Literatura en Español

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Qualia

Capítulo 1

Nunca un humano

Sábado, 07 de Junio 1947.

Cuando Vicente entró a la casa, los otros invitados comenzaron a susurrar, lanzándole miradas que parecían escupitajos.

A sus doce años, Vicente había sido visto en varias ocasiones sentado, con el cuerpo tenso, la cabeza levantada y la mirada perdida, mientras sujetaba cerca de la barbilla el cuerpo inerte de algún animal: a veces una gallina, alguna liebre o cualquier otra desafortunada víctima. Peor aún, algunos afirmaban que se podía percibir en su rostro una leve sonrisa.

Su naturaleza rebelde y agresiva le cerró las puertas de la única escuela del pueblo y le granjeó el rechazo de familiares y amigos, por lo que solía vagar solo cuando no estaba ayudando a sus abuelos en las labores del campo.

Esa noche acompañó a Francisco y Genoveva, sus abuelos, a la casa de Rogelio, quien era hermano de Francisco, para celebrar sus cincuenta años de vida.

Era el mes de junio del año 1947. La luz eléctrica comenzaba a llegar al centro de ese pueblito en el bajío de México, por lo que esa noche el cielo era un manto de estrellas.

Genoveva le ajustó la camisa de franela blanca, que era utilizada en fechas especiales. «Hoy será diferente, verás que vas a conocer amigos nuevos», murmuró, más para convencerse a sí misma que a él. Francisco, desde la puerta, evitó su mirada; sus manos callosas, apretadas en un puño de impotencia.

La fiesta bullía. Vicente se quedó al margen, observando cómo un primo menor tropezaba y, entre lágrimas, era recogido y mecido en el regazo de su madre. Ese simple acto le provocó un vacío en el estómago, un eco lejano de un perfume a gardenias y una voz que ya no recordaba.

El rasgueo estridente de las guitarras le taladraba los tímpanos. Cada risa era un recordatorio que dolía.

La irritación por el goce ajeno lo desplazó hacia la oscuridad de la parte trasera del terreno, donde la luz de la fiesta se convertía en penumbra que invitaba a las jóvenes parejas a momentos de privacidad. Avanzó a lo largo de la barda de piedra encimada que delimitaba el enorme terreno, pasó frente a la nopalera hasta llegar al gallinero. El aire olía a tierra húmeda y plumas. Allí, en la quietud, la compulsión despertó, inspirada por las miradas de desaprobación que percibió al llegar a esa casa. Había prometido a su abuela que se portaría bien, pero su mano abrió la puerta para poder entrar lentamente.

Para las personas, Vicente era un niño que mataba animales por placer, «el que le sonreía a la muerte». Pero en realidad no tenían la menor idea sobre sus verdaderos motivos.

Desde muy niño se dio cuenta, por experiencia y por instinto, de que tenía una facultad sobrenatural. Al matar a un animal podía capturar su alma y recorrer toda su vida como si fuera propia. Su conciencia se perdía desde varios minutos hasta horas, experimentando lo que era vivir como un animal. Ese ritual era una especie de comunión inter-especie que le resultaba mucho más interesante que sus propias experiencias monótonas, las cuales se fueron llenando de rechazo y apatía con el paso de los años.

Nunca un humano, se decía desde que comprendió que tras cada muerte de un animal quedaba exhausto, con una «resaca emocional» de las vidas robadas. La complejidad y compatibilidad del alma humana podría capturarlo en un laberinto emocional del que no podría escapar. No debía matar a un humano; al menos hasta que lograra controlar su don.

A los cinco años, sus abuelos habían tratado de quitarle esa maña, explicándole que los animales se mataban solo para comer; matar por entretenimiento era una aberración. Cuando eso no funcionó, intentaron con castigos y golpes, pero nada daba resultados. Cuando le preguntaban por qué lo hacía, solo se encogía de hombros al no sentirse capaz de explicárselo.

¿Cómo decirles, con su limitado lenguaje infantil, que el abandono de sus padres había dejado en él una sensación de rechazo e inseguridad? ¿Cómo decirles que al explorar la vida de los animales se había encontrado con unas emociones extremadamente fuertes de amor y protección hacia sus crías? No comprendía cómo sus padres, siendo humanos, pudieron abandonarlo. ¿Cómo decirles que ver familias celebrando cumpleaños le provocaba una envidia que se convertía en dolor?

Había pasado como media hora cuando, alrededor de Vicente, yacían los cuerpos sin vida de varias gallinas mientras él permanecía con la cabeza levantada en el trance.

Anselmo, su primo diez años mayor, lo encontró allí. El espectáculo dantesco de las gallinas muertas y el niño sentado en el suelo, con la mirada perdida en un éxtasis macabro, hizo que su enfado estallara. El puñetazo certero contra la mandíbula de Vicente fue un cataclismo.

Fue como ser arrancado del vientre caliente de una madre y arrojado a un mundo gélido y hostil. El dolor fue un rapto violento. Vicente cayó de espaldas sobre la tierra que manchó su ropa blanca, y al abrir los ojos, la rabia que lo invadió no fue la de un niño, sino la de docenas de almas animales interrumpidas en su momento más sagrado. Una furia metafísica.

—¡Monstruo! —gritó Anselmo.

Y entonces sucedió. Su mirada, aún nublada por el éxtasis de la muerte, se clavó en su primo. No era una mirada de odio humano, sino la mirada fija e hipnótica de un depredador. Anselmo, que se disponía a regañarlo, se quedó paralizado. La voz se le atoró en la garganta. Los ojos de Vicente, profundos como pozos nocturnos, parecían absorber su voluntad. Era una hipnosis nacida del trance, un último y terrible poder residual de las almas que había absorbido.

Anselmo se paralizó. El terror le inundó los ojos. Sus manos, temblorosas, intentaron levantarse para obstruir la mirada al sentir como si, a través de ella, su alma comenzara a abandonar su cuerpo, acercándose peligrosamente a un horizonte sin retorno.

Vicente, desde el suelo, lo observaba, impasible, sintiendo cómo la conciencia de Anselmo se remolineaba de miedo y confusión: intentaba absorberlo.

Anselmo cayó desmayado. Vicente se levantó y se sentó sobre su pecho. Sus manos encontraron el cuello. Nunca un humano, pensó una vez más, mientras sus dedos apretaban. Un sudor frío le recorrió la espalda. Sus manos ya no le pertenecían. Parecía como si su cuerpo exigiera venganza, como si el trance estuviera adquiriendo voluntad propia. Tenía miedo, miedo de sí mismo, miedo de perderse.

Un pánico helado se mezcló con la rabia: estaba adentrándose en el océano prohibido y estaba a punto de ahogarse.

Nunca un humano, le gritó el subconsciente, pero no podía dejar de apretar.

—¡Vicente!

El grito de Genoveva tirando al suelo el plato de comida que le llevaba. Corrió a rescatar a Anselmo, su rostro distorsionado por el horror. Sus manos tiraron de él, pero era inútil. No podía separarlo.

Un impacto brutal en la espalda lo despegó de Anselmo y lo lanzó de cara contra la tierra. Chuy, el hermano menor de Anselmo, lo había empujado con la fuerza de la desesperación.

El instinto de autopreservación de Vicente venció a la rabia y lo sacó del trance, permitiéndole ver el caos en el que estaba metido. Cuerpos de gallinas, el cuerpo de Anselmo, su abuela más furiosa que nunca y un primo que intentaba capturarlo.

Su mirada se cruzó con la de su abuela. Le había prometido que se portaría bien. Era la primera vez que le rompía una promesa y, en esa fracción de segundo, se propuso que nunca más lo haría. Ya no era la mirada hipnótica del depredador, sino la de un niño aterrado por haber sondeado el abismo que tenía dentro. Había cruzado un umbral que ni él mismo sabía que existía. Con agilidad felina, salió corriendo del corral, derribando a Rosita, quien había corrido tras su novio al escuchar los gritos de Genoveva. Siguió corriendo hacia la oscuridad a pesar de que había perdido sus guaraches en el proceso, mientras Chuy trataba desesperadamente de reanimar a su hermano.

Se detuvo por un momento bajo un mezquite para espiarlos, nervioso, aterrado, hasta que escuchó el sonido de Anselmo tosiendo, vivo, pero irrevocablemente quebrado. Genoveva se abalanzó hacia el cuerpo tendido para darle un abrazo muy fuerte, lleno de alivio, lleno de amor. Llorando porque la profecía de Francisco se había cumplido. Los golpes, sus rezos, sus intentos de domesticar aquel apetito oscuro habían sido inútiles. Su nieto ya no era solo el niño que le sonreía a la muerte. Era algo nuevo, algo mucho más peligroso. Su sombra era tan larga y oscura que podría eclipsar el hermoso brillo de las estrellas.

Vicente caminó débilmente, descalzo, refugiándose en la oscuridad hacia donde la música y el aroma de la comida se desvanecían, limpiando la sangre de su labio inferior y el polvo de su rostro con la parte interior del cuello de su camisa revolcada y añorando el abrazo que nunca nadie le había dado...

..."

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Rey David

Capítulo Diecisiete — La Pregunta

Llegaron al amanecer.

No hicieron ruido. No corrieron. Solo un golpe. Practicado. Inevitable.

Morales llegó primero al sótano. No abrió la puerta. No hacía falta. El sacerdote ya estaba de pie. Hombros rígidos. Como si hubiera esperado esto toda su vida.

—Yo voy —dijo.

—No —dije. Mis manos ardían. Picaban. —Vinieron por mí.

La puerta se abrió igual.

Gray Coat entró. Como si siempre hubiera sido suyo el lugar. Cuarentón. Ojos tranquilos. Zapatos limpios que daban confianza.

Detrás, Jones. Jones no me miraba. Ahí supe. No era la placa. Ni la vergüenza. Ni la cojera que desapareció. Eran las manos. Cerradas. Apretadas. Como si soltar algo fuera a romperlo todo.

—Lo siento —dijo—. No sabía… no se suponía… esto no… —

Gray Coat levantó un dedo. Jones se detuvo. Demasiado tarde. Gray Coat me miró. De verdad. No mis manos. Mi cara.

—David —dijo suave—. Has ayudado a mucha gente. No respondí.

—Pero no a todos —continuó—. Eso te hace interesante.

Se acercó. Un paso.

—Dime —dijo—. ¿Por qué no curaste a su hija? Jones se estremeció. La habitación se encogió. Mis manos se enfriaron.

—Porque —dije— no funciona así. Gray Coat sonrió. Esperaba eso.

—¿Cómo funciona entonces?

Pensé en la paloma. El viejo. Wanita, temblando, limpia. El niño en la escalera. Jones agarrándome. La hija. Intacta.

—No responde al dolor. Ni al miedo. Ni al deseo. Gray Coat inclinó la cabeza.

—Responde a quién eres —dije— cuando nada te es quitado. Cuando no intentas usarlo. Ni cambiarlo. Ni ganarlo.

Jones murmuró mi nombre. Lo miré. De verdad.

—Y no funciona —dije— con quienes piensan que el amor es manipulación.

Silencio. La sonrisa de Gray Coat se mantuvo. Pero algo detrás se endureció.

—Fascinante —dijo.

—No es un milagro —dije—. Solo un espejo. Jones retrocedió. Como si lo hubieran golpeado.

—Mi hija —dijo, ronco—. Solo quería…

—Lo sé —dije. La peor parte. Gray Coat se acomodó el abrigo. —Entonces tendremos que encontrar la forma de cambiar el reflejo. El sacerdote dio un paso. Morales lo siguió.

Por primera vez, mis manos no ardían. Esperaban.

Capítulo Dieciocho — Lo Que Te Llevas

Jones no durmió.

Se quedó en el coche frente a la iglesia. Hasta que el cielo se volvió gris. Manos sobre las rodillas. La cojera volvió. Fuerte. Dolorosa. Cada paso recordándole lo que hizo.

Vendió a un niño. No por dinero. Ni poder. Por esperanza. La esperanza. La peor excusa de todas.

Volvió al hospital. Pie de su cama. Respiraba. Distante. Inocente.

—He roto algo —susurró—. Y no eras tú. Por primera vez, no pidió un milagro. Se dio la vuelta. Salió. Cojeando. Humano.

En el rectory, el sacerdote empacaba despacio. No ropa. No papeles. Solo lo esencial. El libro fino. El rosario gastado. Un papel con un nombre y un lugar.

—Sé de un sitio —dijo—. Lejos. Tranquilo. Sin hospitales. Sin registros. Morales se apoyó en el marco.

—Tiene quince años.

—Lo sé.

—Te odiará.

—También lo sé.

El sacerdote la miró. —No se detendrán. Viste a Gray Coat. No quiere el poder del niño. Quiere definirlo.

Morales tragó saliva. —¿Y David?

Suave ahora. —David no sabe que la seguridad a veces parece exilio.

Me senté en el catre. Rodillas al pecho. Escuchando. Lo supe. Algo terminaba. El sacerdote se arrodilló frente a mí. —David —dijo—. Tal vez deba llevarte a otro lugar. —¿Huir? —pregunté. —Proteger.

Pensé en Wanita. El niño de la escalera. La hija de Jones. Dormida. Intacta.

—No quiero desaparecer. —Lo sé. —No quiero estar escondido como… una cosa.

—No lo estarías —dijo—. Te protegerían.

Miré mis manos. Cansadas. Nada. Ni fuego. Ni frío. La puerta se abrió. Jones estaba ahí. Solo.

Morales se tensó. El sacerdote se levantó a medias. —No vengo por él —dijo Jones—. Vengo porque le debo.

Avanzó. Cojeaba. Lento.

—Le dije al hombre equivocado —dijo—. No puedo deshacerlo. Pero puedo retrasarlos.

El sacerdote lo estudió. —¿Por qué?

Jones me miró. —Si lo único que mi hija aprende de mí —dijo, rompiéndose— es que finalmente elegí bien, tal vez eso valga más que un milagro.

Sacó algo de la chaqueta. Lo puso en la mesa. Placa. Tarjeta. Un nombre.

—Vendrán esta noche. No ruidos. No rápido. Pero vendrán. Mis manos se calentaron. Apenas. No curadas. Solo reconocidas. Jones se enderezó. Dolor en cada línea.

—No me debes nada, chico —dijo—. Ya tomé demasiado. Se dio la vuelta.

—Jones —dije. Se detuvo. —Espero que despierte —dije. Él también. Nada se curó. Algo sostuvo.

Epílogo — Lo Que Espera

La iglesia era más vieja de lo que parecía. Piedras lisas de manos que olvidaron por qué tocaban. Velas bajas aun de día. Aire de polvo, cera, lluvia.

Me senté en el último banco. Aprendí a quedarme atrás. Escuchar. Dejar que el silencio me encuentre.

El sacerdote estaba unas filas adelante. Cabeza inclinada. Rezando como si nunca terminara las palabras.

No curé a nadie. No ese día. Dejé de perseguir reglas. Dejé de preguntar lo que el don nunca contestó. Se movía solo. Como el dolor. Como el clima. Como la marea.

A veces, tarde, lo sentía. Suave. Lejano. Tirando. No lo seguí. Afueras, ciudad. Sirenas. Pasos. Vidas rozándose sin tocarse. Crucé las manos. Esperé. Lejos, Chicago. Una máquina se agitó. Una enfermera levantó la vista.

La niña se movió. Apenas. Humedad en el ojo. Los dedos se movieron.

Lento. Inseguro.

Abrió los ojos.

..."

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Capitulo Veinticuatro: Elisium, el Dolor del cosmos

Hay planetas que la historia olvida y planetas que la historia no puede soltar. Elisium fue de los segundos.

No por su belleza ni por sus recursos ni por su posición estratégica, aunque la República tenía razones para valorar las tres cosas. Elisium fue inolvidable por lo que ocurrió en él, por lo que se rompió ahí que nunca volvió a soldarse del todo, por el peso específico de ser el lugar donde dos ideas sobre el universo se encontraron por primera vez con las armas en la mano. La flota imperial llegó sin anuncio previo.

No hubo ultimátum ni declaración formal. El procedimiento habitual que Dante había seguido en cada mundo conquistado durante los últimos años, la palabra antes que la espada, la oferta antes que el fuego, no se repitió en Elisium. Algo en ese planeta desbloqueó una intención diferente, más directa y más brutal, como si Dante hubiera decidido que este mensaje no podía llegar con cortesía sino con claridad absoluta.

La maquinaria imperial se desató sobre el planeta con una ferocidad que sus propias tropas recordarían años después como algo distinto a todas las batallas anteriores. Ciudades que ardían desde los primeros minutos. Defenses terrestres que resistían con la desesperación de quien sabe que los refuerzos están lejos y el enemigo está cerca. Porque Elisium no era un mundo desprotegido.

Era un planeta colonial de la República, y como tal tenía apostados en sus cielos cruceros de batalla de la F.E.E.R. que respondieron desde el primer momento con todo lo que tenían. La resistencia fue real. Por primera vez en sus conquistas espaciales, el Imperio encontró una fuerza capaz de sostener el choque durante horas sin quebrarse. El aviso llegó a Hixtalis con la urgencia de lo que nunca había ocurrido antes. Una fuerza extranjera, desconocida, atacaba territorio republicano.

La respuesta vino de la misma comandante en jefe de la F.E.E.R. Mikahla Alhatomothir partió desde Hixtalis a bordo del Zero Valerias, uno de los tres cruceros de guerra construidos específicamente como naves insignia para los Pilares durante los años de estancamiento, la punta de lanza de una República que había pasado décadas consolidándose hacia adentro. Con ella viajaba Hazele Alhatomothir, la Deidad Suprema de la Luz, que llegaba con la intención que la había guiado siempre: detener el daño con palabras si era posible, con su lanza si no quedaba otra opción. El viaje desde Hixtalis duró horas a hiperveclocidad. Horas en las que Elisium seguía ardiendo.

Cuando el Zero Valerias salió del salto estelar y los sensores captaron lo que quedaba del planeta, Mikahla no dijo nada durante un momento largo. Desde el espacio, Elisium se veía como una herida. Las ciudades que habían existido esa mañana eran columnas de humo. Las naves del C.E.I. cubrían la órbita como una nube de metal. El Zero Valerias abrió fuego.

Lo que siguió fue la primera batalla real entre la República y el Imperio, no una escaramuza ni un malentendido fronterizo sino una guerra declarada en los cielos y en la tierra de un planeta que no había pedido ser el escenario de ninguna de las dos cosas. Naves cazándose en la atmósfera. Flotas enteras chocando en órbita con la violencia nueva de dos potencias que se medían por primera vez. Y en tierra, entre las ruinas humeantes de lo que había sido Elisium, el ejército imperial avanzaba sobre los últimos reductos de resistencia republicana con el Emperador a la cabeza. Fue ahí donde se encontraron.

No hay registro oficial de ese momento. Los testimonios de quienes lo presenciaron desde la distancia coinciden en los hechos básicos pero no en los detalles, y los detalles son exactamente lo que la historia hubiera querido conservar. Lo que se sabe es esto: en algún punto del campo devastado de Elisium, entre el humo y los cráteres y el metal retorcido de máquinas de guerra de ambos bandos, Dante Lorian y Hazele Alhatomothir quedaron frente a frente.

Se reconocieron sin dificultad.

Dante no había cambiado visiblemente desde aquella noche en Sulcalir cuando tenía veintiún años y el mundo que había conocido todavía existía. Los dioses no cambian de la manera en que cambian los mortales, y esa inmovilidad que en otro tiempo le había parecido una trampa ahora era simplemente lo que era. Hazele seguía siendo lo que siempre había sido, radiante con la luz que llevaba en la sangre desde antes de que ninguna de las civilizaciones que ahora se destruían a sus pies existiera.

Se dice que hubo palabras entre ellos.

Cortas. Nadie que las oyera las repitió con certeza, o quizás nadie que las oyera sobrevivió para repetirlas. Lo que sí quedó registrado es lo que vino después: una batalla que los libros de historia de ambos bandos llamarían con nombres distintos durante generaciones, hasta que el nombre que prevaleció fue el que nadie había elegido oficialmente sino el que surgió solo de la gente que intentaba describirla.

El Vals de los Príncipes.

Porque había algo en ese duelo que no era solo violencia. Era también reconocimiento. Dos seres que se conocían desde antes de que el universo tuviera guerras, enfrentándose ahora como los representantes más absolutos de dos ideas que no podían coexistir. La oscuridad que había aprendido que los mortales no necesitaban dioses. La luz que creía que los dioses podían ser mejores de lo que habían sido.

La espada maldita y la lanza de la portadora de luz.

Cada choque hacía temblar lo que quedaba de Elisium. No con el poder desmedido de quien intenta destruir al otro sino con la precisión terrible de quien ha combatido toda su vida y sabe exactamente cuánta fuerza necesita cada golpe. Ambos sangraron. Ambos retrocedieron. Ambos sostuvieron.

Al final se separaron por razones distintas.

Hazele porque la experiencia de Dante en batalla era mayor que la suya, forjada en guerras reales durante décadas mientras ella había pasado esos mismos años aprendiendo en la capital de una República que rara vez necesitaba que sus dioses pelearan. Dante porque el Zero Valerias y su flota estaban terminando con la suya, que llevaba meses de operaciones continuas sin descanso y no podía sostener ese intercambio indefinidamente.

Se retiró sin lamentarlo.

Lo que había venido a demostrar ya estaba demostrado. Elisium ardió hasta que no quedó nada de la presencia republicana en su superficie. El primer dominio divino de la República erradicado por la fuerza de un Imperio que había nacido en una taberna fría de un planeta que la República ni siquiera sabía que existía. La República de los Dioses tuvo que admitir, por primera vez desde su fundación, que al otro lado del universo había crecido algo que no podía ignorar.

Algo que venía hacia ellos.

Elisium no fue una batalla. Fue una declaración.

La primera vez en la historia del universo que la mortalidad se alzó contra la divinidad y no perdió.

No sería la última...

..."

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Lina llega, asustada, ve la puerta. Frente a ella solo ve un pasaje solitario con una reja oscura que deja tras de sí un misterio y duda de su futuro luego de ese día. Respira hondo. Se da valor y se dice ante sí: tú aceptaste, tú necesitas el dinero, ¿qué puede pasar…?

Las luces están a punto de encenderse, la tenue luz del día está apagándose, el frío y la tristeza están a punto de salir a las calles. Mira a todos lados, observa si alguien la ve, tal vez la persona que solo conoce por mensajes la observa. ¿Tal vez no solo es uno? ¿Tal vez es alguien que la conoce? Invade su mente la inseguridad, la duda, el miedo desea poseerla.

Lina creció en el campo con sueños apagados por la necesidad y la pobreza. Pasó una niñez feliz junto a sus hermanas y hermanos. Papá era un hombre rudo y trabajador, nunca sobró mucho pero siempre estaba la mesa con comida. Desde niños les enseñó a trabajar en el campo, a ver de dónde y cómo sale la comida que llena la mesa. Lina disfrutaba jugar con la tierra fresca, buscar gusanos después del descanso o almuerzo.

Hoy la comida fue papas sancochadas con queso de Lidia, la vaca que mamá cuidaba más que a nosotras, jijijiji, sonríe. La tierra fresca nos da gusanos fuertes que son el plato favorito de Pía, el pollito que adoptó como suyo Lina, dice. A Pía le gustan los gusanos, es su favorito, se los llevaré hoy, juntaré todo lo que quepa en mi mandil. Su madre la regaña. Sabes que Pía o como se llame será para el cumpleaños de tu padre, no te encariñes, es comida. Lo sé mamá, lo sé, pero igual la cuidaré hasta ese día.

Lina vivía el día a día, ya anteriormente había entendido que sus mascotas no eran para su felicidad sino para alimentar a su familia. Sus hermanos mayores ya estaban dedicados al campo, habían concluido la primaria y ya tenían que trabajar. Hoy ya mayores cada uno tenía sus roles en la chacra junto a su padre, ellos entendían que su futuro era inmediato y era el campo. Debían cultivar lo más que se podía aprovechando las temporadas de lluvias y sacar la cosecha para venderla y vivir del dinero durante el resto del año.

Ellos no quisieron seguir la secundaria, aunque Lina siempre les dice: ustedes eran burros, no nacieron para estudiar. El pico es su mujer y su lapicero, con eso hablan, piensan y viven. Sonreían al oírla y siempre la consideraban, al ser la menor, la preferida o la engreída. Le decían: cuando naciste viniste a casa envuelta en un ropón blanco, ahí dijimos serás la enfermera de mamá.

Lina desde que tuvo uso de razón sentía que era la más considerada de la casa. Cada vez que la felicidad asomaba fugazmente a la casa, siempre decían: Lina, todos somos campesinos, al menos alguien debe ser profesional. No te vayas a enamorar de alguien, ya te vimos algo encariñada con el hijo del vecino, cuidado y te embaracen y te quedes sola con tu hijo. Ya ves cómo estamos en la casa, las cosas que producimos solamente alcanzan para vivir, un hijo más nos llevará a la ruina.

Ella, sonriente y fresca dentro de su mundo de inocencia y candidez, respondía: ¿con ese feo? ¿acaso soy ciega? Todos recordaban que sabían reír, que en esos rostros duros por el frío y el sol aún se formaban sonrisas. Pero papá solo miraba seriamente, quizá amargado por la dura vida que le tocó pasar, quizá dudando que su autoridad y respeto se perderían con una sonrisa.

Aquí todos saben que quien no ayuda o quien tiene para mujer o varón debe irse, aquí alimentamos a quienes hacen algo, respondía secamente y todo en su entorno se congelaba.

Lina culminó el colegio, la única de la familia con más alta educación. No tenía enamorado, no tenía pretendientes, sea esto porque vivía lejos del pueblo o porque su padre era de temer por su duro carácter.

Papá, quiero seguir estudiando, le dijo en una de las comidas entre todos. Él la miró duramente como odiando ese momento que presagiaba iba a llegar y sin saber cómo afrontarlo. Algo lo consumía, la tristeza, la impotencia. Un frío viento entra por la cocina. No vas a poder estudiar, es difícil, además no tenemos dinero y sola siendo mujer te puede pasar algo. Aquí ayúdanos, hay mucho para hacer en la chacra. Te separaré una parte como a tus hermanos, ahí siembres, produzcas tu propio dinero y así cuando cualquier hombre se te acerque y pida tu mano siquiera tendrás para tus cosas. No pensarás irte con un hombre sin dinero en tus bolsillos.

Quería llorar, quería responderle. Decirle que no soy una campesina, que no moriré en una cocina sobre fuego y humo oliendo a comida con las manos llenas de hollín. Miraba a mi madre y cómo sufre día tras día para poder sostener a la familia, hacer cada día recetas de platos nuevos con los ingredientes que tenía a la mano. Comprar cosas en mi familia es algo que sucede poco. Sufrimiento puro es lo que denotan sus ojos llenos de ojeras y sus arrugas que entre ellas buscan lugar a falta de espacio. Su sufrimiento es la daga que empuja a huir de ahí.

