de algún modo; en el llano hay varias maneras de hacerlo, pero aquí nadie se preocupa. Aquí más vale no ponerse enfermo, porque a nadie le interesa. Es una verdad demostrada, te la comunico a última hora. Cuando llegué, había una señora que durante toda la semana se tapaba la oreja con la mano y se lamentaba de sufrir fuertes dolores. Finalmente, Behrens la examinó: «Puede estar completamente tranquila (dijo), no es tuberculosis.» ¡Y así quedó la cosa! Bueno, veremos lo que podemos hacer. Mañana hablaré con el masajista cuando venga a mi habitación. Hay que seguir el conducto reglamentario, él lo transmitirá, de manera que quizá hagan algo por ti.
Así hablo Joachim, y «el conducto reglamentario» respondió bien. El viernes, cuando Hans Castorp regresó de su paseo matinal, llamaron a su puerta y pudo conocer personalmente a la señorita Mylendonk, la «superiora», como se la llamaba. Hasta el momento sólo había visto de lejos a aquella persona aparentemente muy ocupada cuando, saliendo de la habitación de un enfermo, atravesaba el corredor para entrar en otra, o también cuando irrumpía fugazmente en el comedor hablando con su voz estridente. Pero esta vez la visita estaba destinada a él mismo: acudía por su catarro. Llamó a la puerta con los nudillos huesudos, dura y brevemente, y entró antes de que él dijese «pase», deteniéndose un momento en el umbral para cerciorarse una vez más del número de habitación.
—Treinta y cuatro —exclamó sin bajar la voz—, eso es. Bueno joven, on me dit que vous avez pris froid, I hear, you have caught a cold, Wy kaschetsja, prostudilisj. —Y finalmente en alemán—: Al parecer se ha constipado. ¿En qué idioma debo hablarle? Veo que en alemán… ¡Ah, sí!, la visita del joven Ziemssen, ya lo veo. Ahora voy a ir a la sala de operaciones. Hay uno al que hay que administrar cloroformo y que ha comido ensalada de zanahorias. Si una no está en todo… Y usted, joven, ¿afirma que se ha constipado aquí?
Hans Castorp estaba estupefacto ante la manera de expresarse de aquella vieja y noble dama. Mientras hablaba, parecía quererse adelantar a sus palabras, torcía el cuello y olfateaba con la nariz, como hacen las fieras inquietas en su jaula, y agitaba su mano derecha, ligeramente cerrada, con el dedo pulgar torcido hacia arriba, como si hubiese querido decir: «Deprisa, deprisa, deprisa. No escuche lo que digo, hábleme usted para que pueda marcharme.»
Tenía unos cuarenta años de edad, de baja estatura, sin formas, iba vestida con una blusa blanca de enfermera ceñida con un cinturón; llevaba sobre el pecho una cruz roja bordada. Bajo su bonete de diaconisa había unos cabellos rojos y ralos; sus ojos azules e inflamados lucían un orzuelo bastante avanzado y lanzaban una mirada insegura; tenía la nariz arremangada, la boca como de batracio, y el labio inferior, un poco torcido hacia abajo, adquiría al hablar una especie de movimiento de pala. Sin embargo, Hans Castorp la miró con la afabilidad modesta, tolerante y confiada que le era habitual.
—¿Qué clase de catarro es ése? —preguntó por segunda vez la enfermera jefe, esforzándose inútilmente, pues era bizca, en dar a sus ojos un brillo penetrante—. No nos gustan esa clase de catarros. ¿Se constipa con frecuencia? ¿Qué edad tiene? ¿Veinticuatro? Eso es cosa de la edad. ¿Y se le ocurre venir aquí y constiparse? Aquí no debemos hablar de «constipados», honorable joven, eso son tonterías de allá abajo. —La palabra «tontería» tenía en su boca algo de espantoso y sibilino y la pronunciaba moviendo mucho su labio inferior en forma de pala…—. Tiene usted una espléndida irritación en la tráquea. No lo dudo, basta con mirar sus ojos. —Y de nuevo realizó la extraña tentativa de mirarle a los ojos con una mirada penetrante, sin que lo llegase a conseguir del todo—. Pero los catarros no tienen su origen en el frío, sino en una infección que uno está dispuesto a sufrir; se trata, pues, de averiguar si nos hallamos en presencia de una infección inofensiva o no. Todo lo demás es sólo charlatanería, tonterías. —De nuevo utilizó la misma palabra—. Es posible que en usted sea una cosa corriente —añadió y le miró con su orzuelo avanzado, sin que Hans Castorp supiera cómo—. Tome, aquí tiene un antiséptico inofensivo. Tal vez le vaya bien.
Sacó del bolso de cuero negro que pendía de su cinturón un pequeño paquete que puso sobre la mesa. Era formamint.
—Por otra parte, parece usted excitado, como si tuviese fiebre.