Papacha, cuando nací me dijeron que vine de blanco, que sería enfermera, eso quiero ser. Cuidaré de ustedes. Aquí una mujer solo sabe cocinar y servir a un hombre, en la chacra se acaban rápido. Quiero estudiar, yo podré con los exámenes, me esforzaré. El instituto me enseñará a ser una mujer independiente con un destino distinto al de todas. Trabajaré allí, seré moza, seré limpiadora, seré lo que pueda conseguir para no hacerles gastar. Quiero ser como la señora Vilam que trabaja en el centro de salud. ¿Acaso ella no te ayuda cuando te enfermas? ¿Acaso ella no es buena cuando no tenemos dinero? ¿Acaso ella no recibe cosas cuando necesitamos medicinas? Trataré de ser como ella, me esforzaré.

Los días pasaron cual aguas surcan los ríos ondulantes y rápidos, sin que nadie diga nada, sin que nadie más hable del tema por días. Todo regresó a la rutina de siempre, como si la discusión de aquel día no hubiese existido, como si el calendario simplemente hubiera quitado aquel día de su listado.

Pasaron semanas hasta que el padre habló con Lina y le dijo que tendría una oportunidad, que si no podía que nunca más exija estudiar, que ella viaje a la ciudad, que averigüe todo y que le avise cuánto costará. Ella estalló de emoción, abrazó a su padre, lo que nunca era común en su familia. Se puso a llorar de emoción, aunque tuvo que disimularlo rápidamente antes que arruine todo, porque ante papá nadie debía llorar, porque sin razón nadie llora de tonterías, él lo decía. Ese día Lina nunca lo olvidaría porque fue el día que conoció la felicidad.

En el fondo sabía que si su hermano no la apoyaba ya estaría sudando frío en la chacra volteando la papa o moviendo el almuerzo. Se decía cómo una sola palabra bien dicha podía cambiarte el destino completamente. Ella en un universo paralelo habría vivido en el campo, en una chacra con su esposo, ayudándole a criar a los hijos, copiando lo que tiene de la chacra, viviendo necesidades, consolando a los hijos y satisfaciendo a su pareja sin expresar sus sentimientos o necesidades, sueños ni ambiciones personales; estaría muerta en vida cumpliendo su misión de madre directa al sacrificio de la muerte.

Lina viajó presurosa a la ciudad. Conocía solo lo que alguna vez fue con su padre a tramitar algunos documentos o vender sus productos. Era aventurera, no le temía a la ciudad y sus carros. Llegó hasta donde le dijeron que ya se bajara, preguntó y fue al instituto, aquel que la enfermera del centro de salud le había comentado donde estudió y pasó gratos momentos de su juventud. Imagina ella igual disfrutando de sus estudios, de sus salones, de sus enseñanzas, de sus vivencias con nuevas compañeras y compañeros. Se imaginaba la ciudad, conocer sus calles, vivir sola, buscar dónde vivir, eso la extasiaba y hacía que la sonrisa le fluyera cual vaso lleno de agua desbordándose sin poder contenerse.

Se enteró que el examen era pronto y que aún podía inscribirse y que su carrera que anhelaba tenía 25 vacantes y las clases empezaban de inmediato luego de la selección.

Volvió presurosa con las noticias, ansiosa de ya querer estudiar, de querer contarle a su familia que todo estaba encaminado para que ella estudie, que los astros la favorecían, que su tayta Dios la ayudaba. En la hora de la cena comunicó todo a su familia. La emoción con la que transmitía sus indagaciones hacía imposible que cualquiera, hasta papacha, pudiese objetar o quisiese poner trabas o desanimarla.

En la cama la madre callada solo oyó decir al padre que sentía orgullo de que su hija quisiera estudiar. Nunca imaginé que alguno de nuestros hijos pudiese siquiera terminar el colegio, me emociona saber que Lina quiere ser profesional. Será la primera hija de todos mis hermanos y los tuyos que al menos vaya a estudiar educación superior, sentenció ante la pasiva mirada de la madre que solamente asintió, sintiendo el peso del día sobre sus hombros y respirando cansancio.

Llegado el día del examen, Lina tuvo que ir de madrugada para poder entrar a tiempo. Se llevó su comida en su bolso para desayunar cuando llegue porque a ella le marea el carro. Llevó sus lápices y cosas que le pidieron, se fue muy emocionada e impaciente a ver de qué trataba el examen y si daría la talla para poder ingresar.

Postulantes, todos en orden, solo ingresarán con lápiz y borrador y su identidad, el resto lo dejan aquí en los corredores. Si alguien ingresa con notas, copias o algo indebido será expulsado del examen, pregonaba el tutor. La prueba será de 2 horas, solo respondan en las cartillas que se les brindará. Buena suerte.

Suerte es lo que necesitaré, veo mucha gente, espero no decepcionar a mis padres, sería terrible que no ingrese, esta es mi única oportunidad de salir de mi destino elegido por mis padres, se decía dentro de sí.

Pasaron las horas, terminó el examen. Se fue inmediatamente a su casa. No habló nada, nadie le preguntó, es más nadie siquiera recordaba que Lina había ido a la ciudad a dar su examen. Todos estaban enfocados en sus trabajos y quehaceres que ni recordaron dónde estaba Lina. Sus hermanos imaginaban que ella fue al pueblo a tramitar sus certificados, su padre pensó que estaba en la cocina ayudando.

El día terminó y ella frente a la radio buscando si ahí encontraría la noticia de los ingresantes, impaciente pero temerosa a la vez. Encontró la radio, tuvo que esperar a que den la lista. Cuando llegó la relación de su carrera, llegó al número 22 y aún no estaba su nombre. Sentía salir las lágrimas y entregarse a la depresión porque a esas alturas ella ya se sentía derrotada. Dentro de sí se decía que aquella respuesta no era, que la correcta era otra, que por qué no lo cambió. Deseaba apagar la radio y ahogar esa pena en su soledad.

Puesto 23, no es ella. Estaba todo echado, no había ingresado, repetía. Debí estudiar más, debí ir al establo y ahí haber estudiado con la lámpara.

Finalmente llegó el número 25 y ahí estaba Lina, era su nombre finalmente. No sabía si gritar y despertar a todos y darles la buena nueva, pero ella decía, si hago eso me golpearán porque todos al día siguiente deben trabajar temprano. Calló su grito de emoción, las lágrimas ya estaban fuera pensando en que no ingresó, ahora se convertían en lágrimas cristalinas de felicidad. Se decía: seré la enfermera como mis padres me sentenciaron cuando nací.

A la mañana ella se levantó primero, esperó a todos con el fogón encendido, esperando que alguien pregunte cómo le fue en el examen para ella decirles que lo logró. Primero apareció la madre cansada, entró y le dijo: ¿qué cocinaremos? Quaker con papas cocinadas, mamá, respondió. Su madre no habló más hasta que todo estaba ya listo. Ahí gritó: ya está listo.

Al rato todos se acomodaron en la cocina a desayunar. Lina dentro de sí pensaba, alguien recordará en preguntarme, aún podré hacerlos sentir feliz con mi noticia. Se sentaron todos, se sirvió la comida, nadie dijo nada ni le preguntaron. Papá dijo: hoy quién subirá a soltar el agua de la sequía. El hermano respondió: yo lo haré.

No se sintió triste, conocía a su familia cuando distraídos y cansados estaban por los trabajos de la chacra. Saben, les quiero decir que ayer fue el examen y ingresé para enfermería, le avergonzó decirles que fue la última, se dijo así ese será mi secreto.

Todos en la casa volvieron la cara hacia donde Lina. Se asustó. Después aquellas rocas sin expresión esbozaron una sonrisa. El hermano mayor dijo: felicitaciones hermana, cuando trabajes nos mantendrás, espero. Ella sonrió. Su padre solo le dijo que se esfuerce, que esto recién empieza y que serán unos años de mucho sacrificio y esfuerzo.

Papacha, trabajaré, ya vi donde estudiaré, cerca hay un mercado, ahí venderé algo, no te fallaré.

Por primera vez supo que era orgullo de su familia, aquella niña, aquella pequeña que todos decían solo causaba travesuras y problemas, hoy era quien daba un minuto de felicidad.

Iniciadas las clases, ella se fue cargando sus costales con sus ropas, sus abrigos. Se decía: no podré comprar nada, llevaré todo lo que necesite.

Fue a vivir a casa de una vecina cuya hija vivía en la ciudad y tenía cuartos que podía alquilar; quedaba cerca de su instituto. Ilusionada, decoró su cuarto, colgó sus horarios, alistó su pequeña cocina a leña en el patio, ordenó su ropa, limpió sus zapatos del barro de la chacra y se dijo a sí misma que no regresaría mientras no terminara su carrera.

Pasaron los meses. Avanzó con sus clases, sus exámenes, sus trabajos. Lina había cambiado, era mucho más responsable e independiente. Ya no lloraba por sus hermanos o sus padres; sabía que estaba allí porque necesitaba estudiar. El dinero que le mandaban lo guardaba entre sus ropas y lo usaba de manera muy medida; solo servía para pagar su comida, su cuarto y sus materiales de estudio.

Se decía: ya luego compraré, está rico, pero puede esperar. No exigía más dinero a sus padres, sabía que no se lo darían. Trabajaba en el mercado limpiando verduras; no ganaba mucho, pero le entendían con sus horarios y eso le gustaba.

El dinero siempre era justo. Siempre debía renunciar a algo antes de que llegara la remesa del siguiente mes. Sus necesidades se llenaban con sus estudios, que la hacían sentir feliz. Se decía que la vida era como una casa de muchos pisos y que cada semana era un escalón más que subía para llegar a la meta.

Lina tiembla y se cuestiona si es el camino que desea tomar. Se dice a sí misma si el chico que conoció y le propuso dinero será como menciona, seguro y discreto. Ha sopesado todo lo que necesita y se ha visto rodeada, sin salida alguna.

Toma valor y regresa de lo que se alejaba, y se dice que si no lo hace siempre huirá de cualquier reto de igual manera. Ella nunca entró a un hotel, pero el chico ya le indicó cómo hacer.

Toca la reja. Le preguntan a dónde irá. Responde, agachada y avergonzada, que ingresará al cuarto 304. El conserje, viejo y acostumbrado a ver estas escenas, la ve y abre la puerta. No le dice nada, solo abre y ella ingresa. Él solamente piensa que es otra chica más que trabaja así, debe ser alguien que cambió de zona de trabajo, y cierra la puerta.

Lina tiembla y no puede quedarse cerca de la reja. Siente que el conserje puede preguntarle algo incómodo o tocarla. Imagina que las chicas que entran allí son todas fáciles y no dirían nada si las toca.

Sube la escalera, revisa el número. ¿Dónde está? Va a la derecha, no está. A la izquierda tampoco. Sube al tercer piso y ubica la puerta. Se sofoca, la adrenalina la agita y cuestiona todo.

Ahí dentro está él. ¿Estará solo? ¿Será otra persona? ¿Y si fui engañada?

Olvídalo, ya no dudes más, ya estás dentro —se enoja consigo misma— y, sin darse cuenta, toca la puerta.

Toca otra vez. Ella se dice: apúrate, que deseo irme. Siente que alguien se acerca hacia la puerta. Se sonroja. ¿Y si me conoce, qué hago?

Antes de terminar de pensar, un señor abre la puerta y le dice:

—Hola, Lina, pasa.

Entre la duda de irse o entrar, siente que su cuerpo ingresa mientras su mente le dice: ándate.

Se cierra la puerta.

—Pensé que no vendrías, te hiciste esperar —le dice él.

—No conocía, tenía miedo de entrar —dice sinceramente ella.

—Si haré esto será solamente porque lo necesito —sentenció, para entregarse finalmente…

..."

5
 
 

Siempre que pasaba por aquel lugar lo miraba con insistencia, como si buscara algo o a alguien. Sabía que no iba a encontrar nada nuevo, pero le resultaba imposible romper aquella rutina sin sentido.

La casa permanecía cerrada, sin rostro, sin señales de vida. A veces pensaba que nadie podía habitar un encierro así. Otras, que quizás siempre había estado vacía.

Nunca se acercaba demasiado. Le atraía, pero también le inquietaba. Como si cruzar cierta distancia implicara aceptar algo para lo que no estaba preparado.

¿Qué dirían si lo vieran merodeando allí? ¿Qué explicación podría dar?

Había pensado en tocar la puerta más de una vez. Siempre desistía. No por miedo a que alguien abriera, sino a que no lo hiciera… y aun así sintiera que había sido escuchado.

Observar la casa se volvió parte de su vida. Su existencia, por lo demás, transcurría sin sobresaltos. Por eso regresaba, una y otra vez, a esas ventanas cerradas, imaginando que detrás de la madera alguien respiraba… o recordaba.

Hasta que una mañana todo cambió.

Las ventanas estaban abiertas.

Se detuvo. Sintió un frío extraño, como si el aire alrededor hubiera cambiado de densidad. Dio unos pasos, más cerca de lo que nunca antes se había permitido.

Una de las ventanas estaba apenas entornada. Y entonces los vio.

Unos ojos.

Lo observaban con una tristeza inmóvil, difícil de sostener. No parecían pedir ayuda. Tampoco huir. Solo… esperar.

Parpadeó. No estaba seguro de haberlos visto realmente.

Entonces escuchó la voz:

—Entra.

No supo de dónde venía. Tal vez de la casa. Tal vez de sí mismo.

Rodeó el lugar y llegó hasta la puerta. Cerrada. Como siempre. Pero esta vez no dudó. Empujó… y cedió con una facilidad que no esperaba.

Entró.

El silencio no era total. Tenía una textura, como si algo lo habitara sin mostrarse. Recorrió las habitaciones llamando, esperando una respuesta que no llegó.

No había nadie.

O tal vez no había nadie ya.

Los objetos estaban dispuestos con un orden que no parecía casual. Se detuvo frente a unas figuras. No supo cuánto tiempo pasó mirándolas. Poco a poco, comenzaron a adquirir sentido.

No era una escena. Era una historia.

Recordó —o creyó recordar— una antigua leyenda africana: la de los elefantes que, al sentir cercana la muerte, se apartan de la manada y emprenden un último viaje. Caminan durante días, guiados por algo que no es instinto ni memoria, hasta un lugar donde otros han llegado antes.

Un sitio oculto.

Silencioso.

Lleno de restos que no cuentan cómo murieron, pero sí que todos eligieron llegar.

Dicen que nadie los ve partir.

Dicen que nadie los acompaña.

No supo por qué pensó en eso. Ni por qué le resultó familiar.

Sonrió. O creyó hacerlo.

Siguió avanzando. Encontró libros cubiertos de polvo, casi deshechos. En uno de ellos, apenas legible, había una dedicatoria.

La leyó.

Sintió un quiebre.

Cayó en un rincón, sin saber si lloraba por lo que recordaba o por lo que estaba entendiendo en ese momento.

Tal vez siempre había sabido llegar hasta allí.

Tal vez nunca se había ido del todo.

Afuera, las ventanas permanecían abiertas.

Como si alguien —o algo— siguiera esperando.

6
 
 

Siempre que pasaba por aquel lugar lo miraba con insistencia, como si buscara algo o a alguien. Sabía que no iba a encontrar nada nuevo, pero le resultaba imposible romper aquella rutina sin sentido.

La casa permanecía cerrada, sin rostro, sin señales de vida. A veces pensaba que nadie podía habitar un encierro así. Otras, que quizás siempre había estado vacía.

Nunca se acercaba demasiado. Le atraía, pero también le inquietaba. Como si cruzar cierta distancia implicara aceptar algo para lo que no estaba preparado.

¿Qué dirían si lo vieran merodeando allí? ¿Qué explicación podría dar?

Había pensado en tocar la puerta más de una vez. Siempre desistía. No por miedo a que alguien abriera, sino a que no lo hiciera… y aun así sintiera que había sido escuchado.

Observar la casa se volvió parte de su vida. Su existencia, por lo demás, transcurría sin sobresaltos. Por eso regresaba, una y otra vez, a esas ventanas cerradas, imaginando que detrás de la madera alguien respiraba… o recordaba.

Hasta que una mañana todo cambió.

Las ventanas estaban abiertas.

Se detuvo. Sintió un frío extraño, como si el aire alrededor hubiera cambiado de densidad. Dio unos pasos, más cerca de lo que nunca antes se había permitido.

Una de las ventanas estaba apenas entornada. Y entonces los vio.

Unos ojos.

Lo observaban con una tristeza inmóvil, difícil de sostener. No parecían pedir ayuda. Tampoco huir. Solo… esperar.

Parpadeó. No estaba seguro de haberlos visto realmente.

Entonces escuchó la voz:

—Entra.

No supo de dónde venía. Tal vez de la casa. Tal vez de sí mismo.

Rodeó el lugar y llegó hasta la puerta. Cerrada. Como siempre. Pero esta vez no dudó. Empujó… y cedió con una facilidad que no esperaba.

Entró.

El silencio no era total. Tenía una textura, como si algo lo habitara sin mostrarse. Recorrió las habitaciones llamando, esperando una respuesta que no llegó.

No había nadie.

O tal vez no había nadie ya.

Los objetos estaban dispuestos con un orden que no parecía casual. Se detuvo frente a unas figuras. No supo cuánto tiempo pasó mirándolas. Poco a poco, comenzaron a adquirir sentido.

No era una escena. Era una historia.

Recordó —o creyó recordar— una antigua leyenda africana: la de los elefantes que, al sentir cercana la muerte, se apartan de la manada y emprenden un último viaje. Caminan durante días, guiados por algo que no es instinto ni memoria, hasta un lugar donde otros han llegado antes.

Un sitio oculto.

Silencioso.

Lleno de restos que no cuentan cómo murieron, pero sí que todos eligieron llegar.

Dicen que nadie los ve partir.

Dicen que nadie los acompaña.

No supo por qué pensó en eso. Ni por qué le resultó familiar.

Sonrió. O creyó hacerlo.

Siguió avanzando. Encontró libros cubiertos de polvo, casi deshechos. En uno de ellos, apenas legible, había una dedicatoria.

La leyó.

Sintió un quiebre.

Cayó en un rincón, sin saber si lloraba por lo que recordaba o por lo que estaba entendiendo en ese momento.

Tal vez siempre había sabido llegar hasta allí.

Tal vez nunca se había ido del todo.

Afuera, las ventanas permanecían abiertas.

Como si alguien —o algo— siguiera esperando...

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7
 
 

La profesora se encuentra en la sala designada para los docentes, cumpliendo horario a través de labores administrativas. Su tiempo de colación terminó y ahora está revisando la planificación de las clases para mañana, asegurándose además de tener los materiales necesarios para las correspondientes actividades. Ha pasado un rato desde que sus alumnos fueron a sus hogares y no puede evitar reír ligeramente al recordar el incidente que tuvo lugar en dicho momento.

Mientras despedía a cada uno de sus estudiantes cuyos padres habían venido a buscarlos, uno de ellos de improviso le dijo a su madre sobre la reunión de apoderados. En primera instancia, se alegró de ver que pudo retener correctamente la respectiva información y los observó irse antes de centrar su atención en el resto de los niños que se reúnen con sus respectivos tutores.

Fue entonces cuando comenzaron uno a uno a repetir el mensaje del que se acababan de acordar al escucharlo del pequeño inexpresivo, extendiéndose por todos los presentes. Sin duda fue un resultado interesante que le pareció encantador de observar. Más aun porque luego de que lograran su objetivo de entregar dicha información, mostraron expresiones satisfechas, como de haber realizado un buen trabajo.

Todavía le queda un tiempo más para terminar su jornada laboral, por lo que decide repasar los temas a tratar en la reunión agendada para este miércoles. Es su primer año encargándose por su cuenta de un curso y quiere asegurarse de que todo fluya correctamente. Aún no pierde del todo el nerviosismo a pesar de haber tenido una reunión previa con los apoderados al comienzo del año escolar, en la cual se presentó, explicó el proceso de adaptación y los objetivos del curso, así como los protocolos y demás aspectos importantes que debía esclarecer.

Los apoderados incluso se mostraron abiertamente satisfechos ante su claro profesionalismo. Aunque esto solo provocó que sintiera más deseos de no defraudar sus expectativas. Por ello es que se toma muy en serio su trabajo y revisa cada uno de los puntos señalados en sus propias anotaciones, ensayando las formas en que pretende abordar los temas, para hablar con propiedad y transmitir confianza.

Entonces da vuelta la página de la libreta y observa otra lista de apuntes. Esta contiene notas sobre aspectos que pensó que sería adecuado abordar respecto de lo que observó en algunos niños en particular. Los escribió aparte para dejar en claro que no hablará de esto en la reunión como tal, sino que les pedirá de antemano a los padres que se queden un tiempo después para conversar sobre sus hijos.

No son asuntos de gravedad, pero considera importante hacer saber a los tutores sobre cualquier detalle observado que pueda ser relevante para el desarrollo de sus pequeños. Naturalmente, uno de ellos involucra al niño inexpresivo, quien en estos momentos se encuentra junto a su madre, mirando uno de los programas infantiles recomendado por otros padres y completamente concentrado en las vívidas expresiones que lo atrapan.

Está mucho más interesado por los gestos que por la historia en sí, ni siquiera fijándose realmente en los acontecimientos, sino exclusivamente en los rostros y la forma en que se manejan las interacciones interpersonales. Parece considerarlo como algún tipo de extensión de sus prácticas para sonreír. Sobre todo cuando la cámara se centra en las caras, porque, aunque las expresiones no se muestran con detalles que sirvan como ejemplo para su entrenamiento, estas se entienden claramente y le sirven en algún sentido como una guía conductual.

En otras palabras, a través de este programa, él de alguna forma analiza en su subconsciente la dinámica relacional y aprende la manera en que se espera que se comporten los niños como él en determinadas situaciones sociales. Paulatinamente va obteniendo curiosidad por algo más que las expresiones que no tiene, pero este desarrollo debe esperar, pues primero debe aprender a sonreír.

La caricatura termina y el resto del día transcurre de la manera acostumbrada, jugando con sus padres, compartiendo la mesa y practicando su sonrisa frente al espejo. Sus esfuerzos se acumulan de forma lenta pero constante. No logra advertir cambios en el reflejo que ve ante sí, pero son al menos suficientes para causar en los padres la impresión de que está sonriendo más que de costumbre. Las rutinarias actividades se extienden al día siguiente, teniendo como únicas diferencias el tamaño de los tallos de las flores sembradas que miran con atención cada día.

La fecha vuelve a cambiar y llega el momento de la reunión de apoderados. Las clases se habían dado con normalidad, con la profesora mostrando su confianza y tranquilidad de siempre, aunque por dentro su nerviosismo se acrecentaba al acercarse la hora de dicho evento.

Una vez habiéndose despedido de sus estudiantes y asegurándose de que todos fueran con sus respectivos tutores, toma su tiempo de colación y aprovecha para despejar su mente antes de continuar con las labores administrativas. Conversa con algunos colegas y, tras terminarse el tiempo de descanso, se dirige con cierta prisa a la sala de profesores. Quiere asegurarse de hacer todo lo que tenía planeado para el día de hoy, considerando que saldrá una hora antes de su jornada laboral, como consecuencia de la reunión de más tarde.

Para cuando había terminado ya era la hora de salida, por lo que revisó sus pertenencias y se fue, despidiéndose de algunos compañeros con los que se encuentra en el camino. Llega en unos quince minutos y dispone de alrededor de dos horas antes de que tenga que ir saliendo para la reunión.

Mientras tanto, el niño inexpresivo va de la mano con su madre. Están dirigiéndose al supermercado, tras haber pasado un tiempo en la plaza cerca de su casa. Normalmente se quedan hasta un poco más tarde, pero quería tener un poco más de margen para tener todo listo para cenar apenas llegara su marido del trabajo y poder alistarse bien para la reunión de apoderados.

Pasean por los pasillos colocando los productos en una canasta de compras y se dirigen sin demora hacia la caja más cercana. Hay pocas personas en la fila y pronto llegará su turno. Ahora estando más cerca, el niño alcanza a ver a la persona atendiendo y se da cuenta de que es la persona que pensó que estaba enojado.

A su edad es normal olvidar gran parte de los sucesos que no presentan suficiente significancia. De manera que el mencionado incidente debería haberse esfumado sin almacenarse en su memoria o a lo sumo quedar perdido en algún lugar del inconsciente. Pero no fue ese el caso. Aunque pueda parecer que el comentario recibido careciera de importancia, en realidad resultó ser algo impactante.

Esto es así porque resultó impactante para él enterarse de que otras personas pueden pensar que está enojado, cuando no lo está. Para empezar, aún no llega a una etapa en la que se acostumbre a cuestionar los propios conocimientos, ni tampoco a pensar en la forma en que se es visto por el entorno. Más aún, cualquier otro infante de su edad habría en ese entonces contestado directamente que no está enojado o en su lugar, por mera curiosidad, preguntar directamente en el lugar si parece enojado.

Sin embargo, eso no ocurrió. En vez de eso guardó dentro de sí el comentario para comprobar su veracidad con una fuente confiable, su madre. En conclusión, una pregunta que pretendía ser inocua terminó cuestionando la imagen que tiene de sí mismo, quien hasta entonces creía ingenuamente que los demás saben cómo se siente.

La espera se había prolongado como consecuencia de un comprador regresando por un producto olvidado, pero finalmente llegó el turno de su madre. Intercambian breves saludos de cortesía, pasan uno a uno los productos y los pagan. Mientras la madre está embolsando y antes de que el cajero fije su atención en el siguiente cliente, su hijo utiliza este breve espacio de tiempo para decir una sola frase: «No estoy enojado».

Después, viendo que su progenitora tiene todas las compras en la bolsa, toma su mano disponible y la mira de una forma que parece instarla a moverse, o al menos así es como lo interpreta ella. Entonces, tras un par de segundos de estar en un estado de incredulidad, recuerda lo que ocurrió anteriormente, mira su rostro y percibe cierto grado de satisfacción en él, provocándole una ligera risa antes de salir de la escena para caminar hasta su hogar.

En estas últimas dos semanas, sus conocimientos sobre el comportamiento de su hijo han aumentado de forma exponencial y ahora es capaz de entender hasta cierto punto lo que hay tras ese rostro aparentemente inexpresivo.

En el incidente previo ocurrido con este mismo cajero, quedó considerablemente confundido al escucharlo preguntar amistosamente el motivo de su enojo. Aunque no miró la reacción de su hijo, por lo que no pudo notarlo en ese instante. Más tarde él le preguntó directamente si parecía enojado y tuvo que hacer uso de todo su ingenio para que comprendiera el asunto.

No se mostró molesto, triste ni preocupado, ya que su pregunta era solamente por curiosidad. Como consecuencia, aprendió que las personas pueden tener ideas distintas sobre un mismo tema, en este caso él mismo. Por lo que entendió a grandes rasgos, es normal que algunas personas piensen que esté enojado, dando por cerrado el asunto.