Y no cesaba de mirarle a la cara, pero siempre con la mirada un poco oblicua.
—¿Se ha puesto el termómetro?
El hizo un gesto de negación.
—¿Por que no? —preguntó, y su labio inferior, que se adelantaba oblicuamente, quedó como suspendido en el aire.
Él permaneció en silencio. El muchacho era aún muy joven, y conservaba todavía la costumbre del silencio del escolar que se halla de pie ante su pupitre, que no sabe nada y por eso calla.
—¿Quizá es usted de esos que nunca se toman la temperatura?
—Bueno, señora superiora, cuando tengo fiebre…
—¡Madre de Dios…! Mire, uno se pone el termómetro para saber si tiene fiebre. Y ahora, según su opinión, ¿tiene fiebre?
—No lo sé, señora superiora. No estoy seguro. He sentido alternativas de calor y frío desde que estoy aquí.
—¡Ah, claro! ¿Y dónde está su termómetro?
—No tengo, señora superiora. ¿Para qué? No estoy más que de visita. Me encuentro bien de salud.
—¡Tonterías! ¿Me ha mandado usted llamar porque se encuentra bien?
—No —respondió cortésmente—, porque estoy un poco…
—Constipado. Aquí ya conocemos esa clase de catarros. ¡Mire! —Y comenzó a buscar de nuevo en su bolso, sacó dos estuches alargados de cuero, uno negro y otro rojo, y los puso sobre la mesa.
—Éste cuesta tres francos y medio y ése cinco francos. Naturalmente le irá mejor el de cinco. Puede servirle toda la vida, si tiene necesidad de él.
Él tomó sonriendo el estuche rojo y lo abrió. Como una joya, el tubo de cristal se hallaba tendido en el interior exactamente adaptado a su forma y forrado de terciopelo rojo. Los grados estaban marcados con rayitas rojas y las décimas con rayas negras. Las cifras eran también rojas. La parte inferior, que iba estrechándose, estaba llena de brillante mercurio. La columna aparecía baja, muy inferior al grado normal del calor animal.
Hans Castorp sabía lo que se debía a sí mismo y a su prestigio.
—Tomaré éste —dijo, sin prestar la menor atención al otro—. El de cinco. ¿Puedo pagarlo…?
—¡Naturalmente! —exclamó la superiora—. No hay que regatear en las compras importantes. No hay prisa, se le anotará en la factura. Démelo. Para comenzar, vamos a hacerlo descender completamente, así…
Tomó el termómetro, lo agitó repetidas veces en el aire, e hizo descender la columna de mercurio por debajo del 35.
—Subirá, el mercurio subirá —dijo—. Tome su adquisición. Sin duda conoce ya nuestras costumbres. Póngalo debajo de su respetable lengua durante siete minutos, cuatro veces al día, y manteniendo cerrados sus preciosos labios. Hasta la vista, joven. Le deseo buenos resultados.
Y salió de la habitación.
Hans Castorp, que se había inclinado, se hallaba de pie cerca de la mesa, y miraba la puerta por donde la enfermera jefe había salido y el instrumento que ella le había dejado. «¿Esta es, pues, la superiora Von Mylendonk? —se dijo—. A Settembrini no le gusta; es verdad que tiene aspectos desagradables. El orzuelo es repugnante, pero seguramente no debe de tenerlo siempre. ¿Pero por qué me ha llamado «joven»? Eso es una expresión un poco chocante. Y me ha vendido un termómetro; siempre debe de llevar algunos en su bolso. Parece que aquí los hay por todas partes en todas las tiendas, incluso en los sitios donde uno no puede encontrarlos, según afirma Joachim. Pero yo no he tenido necesidad de molestarme mucho, pues ha caído en mis propias manos.»
Sacó el frágil objeto del estuche, lo miró y luego se puso a caminar con inquietud por la habitación, con el termómetro en la mano. Su corazón latía deprisa y con fuerza. Se volvía hacia la puerta abierta del balcón e hizo un movimiento hacia la habitación, como tentado de ir a visitar a Joachim, pero renunció enseguida y permaneció de pie junto a la mesa carraspeando, para darse cuenta de que estaba ronco. Luego tosió varias veces.
«Sí, debo comprobar si el catarro me produce fiebre», se dijo en silencio, y llevó rápidamente el termómetro a su boca, introduciendo la punta de azogue bajo la lengua, de manera que el instrumento asomaba de entre los labios, que había cerrado estrechamente para no dejar pasar el aire. Luego miró su reloj de pulsera. Eran las nueve y treinta y seis minutos.
Y esperó a que pasaran siete minutos.
«Ni un segundo más, ni un segundo menos —pensó—. Se pueden fiar de mí. No hay necesidad de cambiarlo por una «hermana muda» como a la persona de la que habló Settembrini, Otilia Kneifer.»
Y comenzó a pasear por su habitación apretando el instrumento bajo la lengua.