Al menos eso es lo que creyó su madre hasta este momento. Por supuesto, no es que sea algo que haya estado molestándolo o incomodándolo, mucho menos que carcomiera su mente. Solo que, al ver nuevamente al cajero y recordar el mencionado evento, surge en él la necesidad de corregir la equivocada impresión de esa persona, sobre todo porque el shock de ese momento le impidió recordar haber visto en ese entonces a su madre explicarlo adecuadamente.

Por todo lo anterior, en este momento el cajero continúa atendiendo a los clientes mientras la escena reciente invade sus pensamientos, pues no recordaba el incidente anterior. Es natural, puesto que, aunque fue un momento emocionalmente significativo para el niño, para él fue solo una de las tantas personas con las que comparte breves y fútiles interacciones cada día. Resultó ser más desconcertante aún, porque no pudo identificar que el niño estaba de hecho mostrando la sonrisa que ha estado practicando.

En realidad, su madre no se rio solo por lo adorable que le pareció el comportamiento de su primogénito, sino también porque el trabajador lució un poco desconcertado por ver a un pequeño con rostro inexpresivo decirle que no está enojado y marcharse sin esperar alguna respuesta. Pudo haber aclarado el asunto para sacarlo de la duda, pero deliberadamente no lo hizo porque no le gustó que su frívolo comentario confundiera a su querido hijo...

..."

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8
 
 

Si viajas por los senderos del bosque de Valdelumbre, puede que te hayas topado con la tiendita del señor Gabriel. Nunca está en el mismo lugar, y nunca al lado del camino. Solo quienes de verdad la necesitan la podrán encontrar.

Agata dobló el trozo de papel y lo guardó con cuidado en el bolso. Avanzó lentamente por el camino flanqueado de espesa vegetación mientras despejaba su mente. Frunció el ceño y empezó a girar la cabeza como si estuviera perdida. Hmm, estoy segura de que ya debería haber salido del bosque, murmuraba de vez en cuando. Al llegar a la primera bifurcación, sacó una brújula y, con gesto pensativo, tomó el camino de la izquierda. Luego se devolvió y tomó el de la derecha. De repente, la aguja de la brújula dio un salto de noventa grados. Ágata aminoró la marcha. Colgando de un tronco había un cartel en forma de flecha que señalaba hacia la espesura. La Tiendita del señor Gabriel, decía. Más allá, dos ventanas parpadeaban entre los torcidos y apretados pinos. Agata guardó la brújula y se apresuró hacia la luz.

Los cascabeles de la puerta resonaron con un eco casi imperceptible. El denso muro de incienso y polvo le arrancó una tos a la visitante.

—Salud —dijo una voz con un extraño acento.

Un hombre alto y delgado surgió de entre las recargadas estanterías. Llevaba una larga túnica blanca y un sombrero de punta. Su rostro de prominente nariz estaba cubierto con una espesa barba castaña. Sonrió, revelando unos dientes tan amarillos que parecían de madera. Agata esbozó una débil sonrisa y el hombre continuó su discurso.

—Veo que está perdida, viajera. Pero no se preocupe, pues sus pasos la han traído al lugar correcto. Dígame qué anhela su corazón y le daré una solución. ¿Una brújula nueva, tal vez?

Agata concentró sus pensamientos en lo que deseaba mientras ponía su mejor cara de sorpresa.

—Como…

—Grabiel todo lo sabe… Grabiel todo lo ve —dijo el hombre clavando sus ojos en ella.

Por un instante, Ágata sintió hediondos dedos en su cabeza, que luego bajaron hacia la boca de su estómago.

Gabriel sonrió de nuevo. Cuando habló, olía a tierra húmeda.

—Pero eso no es lo que realmente desea, ¿verdad? Busca deshacerse del eco de alguien que ya no está. De un dedo que acusa desde las sombras.

—Es mi maestro. Etiqueté mal una de las pociones del escaparate.

—Oh, un desafortunado accidente, ¿sí?

—Exacto, ahora tengo que ocuparme yo del negocio y los clientes no entran a la tienda.

Sin decir más, Gabriel se deslizó hacia atrás y desapareció tras el estante para volver a salir unos segundos más tarde. Extendió unas manos enguantadas con dedos demasiado largos, revelando una pequeña caja de madera. Cuando Ágata la tomó, sintió el peso del metal en su interior.

—Es una caja musical —explicó Gabriel—. Ábrala frente a su acosador y su alma quedará atrapada en su interior. Si gira la palanca, podrá escuchar su voz entre dulces tintineos.

—Perfecto. ¿Y si se rompe?

—Él saldrá, naturalmente. No hay nada peor que un alma añejada en resentimiento, así que cuídela bien.

—¿Cuánto le debo?

—Algo simple, pequeño. Un objeto amado y la promesa de que volverá a visitar al viejo Gabriel.

Agata sacó su brújula y la depositó sobre el mostrador.

—Era de mi padre.

Sin esperar, Gabriel la tomó y se la llevó a la nariz. Su sonrisa desapareció al instante.

—He sido amable contigo. Así que no trates de engañarme, mujer —Gruñó. La brújula resonó con brusquedad sobre la madera.

Agata miró a su alrededor. Algo cambió. El aire se sentía más pesado. Sintió los dedos de nuevo. Esta vez sobre su pecho. Con un suspiro, se quitó la bufanda y la entregó. Gabriel inspiró hondo, hundiendo la nariz en la tela.

—Mmm, sí, sí… Manos de madre. Lagrimas secas. Paseos al atardecer y vientos de verano. Trato hecho.

Agata dio las gracias y se retiró, pero Gabriel la llamó de nuevo.

—Olvidas algo.

—Ah, claro. Gabriel, prometo que volveremos a vernos.

—Gracias, ¡vuelve cuando quieras!

Agata salió y la puerta se cerró tras ella, dejando solo arbustos y el murmullo del viento. Se encaminó con paso decidido por el sendero, pero su brújula no volvió a funcionar...

..."

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9
 
 

Bitácora**

Capítulo: VI

Perspectiva: Dr. Mathew A. Miller

Empujo las puertas dobles de la Academia y el aire estancado del vestíbulo me recibe como una bofetada física. Es un frío que no pertenece a la meteorología, sino a la piedra antigua y a algo que ha dejado de respirar. Siento un escalofrío que me recorre la columna, un instinto primario que mi formación científica intenta sofocar.

Me coloco los guantes de nitrilo, el cubrebocas y la bata desechable. El crujido del plástico es el único sonido en este mausoleo de mármol. Saco la grabadora digital de mi maletín, compruebo el nivel de batería y presiono REC. La luz roja parpadea, un pequeño faro en la penumbra.

—REGISTRO DE CAMPO — CASO 001-SC —mi voz suena extraña, demasiado clínica para el escenario—. Dr. Mathew A. Miller, Médico Forense Titular. Fecha: Martes, 13 de enero. Hora de inicio: 07:52 a.m. Ubicación: Academia Shadow Creek, vestíbulo norte, zona de suministros.

Camino con cuidado, evitando los charcos de suero hemático que se han extendido por las juntas del suelo.

—Condiciones ambientales: Temperatura interior de aproximadamente 4°C. Humedad relativa elevada, probablemente por la falta de calefacción nocturna. La iluminación principal está inactiva; trabajo bajo el haz de luz de los focos portátiles del Sheriff Clark.

Me detengo frente al cuerpo. El olor me golpea: es una mezcla ácida de contenido gástrico, hierro oxidado y un aroma almizclado, casi como ozono o azufre, que no logro clasificar en mi catálogo mental de descomposiciones.

—Sujeto: Masculino, edad aparente entre 25 y 30 años. Identificado como Julian, conserje del centro. Complexión mesomórfica. Ropa de trabajo estándar, severamente dañada en la zona del torso.

Me inclino sobre la víctima. Mi mano tiembla un milisegundo antes de estabilizarse.

—Examen externo: El trauma es… masivo. Presenta una evisceración completa mediante una incisión central que se extiende desde la fosa supraesternal hasta la sínfisis púbica. Los bordes cutáneos muestran signos de desgarro —típico de una fuerza bruta—, pero los planos musculares y el tejido conectivo profundo presentan cortes de una limpieza quirúrgica. Es una contradicción física. Como si algo hubiera usado garras para abrir la piel y, simultáneamente, un bisturí de plasma para separar los órganos.

Hago una pausa. Trago saliva. El silencio de la escuela parece estar escuchando mi informe.

—Estado de los órganos: El hígado presenta una ruptura lobular completa; el bazo y el páncreas están prácticamente pulverizados, compatibles con un trauma por compresión de al menos quinientos kilos por pulgada cuadrada. Sin embargo… —acerco la linterna al centro del tórax abierto— el corazón está intacto. Anatómicamente perfecto. No hay arritmia post-mortem visible, ni laceraciones en el pericardio. Nada. Es como si el atacante hubiera trabajado con una delicadeza reverencial alrededor del músculo cardíaco mientras destruía todo lo demás. Esto no es un patrón de alimentación animal. Es una exposición.

Me levanto para observar el entorno. Las luces del Sheriff proyectan sombras largas de las gárgolas del techo sobre el cuerpo de Julian.

—Dinámica del lugar: Las manchas de arrastre son bidireccionales. Sugieren que Julian no murió aquí. Fue cazado cerca de la entrada y arrastrado hasta este rincón de suministros. Alguien, o algo, decidió que este era el lugar adecuado para… la exhibición. Hora probable del deceso: Entre las 22:00 y las 00:00 horas. La lividez cadavérica ya está fijada en la zona dorsal.

Apago la grabadora un momento. Me paso una mano enguantada por la frente. Llevo doce años en esto. He visto escenas en los callejones de Los Ángeles que harían vomitar a un veterano de guerra. He documentado lo que la psicosis humana puede hacer y lo que un oso pardo puede destrozar en los bosques del norte. Pero esto no encaja en ningún manual de patología. Esto tiene una intención. Tiene un ritmo.

—Nota personal, fuera de protocolo: —susurro para la cinta— Mi hijo, Tyler, conoció a este hombre ayer. Fue su primer contacto con este pueblo. Necesito procesar estos restos y limpiar este vestíbulo antes de que mi hijo entienda que el horror de este mundo es enorme.

—Esos lobos fueron los culpables —una voz rompe mi monólogo.

Me giro. El Sheriff Clark está apoyado contra una columna, encendiendo un puro. El humo gris se mezcla con la bruma blanca de nuestros alientos.

—Esas dos bestias que ya estamos cargando en la camioneta fueron las responsables de este desastre, doctor —dice Clark, soltando una nube de humo espeso—. Los ataques de lobos son así. Feos.

Miro al Sheriff, luego a Julian, y luego otra vez a Clark. Preparo la camilla y empiezo a asegurar los restos con una sábana de transporte.

—¿De verdad le parece, Sheriff? —digo, recuperando mi tono profesional, ese que uso para marcar distancias—. He trabajado en tres condados distintos, incluyendo zonas rurales de California. He visto ataques de pumas y hasta de un tigre escapado de un zoo privado. Los ataques animales son caóticos, desesperados y sucios. Esto… esto es tan preciso como una cirugía de corazón abierto en la Clínica Mayo. Mire las marcas en el suelo, Sheriff. Un lobo no arrastra a su presa para “acomodarla”. Un lobo se la come donde cae.

Clark me mira con una sorpresa que no termina de llegar a sus ojos. Hay algo en su expresión que me dice que está midiendo cuánta verdad puedo soportar.

—No hay otra explicación, Mat. Usted vio el tamaño de esas cosas ahí fuera. No son normales. El frío del bosque hace que los animales hagan cosas raras. Yo los veo perfectamente capaces de abrir a un hombre así.

Miro al Sheriff con una incredulidad que apenas logró disimular, aunque puede tener razón. 

—Puede que tenga razón en cuanto a la fuerza —concedo, cerrando la cremallera de la bolsa de cadáveres con un sonido definitivo—, pero la técnica es otra historia. De igual forma, me llevaré todo lo que pueda a la morgue del hospital. Mañana por la mañana tendrá el informe preliminar sobre mi mesa.

Clark se separa de la columna y camina hacia la salida, dándome una palmada en el hombro que se siente demasiado pesada.

—Perfecto, Mat. Haz tu magia —se detiene en el umbral, recortado contra la luz gris del exterior—. Y bienvenido a Shadow Creek. Espero que tu estómago sea tan fuerte como tu currículum.

Le devuelvo una sonrisa profesional, aunque mis entrañas están gritando que algo anda mal. Miro una última vez hacia el rincón de Julian antes de que se apaguen las luces.

Creo que me llevaré bien con este Sheriff, siempre y cuando no espere que ignore lo que los muertos intentan decirme. Porque Julian no me está diciendo “lobo”. Me está diciendo algo mucho más violento. Algo que no cabe en una bitácora forense.

Hora de pausa en el registro: 08:47 a.m.

Perspectiva: Tyler J, Miller

El camino a casa fue un desfile de espectros. No era un silencio cómodo, de esos que nacen de la confianza; era un silencio de plomo, denso y eléctrico, como el que precede a una tormenta de granizo.

Alexis y Ashley caminaban entrelazadas, formando un frente único. Alexis mantenía la mandíbula tan tensa que se le marcaban los tendones del cuello, sus ojos escaneando el entorno como si buscara un enemigo oculto entre los robles. Ashley, por el contrario, parecía haber dejado su cuerpo en modo automático; su mirada estaba anclada en la niebla, desenfocada, procesando una realidad que su mente se negaba a aceptar.

Ethan iba a la zaga, una sombra de nervios. Sus manos no dejaban de retorcerse y sus ojos saltaban de un arbusto a otro, esperando que el horror de la mañana lo reclamara de nuevo.

Y luego estaba Logan.

Caminaba con una pesadez milenaria. Ya no había rastro del chico arrogante que desafiaba al Director. Se veía pequeño, marchito, cargando con una tristeza que le encorvaba los hombros. Sus manos conservaban rastros secos de un carmesí oscuro bajo las uñas. Él no miraba el camino; miraba hacia adentro, hacia un lugar que se acababa de incendiar.

Finalmente, el porche de mi casa apareció entre la bruma como un faro de madera blanca.

—Bueno… esta es mi casa —dije, rompiendo el cristal del silencio.

Nadie respondió. Me siguieron como sombras obedientes. Al abrir la puerta, me hice a un lado, pero ellos se detuvieron en el umbral. Con una sincronía lúgubre, Ethan, Logan y Ashley comenzaron a desatarse los zapatos.

—Oigan, no es necesario… no somos tan estrictos —intenté decir, buscando un rastro de normalidad.

Ethan negó con la cabeza, sin levantar la vista del suelo.

—Tenemos los zapatos llenos de lodo… y sangre, Tyler —murmuró con una voz que parecía venir de ultratumba—. No queremos manchar las alfombras de tu madre.

La palabra “sangre” entró en mi sala de estar antes que ellos, matando cualquier intento de hospitalidad.

Nos instalamos en la sala. Ashley se hundió en el sofá junto a Alexis, quien no le soltó la mano ni un segundo. Ethan se sentó en el borde de un sillón, tenso, como un pájaro listo para alzar el vuelo al menor ruido. Logan se alejó de todos, refugiándose cerca de la ventana, donde la luz gris de Shadow Creek le daba un aspecto de mármol.

—¿Les apetece algo? ¿Té, agua…? —ofrecí, sintiéndome extrañamente inútil en mi propio hogar.

—Vamos al grano, Tyler —me cortó Alexis. Su voz no era dura, pero tenía el filo de un bisturí—. Sé que quieres ser un buen anfitrión, pero ahora mismo lo que necesitamos es contexto. Información. Algo sólido a lo que agarrarnos antes de volvernos locos.

Se inclinó hacia adelante, tomando el mando con una autoridad natural que nadie se atrevió a cuestionar.

—Vamos a hacer esto simple. Cada uno va a decir exactamente qué hizo esta mañana y qué vio. Sin adornos. Sin teorías. Necesitamos atar cabos.

Sus ojos, fríos y analíticos, se clavaron en Ashley.

—Empieza tú, Ash.

Ashley tomó aire, organizando los fragmentos de su memoria.

—Me levanté temprano por lo de la ofrenda de flores —comenzó, con una calma que me inquietó—. Me encontré con Ethan de camino. Cuando llegamos, la verja estaba cerrada y el Director Thorne estaba allí, esperando al Sheriff. Dijo que Julian no aparecía.

—Yo sugerí entrar —continuó ella, cerrando los ojos—. Pensé que Julian se había quedado dormido o que algo iba mal con las llaves. Saltamos el muro… y al principio, el silencio era absoluto. Como si la escuela estuviera muerta.

—Demasiado tranquilo —intervino Ethan, frotándose las manos—. Entonces aparecieron. Lobos. Pero no eran como los de los documentales. Eran… inmensos. Y estaban empapados en rojo.

Ethan tragó saliva, el miedo volviendo a asomar en sus pupilas.

—Uno de ellos se lanzó hacia Ashley. No gruñó, simplemente saltó para matar. Y entonces apareció Logan.

Todas las miradas giraron hacia la ventana. Logan no se movió, pero su voz surgió desde las sombras, baja y cargada de una melancolía visceral.

—Red Velvet y Girasol. Esos eran sus nombres.

La sala se sumió en un silencio espeso. Logan bajó la mirada, observándose las manos.

—Los encontré hace unos años. Estaba en el bosque buscando trufas negras… montando a mi cerdo, Bacon —dijo, como si fuera lo más normal del mundo.

Abrí la boca para preguntar, pero Ethan me dio un codazo rápido.

—No preguntes. En serio —susurró.

—Eran solo cachorros —siguió Logan—. Huérfanos, temblando de frío. Los escondí en mi casa, les daba de comer con biberón… eran torpes, ni siquiera sabían aullar. Cuando crecieron, los llevé a una cueva en el sector norte. Iba a verlos a diario. Corríamos juntos… a veces me quitaba la ropa para sentir lo mismo que ellos. La libertad.

Volví a abrir la boca, pero la mirada de “no lo hagas” de Ethan me hizo cerrarla de golpe.

—Pero hace dos semanas, la cueva apareció vacía —la voz de Logan se volvió gélida—. No había señales de lucha. Pensé que se habían ido con una manada real. Que me habían abandonado. Pero esta mañana, cuando Thorne me dijo que había intrusos en la escuela, corrí. Y los vi.

Logan se giró hacia nosotros, y por primera vez vi el dolor real en sus ojos bicolor.

—No me reconocieron. Estaban famélicos, Tyler. Se les marcaban las costillas bajo el pelaje pegajoso. No era rabia lo que tenían en los ojos; era el hambre de quien lleva semanas en un agujero sin ver la luz.

—Por eso atacaron —murmuró Ashley.

—Exacto —asintió Logan—. Alguien los encerró. Alguien los mató de hambre, los volvió locos de desesperación y luego los soltó en la escuela como si fueran armas biológicas. Y tú, Alexis… tú sabes que un animal no cruza esos muros perimetrales por su cuenta. Alguien les abrió la puerta.

Alexis sostuvo la mirada de Logan durante un tiempo eterno. No había rastro de la desconfianza de antes.

—Te creo, Logan —dijo ella finalmente—. Pero en este pueblo, la verdad sin pruebas es solo un susurro en la niebla. Necesitamos el informe oficial. Necesitamos saber qué le hicieron a Julian para entender qué les hicieron a tus lobos.

Me crucé de brazos, sintiendo el peso de la responsabilidad. Miré hacia la biblioteca de mi padre, donde los lomos de cuero de los tratados de medicina legal brillaban bajo la lámpara.

—Mi viejo vive para esto —dije, captando la atención de todos—. No es solo un médico; es un obseso de la verdad forense. Si algo no cuadra en el cuerpo de Julian, él lo va a encontrar. No sabe mentir en sus informes.

Levanté un viejo manual de patología de la estantería y lo puse sobre la mesa.

—Si queremos saber quién soltó a esos animales, tenemos que esperar a que la bitácora de mi padre esté terminada.

El silencio volvió a la sala, pero esta vez no era un silencio de miedo. Era el silencio de un grupo que acaba de declarar una guerra privada. Estábamos esperando a que los muertos hablaran a través de mi padre.

—Pero hay algo que no tiene sentido… —dijo de pronto Alexis. Su voz cortó el aire como un escalpelo, frío y preciso.

Todos la miramos. Se había quedado petrificada, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en un punto inexistente de la alfombra, como si estuviera diseccionando un cadáver invisible.

—Si fueron los lobos los que mataron a Julian… ¿cómo entraron? —preguntó, levantando la vista lentamente. Sus ojos brillaban con una lucidez peligrosa—. Las verjas de la Academia miden tres metros y terminan en puntas de lanza. El muro perimetral es de piedra maciza.

Ethan tragó saliva con dificultad. Sus manos, pálidas y nudosas, temblaban levemente sobre sus rodillas, haciendo que la manta térmica que aún conservaba emitiera un crujido metálico.

—¿Cómo…? —repitió Ethan en un hilo de voz, como si la pregunta le pesara una tonelada.

—Es una pregunta excelente —intervine, inclinándome hacia adelante hasta que mis codos tocaron mis rodillas—. No soy experto en comportamiento animal, pero mi padre siempre dice que la escena del crimen nunca miente. Dos lobos hambrientos, por muy grandes que sean, no abren cerrojos. No manipulan sistemas de seguridad. Y, sobre todo, no esperan pacientemente a que un conserje les abra la puerta por cortesía.

Miré a los demás, buscando una chispa de lógica en mitad del caos. El silencio que siguió fue más opresivo que cualquier grito. Logan apretó los puños; sus nudillos, aún manchados de una mezcla de barro y sangre seca, se pusieron blancos como el hueso.

—Alguien los hizo sufrir —soltó Logan finalmente. Su voz era un gruñido contenido, cargado de una rabia que parecía quemarle la garganta—. A Red Velvet… a Girasol… alguien los quebró por dentro. Los utilizaron como perros de guerra para cubrir un rastro humano. Julian no murió por un ataque animal… murió por algo más.

Nadie se atrevió a contradecirlo. La lógica salvaje de Logan encajaba demasiado bien con la situación.

—Entonces —dije, bajando el tono hasta casi un susurro—, hay un depredador en este pueblo que acaba de empezar su temporada de caza.

—O quizás… algo más —murmuró Ethan.

Giramos hacia él. Ethan parecía haberse quedado sin color; su piel tenía el tono de la cera vieja. Parecía estar recordando algo que su mente había intentado enterrar bajo capas de olvido.

—Esto… me recuerda a las historias que contaba el abuelo —continuó, con los ojos fijos en la nada—. La cosa que mató a los colonos. La que busca justicia… o venganza.

Alexis rodó los ojos, aunque esta vez su gesto carecía de su habitual arrogancia. Había un rastro de duda en la comisura de sus labios.

—Ya te lo he dicho mil veces, Ethan. Esas son leyendas para asustar a los niños y mantenerlos lejos del bosque —sentenció ella, aunque su mano buscó inconscientemente el colgante que llevaba al cuello.

—Las leyendas siempre nacen de una cicatriz real —interrumpí—. Y en un lugar como este, las cicatrices nunca terminan de cerrar.

El ambiente en la sala cambió. Ya no era solo el miedo a los lobos; era la duda, esa sospecha corrosiva de que el mal que habitaba en Shadow Creek era mucho más antiguo y organizado de lo que podíamos comprender.

De repente, Ashley se levantó. El movimiento fue tan brusco que el sofá crujió y todos nos sobresaltamos.

—Necesito irme —dijo, evitando el contacto visual con cualquiera de nosotros. Sus manos temblaban mientras buscaba sus zapatos en la entrada—. Es… es demasiado. No puedo estar aquí.

—¿Ash? ¿Estás bien? —Alexis se levantó de inmediato, intentando alcanzarla, pero Ashley retrocedió un paso, como si el contacto le quemara.

—Solo necesito aire. Pensar. Estar sola —respondió Ashley con una rapidez mecánica. Se puso los zapatos con movimientos torpes y febriles. Se detuvo un segundo en la puerta y miró a Logan con una expresión indescifrable: ¿lástima?, ¿culpa?—. Siento lo de tus lobos, Logan. De verdad. Pero… tal vez sea mejor que todo haya terminado así. Para ellos. Y para nosotros.

El aire en la sala se volvió gélido. Logan levantó la cabeza muy despacio, sus ojos bicolor centelleando con una hostilidad repentina. Pero antes de que pudiera articular palabra, Ashley ya había cruzado el umbral. La puerta se cerró con un golpe seco que retumbó en las paredes de la casa como un trueno.

—¿Qué demonios le pasa? —soltó Logan, dejándose caer de nuevo en el sillón con un suspiro de frustración—. Esa chica no es normal. Hay algo en ella que… no encaja.

Iba a decir algo sobre normalidad y que él es el menos indicado para hablar de eso, pero Ethan me detuvo con un leve gesto de la mano, negando con la cabeza.

Alexis se cruzó de brazos, mirando la puerta cerrada con el ceño fruncido.

—Ha sido una mañana de pesadilla para todos —dijo, intentando recuperar el control del grupo—. Ashley procesa el trauma a través de la retirada. No la juzgues por querer estar a salvo en su casa.

Logan negó con la cabeza, sin estar convencido.

—No sé, Alexis… hay algo que no me da buena espina. Parecía aliviada de que Thorne los matara.

Sus palabras quedaron flotando en la sala como ceniza. Nadie se atrevió a negarlas porque, en el fondo, todos habíamos sentido ese extraño alivio frío en la voz de Ashley.

Miré a mis amigos. El cansancio nos estaba devorando; las ojeras de Ethan eran surcos profundos y la mirada de Logan seguía perdida en el bosque. Necesitábamos un ancla, algo que nos recordará que seguíamos vivos.

—Bueno… —dije finalmente, forzando un tono más ligero—. Ha sido un día de locos y ni siquiera es mediodía. Mi madre dejó algo de lasaña en el horno y tengo refresco en la nevera. ¿Quieren comer algo?

No esperé respuesta. Me dirigí a la cocina, consciente de que, mientras nosotros intentábamos llenar el vacío de nuestros estómagos, mi padre estaba abriendo el pecho de Julian en una morgue, buscando la verdad que nosotros, por ahora, solo podíamos imaginar...

..."

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Capitulo Veintitres: El Imperio de Exquema

Año 45 del Calendario Universal.

Año 450 en el calendario mortal de la República.

Año 1978 en el calendario de Kil.

Tres maneras de contar el mismo momento, tres civilizaciones midiendo el tiempo con instrumentos distintos, sin saber todavía que sus relojes estaban a punto de sincronizarse de la peor manera posible.

La República llevaba cincuenta años mortales construyendo sus fronteras hacia adentro. El estancamiento que había seguido a la muerte de Zhaxlor había producido algo inesperado: una época de consolidación interna que, vista desde afuera, podría confundirse con estabilidad. Pero por dentro era otra cosa. Disputas de control entre los Primigenios sobre sus territorios conquistados. Alejamiento progresivo de la República respecto a los mundos que ya no producían lo suficiente para justificar su mantenimiento. Separaciones de poder que se resolvían en los pasillos de Hixtalis con la misma lógica política que había producido a Zhaxlor, la convicción de que el poder era un fin en sí mismo.

Los Primigenios habían construido sus propias relaciones con los mortales bajo su mando. Algunos con genuino afecto. Otros con la indiferencia condescendiente de quien cuida una mascota sin llegar a respetarla. Pero todos, de una manera u otra, habían dejado de mirar hacia las fronteras de su territorio con la misma urgencia con que lo habían hecho durante los años de expansión.

Nadie en la República miraba hacia afuera. Nadie prestaba atención a lo que crecía al otro lado del universo. Al otro lado del universo, el Imperio de Exquema llevaba un año surcando el espacio interestelar.

La Operación Mar del Cosmos avanzaba despacio y con cuidado, como correspondía a una civilización que entendía que el cosmos no se conquista con prisa sino con método. En ese único año, el Imperio había reclamado varios exoplanetas deshabitados y había hecho contacto con mundos que albergaban vida inteligente, muchos de ellos todavía en etapas medievales de desarrollo, con sus propios reyes y sus propios dioses tangibles que caminaban entre sus súbditos con la naturalidad de lo que siempre había sido normal para esa gente. Dante sabía exactamente lo que encontraría.

Lo había visto durante dos años de viaje por el cosmos antes de llegar a Faizus. Lo había visto en cada mundo que visitó durante ese tiempo: la misma estructura repetida en infinitas variaciones. Dioses que exigían devoción. Mortales que la entregaban. Una cadena invisible que llamaban fe pero que funcionaba como sometimiento. Esta vez tenía los medios para hacer algo al respecto.

Su forma de proceder era metódica y siempre comenzaba igual: la palabra antes que la espada. A cada mundo que alcanzaba la flota imperial, Dante ofrecía los mismos términos. El Imperio les daría tecnología, protección y la oportunidad que nunca habían tenido de gobernarse por su propia fuerza. A cambio, debían abandonar las estructuras religiosas que los mantenían atados a sus dioses y reconocer la soberanía imperial. Para los mortales de esos mundos, la propuesta era desconcertante. Para sus dioses, era una amenaza existencial.

Y los dioses que se negaban encontraban a Dante personalmente. No los enviaba a negociar con un embajador ni los amenazaba desde la distancia de una nave orbital. Iba él. Con aquella espada negra que había llevado desde Solaris, la misma con la que había matado a su padre en la sala del trono de Sulcalir, la misma que había usado en Servanther bajo las órdenes de Zhaxlor cuando era demasiado joven y demasiado roto para negarse. Ahora la usaba por elección propia.

Muchos dioses cayeron ante ella. Algunos con dignidad. Otros con la sorpresa genuina de criaturas que nunca habían concebido su propia mortalidad porque nadie a su alrededor había sido capaz de hacerla real. La visión de un dios sangrando y muriendo hacía algo irreversible en los mortales que la presenciaban: quebraba el fundamento sobre el que habían construido toda su comprensión del mundo. Y cuando ese fundamento se quebraba, lo que venía después era o el colapso o la liberación, dependiendo de qué tan profundo había calado el miedo en cada persona.

Dante prefería la liberación. Pero no esperaba a que llegara sola. Había algo en él que reconocía sin nombrarlo, un residuo de todo lo que Zhaxlor le había hecho y que el tiempo y el poder no habían disuelto del todo. Cuando mataba a un dios que se negaba a ceder, no todo en ese acto era ideología imperial. Algo era más viejo y más personal. Lo sabía. Y lo ignoraba con la misma determinación con que había aprendido a ignorar muchas cosas durante su vida.

Los mundos que resistían más terminaban cayendo de todas formas. Los que aceptaban por convicción propia florecían con una velocidad que confirmaba lo que Dante había creído desde aquella primera noche en Faizus: que la fuerza mortal, cuando no estaba encadenada, era capaz de cosas que ningún dios podía predecir ni controlar.

La bandera del Imperio se extendió por los territorios opuestos a las fronteras republicanas. Un dragón de tres cabezas, uno central rugiendo con las fauces abiertas y dos laterales en vuelo, visible en cada mundo que el Imperio reclamaba como suyo. La espada negra recibió un nombre. Lamento.

Dante lo adoptó como lo que era, un juicio pronunciado sobre cada vida que esa hoja tomaba. No con remordimiento sino con la frialdad de quien ha decidido que las cosas deben llamarse por lo que son.

Para el año 1979, a sus veintisiete años universales y veinte como gobernante, el Imperio de Exquema se había convertido en la segunda potencia espacial más grande del universo conocido. Su flota crecía con cada conquista. Su ejército se nutría de los mundos que se sumaban voluntaria o involuntariamente a su orden. Sus fronteras se expandían hacia el único sector del cosmos que todavía no había tocado. El sector que la República llamaba suyo.

El año 1981 llegó con la misma frialdad de todos los inviernos de Kil. Y en algún punto de la frontera republicana, en un planeta colonial llamado Elisium que ni la República ni el Imperio consideraban particularmente importante, las avanzadas imperiales detectaron algo que no estaba en sus mapas. Una frontera que no habían puesto ellos. Dante recibió el informe en el puente de su nave insignia y lo leyó dos veces antes de responder.

Luego ordenó poner rumbo a Elisium. Lo que ocurrió a continuación no tuvo nombre oficial durante años. Los registros republicanos lo llamaron invasión. Los registros imperiales lo llamaron expansión. Los mortales que vivían en los mundos fronterizos y que pagaron el precio de ese encuentro no lo llamaron de ninguna manera porque la mayoría no sobrevivió para contarlo. La historia lo llamaría la Primera Guerra de las Divinidades...

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PALABRAS CON H

  • h muda. En general, la h es muda en español, lo que implica dificultades a la hora de saber cuándo se debe escribir. No obstante, hay algunos contextos en los que se escribe h:

  • huella**, marihuana, fideuá,** ^U^güevo**.** Ante ua, ue, ui, tanto en inicial de palabra como en posición interior a comienzo de sílaba: ahuecar, alcahuete, aldehuela (diminutivo de aldea), cacahuete, chihuahua, deshuesar, hueco, huelga, huerto, hueso, huésped, huevo, huir, marihuana, vihuela… Son excepciones voces como Uagadugú, alauí, saharaui, fideuá, Malaui… En general, salvo en pares como marihuana y mariguana y algunos americanismos como huaca/guaca, no es correcta la grafía con g: ^U^güevo, ^U^güeso

  • hiato**, hielo.** Ante ia, ie a principio de palabra: hiato, hiedra, hiel, hielo, hiena, hierático, hierba, hierro (sobre casos como yerba, ➤ O-35).

  • ah**, uh.** Al final de algunas interjecciones: ah, eh, oh, uh, buah

  • Otros casos:

  • deshacer**, pero desechar.** Se escriben con h las formas con el prefijo des- unido a bases con h-: deshacer, desheredar o deshonra, frente a desechar.

  • enajenar**, pero enhebrar.** Se escriben sin h palabras como enajenar, enardecer, enorgullecer, pero con h palabras como enhebrar, enhiesto o enhorabuena.

  • exhausto**, pero exuberante.** Se escriben con h exhalar, exhausto, exhibir, exhortar, exhumar… En cambio, se escriben sin h palabras como exacto, exacerbar, exagerar, examen, execrable, éxito, éxodo, exonerar, exorbitante, exorcismo, exótico, exotismo, exuberante

  • inhalar**, pero inodoro.** Se escriben con h palabras con in- como inhalar, inhibir o inhumano, pero sin ella otras como inicuo, inocuo, inodoro, inopia

  • armonía**, mejor que harmonía.** Algunas expresiones se pueden escribir con h o sin ella. En general, se da preferencia a las grafías sin h a pesar de que en algunos casos no sean las mayoritarias en el uso: ala/hala (interjección), ale/hale, alacena/alhacena, alelí/alhelí, armonía/harmonía, arpa/harpa, arpía/harpía, arpillera/harpillera, baraúnda/barahúnda, bataola/batahola, boardilla/bohardilla, desarrapado/desharrapado, ey/hey, sabiondo/sabihondo, uy/huy.

  • hámster**.** En algunas palabras de origen extranjero, la h se pronuncia aspirada (➤ P-3): hachís, haiku, hámster, hándicap, Hawái

LL O Y

  • Se escriben con ll:

  • alcantarilla**, anillo.** Salvo muy pocas y muy raras excepciones, las palabras terminadas en -illo e -illa: alcantarilla, anilla, anillo, cucharilla, gatillo, hebilla, ladrillo, morcilla, monaguillo, ovillo

  • estrellar**, bullir.** Los verbos de uso general terminados en -ellar, illar, -ullar, -ullir: atropellar, estrellar, mellar, sellar, chillar, humillar, apabullar, aullar, maullar, bullir, engullir, escabullir

  • se calló**.** Las formas de verbos que tienen ll en su infinitivo, como los anteriores y otros: bulló (de bullir), se escabulleron (de escabullirse), se calló (de callarse)…

  • Se escriben con y:

  • adyacente**, subyacer.** Las palabras en las que el sonido [y] sigue a los prefijos ad-, des-, dis- y sub-: adyacente, coadyuvante, desyemar, disyuntivo, subyacer, subyugar

  • yendo**, cayó.** Las formas pertenecientes a verbos que no tienen y ni ll en el infinitivo, como yendo (de ir), cayó (de caer), creyera (de creer) o huyeron (de huir).

M O N

  • imberbe**, pero invitar.** Se escribe m ante p y b (amparo, comparar, cumpleaños, rumba, imberbe…), pero n ante v (enviar, invitar, convite, convoy…), pese a que la pronunciación de la m y la n en estos contextos es, en general, la misma, esto es, como [m] (➤ P-1). Las únicas excepciones son los derivados de apellidos extranjeros, como steinbeckiano, y las siglas ANBA (Academia Nacional de Bellas Artes).
  • embotellar**, simpa, invisible.** La n pasa a m cuando aparece ante b o p en casos de prefijación y composición: ciempiés (de cien + pies), embotellar (de en + botella + ar), imposible (de in + posible), simpa (acortamiento de sin pagar)… También se escribe m al adaptar nombres propios que contienen las secuencias nb o np, como en Camberra (en inglés Canberra). No se escribe m, en cambio, ante v: invisible (de in- + visible).

R O RR

  • arena**, comer, alrededor.** Se escribe r:

  • En posición intervocálica con pronunciación suave: cara, arena.

  • A final de sílaba y palabra: ardilla, comer.

  • Tras consonante, incluidas l, n, s, z: brazo, creencia, madre, cofre, negro, kraken, alrededor, enredar, problema, disruptivo, troglodita, Azrael.

  • carro**, infrarrojos, superrico.** Se escribe rr:

  • En posición intervocálica de palabras simples con pronunciación fuerte (➤ P-1): carro, chirriar, ahorro.

  • En los casos de prefijación y composición cuando la r- inicial del segundo elemento queda en posición intervocálica: hazmerreír, infrarrojos, cazarrecompensas, prerreserva, multirracial, vicerrector, bajorrelieve.

  • En los casos de prefijación y composición donde un elemento que acaba en -r se junta con uno que empieza por r-, como en interracial o superrico.

W

  • waterpolo**, sándwich, Witiza, Wagner.** En español, se escribe w en préstamos de otras lenguas. En general, la w se pronuncia [gu] o : hawaiano, sándwich, waterpolo, web, wéstern. No obstante, se pronuncia como en algunos casos: nombres de origen visigodo (Witiza, Wamba), préstamos, topónimos y antropónimos de procedencia alemana, así como polaca y holandesa (Wagner, wolframio, Kowalski, Van der Weyden), y en algunos otros nombres propios extranjeros y en sus derivados (Kuwait, hollywoodiense).

  • suajili**, pero taekuondo/taekwondo.** A veces, cuando un extranjerismo contiene una w en interior de palabra que representa el sonido , se adapta con u: suajili, suéter, Zimbabue, Malaui, Lilongüe… No obstante, algunas palabras admiten también la grafía con w: laurencio/lawrencio, taekuondo/taekwondo

  • wiski frente a güisqui. Los extranjerismos en los que la w representa el sonido [gu] (o ) pueden adaptarse con w o escribirse con g, como ha ocurrido en guachimán (de watchman). No obstante, las adaptaciones con g suelen causar rechazo entre los hablantes al distanciarse más de la voz original, por lo que a menudo se opta por las grafías con w. De ahí que, por ejemplo, se prefiera wiski a güisqui como adaptación de whisky. Para nuevas adaptaciones en las que no haya una forma asentada, se aceptan las dos posibilidades, como en guasap y wasap (➤ GLOSARIO).

Y O I**

  • 32 aire**, jersey, y, haylas.** En general, la vocal /i/ se representa con la letra i: aire, indio, sexi. No obstante, se usa y con este valor en algunos casos:

  • A final de palabra después de vocal cuando la /i/ es átona: jersey, yóquey, Uruguay, hay, hoy, buey… Excepciones: samurái, bonsái, senséi…, que también pueden escribirse con y.

  • En el caso de la conjunción y: Juan y Antonio.

  • En las formas verbales en -y a las que se les añade un pronombre detrás: haylas en Haberlas, haylas, y otras formas arcaizantes como doyte o voyme (➤ G-72).

  • En derivados de nombres propios (➤ O-239): byroniano (de Byron).

  • En siglas, incluso cuando pasan a escribirse con minúsculas: YPF, pyme.

  • En palabras —sobre todo nombres propios— que conservan grafías antiguas con y vocálica en interior o principio de palabra: Reyno de Navarra, Ynduráin, Ýñigo, Aýna…

  • espráis**, no** ^U^esprays**.** No se usa y en palabras como reina (no ^U^reyna) o espráis (plural de espray, no ^U^esprays) ni en aquellas palabras que terminan en /i/ tónica: sonreí, alauí, berbiquí… Solo en el caso de muy, la /i/ se escribe como y a pesar de que en algunas zonas es tónica ([muí]).

  • penalti**, no** ^U^penalty**; Toni, no** ^U^Tony**.** Se debe usar i en los extranjerismos adaptados, como penalti o dandi (no ^U^penalty ni ^U^dandy), en hipocorísticos españoles, como Toni o Mari (no ^U^Tony ni ^U^Mary), y en la transcripción de nombres propios procedentes de lenguas con alfabeto no latino, como en Chaikovski.

  • hierba/yerba**, pero hielo, no** ^U^yelo**.** Puesto que la i ante vocal se pronuncia de una manera muy similar a [y], hay casos en los que alterna el uso de i e y, como ocurre en los siguientes pares (la primera forma corresponde a la grafía preferida): hiedra/yedra, hierba/yerba, hierbabuena/yerbabuena, yatrogenia/iatrogenia, yodo/iodo. En cambio, se aceptan solo las grafías con hi- en las formas de los verbos que empiezan por h, como herir, helar, hervir, herrar o heder: hiero, hielo, hiervo, hierro, hiedo… Se escriben también con hi*-* voces como hierro ‘elemento metálico’ (no ^U^yerro), hielo ‘agua congelada’ (no ^U^yelo), hiena, hierático

  • veintiuno**, noventayochismo/noventaiochismo.** Se utiliza i, y no y, en los numerales complejos formados con y cuando se escriben en una sola palabra (➤ O-241): veintiuno, treintaiuno, cuarentaiuno, cincuentaiocho… Solo se acepta la escritura con i o con y en los derivados de numerales que dan nombre a movimientos y a sus seguidores: noventayochismo/noventaiochismo (de la generación del 98), sesentayochista/sesentaiochista (de la revolución del 68).

PALABRAS CON SECUENCIAS DE VOCALES Y CONSONANTES

  • Simplificación de vocales iguales. En las secuencias de vocales iguales que aparecen en palabras prefijadas y compuestas, es posible, en general, reducir a una las dos vocales en la escritura, siempre y cuando la simplificación esté generalizada en el habla y la forma resultante no pueda confundirse con otra palabra de distinto significado. Estos son algunos de los casos en los que hoy se admite la simplificación (siguiendo lo que ya ha ocurrido en formas asentadas como drogadicto, paraguas, telespectador, decimoctavo o monóculo):

  • contraatacar/contratacar**, portaaviones/portaviones.** En palabras con los prefijos contra-, extra-, infra-, intra-, meta-, para-, supra-, tetra-, ultra- y en los compuestos: contraanálisis/contranálisis, contraargumentar/contrargumentar, contraatacar/contratacar, extraabdominal/extrabdominal, portaaviones/portaviones.

  • preescolar/prescolar**, cubreesquinas/cubresquinas, ees/es.** En palabras con los prefijos o elementos compositivos pre-, re-, requete-, sobre-, tele- o vice-, y en los compuestos: reelegir/relegir, reemplazar/remplazar, preestreno/prestreno, preescolar/prescolar, sobreentender/sobrentender, cubreesquinas/cubresquinas. Para el plural de la e, se prefiere es a ees.

  • antiincendios/antincendios**.** En palabras con los prefijos o elementos compositivos anti-, di-, mini-, multi-, pluri-, poli-, semio toxi-: antiincendios/antincendios, miniindustria /minindustria, multiidioma /multidioma, poliinsaturado /polinsaturado

  • macrooperación/macroperación**, cooperar/coperar.** En palabras con los prefijos o elementos compositivos del tipo de auto-, dermo-, electro-, endo-, euro-, foto-, germano-, gineco-, hemato-, lipo-, macro-, magneto-, micro-, mono-, pro-, proto-, (p)sico- o quimio-: macrooperación/macroperación, microobservación/microbservación… También con co- en cooperar/coperar y coordinación/cordinación y palabras de sus familias, como cooperativa/coperativa o coordinar/cordinar.

  • obsceno**, pero oscuro mejor que obscuro.** Aunque la b tiende a relajarse (➤ P-23, a), el grupo -bs- ante consonante se pronuncia [bs] en palabras como abstemio, abstener, abstracto, obsceno, obstáculo, obstar, obstetricia, obstinar, obstruir y derivados y en expresiones relacionadas con estas (abstención, abstraer, no obstante, obstrucción…). Se recomienda, en cambio, su reducción a s en oscuro, suscribir, sustancia, sustantivo, sustituir, sustraer y expresiones relacionadas, como oscuridad, oscurecer, suscripción, suscrito, insustancial, sustituto, sustitución, sustracción, sustrato

  • cnidario/nidario**, gnomo/nomo, mnemotecnia/nemotecnia.** Los grupos consonánticos cn-, gn-, mn-, pn- representan hoy el sonido [n]. En el uso culto se escriben cn-, gn-, mn- y pn-, pero se admite la escritura con n- (salvo en nombres propios griegos: Cnosos, Mnemosine…): cnidario o nidario, gnomo o nomo, gneis o neis, gnosticismo o nosticismo, mnemotecnia o nemotecnia, pneuma o neuma… En algunos casos, la grafía con simplificación es la única admitida hoy: neumático, neumococo, neumonía

  • consciente**, constipar.** Aunque el grupo -ns- ante consonante tiende a relajarse y simplificarse (➤ P-23, h), se mantiene en la pronunciación cuidada y no se debe reducir, en principio, en la escritura: consciente, inconsciente, construir, constelación, menstruación, monstruo, circunstancia, constipar, inspirar, instinto, instituto, instrumento, instigar… (para el caso de consciencia y conciencia, ➤ GLOSARIO).

  • trastienda**, transformar/trasformar, transexual.** En español hay palabras que solo se pueden escribir con tras-, otras que se pueden escribir con trans- o tras- y otras que solo se pueden escribir con trans-: a. Se usa tras-:

Cuando el prefijo significa ‘detrás de’: trastienda, trasaltar, trascoro, traspatio…

  • En otros casos concretos y en sus derivados, como trasfondo, trashumar, traslapar, trasluz, trasmano, trasnochar, trasoír, traspapelar, traspasar, traspié, trasplantar y trasplante (aunque son comunes en algunas zonas transplantar y transplante), trasquilar, trastabillar, trastornar, trast®ocar.

  • Se usa trans- o tras-:

  • Ante consonante: transbordo o trasbordo, transcendencia o trascendencia, transcribir o trascribir, transferir o trasferir, transformar o trasformar, transgredir o trasgredir, translúcido o traslúcido, transmitir o trasmitir, transparente o trasparente, transponer o trasponer, transpuesto o traspuesto, etc.

  • En derivados creados en español: transatlántico o trasatlántico, transnacional o trasnacional, transoceánico o trasoceánico, etc.

  • Se usa trans-:

Cuando el prefijo se une a palabras con s-: transexual, transiberiano, transustanciación

Ante vocal, cuando trans- no puede analizarse como prefijo: transeúnte, transición, transistor

  • psicología/sicología**.** El grupo ps - en posición inicial representa el sonido (s). En esa posición, no es normal hoy la pronunciación (ps). En el uso culto se escribe ps - (salvo en seudología, seudónimo, seudópodo), pero se acepta la escritura con s - : psicología o sicología, psicosis o sicosis, psiquiatra o siquiatra, psitacismo o sitacismo, pseudoprofeta o seudoprofeta, psoriasis o soriasis… Cuando este grupo aparece a final de palabra, no hay simplificación en la pronunciación, como en el caso de bíceps.
  • pterodáctilo/terodáctilo**, aceptar, septiembre/setiembre.** En posición inicial, el grupo pt - representa el sonido (t) y se puede escribir pt - (en el uso culto) o t -: pterodáctilo o terodáctilo, ptolemaico o tolemaico, Ptolomeo o Tolomeo, ptosis o tosis… (en algunos casos ya solo se acepta la grafía con t: tisana, tisis o tomaína). En posición intermedia, el grupo pt representa en la pronunciación culta los sonidos (pt) y no se debe escribir solamente t: abrupto, aceptar, adepto, apto, concepto, críptico, escéptico, óptimo, perceptible… Solo en casos como septiembre y ptimo se admiten las grafías y pronunciación simplificadas: setiembre y timo.
  • doscientos**, no** ^U^docientos**; consciente, no** ^U^conciente**.** El grupo sc se pronuncia [sz] en zonas no seseantes, pero (s) en zonas seseantes. En cualquier caso, este grupo no debe reducirse en la escritura: doscientos (no ^U^docientos), trescientos (no ^U^trecientos) o consciente (no ^U^conciente). Sobre consciencia y conciencia, ➤ GLOSARIO.
  • poselectoral**, pero postsimbolismo.** El grupo - st - al final de sílaba (ya sea en mitad de palabra o al final) suele pronunciarse como (s). En posición intermedia solo aparece en istmo y sus derivados y en palabras con el prefijo post -. En este caso se recomienda usar pos - ante vocal o cualquier consonante, excepto s: posdata, poselectoral, posgrado, posindustrial, posmoderno, posoperatorio, posparto, postraumático, posverdad, etc., pero postsimbolismo, postsoviético, etc. El grupo st también puede aparecer a final de palabra: test, pódcast.
  • tsunami/sunami**.** El grupo inicial ts-, que se pronuncia generalmente como (s), se puede reducir en la escritura. Así, son igualmente válidas las grafías tsunami y sunami.

EXPRESIONES CON GRAFÍAS PROBLEMÁTICAS

  • adonde / a donde y adónde / a dónde. Hoy se admiten las dos grafías en los pares adonde / a donde y adónde / a dónde: Síguele adonde / a donde vaya; ¿Adónde / a dónde vas?
  • adondequiera**, dondequiera, quienquiera, comoquiera, cuandoquiera.** Cuando estos elementos indican indistinción, se escriben en una sola palabra: Te seguiré adondequiera que vayas; Dondequiera que esté lo encontraré; Pregúntale a quienquiera que lo sepa. Se escriben en varias palabras cuando los elementos que los forman conservan su significado pleno: Llévale adonde quiera su madre; Dile que lo ponga donde quiera Juan; Que venga quien quiera venir a divertirse.
  • a ver y haber:

a. Se escribe a ver:

La combinación de a y ver con su sentido literal: Fue a ver a su abuela; He empezado a ver la película; Las llevaron a ver el museo.

En oraciones que empiezan por a ver si…: A ver si vienes más a menudo; A ver si lo sabes.

Cuando va seguido de interrogativo en casos como A ver quién lo sabe; A ver cuántos países te sabes.

Como expresión independiente con distintos valores: A ver, ¿qué te pasa?; ¡A ver! ¿Se quieren callar?; A ver, dame el cuaderno; ¿A ver? ¡Qué bonito!; A ver, resulta que no lo había hecho.

b. Se escribe haber:

En construcciones en las que aparece el infinitivo haber, también como auxiliar: Parece haber alguien; No se puede aprobar sin haber presentado el trabajo; Debería haber llegado el correo ya; Para haber escrito tan rápido el poema, no te ha quedado mal.

En construcciones con «haber + participio» con las que se reconviene sobre alguna situación pasada (➤ G-53, d): Haber venido antes; Haberlo dicho en su momento.

  • conque y con que. Se escribe conque la conjunción con valor similar a así que que aparece en casos como Es peligroso, conque mucho cuidado; Conque sí, ¿eh?; ¡Conque no lo sabías…! Se escribe con que la combinación de la preposición con y la conjunción que: No me vengas con que no lo sabías; Me encuentro con que se lo habían llevado; Con que me pagues la mitad, está bien. Asimismo se escribe con que cuando equivale a con el/la/los/las que (➤ G-166): No es ese el sentido con que se usa esa expresión [= con el que…].
  • porque y por que. Se escribe porque cuando este elemento introduce una causa: Lo hice porque quería; Se alegra porque Juan por fin ha vuelto; Está preocupado porque Isabel lleva unos días sin llamar. Se escribe obligatoriamente por que cuando esta secuencia introduce un segmento que no expresa causa, como en Se caracteriza por que no come por la boca, y cuando que es un relativo y la expresión equivale a por el/la/los/las que (➤ G-166), como en La razón por que no puedo hacerlo es esa [= por la que…].
  • porque o por que. Se puede escribir por que o porque en contextos en los que se expresa una reacción orientada hacia el futuro. Esto es normal en construcciones con apostar, brindar, votar, rogar, rezar, esforzarse, pelear, dar la vida, preocuparse (por algo del futuro): Brindaron por que / porque le fuera muy bien; Se preocupa por que / porque todo el mundo esté bien.
  • por qué y porqué. Se escribe por qué en las preguntas directas e indirectas y como relativo tónico (➤ O-70): ¿Por qué haces eso?; Me preguntó por qué lo había hecho así; No tienes por qué hacerlo así. Se escribe porqué el nombre que significa ‘razón, motivo’: No entiendo el porqué; Me preguntó el porqué de mi mal comportamiento. En casos como Me preguntó el por qué lo había hecho así, se recomienda prescindir del artículo: Me preguntó por qué lo había hecho así...

..."

12
 
 

A nadie le sorprendió encontrar el cuerpo. No porque fuera algo común —no lo había sido nunca, al menos no al principio—, sino porque el mundo llevaba demasiado tiempo enseñándoles que la sorpresa era un lujo inútil. El polvo cubría todo por igual: piedras, restos de edificios, huellas antiguas y aquello que yacía inmóvil junto al camino seco. El viento arrastraba un olor indefinido, mezcla de óxido, humo viejo y algo más difícil de nombrar.