El tiempo se alargaba, el plazo parecía infinito. Dos minutos y medio habían transcurrido apenas cuando miró las agujas, temiendo haber dejado pasar el momento. Hacía mil cosas, cogía objetos y los volvía a dejar, salía al balcón procurando que no le viese su primo, contemplaba el paisaje, el alto valle, ya profundamente familiar a su espíritu en todas sus formas: con sus picos, las líneas de sus cresterías y sus paredes rocosas, con el telón avanzado del Brembül a la izquierda, cuya vertiente descendía oblicuamente hacia la aldea, con el rudo Mattenwald que recubría el flanco, con las formaciones montañosas a la derecha, cuyos nombres le eran también familiares, y con el Alteinwand que, visto desde allí, parecía cerrar el valle a mediodía. Miró hacia los caminos, hacia los arriates del jardín, la gruta rocosa y el pino; escuchó un murmullo procedente del pabellón común y volvió a meterse en la habitación, esforzándose en corregir la posición del termómetro en su boca; luego se recogió la manga sobre el puño, alargando el brazo aproximándolo a su cara. Con mucho trabajo y, al parecer, a fuerza de empujarlos, transcurrieron al fin seis minutos, pero como ahora, de pie en el centro de su habitación, se perdía en un mar de sueños y dejaba vagar sus pensamientos, el último minuto que quedaba escapó inadvertido con una ligereza felina, y un nuevo movimiento del brazo le reveló su fuga discreta; quizá ya era demasiado tarde: un tercio del octavo minuto pertenecía al pasado, cuando, diciéndose no tenía importancia y que el resultado no se vería en suma modificado, sacó el termómetro de su boca y lo observó con mirada turbada.
No pudo distinguir inmediatamente la indicación: el resplandor del mercurio se confundía con el reflejo luminoso del tubo de cristal; la columna parecía haber subido muy arriba, luego pareció no existir. Aproximó el instrumento a sus ojos, lo giró de un lado a otro y no distinguió nada. Finalmente, después de un movimiento adecuado, la imagen se hizo distinta, la retuvo e hizo funcionar a toda prisa su inteligencia. En efecto, el mercurio se había dilatado, considerablemente, la columna había subido bastante, se hallaba varias décimas por encima del límite de una temperatura normal. Hans Castorp tenía 37,6.
En pleno día, entre las diez y las diez y media 37,6 era demasiado. Esta «temperatura» era una fiebre que resultaba de una infección a la que estaba predispuesto y se trataba de saber qué clase de infección era. 37,6… No tenía más, nadie allí pasaba de esa temperatura, a excepción de los que se hallaban en cama gravemente enfermos o moribundos, ni la Kleefeld con su neumotórax, ni madame Chauchat. Naturalmente, en su caso era distinto, se trataba de una simple «fiebre gripal», como se decía allá abajo. Pero tal vez no era tan fácil de dilucidar, pues Hans Castorp dudaba que tuviese esta temperatura desde que se había constipado, y lamentó no haber usado el termómetro desde el principio, cuando el doctor Behrens se lo había sugerido. Ese consejo era completamente sensato, ahora lo comprendía, y Settembrini no había tenido razón al mofarse irónicamente… Sí, Settembrini con su república y su bello estilo. Hans Castorp despreciaba a la república y al bello estilo mientras continuaba examinando la indicación del termómetro, que los reflejos le habían hecho perder de vista un par de veces y que recuperaba girando en un sentido o en otro el instrumento. Tenía 37,6 en plena mañana. Sentía una viva emoción. Comenzó a andar de un lado a otro de la habitación con el termómetro en la mano, cuidando de mantenerlo horizontalmente a fin de no modificarlo con una sacudida vertical; luego lo dejó sobre la mesita, cogió las mantas y se dispuso a comenzar su cura de reposo. Sentado, se envolvió hábilmente en ellas, tal como lo había aprendido, por ambos lados y por debajo, una después de otra, y permaneció inmóvil esperando la hora de la segunda comida y la entrada de Joachim. De vez en cuando sonreía, como si se dirigiera a alguien. Con frecuencia, su pecho se estremecía por un temblor angustioso y sentía la necesidad de toser con el pecho oprimido.
Joachim le encontró todavía tendido cuando, a las once, después de sonar el gong, entró a buscarle para ir a comer.
—¿Qué tal? —preguntó sorprendido, acercándose a la hamaca.
Hans Castorp permaneció en silencio un instante y miró ante él. Luego contestó:
—La última noticia es que tengo un poco de temperatura.
—¿Qué significa eso? —preguntó Joachim— . ¿Te sientes acaso febril?
Hans Castorp esperó antes de su contestación que, con cierta pereza, formuló luego del siguiente modo:
—¿Febril, querido? Hace ya algún tiempo que me siento febril. No se trata ahora de impresiones subjetivas, sino de una comprobación exacta. Me he tomado la temperatura.