Uno de ellos se detuvo primero. No dijo nada. Los demás lo imitaron sin preguntar. Así funcionaban las cosas desde hacía años: nadie necesitaba explicaciones cuando el silencio ya las había dado.

Era pequeño. Demasiado liviano para el tamaño del mundo que lo rodeaba. No tenía daños en ningún lado, pero estaba inmóvil.

—Parece reciente —murmuró alguien, no con compasión, sino con la misma neutralidad con la que se evalúa una tormenta lejana.

Otro se encogió de hombros.

—Todo es reciente ahora —dijo antes de mirar detenidamente el cuerpo desde diferentes partes—. Alguien se entretuvo.

No hubo plegarias. Tampoco palabras solemnes. Alguien comentó que el sol caería pronto y que sería mejor avanzar antes de que la noche trajera consigo aquello que se movía cuando nadie miraba directamente. El cuerpo fue cubierto, levantado con cuidado práctico y cargado sin ceremonia. No por respeto, sino por costumbre.

Caminaron durante horas.

El paisaje no cambiaba, sólo se repetía con ligeras variaciones: colinas erosionadas, estructuras partidas a la mitad, señales antiguas que ya no señalaban nada. A lo lejos, en algún punto imposible de medir, algo enorme se desplazaba lentamente. No hacía falta verlo con claridad para saber que estaba ahí. Nadie lo señaló. Nadie preguntó si se acercaba o se alejaba. Eso tampoco importaba.

Al caer la noche, encendieron una fogata pequeña, discreta. El fuego atraía miradas, y las miradas solían traer consecuencias. Se sentaron alrededor, cansados, agradecidos de haber llegado a un lugar donde el suelo no temblaba y el aire no gritaba.

Cenaron en silencio.

No fue una comida abundante, pero fue suficiente. Alguien comentó, casi con alivio, que llevaban demasiado tiempo sin encontrar nada. Otro asintió y dio gracias —no a nadie en particular, sólo al hecho de seguir respirando. El fuego crepitó. El mundo permaneció indiferente.

Más tarde, cuando el cansancio empezó a vencer incluso al miedo, uno de ellos recordó el inicio del viaje.

No lo dijo en voz alta, pero los recuerdos no pedían permiso.

Habían sido muchos al principio. Demasiados, incluso. La ciudad aún existía entonces, o al menos seguía en pie lo suficiente como para que la gente creyera que podía salvarse algo. Recuerda el sonido primero: no un rugido, sino una presión, como si el aire mismo estuviera siendo aplastado. Luego la sombra. Luego la certeza.

No hubo nombre para aquello. Nunca lo hubo. Describirlo era más fácil que entenderlo: inmenso, lento, imposible de abarcar con la mirada. No atacó con furia. No la necesitaba. Simplemente avanzó, y la ciudad dejó de estar donde había estado siempre.

Corrieron.

Algunos cayeron al instante. Otros sobrevivieron lo suficiente como para darse cuenta de que no lo harían por mucho tiempo. El grupo se fue reduciendo día tras día, herida tras herida, decisión tras decisión. Cuando alguien ya no podía seguir, no había discusiones. El camino no permitía sentimentalismos prolongados.

Así fue como aprendieron.

Lo que hicieron junto a la fogata no fue distinto de lo que habían hecho antes, ni de lo que harían después. El mundo no castigaba ni recompensaba; sólo respondía a la coherencia. Y ellos habían aprendido a ser coherentes.

Antes de dormir, uno de ellos observó el cielo. Las estrellas seguían ahí, pero ya no parecían distantes ni ajenas. Parecían demasiado cercanas, demasiado atentas. Como si el universo entero hubiera inclinado ligeramente la cabeza para observar qué hacían esas pequeñas figuras alrededor del fuego.

—No existe la moral absoluta —dijo alguien, casi como una broma cansada.

Nadie respondió. No hacía falta.

El fuego se apagó poco a poco. En la oscuridad, algo se movió muy lejos, con la paciencia de quien sabe que siempre habrá...

... "

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13
 
 

Elena (forma humana) junto a una agotada Linda llegan por un portal a la entrada del edificio de san Antonio 80, se encuentran con Jorge que esta terminando de barrer el suelo de la entrada, este las saluda cariñosamente con un abrazo a ambas para luego conversar con ellas.

-Me alegra que hallan vuelto a salvo, Linda te veo agotada quien te dejo en este asi.

Linda con problemas para recuperar el aliento, no pudo responder. La Muerte respondió.

-Abuelo Jorge, se enfrento a Demetrios, ambos terminaron empatando y en el mismo estado.

Jorge toma la mano a Linda, pide permiso a la Muerte para ayudarla.

-Por favor déjame llevar a Linda de compras conmigo, planeo cocinar para el almuerzo la sopa picante que tanto les gusta a todos ustedes.

A Elena le brillaron los ojos, como niña pequeña, antes de nada le pregunto a Jorge.

-¿Donde esta la abuela Marta?.

Este respondió, entre serio y alegre.

-Ella esta en el continente de los orcos ellos tienden, a pelear entre ellos con sus ejércitos, la abuela fue a “disuadirlos” otra vez por orden del jefe Guerra.

Muerte responde no aprenden, para luego, ordenar a Linda acompañar a Jorge de compras para los ingredientes de la sopa picante para el almuerzo.

Antes de salir de compras Jorge y Linda, Destino sale afuera del edificio, le avisa a Elena que debe entrar a su departamento. Esta entra, en el esta Marcos, todos listos para empezar la ejecución del payaso demoniaco rojo.

Se observa el escritorio de Destino, Marcos estaba a su lado de pie, finalmente Elena en medio del departamento con su forma de parca con su hoz en mano lista para la ejecución.

El alma del payaso esta en un frasco, sobre el escritorio de Destino, antes de comenzar comienzan a tirar chistes malos, comienza Elena.

-Veo que se acabo la función sin empezar Payaso.

Destino aporta otro mas.

-Elena tu chiste es tan malo, que me matara.

Marcos se une.

-Silencio, este demonio no merece ese nombre.

Elena con otro chiste malo.

-Marcos, tus comentarios me mataran, si continuas.

Destino se pone serio, ordena la ejecución del payaso finalmente, Elena pone cara de asco deja su hoz una pared del departamento para tomar la escoba que esta cerca de la entrada.

-No ensuciare mi hoz favorita con un demonio que llora.

Destino ríe a carcajadas abre el frasco que libera al alma del payaso, toma forma física y queda paralizado, este ejecuta su ultimo patético acto.

-Imploro piedad, no me ejecuten.

Elena asqueada lo ejecuta, seguido se dirige a un mueble, toma un frasco de alcohol desinfectante de 96 grados, y desinfecta la escoba con elegancia.

Destino y Marcos asqueados toman el frasco, le piden el alcohol a la Muerte, proceden a desinfectar el frasco entre los dos de manera obsesiva.

Luego de terminar la limpieza, Destino miro seriamente a Marcos.

-Marcos espero no hallas puesto otra recompensa errónea, a otros demonios perdedores. Ya que el Cazador furtivo quedo frustrado por la vulnerable resistencia mental del payado demoniaco rojo.

Marcos intenta contra argumentar.

-Ultima vez Destino, no recuerdo si puse puse otra a los buitres rojos carmesí, Skoll y Hati no recuerdo bien (comienza a silbar girando su cabeza).

Destino mira molesto ya que sospecha, que lo volvió a hacer otra vez, pero …

Elena (en su forma humana) interrumpe elegantemente la reprimenda a Marcos, ella seria ahora, informa la situación ocurrida en la cárcel de al seguridad que ataco Demetrios.

-Deténganse, me preocupa Eduardo, su maldición de recibir el dolor de las almas que vuelven a su cuerpo. Demetrios uso su fuego místico en varios prisioneros.

Marcos ya serio le responde a la Muerte.

-El fuego místico quema cuerpo y alma, debe estar inconsciente ahora.

Muerte toca otro tema importante.

-Linda y Demetrios quedaron fatigados, conocemos bien a ese demonio, volverá rápido.

Destino serio, propone donde puede atacar el demonio, donde es mas probable que sean iglesias de la comuna.

Eduardo y Pedro llegan a la entrada del edificio al mismo tiempo que el portal de Marta aparece, llega cansada donde ambos la abrazan con mucho cariño.

-Vida y Amor, no se preocupen, tendré 1450 años y sigo siendo un dragón rojo poderoso.

Eduardo muy alegre le pregunta como le fue con su ultima labor a lo cual esta le responde.

-Vida, esos orcos, son unos cabeza dura, me vi obligada a usar mi fuego como segunda advertencia.

Pedro triste por los orcos, mira a Marta.

-Abuela, me siento mal por ellos, ¿porque no aprenden a vivir en paz?.

Marta mueve su cabeza, revelando una verdad.

-Por los orcos el jefe Guerra, tiene mas trabajo del normal, hacen aun mas difícil su trabajo.

Los tres golpean la puerta del departamento de Destino. Elena abre la puerta y le da un suave golpe correctivo en la cabeza a Eduardo junto a Amor apenas entran, molesta comenta.

-Vida, comunícate conmigo, me preocupe. Y Amor, porque no te comunicaste para avisarme.

Eduardo explica lo sucedido con el padre Clark donde le curo su maldición, todas las entidades sonríen.

Destino ríe levemente y comenta.

-Bien, me alegra que estén acá ustedes y sobre todo tu Vida, Amor sobre la labor que te encargue vas a necesitar ayuda de ultimo momento.

Marta solo con mirar la cara de este, entendió.

-No me digas, se complico todo, y el jefe Guerra pidió mi ayuda.

Eduardo se unió, seriamente añade.

-Si me necesitas es que en esa reunión, Amor va a cansarse mucho calmando los sentimientos negativos, para recuperarlo a el.

Marcos se une.

-Amor, solo no puedes hacer esto, hay alto riesgo de que estalle una guerra de mafias, por eso sugerí que la abuela Marta se involucrara junto a Vida.

Los tres se dirigen al lugar de la reunión, en algún lugar clandestino de Santiago centro. Ya enfrente del edificio de la reunión Marta se quedo sentada en una banca esperando su participación, en lo que Eduardo junto a Pedro invisibles, siguen a un grupo de peones mezcla de las cuatro mafias de la reunión.

Caminaron por largos pasillos hasta llegar a la sala de la reunión, donde estan los cuatro peces gordos, en una mesa redonda. El ambiente era previo a una guerra entre dos grandes ejércitos medievales.

Los lideres de la mafia siempre se han odiado a muerte, nunca tuvieron tolerancia entre ellos ni menos soportan criticas de los otros. Pedro se concentro esparciendo una potente aura de paz y calma que envuelve a los cuatro lideres con Eduardo pendiente para darle mas fuerzas en caso de emergencia, esta con gran dificultad hacia efecto.

Comenzó la reunión de la paz entre los cuatro: Don “cacho” Valenzuela que rige Barrio Meiggs, El “tuerto” Iturra que rige el casco histórico de Santiago, Gabriel “el zar” Lagos que rige el barrio Franklin junto al Bio Bio y Matías “el patrón” Quintanilla que rige el barrio Lastarria junto al Bellas Artes.

Valenzuela acusa que Iturra le robo drogas de alta calidad asesinando a sus hombres en el proceso donde Iturra le reclama energético que ellos asesinaron a cinco de sus hombres primero. Esto provoca que Amor se esfuerce mas, lo que difícilmente afecta a los dos.

El ambiente se puso cada segundo mas tenso donde la mas mínima chispa, hace estallar la guerra, Pedro se sobre esforzó concentrándose logrando unas disculpas mutuas. Entonces Gabriel Lagos golpeo la mesa con sus dos manos, quejándose con ambos que incendiaron una casa de apuestas en sus territorios, volviendo el ambiente agresivo.

Pedro con signos de cansancio y su respiración agitada, usando la ayuda de Eduardo, para regenerar sus fuerzas logro que Gabriel Lagos se disculpe por su actitud reciente. Matías Quintanilla en tono sarcastico y de burla apaga el fuego con bencina.

-Trio de hipócritas, por dentro se quieren destrozar entre ustedes.

Esto elevo la agresividad entre los cuatro irreversiblemente, el aura esta perdiendo su efecto velozmente, Pedro ya no puede controlar la situación es cuestión de minutos que la guerra de mafias estalle. Con ambas entidades sin poder hacer nada.

En eso Marta que sentada en la banca espera procede a levantarse, donde se acerca a la entrada del edificio, esta es detenida por diez mafiosos que apuntan con sus armas a su cara. Marta en ese momento, cambio sus pupilas por pupilas de dragón, estos se paralizaron de miedo. Marta contesto seria, mientras entra.

-Respeten a sus mayores, jovencitos insolentes.

Marta se dirige a la sala de reunión, sus instintos le indican que debe apurarse. Entra a la sala donde los cuatro peces gordos, surgen peligrosos gritos entre los cuatro comenzando a apuntarse con sus armas, estos que la ven entrar, en coro dicen al mismo tiempo que le disparan.

-¡Fuera de acá vieja entrometida!.

Las balas estallan antes de hacer contacto con Marta, gracias a que los dragones rojos pueden elevar la temperatura ambiental por sus escamas rojas. Ella se molesta y reprende seriamente a los cuatro.

-¡Jovenes insolentes, se sientan de inmediato, y firman la paz ahora!.

Los cuatro lideres como niños reprendidos por su madre guardan sus armas, se sientan en la mesa en silencio vigilados por Marta molesta, firman el tratado de paz entre los cuatro con un falso apretón de manos por el miedo a ella.

Todos los mafiosos dejan el edificio toman sus propios caminos, donde Marcos a través, de los pájaros de las entidades cósmicas , observa feliz diciendo “pueden cuestionar mis métodos, pero jamás mis resultados”. Destino comenta con una actitud infantil.

-Al menos en esto, no colocas recompensas equivocadas a perdedores.

Elena les da a ambos un suave golpe correctivo en sus cabeza, regañándolos.

-Compórtense como entidades que son.

La paz se logro entre los cuatro lideres Marta acompaña a los cansados Eduardo y Pedro camino de vuelta al edificio de San Antonio 80, cumpliendo su labor.

Jorge junto a una Linda relajada y descansada, terminaron las compras, para la sopa picante que prepararan luego. Se van a sentar en una banca de la plaza de armas de Santiago centro y se encuentran con el Cazador furtivo tomándose un delicioso helado de vainilla en otra banca cercana, este reconoce a Linda.

-Parca Linda, ¿eres tu?, es bueno verte imponente. En el bar, de Paris Francia, nos contaron que te enfrentaste a Demetrios.

Linda responde que ambos quedaron sin fuerzas al mismo tiempo, Jorge saluda.

-Joven Cazador furtivo, es un placer conocerte, eres muy famoso en el edificio de San Antonio 80.

Cazador furtivo, reconoce a Jorge al instante, muestra sus respetos con mediante una reverencia.

-Usted es Jorge, el legendario dragón rojo, bajo el mando de Guerra o como lo conocemos en el bar en Francia “el disuasor” hace 300 años.

Jorge riendo alegre orgulloso del apodo que se gano. El Cazador furtivo pregunto a Jorge, si lo ayuda a cargar los paquetes en sus manos, este acepta mientras hace una propuesta a Linda.

-¿Quieres probar los helados de los seres humanos?, son deliciosos.

Ella, miro con aura de niña pequeña, queriendo probarlos. Y con un simple movimiento de su cabeza dijo que si, Jorge fue a comprar dos helados a la heladería Savory cercana a la banca. En eso los dos conversaron un poco comenzó Linda.

-Me contaron que tu ultimo trabajo fue horrible.

El Cazador furtivo comento lo frustrante fue, y que el payaso demoniaco rojo, se quebró mentalmente a las dos horas. Esta respondió que ese payaso no merece ser llamado demonio. Después conversaron sobre su combate contra Demetrios, donde el Cazador furtivo le aconsejo seriamente.

-En el mundo de los caza recompensas, ninguno, puede ganarle en uno vs uno, por eso desde hace 500 años no ha podido ser eliminado. Cuidado con el polvo azul que suelta de sus alas, es una potente pólvora que vuelve aun mas letales sus ataques de fuego.

Linda recordó su combate y la derrota a las parcas, usando ese polvo, recordando que posee una hoz de silicato de ignis ideal para enfrentar a demonios que usan fuego y pólvora. Dio las gracias, en ese momento Jorge llego con los dos helados, uno para Linda y el otro para el.

Los tres comenzaron a disfrutar sus helados: Linda lo hacia con el sabor de chocolate, Jorge de frutilla y Cazador furtivo el de vainilla. Pasaron cinco minutos en silencio hasta que …

El aire se puso frio, el ambiente pesado, un pentagrama se dibujo en el suelo del cual comenzó a manifestarse Demetrios, sin saber que iba a aparecer frente a Linda.

Esto se puso alerta se puso en guardia invocando su hoz de silicato de ignis, donde velozmente el Cazador furtivo crea una ilusión de gran rango en el área para no provocar pánico en los seres humanos y Jorge se quedo tranquilo dejando las compras recién hechas en el suelo por seguridad.

Una gran bola de fuego golpeo sorpresivamente a Jorge de espaldas, dejando un montón de humo en el aire, un molesto Jorge (sus pupilas son las de un dragón ahora) queda de pie intacto. Sorprendiendo a Cazador furtivo donde Demetrios queda en schock al reconocerlo. Jorge mira molesto contestando.

-¡Mocoso, no le faltes el respeto a tus mayores!.

El demonio recordó, las dos sombras en el cielo, que lo obligaron a escapar del continente licántropo-vampiro, sobre todo sus rugidos.

Jorge se dirigió a Linda, donde aclaro que Demetrios es presa de ella y no va a intervenir...

... "

14
 
 

Las luces se encendieron. La puerta metálica se abrió; el ruido del sistema hidráulico de la mesa llenó la habitación mientras esta se incorporaba. Ernesto entró acompañado de un par de EUS; uno de ellos era un hombre blanco, pelo negro, sin barba, nariz fina, de ojos azul claro y de baja estatura; tendría un metro sesenta como mucho. Sin embargo, su cuerpo era un amasijo de músculos hipertrofiados que podían notarse incluso bajo el uniforme, especialmente su espalda y hombros. El otro EUS medía un metro ochenta, de piel más oscura y ojos marrones, con pelo negro y muy corto, casi rasurado. Una cicatriz deformaba un poco su nariz y labio superior. Su cuerpo era tan musculoso como el del soldado anterior, pero no tenía ningún grupo muscular sobresaliente.

—Marcos, ¿cómo estás?

Marcos continuaba atado a la mesa metálica; sus ojos negros como un abismo. Aun con la mordaza, la comisura de sus labios se movió en lo que debía ser una sonrisa.

—Ya veo… aún es pronto. Ya hablaremos en otro momento.

Ernesto y los EUS salieron de la habitación. La puerta metálica volvió a cerrarse y las luces se apagaron.

El tiempo transcurrió; Marcos continuó sumido en la oscuridad. La puerta se abrió una vez más, Ernesto volvió a entrar acompañado de un EUS.

—Buenos días, Marcos.

Un Marcos de ojos negros se esforzó por hablar, pero la mordaza solo permitía la salida de gruñidos.

—Parpadea dos veces si ya puedes controlarte.

Marcos parpadeó dos veces. Ernesto se acercó a él con intención de remover la mordaza. Pero en lugar de ello, se acercó a su oído.

—Mentiroso.

Como una fiera, Marcos empezó a forcejear contra las sujeciones. El EUS se mantenía en alerta. Ernesto se mostraba inmutable ante los intentos de Marcos de liberarse; se alejó despacio junto al EUS y salieron de la habitación, la luz se apagó una vez más. El tiempo trascurrió, Marcos escuchó la puerta abrirse, la luz de la habitación le despertó. Sus ojos tardaron un poco en adaptarse.

—Hola, Marcos. Ya veo que has vuelto con nosotros.

Ernesto le quitó la mordaza; detrás de él, el EUS más grande que Marcos había visto hasta el momento hacía guardia. Un gigante negro, con la cabeza rasurada, de más de dos metros; un cuadrado de puro músculo que le hacía parecer más un armario que una persona.

—Dime, ¿tienes hambre?

—¿Qué me pasó?

Ernesto sonrió.

—Un efecto adverso de la medicación.

—Siempre me dices lo mismo. Joder, tío, esta mierda da miedo. ¿¡Qué me está pasando!?

—¿Qué recuerdas?

—Tenía hambre y fuimos a la cafetería. Después estaba en ese lugar oscuro con manos arrastrándome hacia abajo, diciéndome cosas al oído. Tío, tienes que decirme qué mierda me está pasando.

—Son solo pesadillas. Como te dije, es solo un efecto adverso de la medicación. En tu caso, un episodio de hiperfagia. Algunas personas llegan a desarrollar unos síntomas tan severos que se mueren comiendo; otros, al no encontrar qué comer, recurren al canibalismo o empiezan a devorarse a sí mismos y mueren desangrados.

Marcos se quedó congelado.

—¿Pero qué porquería me han inyectado?

—Tranquilo. No es para tanto, una vez superada la crisis, vuelves a la normalidad y hasta el momento nadie ha vuelto a recaer. En breve te reincorporarás a tu unidad.

Ernesto extendió su mano izquierda; el EUS le entregó un pequeño cilindro metálico. Ernesto desenroscó la tapa, sacando una jeringa.

—¿Qué es eso? —preguntó Marcos.

—Una dosis extra de la medicación.

—¡No me jodas! ¿Me vas a dar más de esa mierda?

Marcos intentó forcejear. El EUS dio un paso al frente. Ernesto le hizo señal de que se detuviera.

—Marcos, ya basta. Te lo avisamos al inicio, hay dosis de refuerzo. Al inicio algunos necesitan más que otros; al final necesitarás solo una al mes. Pero son una necesidad; además, ayudan a controlar algunos de los efectos adversos.

—¡Joder!

Marcos se rindió; esta dosis no le producía esa sensación de malestar de la primera vez. La aguja entró con dificultad en la dura piel de Marcos.

—Ves. No era para tanto.

—Lo que sea. ¿Cuándo me dejarán salir de aquí?

—Ahora mismo.

Ernesto se dio la vuelta y asintió con la cabeza al EUS. La caja de músculos salió de la habitación. Unos segundos después, un par de soldados regulares atravesaban el umbral de la puerta con cajas de herramientas mientras el gigante vigilaba desde afuera. Les tomó a los soldados unos minutos soltar todos los enganches, cerrojos y demás restricciones; Marcos intentó mantenerse calmado.

—Muy bien. Hora de comer.

Ernesto sonreía mientras el EUS gigante mantenía su vista fija en Marcos. Los tres caminaron hasta el comedor. La comida estaba servida. Marcos se acercó a la mesa mientras Ernesto y el gigante le miraban.

—Si empiezo a comer como un maníaco, estaré en problemas, ¿verdad?

—El hecho de que seas capaz de razonar a ese nivel en presencia de comida indica claramente que estás fuera de peligro.

Ernesto señaló la bandeja.

—Adelante.

Marcos miró la comida, a Ernesto y luego al gigante que lo vigilaba atentamente y se sentó a la mesa. Intentó comer con calma; aun así, terminó comiendo mucho más de lo que comería una persona normal. Sin embargo, mucho menos que los primeros días tras la inyección de aquella sustancia negra. Se extrañó un poco de no tener que ir corriendo al baño.

—¿Sorprendido de los cambios?

Marcos asintió.

—Es lo normal. Has estado una semana encerrado en esa habitación. Tu cuerpo se ha adaptado a la medicación. Por desgracia, llevas mucho tiempo inactivo y perdiste la fase de crecimiento acelerado; tu fuerza final será ligeramente inferior a la de los demás miembros del equipo.

—No me jodas, el más débil de la formación, siempre me pasa la misma mierda.

Había un tono de frustración e ira en las palabras de Marcos. El EUS le miró de forma un tanto agresiva. Marcos le devolvió la mirada.

—Tranquilo, no hagas nada estúpido. De todas formas, no puedes luchar contra él. Es uno de los eurosoldados más eficientes del programa; sería un suicidio.

Marcos dejó caer los hombros en señal de derrota.

—No te rindas, aún no está todo perdido. Tras la fase de crecimiento rápido viene una etapa de consolidación; puedes evolucionar tu cuerpo en otra dirección si así lo prefieres.

Marcos levantó la mirada; sus ojos daban señales de interés.

—Tu cuerpo aún está en crecimiento. Puedes mejorar otros parámetros: agilidad, velocidad, incluso tu habilidad de curación… aunque eso duele mucho, imagino que sabes a qué me refiero.

—La única forma de hacer que tu cuerpo aprenda a curar rápido es hiriéndolo.

Ernesto sonrió.

—Correcto.

Marcos miró a sus manos.

—En ese caso…

No terminó bien de decir las palabras, saltó por encima de la mesa contra el EUS. Su rostro de ira cambió a sorpresa cuando el gigante musculoso extendió la mano izquierda y lo atrapó por el cuello en el aire. La presión de aquella mano dura como el acero cortaba la circulación del cuello de Marcos. Un puñetazo al abdomen hizo eco en la habitación; los ojos de Marcos parecían salir de sus órbitas. Venas ingurgitadas se mostraban en su esclera, estaba a punto de perder el conocimiento.

—No, no, no. No te duermas —dijo el gigante con una sonrisa, asestándole otro golpe.

Las venas en la esclera de Marcos reventaron; sus ojos sangraban. Otro puñetazo volvió a resonar.

—No lo mates, Elvin. Aún nos es útil.

El gigante chasqueó la lengua y soltó el cuello de Marcos; mientras aún caía, le asestó otro golpe al pecho. El cuerpo de Marcos salió disparado como un proyectil mientras de su boca escapaba un chorro de sangre; se estrelló contra la pared, el impacto hizo temblar el comedor. Los pocos soldados regulares de los alrededores y el personal de cocina miraban el espectáculo sin ninguna sorpresa.

—El informe decía que era un glotón, a mí me parece una furia —comentó Elvin.

—Y es un glotón. Solo está resentido porque siempre acaba siendo el más pequeño. Tiene un complejo de inferioridad —aclaró Ernesto mientras se acercaba a Marcos, quien perdía el conocimiento.

Marcos despertó en su habitación con un ataque de tos; su cara se retorcía de dolor con cada movimiento y respiración intensa. El sonido de un aplauso leve inundó la habitación.

—¡Bravo! Eso fue muy estúpido.

—Gracias —respondió Marcos con una voz ronca y adolorida.

—No te hagas el gracioso. Esto es una operación militar, pronto estarás entrenando para formar la unidad de soldados especializados más letal jamás vista en la historia… olvídalo. El entrenamiento de verdad empezará pronto; aprenderás a ser disciplinado, te guste o no.

Marcos se quedó callado.

—Vístete, es hora de entrenar.

Ernesto señaló al traje de spandex habitual.

—Creo que tengo todas las costillas rotas y me duele respirar —se quejó Marcos.

—Seis costillas, el esternón y una fisura vertebral. Y me da igual, te vas a levantar de la cama e irás a tu entrenamiento. Así aprenderás a no hacer cosas estúpidas.

—¿Qué pasa si no quiero ir?

—No lo sé. Pero no pienso quedarme para verlo… solo vístete.

Marcos se levantó de la cama adolorido.

—Cuando me rompía los huesos con las piedras, me curaba enseguida. ¿Qué pasa?

—Tu fase de crecimiento rápido ha pasado por tu semana de inactividad, has retrocedido. No te preocupes, ya recuperarás habilidad en el futuro.

Marcos siguió a Ernesto fuera de la habitación. Dos EUS enmascarados esperaban fuera; sus ojos se clavaron en Marcos tan pronto le vieron salir. Marcos los ignoró y se unió a la marcha de voluntarios que caminaban por el pasillo.

—¿No faltan dos de los voluntarios?

—No te metas en lo que no es de tu incumbencia —le contestó Ernesto.

Marcos estaba a punto de decir algo. Pero cambió de opinión; los dos EUS no le perdían de vista. Continuaron caminando, tras girar a la izquierda hacia otro pasillo, atravesaron una de las puertas. La habitación era amplia, contaba con un palco de cristal unidireccional en la parte alta. Otros cuatro voluntarios esperaban.

—¿Esta habitación no es donde se hizo la demostración?

Ernesto sonrió.

—Querías pelear, ¿no? Pues tu sueño se ha cumplido.

Las puertas del otro extremo de la sala se abrieron. Cinco EUS enmascarados hicieron su entrada y se mantuvieron firmes en la distancia.

—Defiéndanse como puedan.

Los enfermeros/entrenadores se retiraron.

—¡Me cago en todo! —blasfemó Marcos mientras veía a uno de los EUS lanzarse contra él a toda velocidad...

..."

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15
 
 

El termómetro

La semana de Hans Castorp se contaba de martes a martes, pues había llegado en este día. Había abonado ya su factura de la segunda semana, de unos 160 francos, razonable y justificada, según estimaba, incluso aunque no se tuviesen en cuenta ciertas ventajas incalculables de la estancia, ni ciertos suplementos que le hubiesen podido ser facturados si se hubiera querido como, por ejemplo, el concierto bimensual en la terraza y las conferencias del doctor Krokovski, sino exclusivamente la pensión propiamente dicha, los gastos de alojamiento y las cinco formidables comidas.

—No es caro; más bien resulta barato, no puedes decir que te estafen —dijo a su primo—. Necesitas un promedio de 650 francos mensuales para la habitación y la comida, y el tratamiento médico está incluido en esta cifra. Bueno… Admite que gastes 30 francos mensuales en propinas, si haces bien las cosas y quieres tener cerca de ti rostros sonrientes. Todo eso suma 680 francos. Bien. Me dirás que hay otros gastos: las bebidas, los cosméticos, los cigarros; a veces el gasto de una excursión o un paseo en coche; luego tenemos las cuentas del zapatero y el sastre. Perfecto… Contándolo todo no conseguirás, con la mayor voluntad de este mundo, gastar mil francos al mes. Ni siquiera ochocientos. Todo ello no llega a diez mil francos anuales. Y esto te basta para vivir.

—¡Buen cálculo mental! —dijo Joachim—. No esperaba esto de ti. Decididamente ya has aprendido algo por aquí arriba. Me parece muy generoso por tu parte el que hagas algo nuevo por nosotros. Por otro lado, exageras un poco. No fumo cigarros, ni creo que necesite los servicios de un sastre.

—¿He calculado demasiado alto? —preguntó Hans Castorp un poco confuso.

Al margen de la descabellada idea de incluir en la cuenta de su primo los cigarros y trajes nuevos, la supuesta rapidez de cálculo que se le atribuía no era más que una mistificación de sus dones naturales. Pues en ese terreno, como en otros, era más bien lento y carente de empuje. En este caso no se trataba de una improvisación, pues en realidad incluso lo había preparado por escrito: una noche, durante la cura de reposo (pues había acabado por tenderse después de la comida como los demás), se había levantado de su excelente hamaca y, obedeciendo a un súbito impulso, había ido a buscar a su habitación papel y lápiz para calcular. Así pues, había comprobado que su primo, o más exactamente, que cualquier paciente del sanatorio precisaba doce mil francos anuales para atender todas sus necesidades, y se había convencido de que, por lo que a él se refería, la vida allí se hallaba más que al alcance de su bolsillo, puesto que podía permitirse unos 19.000 francos anuales de gastos.

Así pues, su segunda factura semanal había sido liquidada hacía tres días contra recibo y expresión de agradecimiento, lo que significa que se hallaba a la mitad de la tercera semana de su permanencia en el sanatorio. El domingo siguiente asistiría una vez más a uno de esos conciertos quincenales en la terraza; el lunes también asistiría a una de las conferencias quincenales del doctor Krokovski, pero el martes o el miércoles partiría y dejaría a Joachim solo, al pobre Joachim, a quien Rhadamante sin duda había prescrito nuevos meses de estancia. Cada vez que se hablaba de la ya próxima partida de Hans Castorp, sus ojos dulces y negros se cubrían de un velo de melancolía. ¡Gran Dios! ¿Cómo habían pasado las vacaciones? ¡Habían volado, literalmente huido! ¡Era casi inexplicable! Sin embargo, habían pasado veintiún días juntos, una larga serie que al principio parecía interminable. Y de pronto, no quedaban más que tres o cuatro insignificantes, un resto sin importancia, ligeramente alterado por las variantes periódicas de la jornada cotidiana, pero presidido por el pensamiento del equipaje y la partida. Tres semanas allí habían sido muy poca cosa o casi nada ¿Acaso no se lo habían advertido desde el primer día? Allí arriba, la mínima unidad temporal era el mes, había dicho Settembrini, y como la permanencia de Hans Castorp había sido menor, no podía ser considerada como tal, no había sido, en suma, más que una visita de médico, como habría dicho el consejero áulico Behrens.

¿Era tal vez a causa del aumento de la combustión general por lo que el tiempo pasaba aquí vertiginosamente? Esta vida frenética era un verdadero consuelo para Joachim, si pensaba en los cinco meses que le esperaban todavía —suponiendo que se contentasen con esto—. Pero durante estas tres semanas deberían haber atendido al paso del tiempo más atentamente, como lo hacían los que tomaban su temperatura cuando los siete minutos prescritos se convertían en un período de tanta importancia. Hans Castorp sentía una cordial piedad hacía su primo, en cuyos ojos se podía leer la tristeza de perder pronto a su camarada; sentía la más viva compasión al pensar que el pobre permanecería en adelante sin él, que viviría de nuevo en el llano y desplegaría su actividad al servicio de la técnica de transportes que junta a los pueblos. Era una piedad verdaderamente ardiente que, en ciertos momentos, le dolía en el pecho, y tan viva que a veces se preguntaba si tendría valor de abandonar a Joachim. Por todo ello, comenzó a hablar lo menos posible de su partida. Era Joachim, pues Hans Castorp callaba con tacto y delicadeza, quien de vez en cuando derivaba la conversación hacia este punto, mientras él parecía que no quería pensar en ello hasta el último momento.

—Esperemos, al menos —dijo Joachim—, que hayas descansado entre nosotros y que al llegar a casa notes el cambio.

—Sí, saludaré a todo el mundo en tu nombre —contestó Hans Castorp— y les diré que volverás como mucho dentro de cinco meses. ¿Descansado? ¿Me preguntas si he descansado durante estos días? Supongo que sí. Incluso creo que en tan poco tiempo ha sido realmente beneficioso. Es verdad que las impresiones recibidas aquí son muy nuevas, nuevas desde todos los puntos de vista, muy excitantes y también fatigosas, tanto moral como físicamente. Tengo la sensación de que todavía no me he acostumbrado ni aclimatado, condición necesaria de todo descanso. El María, gracias a Dios, vuelve a ser el de siempre desde hace unos días y ya siento su sabor habitual. Pero de vez en cuando, mi pañuelo se tiñe de sangre cuando lo uso, y creo que ya no conseguiré desembarazarme de ese condenado color en el rostro antes de mi partida, así como de estas insensatas palpitaciones. No, en mi caso no se puede hablar de aclimatación. ¿Cómo sería esto posible en tan corto tiempo? Sería preciso una temporada más larga para aclimatarme y asimilar esas impresiones; entonces podría comenzar a descansar y a producir albúmina. ¡Es una lástima! Digo «lástima» porque seguramente ha sido un gran error no reservar más tiempo para mi estancia, pues seguramente hubiera podido hacerlo. Así pues, tengo la impresión de que al llegar a casa necesitaré reponerme de este descanso y dormir durante tres semanas, pues me parece que aquí me he agotado. Y, además, a todo eso se añade este maldito resfriado…

En efecto, parecía que Hans Castorp volvería al llano con un constipado de primer orden. Se había resfriado sin duda al hacer la cura de reposo y, puestos a conjeturar, durante la cura vespertina que seguía desde hacía una semana, a pesar del tiempo lluvioso y frío que persistía antes de su partida. Sin embargo, había comprobado que ese tiempo no lo consideraban malo; el concepto de mal tiempo no existía aquí bajo ninguna forma, no se tenía ningún temor a ninguna clase de tiempo, apenas se le tenía en cuenta y, con la suave docilidad de la juventud, con su facultad de adaptación a los pensamientos y usos del medio ambiente en el que se hallaba trasladado, Hans Castorp había comenzado a apropiarse esta indiferencia. Cuando llovía a cántaros no se debía esperar que, por tan poca cosa, el aire fuese menos seco. Y así era, continuaba siendo seco, aunque no siempre sentía la cabeza caliente como si se hallase dentro de una habitación caldeada o como si hubiera bebido demasiado vino. En lo que se refiere al frío, que era sensible, hubiese sido poco razonable intentar escapar a él refugiándose en las habitaciones, pues mientras no nevase no encendían la calefacción y era casi lo mismo tenderse en el cuarto que en la galería, empaquetado en las mantas de invierno según las reglas del arte, en esas excelentes mantas de pelo de camello. Por el contrario, esta posición era mucho más agradable, era sencillamente el estado más placentero que Hans Castorp recordaba haber sentido jamás, y no podía cambiar de opinión por el hecho de que un literato cualquiera, y además carbonario, tildase maliciosamente a esa posición de «horizontal». Por la noche, la encontraba especialmente agradable, cuando la lámpara encendida lucía a su lado sobre la mesita y, bien envuelto en las mantas, saboreaba el María y disfrutaba de las extrañas ventajas de ese tipo de hamaca, aunque naturalmente con la punta de la nariz helada y un libro —continuaba siendo el Ocean steamships— entre sus manos heladas y enrojecidas por el frío, mirando bajo los arcos del balcón hacia el valle cada vez más oscuro, embellecido con luces dispersas y lejanas. Casi cada noche, y durante al menos una hora, se oía el eco de unas melodías familiares y alegres procedentes del valle. Eran fragmentos de óperas, de Carmen, del Trovador, de Freishüz, luego valses bien constituidos, marchas animosas y alegres mazurcas. ¿Mazurca? Marusja se llamaba en realidad la muchacha del pesado rubí y, en el compartimiento contiguo, detrás de la espesa pared de cristal opal, reposaba Joachim, con quien ocasionalmente Hans Castorp cambiaba una palabra prudente, procurando no molestar a los otros «horizontales». Joachim, en su compartimiento, se hallaba tan agradablemente instalado como Hans Castorp, a pesar de que no fuese músico y de que no pudiese sentir el mismo placer con los conciertos nocturnos. ¡Peor para él! En lugar de esto leía con gusto su gramática rusa. Envuelto en sus mantas, Hans Castorp leía el Ocean steamships y escuchaba la música con todo corazón, hundiéndose con complacencia en la profundidad transparente de las composiciones y sintiendo un placer tan vivo al encontrar una melodía original o evocadora que, entregado por completo al deleite, recordaba con sentimientos hostiles las consideraciones irritantes de Settembrini sobre la música como, por ejemplo, aquello de que era políticamente sospechosa lo que, a su juicio, no valía mucho más que la expresión del abuelo Giuseppe sobre la Revolución de julio y los seis días de la creación del mundo.

Joachim no disfrutaba tan vivamente con la música, y el aromático placer de fumar le estaba igualmente vedado. Por lo demás, se hallaba en su compartimiento muy bien arropado. La jornada había terminado; por esta razón todo había concluido, se tenía la seguridad de que ya no ocurriría nada más, que ya no habría más emociones violentas, que el músculo del corazón no sería en modo alguno excitado. Pero, al mismo tiempo, se tenía la convicción de que «mañana» todo volvería a empezar en el flujo de esa existencia estrecha y regular. Y esa doble convicción era una de las cosas más reconfortantes, unida a la música y al sabor del María, lo que hacía que la cura de reposo fuese, para Hans Castorp, un estado verdaderamente agradable.

Pero todo esto no había impedido que el visitante y novicio se hubiese constipado de un modo serio durante ella o en otro lugar. Le amenazaba un fuerte resfriado, le atenazaba la cavidad frontal, el velo del paladar estaba irritado y doloroso, y el aire no atravesaba como de costumbre el conducto destinado por la naturaleza a ese uso: penetraba frío, con dificultad, provocando sin cesar accesos de tos convulsiva. En una noche, su voz había adquirido una tonalidad baja y sorda, como quemada por bebidas fuertes y, según lo que él decía, durante esa misma noche no había podido cerrar los ojos porque una sequedad de garganta que le ahogaba había hecho que se agitara continuamente.

—Una historia muy desagradable y casi penosa —dijo Joachim—. Debes saber que los resfriados no son admitidos aquí, se niega su existencia. Oficialmente, el clima seco de la atmósfera no los justifica, y uno sería muy mal acogido por Behrens si se presentara resfriado. Pero en tu habitación es distinto…, al fin y al cabo tienes perfecto derecho a estar constipado. Pero convendría combatirlo de algún modo; en el llano hay varias maneras de hacerlo, pero aquí nadie se preocupa. Aquí más vale no ponerse enfermo, porque a nadie le interesa. Es una verdad demostrada, te la comunico a última hora. Cuando llegué, había una señora que durante toda la semana se tapaba la oreja con la mano y se lamentaba de sufrir fuertes dolores. Finalmente, Behrens la examinó: «Puede estar completamente tranquila (dijo), no es tuberculosis.» ¡Y así quedó la cosa! Bueno, veremos lo que podemos hacer. Mañana hablaré con el masajista cuando venga a mi habitación. Hay que seguir el conducto reglamentario, él lo transmitirá, de manera que quizá hagan algo por ti.

Así hablo Joachim, y «el conducto reglamentario» respondió bien. El viernes, cuando Hans Castorp regresó de su paseo matinal, llamaron a su puerta y pudo conocer personalmente a la señorita Mylendonk, la «superiora», como se la llamaba. Hasta el momento sólo había visto de lejos a aquella persona aparentemente muy ocupada cuando, saliendo de la habitación de un enfermo, atravesaba el corredor para entrar en otra, o también cuando irrumpía fugazmente en el comedor hablando con su voz estridente. Pero esta vez la visita estaba destinada a él mismo: acudía por su catarro. Llamó a la puerta con los nudillos huesudos, dura y brevemente, y entró antes de que él dijese «pase», deteniéndose un momento en el umbral para cerciorarse una vez más del número de habitación.

—Treinta y cuatro —exclamó sin bajar la voz—, eso es. Bueno joven, on me dit que vous avez pris froid, I hear, you have caught a cold, Wy kaschetsja, prostudilisj. —Y finalmente en alemán—: Al parecer se ha constipado. ¿En qué idioma debo hablarle? Veo que en alemán… ¡Ah, sí!, la visita del joven Ziemssen, ya lo veo. Ahora voy a ir a la sala de operaciones. Hay uno al que hay que administrar cloroformo y que ha comido ensalada de zanahorias. Si una no está en todo… Y usted, joven, ¿afirma que se ha constipado aquí?

Hans Castorp estaba estupefacto ante la manera de expresarse de aquella vieja y noble dama. Mientras hablaba, parecía quererse adelantar a sus palabras, torcía el cuello y olfateaba con la nariz, como hacen las fieras inquietas en su jaula, y agitaba su mano derecha, ligeramente cerrada, con el dedo pulgar torcido hacia arriba, como si hubiese querido decir: «Deprisa, deprisa, deprisa. No escuche lo que digo, hábleme usted para que pueda marcharme.»

Tenía unos cuarenta años de edad, de baja estatura, sin formas, iba vestida con una blusa blanca de enfermera ceñida con un cinturón; llevaba sobre el pecho una cruz roja bordada. Bajo su bonete de diaconisa había unos cabellos rojos y ralos; sus ojos azules e inflamados lucían un orzuelo bastante avanzado y lanzaban una mirada insegura; tenía la nariz arremangada, la boca como de batracio, y el labio inferior, un poco torcido hacia abajo, adquiría al hablar una especie de movimiento de pala. Sin embargo, Hans Castorp la miró con la afabilidad modesta, tolerante y confiada que le era habitual.

—¿Qué clase de catarro es ése? —preguntó por segunda vez la enfermera jefe, esforzándose inútilmente, pues era bizca, en dar a sus ojos un brillo penetrante—. No nos gustan esa clase de catarros. ¿Se constipa con frecuencia? ¿Qué edad tiene? ¿Veinticuatro? Eso es cosa de la edad. ¿Y se le ocurre venir aquí y constiparse? Aquí no debemos hablar de «constipados», honorable joven, eso son tonterías de allá abajo. —La palabra «tontería» tenía en su boca algo de espantoso y sibilino y la pronunciaba moviendo mucho su labio inferior en forma de pala…—. Tiene usted una espléndida irritación en la tráquea. No lo dudo, basta con mirar sus ojos. —Y de nuevo realizó la extraña tentativa de mirarle a los ojos con una mirada penetrante, sin que lo llegase a conseguir del todo—. Pero los catarros no tienen su origen en el frío, sino en una infección que uno está dispuesto a sufrir; se trata, pues, de averiguar si nos hallamos en presencia de una infección inofensiva o no. Todo lo demás es sólo charlatanería, tonterías. —De nuevo utilizó la misma palabra—. Es posible que en usted sea una cosa corriente —añadió y le miró con su orzuelo avanzado, sin que Hans Castorp supiera cómo—. Tome, aquí tiene un antiséptico inofensivo. Tal vez le vaya bien.

Sacó del bolso de cuero negro que pendía de su cinturón un pequeño paquete que puso sobre la mesa. Era formamint.

—Por otra parte, parece usted excitado, como si tuviese fiebre.

Y no cesaba de mirarle a la cara, pero siempre con la mirada un poco oblicua.

—¿Se ha puesto el termómetro?

El hizo un gesto de negación.

—¿Por que no? —preguntó, y su labio inferior, que se adelantaba oblicuamente, quedó como suspendido en el aire.

Él permaneció en silencio. El muchacho era aún muy joven, y conservaba todavía la costumbre del silencio del escolar que se halla de pie ante su pupitre, que no sabe nada y por eso calla.

—¿Quizá es usted de esos que nunca se toman la temperatura?

—Bueno, señora superiora, cuando tengo fiebre…

—¡Madre de Dios…! Mire, uno se pone el termómetro para saber si tiene fiebre. Y ahora, según su opinión, ¿tiene fiebre?

—No lo sé, señora superiora. No estoy seguro. He sentido alternativas de calor y frío desde que estoy aquí.

—¡Ah, claro! ¿Y dónde está su termómetro?

—No tengo, señora superiora. ¿Para qué? No estoy más que de visita. Me encuentro bien de salud.

—¡Tonterías! ¿Me ha mandado usted llamar porque se encuentra bien?

—No —respondió cortésmente—, porque estoy un poco…

—Constipado. Aquí ya conocemos esa clase de catarros. ¡Mire! —Y comenzó a buscar de nuevo en su bolso, sacó dos estuches alargados de cuero, uno negro y otro rojo, y los puso sobre la mesa.

—Éste cuesta tres francos y medio y ése cinco francos. Naturalmente le irá mejor el de cinco. Puede servirle toda la vida, si tiene necesidad de él.

Él tomó sonriendo el estuche rojo y lo abrió. Como una joya, el tubo de cristal se hallaba tendido en el interior exactamente adaptado a su forma y forrado de terciopelo rojo. Los grados estaban marcados con rayitas rojas y las décimas con rayas negras. Las cifras eran también rojas. La parte inferior, que iba estrechándose, estaba llena de brillante mercurio. La columna aparecía baja, muy inferior al grado normal del calor animal.

Hans Castorp sabía lo que se debía a sí mismo y a su prestigio.

—Tomaré éste —dijo, sin prestar la menor atención al otro—. El de cinco. ¿Puedo pagarlo…?

—¡Naturalmente! —exclamó la superiora—. No hay que regatear en las compras importantes. No hay prisa, se le anotará en la factura. Démelo. Para comenzar, vamos a hacerlo descender completamente, así…

Tomó el termómetro, lo agitó repetidas veces en el aire, e hizo descender la columna de mercurio por debajo del 35.

—Subirá, el mercurio subirá —dijo—. Tome su adquisición. Sin duda conoce ya nuestras costumbres. Póngalo debajo de su respetable lengua durante siete minutos, cuatro veces al día, y manteniendo cerrados sus preciosos labios. Hasta la vista, joven. Le deseo buenos resultados.

Y salió de la habitación.

Hans Castorp, que se había inclinado, se hallaba de pie cerca de la mesa, y miraba la puerta por donde la enfermera jefe había salido y el instrumento que ella le había dejado. «¿Esta es, pues, la superiora Von Mylendonk? —se dijo—. A Settembrini no le gusta; es verdad que tiene aspectos desagradables. El orzuelo es repugnante, pero seguramente no debe de tenerlo siempre. ¿Pero por qué me ha llamado «joven»? Eso es una expresión un poco chocante. Y me ha vendido un termómetro; siempre debe de llevar algunos en su bolso. Parece que aquí los hay por todas partes en todas las tiendas, incluso en los sitios donde uno no puede encontrarlos, según afirma Joachim. Pero yo no he tenido necesidad de molestarme mucho, pues ha caído en mis propias manos.»

Sacó el frágil objeto del estuche, lo miró y luego se puso a caminar con inquietud por la habitación, con el termómetro en la mano. Su corazón latía deprisa y con fuerza. Se volvía hacia la puerta abierta del balcón e hizo un movimiento hacia la habitación, como tentado de ir a visitar a Joachim, pero renunció enseguida y permaneció de pie junto a la mesa carraspeando, para darse cuenta de que estaba ronco. Luego tosió varias veces.

«Sí, debo comprobar si el catarro me produce fiebre», se dijo en silencio, y llevó rápidamente el termómetro a su boca, introduciendo la punta de azogue bajo la lengua, de manera que el instrumento asomaba de entre los labios, que había cerrado estrechamente para no dejar pasar el aire. Luego miró su reloj de pulsera. Eran las nueve y treinta y seis minutos.

Y esperó a que pasaran siete minutos.

«Ni un segundo más, ni un segundo menos —pensó—. Se pueden fiar de mí. No hay necesidad de cambiarlo por una «hermana muda» como a la persona de la que habló Settembrini, Otilia Kneifer.»

Y comenzó a pasear por su habitación apretando el instrumento bajo la lengua.

El tiempo se alargaba, el plazo parecía infinito. Dos minutos y medio habían transcurrido apenas cuando miró las agujas, temiendo haber dejado pasar el momento. Hacía mil cosas, cogía objetos y los volvía a dejar, salía al balcón procurando que no le viese su primo, contemplaba el paisaje, el alto valle, ya profundamente familiar a su espíritu en todas sus formas: con sus picos, las líneas de sus cresterías y sus paredes rocosas, con el telón avanzado del Brembül a la izquierda, cuya vertiente descendía oblicuamente hacia la aldea, con el rudo Mattenwald que recubría el flanco, con las formaciones montañosas a la derecha, cuyos nombres le eran también familiares, y con el Alteinwand que, visto desde allí, parecía cerrar el valle a mediodía. Miró hacia los caminos, hacia los arriates del jardín, la gruta rocosa y el pino; escuchó un murmullo procedente del pabellón común y volvió a meterse en la habitación, esforzándose en corregir la posición del termómetro en su boca; luego se recogió la manga sobre el puño, alargando el brazo aproximándolo a su cara. Con mucho trabajo y, al parecer, a fuerza de empujarlos, transcurrieron al fin seis minutos, pero como ahora, de pie en el centro de su habitación, se perdía en un mar de sueños y dejaba vagar sus pensamientos, el último minuto que quedaba escapó inadvertido con una ligereza felina, y un nuevo movimiento del brazo le reveló su fuga discreta; quizá ya era demasiado tarde: un tercio del octavo minuto pertenecía al pasado, cuando, diciéndose no tenía importancia y que el resultado no se vería en suma modificado, sacó el termómetro de su boca y lo observó con mirada turbada.

No pudo distinguir inmediatamente la indicación: el resplandor del mercurio se confundía con el reflejo luminoso del tubo de cristal; la columna parecía haber subido muy arriba, luego pareció no existir. Aproximó el instrumento a sus ojos, lo giró de un lado a otro y no distinguió nada. Finalmente, después de un movimiento adecuado, la imagen se hizo distinta, la retuvo e hizo funcionar a toda prisa su inteligencia. En efecto, el mercurio se había dilatado, considerablemente, la columna había subido bastante, se hallaba varias décimas por encima del límite de una temperatura normal. Hans Castorp tenía 37,6.

En pleno día, entre las diez y las diez y media 37,6 era demasiado. Esta «temperatura» era una fiebre que resultaba de una infección a la que estaba predispuesto y se trataba de saber qué clase de infección era. 37,6… No tenía más, nadie allí pasaba de esa temperatura, a excepción de los que se hallaban en cama gravemente enfermos o moribundos, ni la Kleefeld con su neumotórax, ni madame Chauchat. Naturalmente, en su caso era distinto, se trataba de una simple «fiebre gripal», como se decía allá abajo. Pero tal vez no era tan fácil de dilucidar, pues Hans Castorp dudaba que tuviese esta temperatura desde que se había constipado, y lamentó no haber usado el termómetro desde el principio, cuando el doctor Behrens se lo había sugerido. Ese consejo era completamente sensato, ahora lo comprendía, y Settembrini no había tenido razón al mofarse irónicamente… Sí, Settembrini con su república y su bello estilo. Hans Castorp despreciaba a la república y al bello estilo mientras continuaba examinando la indicación del termómetro, que los reflejos le habían hecho perder de vista un par de veces y que recuperaba girando en un sentido o en otro el instrumento. Tenía 37,6 en plena mañana. Sentía una viva emoción. Comenzó a andar de un lado a otro de la habitación con el termómetro en la mano, cuidando de mantenerlo horizontalmente a fin de no modificarlo con una sacudida vertical; luego lo dejó sobre la mesita, cogió las mantas y se dispuso a comenzar su cura de reposo. Sentado, se envolvió hábilmente en ellas, tal como lo había aprendido, por ambos lados y por debajo, una después de otra, y permaneció inmóvil esperando la hora de la segunda comida y la entrada de Joachim. De vez en cuando sonreía, como si se dirigiera a alguien. Con frecuencia, su pecho se estremecía por un temblor angustioso y sentía la necesidad de toser con el pecho oprimido.