—¿Has tomado tu temperatura? ¿Con qué? —exclamó Joachim, asustado.
—Ya puede suponerlo, con un termómetro —contestó Hans Castorp, con un dejo de burla y reproche—. La enfermera jefe me ha vendido uno. Lo que ignoro es por qué me llama siempre «joven». No creo que sea muy correcto. Pero me ha vendido un excelente termómetro, y si quieres convencerte del grado que indica, está allí en la mesita. Ha subido ligeramente.
Joachim dio media vuelta y entró en la habitación. Cuando volvió, dijo con tono titubeante:
—Sí; 37 coma, cinco y medio.
—Pues ha bajado un poco —dijo apresuradamente Hans Castorp—; hace un momento eran 37,6.
—No se puede decir que eso sea poco por la mañana —dijo Joachim—. ¡Vaya sorpresa!
Y se hallaba de pie delante de la chaise-longue de su primo como uno puede colocarse delante de una «sorpresa», con los brazos pegados al cuerpo y la cabeza baja.
—Será necesario que te acuestes.
Hans Castorp tenía ya su contestación dispuesta.
—No sé —dijo— por qué tengo que acostarme con 37,6 cuando tú y los demás tenéis la misma temperatura y os paseáis tranquilamente.
—Pero es distinto. En ti es un estado agudo, pero inofensivo. Estás constipado.
—Primeramente —respondió Hans Castorp, dispuesto a dividir su discurso en varias partes— no comprendo por qué con una fiebre inofensiva (admitamos un instante que sea así), por qué con una fiebre inofensiva es preciso meterse en la cama y con otra fiebre no. Y en segundo lugar, ¿no te he dicho que el catarro me ha dado más fiebre de la que ya tenía? Parto del principio de que 37,6 es igual a 37,6. Si vosotros podéis salir, yo también puedo.
—Pero a mi llegada tuve que permanecer en cama cuatro semanas —objetó Joachim—, y sólo cuando se comprobó que la cama no disminuía mi temperatura fue cuando me autorizaron a levantarme.
Hans Castorp sonrió.
—Bien —dijo—. Supongo que en tu caso se trata de otra cosa. Me parece que te contradices. Primero distingues y luego confundes. Son tonterías…
Joachim se volvió y, cuando se halló de nuevo ante su primo, este vio que su rostro moreno se había oscurecido un poco más.
—No —dijo—, yo no confundo nada, eres tú quien lo complica. Quiero decir, que has contraído un constipado tremendo, y que deberías meterte en la cama para abreviar la curación de la enfermedad, ya que quieres marcharte la semana próxima. Pero si no quieres, si te resistes a meterte en la cama, puedes prescindir de ello. Yo no te doy órdenes. De todos modos, es necesario que vayamos a almorzar. Y deprisa, ha pasado la hora…
—Muy bien, vamos —dijo Castorp, y rechazó las mantas.
Entró en la habitación para peinarse y Joachim volvió a mirar el termómetro mientras que Hans Castorp lo observaba de lejos. Luego se marcharon en silencio y se sentaron, una vez más, en sus respectivos sitios del comedor, que brillaba a aquella hora con una blancura láctea.
Cuando la enana llevó a Hans Castorp la cerveza de Kumbach, él la rechazó con una expresión de grave renuncia. Hoy prefería no beber cerveza. No bebería nada, como mucho un sorbo de agua. Esto causó sorpresa en sus vecinos de mesa. Era realmente extraño. ¿Por qué no bebía cerveza?
—Tengo un poco de fiebre —respondió Hans Castorp negligentemente—, 37,6. Una insignificancia.
Pero he aquí que todos le amenazaron con el dedo índice. Era muy raro. Adoptaron un aspecto burlón, movieron la cabeza, guiñaron un ojo y agitaron el índice a la altura de la oreja, como si acabasen de enterarse de cosas escabrosas y atrevidas de alguien que hubiese presumido de virtuoso.
—¡Vamos, vamos! —exclamó la institutriz, y sus mejillas se ruborizaron, mientras le amenazaba sonriendo—. ¡De qué cosas se entera una, qué picaro es usted! Vaya, vaya…
—Vaya, vaya —repitió la señora Stoehr, y le señaló con su gordo dedo rojo acercándoselo a la nariz—. ¿Tiene fiebre el señor visitante? ¡Qué bromista…! ¡Eso sí que no lo esperaba!
Incluso la vieja tía, al otro extremo de la mesa, hizo lo mismo con el dedo, adoptando una expresión a la vez burlona y astuta cuando recibió la noticia. La bella Marusja, que hasta entonces no había prestado la menor atención, se inclinó hacia él y le miró con sus ojos redondos, oscuros, y repitió el gesto, mientras mantenía contra sus labios el pañuelo perfumado de naranja. Hasta el doctor Blumenkohl, a quien la señora Stoehr se lo contaba, no pudo impedir mover el dedo como hacía todo el mundo, aunque lo hizo sin mirar a Hans Castorp. Únicamente la señorita Robinson se mostró indiferente y ajena, como siempre; Joachim, muy correcto, permanecía con los ojos bajos.