Joachim le encontró todavía tendido cuando, a las once, después de sonar el gong, entró a buscarle para ir a comer.

—¿Qué tal? —preguntó sorprendido, acercándose a la hamaca.

Hans Castorp permaneció en silencio un instante y miró ante él. Luego contestó:

—La última noticia es que tengo un poco de temperatura.

—¿Qué significa eso? —preguntó Joachim— . ¿Te sientes acaso febril?

Hans Castorp esperó antes de su contestación que, con cierta pereza, formuló luego del siguiente modo:

—¿Febril, querido? Hace ya algún tiempo que me siento febril. No se trata ahora de impresiones subjetivas, sino de una comprobación exacta. Me he tomado la temperatura.

—¿Has tomado tu temperatura? ¿Con qué? —exclamó Joachim, asustado.

—Ya puede suponerlo, con un termómetro —contestó Hans Castorp, con un dejo de burla y reproche—. La enfermera jefe me ha vendido uno. Lo que ignoro es por qué me llama siempre «joven». No creo que sea muy correcto. Pero me ha vendido un excelente termómetro, y si quieres convencerte del grado que indica, está allí en la mesita. Ha subido ligeramente.

Joachim dio media vuelta y entró en la habitación. Cuando volvió, dijo con tono titubeante:

—Sí; 37 coma, cinco y medio.

—Pues ha bajado un poco —dijo apresuradamente Hans Castorp—; hace un momento eran 37,6.

—No se puede decir que eso sea poco por la mañana —dijo Joachim—. ¡Vaya sorpresa!

Y se hallaba de pie delante de la chaise-longue de su primo como uno puede colocarse delante de una «sorpresa», con los brazos pegados al cuerpo y la cabeza baja.

—Será necesario que te acuestes.

Hans Castorp tenía ya su contestación dispuesta.

—No sé —dijo— por qué tengo que acostarme con 37,6 cuando tú y los demás tenéis la misma temperatura y os paseáis tranquilamente.

—Pero es distinto. En ti es un estado agudo, pero inofensivo. Estás constipado.

—Primeramente —respondió Hans Castorp, dispuesto a dividir su discurso en varias partes— no comprendo por qué con una fiebre inofensiva (admitamos un instante que sea así), por qué con una fiebre inofensiva es preciso meterse en la cama y con otra fiebre no. Y en segundo lugar, ¿no te he dicho que el catarro me ha dado más fiebre de la que ya tenía? Parto del principio de que 37,6 es igual a 37,6. Si vosotros podéis salir, yo también puedo.

—Pero a mi llegada tuve que permanecer en cama cuatro semanas —objetó Joachim—, y sólo cuando se comprobó que la cama no disminuía mi temperatura fue cuando me autorizaron a levantarme.

Hans Castorp sonrió.

—Bien —dijo—. Supongo que en tu caso se trata de otra cosa. Me parece que te contradices. Primero distingues y luego confundes. Son tonterías…

Joachim se volvió y, cuando se halló de nuevo ante su primo, este vio que su rostro moreno se había oscurecido un poco más.

—No —dijo—, yo no confundo nada, eres tú quien lo complica. Quiero decir, que has contraído un constipado tremendo, y que deberías meterte en la cama para abreviar la curación de la enfermedad, ya que quieres marcharte la semana próxima. Pero si no quieres, si te resistes a meterte en la cama, puedes prescindir de ello. Yo no te doy órdenes. De todos modos, es necesario que vayamos a almorzar. Y deprisa, ha pasado la hora…

—Muy bien, vamos —dijo Castorp, y rechazó las mantas.

Entró en la habitación para peinarse y Joachim volvió a mirar el termómetro mientras que Hans Castorp lo observaba de lejos. Luego se marcharon en silencio y se sentaron, una vez más, en sus respectivos sitios del comedor, que brillaba a aquella hora con una blancura láctea.

Cuando la enana llevó a Hans Castorp la cerveza de Kumbach, él la rechazó con una expresión de grave renuncia. Hoy prefería no beber cerveza. No bebería nada, como mucho un sorbo de agua. Esto causó sorpresa en sus vecinos de mesa. Era realmente extraño. ¿Por qué no bebía cerveza?

—Tengo un poco de fiebre —respondió Hans Castorp negligentemente—, 37,6. Una insignificancia.

Pero he aquí que todos le amenazaron con el dedo índice. Era muy raro. Adoptaron un aspecto burlón, movieron la cabeza, guiñaron un ojo y agitaron el índice a la altura de la oreja, como si acabasen de enterarse de cosas escabrosas y atrevidas de alguien que hubiese presumido de virtuoso.

—¡Vamos, vamos! —exclamó la institutriz, y sus mejillas se ruborizaron, mientras le amenazaba sonriendo—. ¡De qué cosas se entera una, qué picaro es usted! Vaya, vaya…

—Vaya, vaya —repitió la señora Stoehr, y le señaló con su gordo dedo rojo acercándoselo a la nariz—. ¿Tiene fiebre el señor visitante? ¡Qué bromista…! ¡Eso sí que no lo esperaba!

Incluso la vieja tía, al otro extremo de la mesa, hizo lo mismo con el dedo, adoptando una expresión a la vez burlona y astuta cuando recibió la noticia. La bella Marusja, que hasta entonces no había prestado la menor atención, se inclinó hacia él y le miró con sus ojos redondos, oscuros, y repitió el gesto, mientras mantenía contra sus labios el pañuelo perfumado de naranja. Hasta el doctor Blumenkohl, a quien la señora Stoehr se lo contaba, no pudo impedir mover el dedo como hacía todo el mundo, aunque lo hizo sin mirar a Hans Castorp. Únicamente la señorita Robinson se mostró indiferente y ajena, como siempre; Joachim, muy correcto, permanecía con los ojos bajos.

Hans Castorp, halagado por tanto interés, creyó necesario defenderse con modestia.

—Se equivocan —dijo—, se equivocan de veras. Mi caso es de los más inofensivos. Estoy constipado, eso es todo. Me escuecen los ojos, tengo el pecho oprimido, paso tosiendo casi toda la noche. Es bastante desagradable…

Pero no admitieron sus excusas; se reían y con la mano le hacían señas de que no insistiese, mientras gritaban: «Sí, sí, excusas, un pequeño constipado, lo de siempre, lo de siempre.»

Y todos exigieron súbitamente a Hans Castorp que acudiese sin tardanza a la consulta. Esta noticia les había animado. De todas las mesas ésta fue, durante la comida, la más alegre. La señora Stoehr, con su abultado pecho enrojecido en el escote, con sus arrugas en el cutis de las mejillas, daba muestras de una volubilidad casi salvaje, y hablaba sobre las molestias de la tos. Sí, era seguramente un gran placer eso de sentir en el fondo del pecho el cosquilleo creciente que se iba precisando mientras que, con los esfuerzos y la compresión de la tos, uno se inclinaba lo más posible para apaciguar el cosquilleo; era un placer análogo al que se producía con un estornudo, cuando los deseos de estornudar se hacían irresistibles y, sumidos en una especie de borrachera, se respiraba vehementemente, abandonándose con delicia, olvidando el mundo entero ante la felicidad de la explosión. Y eso podía producirse dos o tres veces seguidas. Eran placeres gratuitos de la vida, lo mismo que en primavera el rascarse los sabañones hasta sangrar, con un fervor cruel entregado por completo a la rabia y al placer, y ver, cuando por casualidad uno se mira en el espejo, una máscara diabólica.

Con esta insistencia espantosa hablaba la inculta señora Stoehr, hasta que la corta y sustanciosa comida hubo terminado y los dos primos se marcharon para dar su paseo matinal hacia Davos Platz. Joachim se hallaba absorbido en sí mismo, y Hans Castorp, gimiendo a fuerza de sonarse, sentía que la tos sacudía su pecho dolorido.

Al regresar Joachim dijo:

—Voy a hacerte una proposición. Hoy es viernes. Mañana, después del almuerzo, tengo mi examen mensual. No es una consulta completa; Behrens me da unos golpecitos en la espalda y hace tomar notas a Krokovski. Podrías acompañarme y pedir que te ausculten. Esto es ridículo, pero si estuvieses en tu casa llamarías sin duda a Heidekend. Y aquí, donde tenemos dos especialistas, paseas y no sabes a qué atenerte, ni hasta qué punto te hallas enfermo ni sabes si harías mejor en acostarte.

—Bien —dijo Hans Castorp—, como quieras. Naturalmente, puedo hacer eso. Y hasta es interesante para mí el asistir una vez a tu consulta.

Quedaron, pues, convenidos y cuando llegaron arriba, ante el sanatorio, la casualidad quiso que encontrasen al consejero Behrens en momento favorable para formular su petición.

Behrens salía del ala avanzada de la casa, con el sombrero hacia atrás y un cigarro en la boca, las mejillas azules y los ojos lacrimosos. Estaba en plena actividad, se dirigía a visitar su clientela particular de la aldea, después de haber trabajado en la sala de operaciones, según explicó.

—¿Qué tal, señores? —saludó—. Siempre están de paseo. ¿No frecuentan ya la alta sociedad? Vengo de un combate desigual, con cuchillo y sierra; un gran asunto, ¿saben? ¡Extracción de una costilla! Antes, el cincuenta por ciento se quedaba en la mesa de operaciones. Ahora tenemos más éxito, a pesar de que a veces se hace la maleta precipitadamente, mortis causa. ¡Bah! El de hoy podrá seguir riendo, por ahora se mantiene firme… Una cosa de locura, un tórax de hombre que ya no es tórax. Ya saben, visceras blancas y asquerosas… En fin… ¿y ustedes? ¿Cómo va su preciosa salud? La existencia es más alegre si se comparte, ¿no es verdad, Ziemssen, zorro viejo? ¿Por qué llora, señor turista? —añadió dirigiéndose de pronto a Hans Castorp— . Está prohibido llorar en público. Es una norma de la casa. Si todos hiciésemos lo mismo…

—Es que estoy acatarrado, doctor —contestó Hans Castorp—. No sé cómo ha sido, pero he cogido un tremendo resfriado. Toso y tengo el pecho cargado.

—¡Ah! —exclamó Behrens—, convendría tal vez consultar con un médico serio.

Los dos se echaron a reír y Joachim contestó, juntando los talones:

—Es lo que estamos dispuestos a hacer, señor consejero. Mañana tengo mi consulta y queríamos pedirle que tuviese la bondad de examinar al mismo tiempo a mi primo. Se trata de saber si podrá marcharse el martes…

—«C, d.» —exclamó Behrens— «¡C, d, a, s!» Completamente dispuesto a servirles. Deberíamos haber comenzado por eso. Desde el momento en que uno está aquí, puede al menos aprovecharlo. Pero naturalmente no se quiere imponer nada. Mañana a las dos, inmediatamente después de la «comilona».

—Es que también tengo un poco de fiebre —añadió Hans Castorp.

—¿Qué dice? —exclamó Behrens—. ¿Cree que no tengo ojos para verlo?

Y con su formidable dedo índice se tocó sus ojos inyectados de sangre, de un azul húmedo y lacrimoso.

—¿Cuánto tiene?

Hans Castorp citó modestamente la cifra.

—¿Por la mañana? ¡Hum, no está mal! Para empezar no está mal. Bueno, mañana vienen los dos. Para mí será un honor. ¡Buena digestión!

Con las rodillas torcidas y remando con las manos, comenzó a descender por la pendiente del camino mientras el humo de su cigarro flotaba detrás de él como una bandera.

—Ya está todo arreglado como deseabas —dijo Hans Castorp—. No pudo ir mejor, ¡ya he sido anunciado! Es, por lo demás, muy probable que no haga nada. Supongo que me recetará un jugo de regaliz o una tisana pectoral, pero de todos modos es agradable sentirse atendido médicamente cuando uno se siente algo estropeado como yo. Pero ¿por qué habla de esa manera tan enérgica? Al principio me divertía, pero a la larga me resulta desagradable. «¡Buena digestión!» ¡Qué jerga! Lo normal es decir «buen provecho», en cierto modo es incluso poético, como «el pan de cada día». Pero «digestión» es pura fisiología, y pedir sobre eso la bendición del cielo es malicioso. Tampoco me gusta verle fumar, eso tiene algo de inquietante para mí, porque sé que le hace daño y le pone melancólico. Settembrini sostiene que su alegría es forzada, y Settembrini es un crítico, un hombre de juicio seguro, hay que reconocerlo. Tal vez debería razonar un poco más y no aceptar las cosas tal como se presentan; pero tiene toda la razón sobre este punto. Aunque se comienza por jugar, por censurar y por indignarse y luego pasa algo que no tiene nada que ver con el razonamiento y ya no puede hablarse de severidad moral, de modo que la república o el bello estilo aparecen de pronto como cosas anodinas. —Murmuró estas palabras de un modo indistinto; parecía que él mismo no veía muy claro lo que quería decir. Su primo le miró de reojo y dijo—: Hasta la vista.

Y ambos se dirigieron a sus habitaciones y al compartimiento del balcón.

—¿Cuánto? —preguntó Joachim al cabo de un momento, a pesar de no haber visto si Hans Castorp había usado nuevamente el termómetro.

Y Hans Castorp contestó con un tono de indiferencia:

—Sin novedad.

En efecto, apenas entró en la habitación había cogido de la mesita de noche la bella adquisición de la mañana, había destruido, por medio de sacudidas verticales, el 37,6 que ya había cumplido su papel y, como un enfermo experimentado, había comenzado, con su cigarrillo de cristal en la boca, la cura de reposo. Pero a pesar de su espera demasiado ambiciosa, y de que hubiese conservado el instrumento durante ocho largos minutos bajo la lengua, el mercurio no se había dilatado más allá de los 37,6, lo que al fin y al cabo era fiebre, aunque no una fiebre más fuerte que la que había tenido por la mañana.

Después de la comida el espejillo de la columna subió hasta 37,3. Por la noche, cuando el enfermo se sintió fatigado de las emociones y las novedades del día, se mantuvo en 37,5, y por la mañana temprano no marcó más de 37, para alcanzar de nuevo a mediodía el mismo grado que la víspera. Con todo eso, la comida principal del día había llegado y, al finalizar, la hora de la consulta se había aproximado.

Hans Castorp recordó más tarde que, durante esta comida, madame Chauchat llevaba una blusa de un amarillo dorado, con grandes botones y bolsillos galoneados, una blusa nueva para Hans Castorp, y que cuando llegó, como siempre un poco tarde, se había exhibido un instante en la sala con esa prenda. Luego, igual que todos los días cinco veces, se había dirigido a su mesa, se había sentado con movimientos lánguidos y, sin parar de hablar, había comenzado a comer; como cada día, pero con una atención particular, Hans Castorp le había visto mover la cabeza mientras hablaba y de nuevo había notado la curva de su nuca, la postura caída de sus hombros, cuando, por encima de Settembrini, que se hallaba sentado al extremo de la mesa situada transversalmente entre ellos, había mirado hacia la mesa de los rusos distinguidos. Madame Chauchat, por su parte, no se había vuelto una sola vez hacia la sala durante la comida. Pero cuando se hubieron servido los postres y el gran reloj de péndulo, colocado en el lado estrecho de la sala, donde se hallaba la mesa de los rusos ordinarios, tocó las dos, con gran sorpresa de Hans Castorp, impresionado por aquel enigma, ocurrió lo siguiente:

Mientras el reloj daba las dos campanadas —una y dos— la graciosa enferma había vuelto la cabeza y torcido ligeramente el busto. Por encima de su hombro, y abiertamente, había dirigido su mirada hacia Hans Castorp, pero no vagamente hacia su mesa, sino, sin equívoco posible, hacia él en persona, esbozando una sonrisa en los labios cerrados y con los ojos oblicuos, semejantes a los de Pribislav, como si hubiese querido decir: «Bueno, ya es la hora, ¿no vas?» Pues cuando los ojos «hablan» tutean, aunque los labios no hayan pronunciado todavía un «usted». Este extraño incidente turbó a Hans Castorp hasta el fondo del alma. Apenas se fiaba de sus sentidos y, desolado, miró a madame Chauchat a la cara; luego levantó los ojos por encima de su frente y sus cabellos, mirando al vacío. ¿Sabía que él estaba citado a las dos para una consulta? ¡Lo parecía! Y, sin embargo, no era verosímil. También hubiese podido saber que un minuto antes se había preguntado si debía decir al doctor Behrens, por mediación de Joachim, que su gripe iba mejor y que juzgaba la consulta innecesaria. Pero las ventajas de este pensamiento se habían desvanecido ante aquella sonrisa interrogante, para adquirir el color del fastidio más repulsivo. Un segundo más tarde, Joachim puso la servilleta enrollada sobre la mesa y, con un movimiento de cejas, hizo una señal a Hans Castorp e inclinándose hacia sus vecinos, se separó de la mesa. Hans Castorp, titubeando interiormente, aunque con un paso en apariencia firme, y con la impresión de que aquella mirada y aquella sonrisa continuaban pesando sobre él, siguió a su primo y salió de la sala.

Desde el día anterior por la mañana no habían vuelto a hablar de su proyecto, y en ese momento iban uno al lado de otro en un acuerdo tácito. Joachim se daba prisa. La hora convenida había pasado y el doctor Behrens exigía puntualidad. Siguieron el corredor del entresuelo, pasando delante de la administración y bajaron la escalera, recubierta de linóleo encerado, que conducía al sótano. Joachim llamó a la puerta situada al final de la escalera y en la que un rótulo de porcelana designaba la entrada a la sala de consultas.

—¡Entren! —exclamó Behrens apoyándose fuertemente en la primera sílaba. Se hallaba en el centro de la habitación con la bata puesta, sosteniendo en la mano derecha el estetoscopio negro con el que se golpeaba la pierna.

Tempo, tempo. —Y volvió sus lacrimosos ojos hacia el reloj—. Un poco piu presto, signori. No estamos exclusivamente a la disposición de sus señorías.

El doctor Krokovski se encontraba sentado ante el doble pupitre, cerca de la ventana, pálido, con su acostumbrada blusa negra y los codos sobre la tabla de la mesa, sosteniendo en una mano la pluma, en la otra su barba y delante de él papeles, sin duda el fichero del enfermo. Miraba a los recién llegados con la expresión vaga de quien sólo está allí como ayudante.

—Vamos, acérqueme esos papeles —dijo el doctor Behrens en contestación a las excusas de Joachim, y cogió la hoja de temperatura para darle un vistazo mientras el paciente se apresuraba a desnudar su torso y a colgar los vestidos que se iba quitando en la percha que había al lado de la puerta.

Nadie se ocupaba de Hans Castorp. Permaneció un instante de pie contemplándolos, luego se sentó en una pequeña butaca cuyos brazos estaban sostenidos por pequeños grifos, al lado de una mesita sobre la que había una botella de agua. Estanterías cargadas de carpetas y gruesos volúmenes de medicina guarnecían las paredes. Excepto eso, no había más muebles que una chaise-longue de respaldo movible, cubierta con una tela blanca y cuyo almohadón se hallaba cubierto a su vez con una servilleta de papel.

—Coma siete, coma nueve, coma ocho… —dijo Behrens hojeando las fichas semanales de Joachim, en la que éste había escrito fielmente las temperaturas tomadas cinco veces al día—. Continúa la cosa un poco alta, mi querido Ziemssen, no puede pretender que desde el otro día la cosa haya mejorado con tanta rapidez. —«El otro día», había sido hacía cuatro semanas—. No está desintoxicado, no, señor. ¡Vamos, hombre! Esto no puede conseguirse en un solo día, no somos hechiceros. Pero lo conseguiremos.

Joachim asintió con la cabeza y sus hombros desnudos se estremecieron, a pesar de que hubiese podido objetar que no estaba allí precisamente desde la víspera.

—¿Y cómo van esos puntos en el hilus derecho, donde el sonido continuaba siendo agudo? ¿Mejor? ¡Vamos, venga aquí! Daremos unos golpecitos.

Y el examen comenzó.

El doctor Behrens, con las piernas separadas, el tronco inclinado hacia atrás y el estetoscopio bajo el brazo, comenzó explorando la parte superior de la espalda derecha de Joachim; golpeaba con un movimiento de la muñeca, sirviéndose de su mano derecha como de un martillo y apoyándose con la mano izquierda. Luego descendió bajo el omóplato y golpeó al lado, en el centro y en la parte inferior de la espalda, después de lo cual Joachim, que estaba ya acostumbrado, levantó los brazos para dejar que explorase bajo el hombro. El mismo proceso se repitió en la parte izquierda y, una vez terminado, el consejero le ordenó que se volviera para auscultar el pecho. Golpeó bajo el cuello, cerca de la clavícula y en la parte superior e inferior del pecho, primero a la derecha, luego a la izquierda.

Cuando hubo golpeado suficientemente auscultó apoyando el estetoscopio en el pecho y la espalda de Joachim, y fue auscultando los lugares en los que antes había golpeado. Al mismo tiempo, era preciso que Joachim respirase o tosiese alternativamente, lo que parecía fatigarle mucho, pues jadeaba y sus ojos se abrillantaban de lágrimas.

En lo que se refiere al doctor Behrens, anunciaba todo lo que iba oyendo, lo anunciaba con palabras breves al ayudante sentado ante la mesa, de forma que Hans Castorp pensó en una sesión en casa del sastre, cuando el maestro toma las medidas para un traje y va colocando la cinta métrica en el cuerpo y a lo largo de los miembros de su cliente, dictando las cifras obtenidas al aprendiz, sentado e inclinado.

—Corto, acortado —dictaba el doctor Behrens—. Vesicular, vesicular… —Parecía ser un buen signo—. Ronco… —Y hacía una mueca—. Muy ronco… Ruido. —Y el doctor Krokovski lo anotaba todo como el aprendiz las cifras dictadas por el sastre.

Hans Castorp, con la cabeza inclinada hacia un lado, seguía los acontecimientos sumido en una contemplación meditativa del torso de Joachim, cuyas costillas (gracias a Dios, todavía las tenía todas) se movían al respirar bajo la piel tersa, abultando por encima del estómago en su torso esbelto, de un moreno amarillento, con un vello negro en el esternón y en los brazos, por otra parte robustos, uno de los cuales lucía en la muñeca una cadenita de oro.

«Ésos son brazos de gimnasta —pensaba Hans Castorp—. Siempre se ha dedicado con gusto a la cultura física, por su afición a las armas, mientras que yo he hecho poco caso de ella. Ha estado siempre preocupado de su cuerpo, mucho más que yo, o al menos de otra manera. Yo no he sido más que un civil pendiente de tomar baños tibios, comer y beber bien, mientras que él ha cultivado su fuerza. Y de pronto, su cuerpo ha pasado a primer plano, se ha hecho independiente y ha adquirido importancia por la enfermedad. Está intoxicado y no quiere dejar de estarlo y recuperar su energía, a pesar de todos sus deseos de ser soldado en el llano. Su constitución es perfecta, como un verdadero Apolo de Belvedere. Pero por dentro está enfermo y exteriormente caldeado por la enfermedad, pues la enfermedad hace al hombre más corporal, más carnal…» Sumido en estos pensamientos, sintió de pronto miedo y lanzó una rápida mirada desde el torso desnudo de Joachim hasta sus ojos negros y dulces, que la respiración artificial y la tos hacían lacrimosos y que durante el examen miraban al vacío con una expresión triste por encima del observador.

El doctor Behrens había terminado.

—Esto va bien, Ziemssen —dijo—. Todo está en regla, dentro de lo posible. La próxima vez, dentro de cuatro semanas, irá mejor.

—¿Cuánto tiempo cree usted, señor consejero…?

—¡Ah! ¿Conque vuelve a tener prisa? No podría apretar las clavijas a sus reclutas en este estado de intoxicación avanzada. Unos seis mesecitos, le dije el otro día. Si esto le consuela, cuéntelos desde la otra visita, pero considérelos como un mínimum. Yo diría que no se está tan mal aquí; podría usted ser un poco más amable. Esto no es un presidio, no es una… mina siberiana. ¿Cómo puede suponer que nuestra casa se parece a nada de eso? Bueno, Ziemssen, ¡rompan filas! ¡El siguiente, si se siente con ánimo para ello! —exclamó, y miró al techo.

Alargando los brazos, tendió al mismo tiempo el estetoscopio al doctor Krokovski, que se puso en pie y lo cogió para proceder con Joachim a su pequeño control de ayudante.

..."

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16
 
 

Esta era la última lucha entre el bien y el mal. El fin de los tiempos había llegado.

En este lugar abandonado por dios, ondas de fuego recorrían el campo de batalla. Mientras cadáveres alados caían del cielo y las plumas se esparcían por doquier, los seres bajos del inframundo arrastraban sus cuerpos derretidos, intentando escapar de la destrucción. No había rastro de arcángeles o archidemonios, estaban demasiado ocupados matándose entre ellos.

Mientras el mundo se caía a pedazos, un ángel menor y un demonio mundano se encontraban en un duelo a muerte.

En un principio igualados, el ángel se enfocaba en defenderse con su espada sagrada mientras el demonio lo acosaba con su fuego maldito.

En un balance perfecto, ambos buscaban el más mínimo error que les permitiera fulminar al enemigo.

Más con la virtud de la paciencia, el ángel permitió que la batalla se alargara tanto que empezaron a repetir sus movimientos cíclicamente.

Cuando estuvo seguro de que el demonio se movía por puro instinto, en lugar de esquivar el próximo proyectil, como tantas veces lo había hecho, usó su espada para repelerlo y contraatacar con esa misma bola de fuego.

El demonio, perdido en el ciclo, se sorprendió tanto que, por un segundo, se olvidó de que el impacto no le haría ningún daño. Ese segundo fue más que suficiente para que le cortaran el ala izquierda. Cayó del cielo hacia las fauces hambrientas de la tierra.

Con tal desventaja táctica, más y más heridas marcaban el torso del demonio. Lo estaban masacrando.

Humillado, manchado de sangre mezclada con tierra, el demonio sabía que no le quedaba mucho tiempo, así que intentó una última táctica desesperada. Se arrodilló en el piso, se abrió de brazos y cuestionó sinceramente.

—¿Persiste todavía la misericordia en tu corazón?

El ángel, también marcado por la crueldad de la batalla, estaba listo para decapitarlo. Soltó una última línea antes del golpe de gracia:

—Los pecadores serán negados de la clemencia que nunca concedieron.

El demonio, con el ángel ya enfrente de él y viendo la espada que se alzaba en lo alto, bajó los brazos y preguntó:

—¿Acaso no estás cansado ya… hermano?

El ángel se disgustó hasta el alma al escuchar semejante blasfemia.

—¿Cómo te atreves a llamarme hermano?

Por dentro, fue una pequeña curiosidad la que detuvo sus manos. El fuego de su rival se apaciguaba gradualmente.

—¿No estás cansado de esta masacre? Míranos, como dos caras de la misma moneda. Nacimos para matarnos, bajo la misma mano de dios. Es por eso que somos hermanos.

El ángel no pudo pelear contra su curiosidad. Siguió escuchando el discurso del demonio. La espada se mantenía alzada en este miserable mar de llamas.

—Por mi lado, me ha tocado la condena de ceder a mis deseos más perversos, los cuales nunca hubiera elegido desarrollar. Degradarme en un ser de oscuridad. —Apuntó a él con su dedo quemado— Por tu lado, fuiste bendecido, pero toda bendición es también una maldición, hermano mío.

El ángel frunció el ceño, sintiendo las cenizas rozando contra sus alas. Ni una mota de polvo se adhería a ellas.

—Naciste perfecto y puro, sobre la gloria de los cielos ¿No? pero tu perfección es monótona, aburrida. Es la última pared que se puede encontrar.

Miró sus manos negras por un momento.

—Con una existencia dedicada a propósitos ajenos, creciste en un entorno sin sueños, esperanzas ni dolores. No eras más que una marioneta glorificada, lista para desecharse en cualquier momento. ¿Qué clase de vida es esa?

—…

Los lamentos impedían el silencio total.

El ángel, que había escuchado todo el discurso, reflexionó profundamente y se cuestionó por una vez, no si estaba haciendo lo correcto, sino si hacía lo que realmente deseaba.

Bajó la espada, con el demonio contemplando su confusión.

Mientras los cielos rugían y la tierra temblaba, el ángel contestó.

—Tal vez tienes razón, tal vez estoy cansado de esta lucha del bien contra el mal. Tal vez estuve viendo las cosas de la forma incorrecta.

—Ja. Así que te das cuenta —la respuesta fue de su satisfacción— Entonces ven, hermano, solo dame una oportunidad, y le demostraré al mundo quién soy realmente.

Aunque incrédulo de que alguien pudiera cambiar tan rápido, el ángel quería creer que el castigo de dios mostraba sus efectos.

Arrojó la espada al foso lleno de cadáveres y se acercó al demonio para darle un abrazo.

Unos brazos abiertos lo recibieron.

Ese había sido su último y más grande error. El abrazo se sintió tan legítimo que bajó la guardia por completo. El demonio aprovechó esta oportunidad para clavarle las garras en el estómago, destruyéndolo por dentro con sus llamas negras.

Que increíble acto de ingenuidad.

—¡Tú, me has engañado! ¡Sigues siendo el mismo demonio despreciable!

El demonio le respondió con la sonrisa más exagerada que pudo hacer:

—Por supuesto que soy el mismo, hermano, pero no te he engañado. No te he dicho ni una sola mentira. Te conté sobre nuestra situación, te abrí los ojos y te pregunté si estabas cansado de esta masacre, pero nunca mencioné que yo mismo lo estuviera. Jamás he prometido nada.

Y así, mientras otro ángel más perdía la chispa de la vida, el mal había triunfado sobre el bien una vez más, arrastrándose a su próxima víctima antes del final inminente.

—Tal vez el mundo realmente merece ser destruido...

..."

17
 
 

LOS RECOLECTORES

Uno tiene el cabello anaranjado y va al frente del grupo. Mantiene el semblante serio y mira el entorno con detenimiento. De su espalda cuelga un arma forjada en metal negro. “Ese parece ser peligroso”, piensa él. La otra camina despreocupadamente, carga una mochila a cuestas y juguetea con un fino puñal, pasándoselo de una mano a otra, lanzándolo al aire, atrapándolo. Al final, los custodia esa cosa.

“Eso” es al menos dos veces más grande que cualquier persona y se yergue sobre dos pilares metálicos que hacen de piernas. A los costados, dos brazos, también metálicos, custodian costillas, un esqueleto brillante y ancho, engranajes cobrizos que funcionan como articulaciones, tubos, resortes y más metal. Una cabeza humana corona al golem, y el rostro de la cabeza se mira relajado, como acostumbrado a ese cuerpo.

—El ruido provino de algún lugar cerca de aquí —dice ella. Su voz es ligera, llena de energía, severa—. Hay que encontrarlo rápido, mejor antes de caer la noche.

—¿Crees que el esnórak nos esté acechando? —pregunta el hombre de metal, y su voz tiembla, insegura—. Primero el gusano y ahora el estallido, ¿y si es una trampa?

—Los esnórak no tienden trampas, Arlon. No seas idiota —responde el de cabello naranja.

—¿Pero no podemos solo asustarlo y olvidarnos del asunto? ¿O destruir su madriguera mientras esté afuera cazando? —habla con vergüenza, muy bajito—. No quiero verle de frente, yo los he visto matar, y no quiero morir así, lo lamento, pero estoy aterrado.

—Son muy territoriales, los otros no lo dejarán pasar cerca de sus madrigueras. Si solo le ahuyentamos buscará otro lugar en donde hacer su escondite. Los túneles…

—¡Qué Aheb no lo permita! —Lo interrumpe ella. Su mirada se clava en él—. ¿Cómo puedes decir eso enfrente de Arlon? Si permitimos que uno solo entre…

—Sería el final para todos. Y es por eso por lo que hay que cazarlo. Además, esa lata te protegerá. ¿No? —Él habla tranquilo, como si su situación fuese algo rutinario. Golpea al armatoste con los nudillos, un chasquido metálico provoca un eco en la inmensidad del desierto.

El mago no sabe si son hostiles, si intentarán matarle al descubrir su presencia. En La Ciudadela se cree que además de los horrores de la corrupción, el desierto no ofrece hogar a nada más. ¿Quiénes son ellos y qué hacen aquí? ¿Qué es esa cosa? ¿Tecnología prohibida?

—¿Eh?

Han escuchado algo, de alguna forma lo han oído. El mago se agazapa tras el montón de rocas que le sirve de escondite, y en silencio, se cubre con un sortilegio que disimula su presencia. Entonces, prepara un conjuro; sencillo y corto, no quiere matar a nadie, así que solo les aturdirá. Una variación de Focus, que desarrolló junto a Aldous.

El desconocido camina hacia donde él se encuentra, lento, con cautela. Mira con detenimiento cada detalle del entorno y ya ha desenfundado su arma. Camina como si olfateara los alrededores. Se ha detenido justo frente al manantial, el cual ya ha formado un gran charco sobre el suelo.

Para el mago, el andar del desconocido recuerda a los perros de La Ciudadela, muertos de hambre y llenos pulgas, los cuales, motivados por sus instintos, cazan a las ratas, gordas por el desperdicio y que salen de las coladeras para echarse algo al hocico. En muchas ocasiones, un transeúnte desprevenido se acerca demasiado y termina con los dientes del can aferrándose a una pantorrilla. Decide que lo mejor será permanecer quieto y ocultarse, por si acaso.

—Agua —dice en voz queda, escéptico. Se hinca y toma un poco con su mano, duda en beberla, pero el impulso gana. No pasa nada—. ¡Nowa! ¡Arlon! ¡Agua!

Ahora lo mira de cerca. Viste con la misma tela que encontró entre los restos de la torre, e incluso de cerca, los reflejos metálicos asombran a uno. Él es diferente de cualquier otra persona que haya visto alguna vez; el cabello acomodado en una maraña sobre la cabeza y, de la parte de atrás, se proyecta una larga tira trenzada. Su piel también es distinta, clara, aunque tostada por la inclemencia de la luz, es tal vez la piel más clara que ha visto alguna vez. El mago se pregunta si será necesario atacarles.

—¿Cómo es posible? —Ella también luce incrédula. Tiene un rostro amable, ojos grandes adornados con puntitos de pintura, enmarcados por su abundante cabello. Dos bolitas de metal le sobresalen del labio inferior—. ¿Tú qué opinas, Zev? ¿Algún truco?

—No lo sé —responde él—. Podría ser alguna ilusión causada por la contaminación.

—Para mí, luce bastante normal —Nowa forma un cuenco con sus manos y lo llena con agua. Sin pensarlo mucho, bebe—. ¡Qué fresca! Es como si fuera un favor divino.

—No deberías hacer eso —señala Arlon, de inmediato. Pero ninguno de los otros dos le presta atención.

—Las voluntades apartaron su mirada del desierto desde que dejaron de brillar las estrellas, ¿sabes? Eso dice Ma Uzi. A nosotros no nos suceden esas cosas.

—¿Crees que tenga que ver con ellos? —Ella lo dice rápido y débil. A modo de una inmoralidad—. Ya sabes… Vimos al de la luz.

—Podría ser, aunque ese quizá ya esté muerto. El esnórak parecía tener una fijación particular con él. Tal vez al final lo encontró.

—¿Es cierto que solo se comen lo de adentro y te dejan como una muda de araña, o de serpiente? —pregunta ella. Se dirige a Arlon.

—Comen hasta que ya no queda algo más que zamparse. Esas cosas no conocen la saciedad e incluso llegan a reventar, se les sale todo y aun así siguen comiendo. Solo comen, comen y comen —Su voz es tranquila, vacía, y en su rostro se forma la introspección, como tratando de no escuchar sus propias palabras.

—Es verdad, estabas ahí, ¿no es cierto? —Zev muestra una mezcla de curiosidad, de horror. En seguida ello se transforma en compasión, en arrepentimiento, como si hubiese preguntado algo muy privado—. En Badr, me refiero.

—Estaba dormido, y como las residencias se encontraban en los niveles inferiores fuimos los primeros en ser atacados —La vida volvía a su mirada a momentos, hablaba quedo, apretando la voz—. Llegaron desde abajo. Logré matar a uno, casi a costa de mi propia vida. Cuando me encontraron, los centinelas me sacaron a cuestas del ahí

El oasis que al que el mago ha dado vida se encuentra en uno de los extremos de un amplio terreno irregular, hay menos arena y el suelo es más firme, grandes rocas descansan por aquí y por allá, y atisbos de una vegetación verde, casi gris y raquítica, adornan trozos de suelo dispersos entre sí; son arbustos escuetos, revestidos por hojas pequeñas, delgadas, flabeladas. Él, a la sombra de las rocas, se encuentra a poca distancia de la fuente, desde ahí resulta invisible para aquellas personas tan extrañas, desde ahí les puede ver y oír.

—Seguía consciente, y esas cosas seguían entrando. Lo vi todo. Salí apenas vivo.

—Por eso tenemos que encontrar a esa cosa. No podemos permitir que algo así vuelva a ocurrir —dice ella, con solemnidad—. Que Arlon sobreviviese fue un milagro. Papá no deja de agradecer a las voluntades. Estuvo a punto de perder otro hijo.

—Nos enfocaremos en esto, y ya —suelta Arlon. Ha vuelto en sí, por decirlo de alguna forma, y solo alcanza a susurrar—: Por favor.

—Bien pues —Zev se hinca en el suelo y mete las manos al agua, vuelve a ceder al impulso y bebe un poco—. No muy lejos de aquí construyeron una bóveda. Si llegamos, pasaremos la noche ahí, a primera hora volveremos con la tribu a informar sobre esto.

—Bien pues —responde Nowa.

—Bien pues —dice Arlon.

Bien pues”, piensa él. Los seguirá hasta encontrar ese lugar seguro en donde pasarán la noche. Parecen pacíficos, y si no, podría usar algún conjuro. Tiene hambre, pero al menos ya ha saciado su sed y se ha reabastecido de agua. Ahora sabe que aquella bestia tiene nombre, y que ellos la están buscando. Incluso podría ofrecerles ayuda en su empresa a cambio de que lo guiasen hasta Guhr.

Ellos ya han dado la vuelta y se alejan de su escondite. Por eso decide que es seguro salir. Se endereza un poco, decide correr hacia un pequeño matorral que le servirá como un nuevo escondite, desde donde podrá verlos.

Solo un paso. Al salir al descubierto, echó una mirada rápida a sus guías y entonces lo notó, la mirada de Zev se cruzó con la suya, ojos verdes llenos de sorpresa, de temor. Había llamado la atención del perro. Solo fue un instante. Y es que, gracias al sortilegio de ocultación, la hoja solo arañó su brazo, casi en el hombro. Un corte en sus ropas y la tela mugrosa de su camisa absorbiendo la sangre con celeridad. El sortilegio confundió a su atacante, desplazó su espada apenas lo suficiente para evitarle un golpe fatal. Porque él atacó para matar; lo supo al mirarlo a los ojos, agudos y lejanos, una avalancha mortífera que cayó sobre su cuerpo en segundos y que apenas logró esquivar. Ha caído de espaldas y se ha puesto de pie tan deprisa como puede, Zev se levanta al frente suyo, si no logra desviar su próxima estocada va a morir.

Sabe que, por detrás suyo, los otros dos observan, y no sabe si esa cosa de metal lo atacará o si ella también es una asesina o una guerrera. Pero no puede despegar la vista de la amenaza que representaba aquel hombre. Prepara el conjuro, y decide que subirá un poco su intensidad, por si acaso. No desea matar a nadie. Rápido, por instinto, levanta el brazo y recita las palabras, el otro ya ha cargado contra él, la punta de la espada apunta a su pecho.

Un ruido seco; el de un cuerpo cayendo sobre el suelo, seguido por el eco del metal al chocar con algo duro. Le ha golpeado antes de verse atravesado por la hoja. Ahora su agresor yace tirado con el rostro embarrado contra el piso, inconsciente. Nowa ya ha corrido hacia él, alarmada. Arlon le apunta desde lejos con la imponencia de un brazo mecánico.

—¡No le he matado! —Su voz tiembla y está a punto de romper a llorar—. ¡Ha sido él quien me ha atacado primero!

Forma otro sello y prepara el hechizo otra vez, está listo para volver a atacar si es necesario, pero entonces siente una vibración; el aire siendo succionado desde algún lado. Después, escucha el ruido de los engranajes al girar y de la energía al concentrarse, desde donde se halla el golem, un grito artificial recorre el espacio. Una gran cantidad de calor se libera y en seguida, el rayo. Apenas logra esquivarlo lanzándose hacia un costado. La tierra sobre la que estaba un momento antes explota en pedacitos y sus oídos sufren a causa del ruido, tierra quemada. La roca se ha fundido y ahora permanece roja, caliente e inerte. El mago apunta hacia el monstruo de metal y dispara un solo proyectil incandescente, brillante, pero este se disipa al chocar con su objetivo.

—¡Eres el brujo! —le grita ella—. ¡Tú lanzaste las llamas y asustaste al esnórak! ¡Sobreviviste!

El aire vuelve a vibrar. Grito, y esta vez el arma dispara más rápido, de nuevo erra en el tiro, pero la explosión fue bastante cercana y lo ha lanzado por el aire varios metros. Al caer, se queda sin aire. Aturdido, intenta levantarse, pero Nowa ya lo ha tomado por un brazo y lo inmoviliza, apretándole contra ella y acerca el brillante filo a su yugular.

—¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo sobreviviste? —pregunta.

—Me escondí —Traga saliva. Está perdido—. Logré arrastrarme hasta una torre, me escondí, y al amanecer seguía vivo.

—¿Eres de adentro? —Ella está a punto de la histeria, los ojos inyectados en sangre y la voz desgarrándose—. ¿Por qué has salido?

—Me dirijo hacia Guhr —Decide que tiene que mentir, si saben de La Ciudadela quizá ellos crean que el Dogma le envió, la imagen de Pólux podría intimidarles—. Me esperan allí. Me perdí, y tenía mucha sed. Por eso hice brotar el agua, no quería causar ningún mal.

—Entonces, tú lo creaste —Ya ha vuelto en sí, frunce el ceño, gruñe y se aprieta el costado con fuerza, ahí le ha golpeado, un intenso dolor pinta su expresión.

—¡Zev! —La pesada armadura de Arlon se dirige hacia él—. Por un instante yo creí…

—No sería tan fácil —Un hilo de saliva escurre por su comisura, arrastra las palabras al mismo tiempo que cojea, paralizado en parte, quizá. Y al mago le resulta interesante lo que su hechizo ha provocado sobre aquel muchacho—. Lo llevaremos con Ma Uzi, ella sabrá qué hacer con él.

—¿Lo llevaremos a la tribu? —Arlon ya se ha acercado, aún controla al golem—. ¡Es muy peligroso! Podría ser un espía.

—A los locos del interior no les importamos tanto como para enviar espías —sentencia Zev. Mira al mago a los ojos, como se mira a un animal desconocido, pero en su mirada la rabia crece—. Si le corto un brazo no será capaz de atacarnos otra vez.

—¡Solo me he defendido! —espeta el mago. Palidece frente a la idea de perder una extremidad, puede que el conjuro haya sido demasiado débil.

—No me arriesgaré —ha sonreído, y el mago se pregunta si acaso le causa placer la idea de cortar un cuerpo con su aquel sable de negro metal —¡Sostenlo!

La presión de las manos de Nowa sobre su cuerpo desatan un fuerte impulso de huida, con un movimiento hosco se libera de su captora, y apunta sus manos hacia ella, quién suelta un chillido agudo y se tira al suelo, nadie se mueve. Ha descubierto que le temen, ellos ignoran que apenas y conoce hechizos de combate, ellos ignoran que está aterrado por lo que suceda en las horas venideras.

—No tengo intención de que haya una próxima vez. Pero si me atacan de nuevo, no dudaré en hacer algo más que aturdirles —El temblor en su voz delata el miedo que siente, y Zev vuelve a sonreír.

—¿Eso es una amenaza, loquito? —El perro se acerca a él. Huele a sudor, a tierra y a metal. Una fea cicatriz le recorre el rostro de lado a lado, por sobre la nariz y un trozo de metal perfora su ceja izquierda, un adorno quizá. Con un fuerte empujón lo arroja al suelo y un dolor vítreo recorre su cuerpo al recibir el duro golpe—. Levántate, Nowa. Él no hará nada estúpido, ¿verdad?

El mago solo asiente.

—El brujo podría serle útil a la tribu. Por eso vendrá con nosotros.

—¿Útil cómo? —pregunta Arlon, quién no ha dejado de apuntarle con el brazo.

—Eso lo decidirán los viejos, no nosotros. Yo lo vigilaré, y a la próxima lo mataré antes de que realice algún truco. Ahora, de pie.

—¿Y si decido que no quiero ser útil?

—Entonces yo mismo te meteré en las tripas de ese esnórak en cuanto nos lo crucemos.

Termina por bajar la mirada, pues, aunque sabe que tendrán cuidado de él, también siente temor de ellos. Y es que, al recordar a la presencia acechante en la oscuridad, y la desesperación que lo llevo a conjurar la luz, las llamas, termina por aceptar que las palabras de Zev no son una amenaza, pues desea permanecer junto a ellos. No son una amenaza, porque uno no teme a su única oportunidad de sobrevivir. No son una amenaza, porque a pesar de haberles enfrentado, el mago no percibe maldad en ellos...

..."

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18
 
 

Acto, Resistencia y Repercusión.

Capítulo: V

Abrí los ojos y el mundo seguía allí, exactamente donde lo dejé. En el techo, la misma mancha de humedad me devolvía la mirada con su contorno irregular y oscuro. Parecía un mapa de un continente que no quería visitar, una presencia orgánica que crecía un milímetro cada noche mientras yo soñaba con bosques rojos.

—Un día de estos te vas a secar y vas a desaparecer —murmuré, con la voz pastosa y el sabor del sueño amargo en la lengua.

No sabía si lo decía por la mancha o por mí mismo. Me incorporé con un suspiro que me dolió en el pecho. El cansancio no era una sensación, era una capa de barniz pegada al cuerpo; dormir en este pueblo no era descansar, era sobrevivir a una jornada nocturna en otra dimensión.

—Genial… otro día en el paraíso —mascullé, arrastrándome hacia el baño.

Conociendo a mis padres, el cronómetro ya estaba en marcha. Ducha fría para anestesiar los nervios. Uniforme azul marino, rígido y oliendo a la tienda del colegio . Me miré al espejo mientras me anudaba la corbata; el color oscuro me hacía parecer más pálido de lo normal, casi traslúcido.

—Perfecto, Tyler. Ahora sí pareces un extra de una película de internados malditos. Solo te falta el cuervo en el hombro.

Bajé las escaleras y el optimismo de mi padre me golpeó como una bofetada de luz. Estaba junto a la puerta, ya con las llaves del coche en la mano y esa energía de “nuevo comienzo” que yo empezaba a detestar.

—Pero mira quién es —dijo con una sonrisa que iluminaba toda la estancia—. Ese uniforme te queda impecable, hijo. Tienes porte de abogado.

Me observó de arriba abajo, asintiendo con orgullo.

—Ya no pareces el vagabundo que llegó ayer a la oficina de ese director rancio de escuela.

Resoplé, ajustándome el cuello que parecía querer estrangularme.

—Ni modo, papá. O uso esto o el Director Thorne me sacrifica en el altar de la disciplina. Es el precio de la paz social.

Mi padre soltó una carcajada limpia y abrió la puerta hacia el aire gélido de la mañana.

—Tu madre ya se fue. Una emergencia en pediatría  parece que el hospital local nunca duerme.

—En el hospital, lo sé —terminé por él, pasando a su lado—. Siempre es lo mismo.

—¿Para qué gastar palabras contigo? —dijo divertido, revolviéndome el pelo antes de subir al coche—. Eres demasiado intuitivo para tu propio bien.

El trayecto empezó con el ritual sagrado de Mat Miller: el volumen de la radio al máximo y la lista de reproducción de los setenta tronando en los altavoces. ABBA.

“My, my… at Waterloo, Napoleon did surrender…”

Cantaba. Mal, fuera de tono, pero con una felicidad tan genuina que por un momento lograba hacerme olvidar que estábamos en Shadow Creek. Yo abrí mi mochila, fingiendo revisar el almuerzo que mamá me había dejado, buscando cualquier distracción para no mirar los árboles que desfilaban por la ventana como lanzas negras.

—¿De verdad tienes que cantar a estas horas,waterloo? —pregunté, refiriéndome a su canción favorita.

—Es parte de mi encanto terapéutico, Tyler. Si puedo sobrevivir a mi propia voz, puedo sobrevivir a cualquier paciente —respondió guiñandome un ojo.

—No creo que la ciencia respalde eso y que tus pacientes te respondan .

—La ciencia no, pero el alma sí.

Seguí hurgando en mi mochila, intentando ignorar la melodía pegajosa. Entonces, el teléfono de mi padre  vibró, cortando la voz de Agnetha de golpe.

—Aleluya… —murmuré, levantando las manos al cielo—. Gracias, señor, por esta interrupción divina.

Él sonrió, pero su dedo ya estaba en el botón de aceptar.

—Cuando termine, te canto la discografía completa de los Bee Gees como castigo.

—Ni se te ocurra.

—Mat Miller al habla, ¿en qué puedo ayudar? —su tono cambió al instante. Esa era la “Voz de Doctor”: segura, ligera, capaz de calmar un ataque de pánico con solo un par de vocales.

Pero algo ocurrió. Poco a poco, la calidez se drenó de su rostro. Sus ojos, antes brillantes por la música, se endurecieron hasta parecer dos cuentas de cristal frío. Sus dedos se apretaron alrededor del volante hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Entiendo… —dijo finalmente, con una gravedad que me erizó el vello de los brazos—. Ya voy en camino. Mantengan el área cerrada.

Cuelga. El coche reduce la velocidad de forma antinatural, casi dejándose llevar por la inercia.

—¿Papá…? ¿Qué pasa?

No me respondió de inmediato. Miré por la ventana y sentí que el estómago se me caía al asfalto. Habíamos llegado a la Academia, pero el cuadro era dantesco. No era la entrada ordenada de ayer. Los estudiantes estaban agrupados en la acera, un mar de uniformes azules moviéndose como un hormiguero perturbado. Y delante de la verja, la policía. Cintas amarillas cruzando el hierro, luces rojas y azules rebotando contra la piedra gris de la entrada.

—¿Qué pasó? —mi voz salió como un susurro roto.

Mi padre aparcó bruscamente a un lado. Apagó el motor y el silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier música. Se quedó mirando al frente un segundo, inhalando aire como si se preparara para una inmersión profunda. Luego me miró. Directo. Sin filtros de “padre optimista”.

—Tyler… te lo voy a decir sin rodeos porque eres mi hijo y porque esto va a estar en boca de todos en cinco minutos.

Ese tono. El tono que usa cuando tiene que dar noticias de homicidio en una escena de crimen.

—Encontraron el cuerpo del conserje… dentro de la escuela. Julian.

El mundo se detuvo. El sonido de la radio residual, el murmullo de los estudiantes fuera, el viento… todo se convirtió en un vacío absoluto.

—No… —mis manos empezaron a temblar sobre la mochila—. No puede ser… Ayer. Lo vi ayer, papá. Me ayudó a llegar a mi salón. Estaba… estaba bien. Se quejaba de su insomnio . Estaba vivo.

—Tyler, escúchame…

—No, no puede ser —el aire empezó a faltarme. El recuerdo de los ojos cansados de Julian y su llavero tintineando me golpeó con la fuerza de un camión—. Solo fue ayer. Solo han pasado unas horas.

Senti que algo dentro de mi pecho se fracturaba. No era solo la muerte de un extraño; era la confirmación de que Shadow Creek no era solo un pueblo extraño, era un lugar hambriento. Julian era el único que me había dado una bienvenida honesta, sin acertijos ni miradas gélidas.

Mi padre se inclinó sobre el asiento y me rodeó con sus brazos. Fue un abrazo brusco, protector, una barrera de carne y hueso contra el horror que emanaba del edificio de piedra.

—Está bien… está bien, hijo. Respira.

Y entonces, las lágrimas salieron. Sin aviso, sin el orgullo de intentar ocultarlas. No era solo tristeza por un hombre que apenas conocía; era el pánico de entender la fragilidad de este lugar.

—Lo acabo de conocer… —logré decir entre sollozos, enterrando la cara en su hombro—. Ayer estaba ahí, barriendo hojas… y ahora… ahora es “el cuerpo”.

Mi voz se quebró totalmente al recordar el sonido de sus llaves.

—¿Cómo ha podido pasar? ¿Cómo puede alguien desaparecer así?

Mi padre no respondió. No podía darle una explicación lógica a un chico que acababa de descubrir que el “siempre” se puede terminar en una noche de niebla. Me sostuvo en silencio mientras fuera, el Sheriff y el Director Thorne observaban desde la distancia, como dos buitres esperando que el forense terminara de consolar a su hijo para que el verdadero trabajo —el de limpiar la sangre— pudiera comenzar.

Nos quedamos así unos segundos más. O tal vez fueron minutos; en Shadow Creek, el tiempo se estira y se retuerce como el humo de una hoguera. El abrazo de mi padre era un ancla, la última defensa de la lógica contra el abismo que se acababa de abrir bajo mis pies. Pero incluso el acero más fuerte cede, y fui yo quien se separó, sintiendo el aire frío golpear mis mejillas húmedas.

—Gracias, papá… —murmuré, limpiándome el rastro de las lágrimas con la manga del uniforme. Me dolía el pecho, una presión sorda que no se