Hans Castorp, halagado por tanto interés, creyó necesario defenderse con modestia.
—Se equivocan —dijo—, se equivocan de veras. Mi caso es de los más inofensivos. Estoy constipado, eso es todo. Me escuecen los ojos, tengo el pecho oprimido, paso tosiendo casi toda la noche. Es bastante desagradable…
Pero no admitieron sus excusas; se reían y con la mano le hacían señas de que no insistiese, mientras gritaban: «Sí, sí, excusas, un pequeño constipado, lo de siempre, lo de siempre.»
Y todos exigieron súbitamente a Hans Castorp que acudiese sin tardanza a la consulta. Esta noticia les había animado. De todas las mesas ésta fue, durante la comida, la más alegre. La señora Stoehr, con su abultado pecho enrojecido en el escote, con sus arrugas en el cutis de las mejillas, daba muestras de una volubilidad casi salvaje, y hablaba sobre las molestias de la tos. Sí, era seguramente un gran placer eso de sentir en el fondo del pecho el cosquilleo creciente que se iba precisando mientras que, con los esfuerzos y la compresión de la tos, uno se inclinaba lo más posible para apaciguar el cosquilleo; era un placer análogo al que se producía con un estornudo, cuando los deseos de estornudar se hacían irresistibles y, sumidos en una especie de borrachera, se respiraba vehementemente, abandonándose con delicia, olvidando el mundo entero ante la felicidad de la explosión. Y eso podía producirse dos o tres veces seguidas. Eran placeres gratuitos de la vida, lo mismo que en primavera el rascarse los sabañones hasta sangrar, con un fervor cruel entregado por completo a la rabia y al placer, y ver, cuando por casualidad uno se mira en el espejo, una máscara diabólica.
Con esta insistencia espantosa hablaba la inculta señora Stoehr, hasta que la corta y sustanciosa comida hubo terminado y los dos primos se marcharon para dar su paseo matinal hacia Davos Platz. Joachim se hallaba absorbido en sí mismo, y Hans Castorp, gimiendo a fuerza de sonarse, sentía que la tos sacudía su pecho dolorido.
Al regresar Joachim dijo:
—Voy a hacerte una proposición. Hoy es viernes. Mañana, después del almuerzo, tengo mi examen mensual. No es una consulta completa; Behrens me da unos golpecitos en la espalda y hace tomar notas a Krokovski. Podrías acompañarme y pedir que te ausculten. Esto es ridículo, pero si estuvieses en tu casa llamarías sin duda a Heidekend. Y aquí, donde tenemos dos especialistas, paseas y no sabes a qué atenerte, ni hasta qué punto te hallas enfermo ni sabes si harías mejor en acostarte.
—Bien —dijo Hans Castorp—, como quieras. Naturalmente, puedo hacer eso. Y hasta es interesante para mí el asistir una vez a tu consulta.
Quedaron, pues, convenidos y cuando llegaron arriba, ante el sanatorio, la casualidad quiso que encontrasen al consejero Behrens en momento favorable para formular su petición.
Behrens salía del ala avanzada de la casa, con el sombrero hacia atrás y un cigarro en la boca, las mejillas azules y los ojos lacrimosos. Estaba en plena actividad, se dirigía a visitar su clientela particular de la aldea, después de haber trabajado en la sala de operaciones, según explicó.
—¿Qué tal, señores? —saludó—. Siempre están de paseo. ¿No frecuentan ya la alta sociedad? Vengo de un combate desigual, con cuchillo y sierra; un gran asunto, ¿saben? ¡Extracción de una costilla! Antes, el cincuenta por ciento se quedaba en la mesa de operaciones. Ahora tenemos más éxito, a pesar de que a veces se hace la maleta precipitadamente, mortis causa. ¡Bah! El de hoy podrá seguir riendo, por ahora se mantiene firme… Una cosa de locura, un tórax de hombre que ya no es tórax. Ya saben, visceras blancas y asquerosas… En fin… ¿y ustedes? ¿Cómo va su preciosa salud? La existencia es más alegre si se comparte, ¿no es verdad, Ziemssen, zorro viejo? ¿Por qué llora, señor turista? —añadió dirigiéndose de pronto a Hans Castorp— . Está prohibido llorar en público. Es una norma de la casa. Si todos hiciésemos lo mismo…
—Es que estoy acatarrado, doctor —contestó Hans Castorp—. No sé cómo ha sido, pero he cogido un tremendo resfriado. Toso y tengo el pecho cargado.
—¡Ah! —exclamó Behrens—, convendría tal vez consultar con un médico serio.
Los dos se echaron a reír y Joachim contestó, juntando los talones:
—Es lo que estamos dispuestos a hacer, señor consejero. Mañana tengo mi consulta y queríamos pedirle que tuviese la bondad de examinar al mismo tiempo a mi primo. Se trata de saber si podrá marcharse el martes…
—«C, d.» —exclamó Behrens— «¡C, d, a, s!» Completamente dispuesto a servirles. Deberíamos haber comenzado por eso. Desde el momento en que uno está aquí, puede al menos aprovecharlo. Pero naturalmente no se quiere imponer nada. Mañana a las dos, inmediatamente después de la «comilona».
—Es que también tengo un poco de fiebre —añadió Hans Castorp.
—¿Qué dice? —exclamó Behrens—. ¿Cree que no tengo ojos para verlo?
Y con su formidable dedo índice se tocó sus ojos inyectados de sangre, de un azul húmedo y lacrimoso.
—¿Cuánto tiene?
Hans Castorp citó modestamente la cifra.
—¿Por la mañana? ¡Hum, no está mal! Para empezar no está mal. Bueno, mañana vienen los dos. Para mí será un honor. ¡Buena digestión!
Con las rodillas torcidas y remando con las manos, comenzó a descender por la pendiente del camino mientras el humo de su cigarro flotaba detrás de él como una bandera.
—Ya está todo arreglado como deseabas —dijo Hans Castorp—. No pudo ir mejor, ¡ya he sido anunciado! Es, por lo demás, muy probable que no haga nada. Supongo que me recetará un jugo de regaliz o una tisana pectoral, pero de todos modos es agradable sentirse atendido médicamente cuando uno se siente algo estropeado como yo. Pero ¿por qué habla de esa manera tan enérgica? Al principio me divertía, pero a la larga me resulta desagradable. «¡Buena digestión!» ¡Qué jerga! Lo normal es decir «buen provecho», en cierto modo es incluso poético, como «el pan de cada día». Pero «digestión» es pura fisiología, y pedir sobre eso la bendición del cielo es malicioso. Tampoco me gusta verle fumar, eso tiene algo de inquietante para mí, porque sé que le hace daño y le pone melancólico. Settembrini sostiene que su alegría es forzada, y Settembrini es un crítico, un hombre de juicio seguro, hay que reconocerlo. Tal vez debería razonar un poco más y no aceptar las cosas tal como se presentan; pero tiene toda la razón sobre este punto. Aunque se comienza por jugar, por censurar y por indignarse y luego pasa algo que no tiene nada que ver con el razonamiento y ya no puede hablarse de severidad moral, de modo que la república o el bello estilo aparecen de pronto como cosas anodinas. —Murmuró estas palabras de un modo indistinto; parecía que él mismo no veía muy claro lo que quería decir. Su primo le miró de reojo y dijo—: Hasta la vista.
Y ambos se dirigieron a sus habitaciones y al compartimiento del balcón.
—¿Cuánto? —preguntó Joachim al cabo de un momento, a pesar de no haber visto si Hans Castorp había usado nuevamente el termómetro.
Y Hans Castorp contestó con un tono de indiferencia:
—Sin novedad.
En efecto, apenas entró en la habitación había cogido de la mesita de noche la bella adquisición de la mañana, había destruido, por medio de sacudidas verticales, el 37,6 que ya había cumplido su papel y, como un enfermo experimentado, había comenzado, con su cigarrillo de cristal en la boca, la cura de reposo. Pero a pesar de su espera demasiado ambiciosa, y de que hubiese conservado el instrumento durante ocho largos minutos bajo la lengua, el mercurio no se había dilatado más allá de los 37,6, lo que al fin y al cabo era fiebre, aunque no una fiebre más fuerte que la que había tenido por la mañana.
Después de la comida el espejillo de la columna subió hasta 37,3. Por la noche, cuando el enfermo se sintió fatigado de las emociones y las novedades del día, se mantuvo en 37,5, y por la mañana temprano no marcó más de 37, para alcanzar de nuevo a mediodía el mismo grado que la víspera. Con todo eso, la comida principal del día había llegado y, al finalizar, la hora de la consulta se había aproximado.
Hans Castorp recordó más tarde que, durante esta comida, madame Chauchat llevaba una blusa de un amarillo dorado, con grandes botones y bolsillos galoneados, una blusa nueva para Hans Castorp, y que cuando llegó, como siempre un poco tarde, se había exhibido un instante en la sala con esa prenda. Luego, igual que todos los días cinco veces, se había dirigido a su mesa, se había sentado con movimientos lánguidos y, sin parar de hablar, había comenzado a comer; como cada día, pero con una atención particular, Hans Castorp le había visto mover la cabeza mientras hablaba y de nuevo había notado la curva de su nuca, la postura caída de sus hombros, cuando, por encima de Settembrini, que se hallaba sentado al extremo de la mesa situada transversalmente entre ellos, había mirado hacia la mesa de los rusos distinguidos. Madame Chauchat, por su parte, no se había vuelto una sola vez hacia la sala durante la comida. Pero cuando se hubieron servido los postres y el gran reloj de péndulo, colocado en el lado estrecho de la sala, donde se hallaba la mesa de los rusos ordinarios, tocó las dos, con gran sorpresa de Hans Castorp, impresionado por aquel enigma, ocurrió lo siguiente:
Mientras el reloj daba las dos campanadas —una y dos— la graciosa enferma había vuelto la cabeza y torcido ligeramente el busto. Por encima de su hombro, y abiertamente, había dirigido su mirada hacia Hans Castorp, pero no vagamente hacia su mesa, sino, sin equívoco posible, hacia él en persona, esbozando una sonrisa en los labios cerrados y con los ojos oblicuos, semejantes a los de Pribislav, como si hubiese querido decir: «Bueno, ya es la hora, ¿no vas?» Pues cuando los ojos «hablan» tutean, aunque los labios no hayan pronunciado todavía un «usted». Este extraño incidente turbó a Hans Castorp hasta el fondo del alma. Apenas se fiaba de sus sentidos y, desolado, miró a madame Chauchat a la cara; luego levantó los ojos por encima de su frente y sus cabellos, mirando al vacío. ¿Sabía que él estaba citado a las dos para una consulta? ¡Lo parecía! Y, sin embargo, no era verosímil. También hubiese podido saber que un minuto antes se había preguntado si debía decir al doctor Behrens, por mediación de Joachim, que su gripe iba mejor y que juzgaba la consulta innecesaria. Pero las ventajas de este pensamiento se habían desvanecido ante aquella sonrisa interrogante, para adquirir el color del fastidio más repulsivo. Un segundo más tarde, Joachim puso la servilleta enrollada sobre la mesa y, con un movimiento de cejas, hizo una señal a Hans Castorp e inclinándose hacia sus vecinos, se separó de la mesa. Hans Castorp, titubeando interiormente, aunque con un paso en apariencia firme, y con la impresión de que aquella mirada y aquella sonrisa continuaban pesando sobre él, siguió a su primo y salió de la sala.
Desde el día anterior por la mañana no habían vuelto a hablar de su proyecto, y en ese momento iban uno al lado de otro en un acuerdo tácito. Joachim se daba prisa. La hora convenida había pasado y el doctor Behrens exigía puntualidad. Siguieron el corredor del entresuelo, pasando delante de la administración y bajaron la escalera, recubierta de linóleo encerado, que conducía al sótano. Joachim llamó a la puerta situada al final de la escalera y en la que un rótulo de porcelana designaba la entrada a la sala de consultas.
—¡Entren! —exclamó Behrens apoyándose fuertemente en la primera sílaba. Se hallaba en el centro de la habitación con la bata puesta, sosteniendo en la mano derecha el estetoscopio negro con el que se golpeaba la pierna.
—Tempo, tempo. —Y volvió sus lacrimosos ojos hacia el reloj—. Un poco piu presto, signori. No estamos exclusivamente a la disposición de sus señorías.
El doctor Krokovski se encontraba sentado ante el doble pupitre, cerca de la ventana, pálido, con su acostumbrada blusa negra y los codos sobre la tabla de la mesa, sosteniendo en una mano la pluma, en la otra su barba y delante de él papeles, sin duda el fichero del enfermo. Miraba a los recién llegados con la expresión vaga de quien sólo está allí como ayudante.
—Vamos, acérqueme esos papeles —dijo el doctor Behrens en contestación a las excusas de Joachim, y cogió la hoja de temperatura para darle un vistazo mientras el paciente se apresuraba a desnudar su torso y a colgar los vestidos que se iba quitando en la percha que había al lado de la puerta.
Nadie se ocupaba de Hans Castorp. Permaneció un instante de pie contemplándolos, luego se sentó en una pequeña butaca cuyos brazos estaban sostenidos por pequeños grifos, al lado de una mesita sobre la que había una botella de agua. Estanterías cargadas de carpetas y gruesos volúmenes de medicina guarnecían las paredes. Excepto eso, no había más muebles que una chaise-longue de respaldo movible, cubierta con una tela blanca y cuyo almohadón se hallaba cubierto a su vez con una servilleta de papel.
—Coma siete, coma nueve, coma ocho… —dijo Behrens hojeando las fichas semanales de Joachim, en la que éste había escrito fielmente las temperaturas tomadas cinco veces al día—. Continúa la cosa un poco alta, mi querido Ziemssen, no puede pretender que desde el otro día la cosa haya mejorado con tanta rapidez. —«El otro día», había sido hacía cuatro semanas—. No está desintoxicado, no, señor. ¡Vamos, hombre! Esto no puede conseguirse en un solo día, no somos hechiceros. Pero lo conseguiremos.
Joachim asintió con la cabeza y sus hombros desnudos se estremecieron, a pesar de que hubiese podido objetar que no estaba allí precisamente desde la víspera.
—¿Y cómo van esos puntos en el hilus derecho, donde el sonido continuaba siendo agudo? ¿Mejor? ¡Vamos, venga aquí! Daremos unos golpecitos.
Y el examen comenzó.
El doctor Behrens, con las piernas separadas, el tronco inclinado hacia atrás y el estetoscopio bajo el brazo, comenzó explorando la parte superior de la espalda derecha de Joachim; golpeaba con un movimiento de la muñeca, sirviéndose de su mano derecha como de un martillo y apoyándose con la mano izquierda. Luego descendió bajo el omóplato y golpeó al lado, en el centro y en la parte inferior de la espalda, después de lo cual Joachim, que estaba ya acostumbrado, levantó los brazos para dejar que explorase bajo el hombro. El mismo proceso se repitió en la parte izquierda y, una vez terminado, el consejero le ordenó que se volviera para auscultar el pecho. Golpeó bajo el cuello, cerca de la clavícula y en la parte superior e inferior del pecho, primero a la derecha, luego a la izquierda.
Cuando hubo golpeado suficientemente auscultó apoyando el estetoscopio en el pecho y la espalda de Joachim, y fue auscultando los lugares en los que antes había golpeado. Al mismo tiempo, era preciso que Joachim respirase o tosiese alternativamente, lo que parecía fatigarle mucho, pues jadeaba y sus ojos se abrillantaban de lágrimas.
En lo que se refiere al doctor Behrens, anunciaba todo lo que iba oyendo, lo anunciaba con palabras breves al ayudante sentado ante la mesa, de forma que Hans Castorp pensó en una sesión en casa del sastre, cuando el maestro toma las medidas para un traje y va colocando la cinta métrica en el cuerpo y a lo largo de los miembros de su cliente, dictando las cifras obtenidas al aprendiz, sentado e inclinado.
—Corto, acortado —dictaba el doctor Behrens—. Vesicular, vesicular… —Parecía ser un buen signo—. Ronco… —Y hacía una mueca—. Muy ronco… Ruido. —Y el doctor Krokovski lo anotaba todo como el aprendiz las cifras dictadas por el sastre.
Hans Castorp, con la cabeza inclinada hacia un lado, seguía los acontecimientos sumido en una contemplación meditativa del torso de Joachim, cuyas costillas (gracias a Dios, todavía las tenía todas) se movían al respirar bajo la piel tersa, abultando por encima del estómago en su torso esbelto, de un moreno amarillento, con un vello negro en el esternón y en los brazos, por otra parte robustos, uno de los cuales lucía en la muñeca una cadenita de oro.
«Ésos son brazos de gimnasta —pensaba Hans Castorp—. Siempre se ha dedicado con gusto a la cultura física, por su afición a las armas, mientras que yo he hecho poco caso de ella. Ha estado siempre preocupado de su cuerpo, mucho más que yo, o al menos de otra manera. Yo no he sido más que un civil pendiente de tomar baños tibios, comer y beber bien, mientras que él ha cultivado su fuerza. Y de pronto, su cuerpo ha pasado a primer plano, se ha hecho independiente y ha adquirido importancia por la enfermedad. Está intoxicado y no quiere dejar de estarlo y recuperar su energía, a pesar de todos sus deseos de ser soldado en el llano. Su constitución es perfecta, como un verdadero Apolo de Belvedere. Pero por dentro está enfermo y exteriormente caldeado por la enfermedad, pues la enfermedad hace al hombre más corporal, más carnal…» Sumido en estos pensamientos, sintió de pronto miedo y lanzó una rápida mirada desde el torso desnudo de Joachim hasta sus ojos negros y dulces, que la respiración artificial y la tos hacían lacrimosos y que durante el examen miraban al vacío con una expresión triste por encima del observador.
El doctor Behrens había terminado.
—Esto va bien, Ziemssen —dijo—. Todo está en regla, dentro de lo posible. La próxima vez, dentro de cuatro semanas, irá mejor.
—¿Cuánto tiempo cree usted, señor consejero…?
—¡Ah! ¿Conque vuelve a tener prisa? No podría apretar las clavijas a sus reclutas en este estado de intoxicación avanzada. Unos seis mesecitos, le dije el otro día. Si esto le consuela, cuéntelos desde la otra visita, pero considérelos como un mínimum. Yo diría que no se está tan mal aquí; podría usted ser un poco más amable. Esto no es un presidio, no es una… mina siberiana. ¿Cómo puede suponer que nuestra casa se parece a nada de eso? Bueno, Ziemssen, ¡rompan filas! ¡El siguiente, si se siente con ánimo para ello! —exclamó, y miró al techo.
Alargando los brazos, tendió al mismo tiempo el estetoscopio al doctor Krokovski, que se puso en pie y lo cogió para proceder con Joachim a su pequeño control de ayudante.
..."
--Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto--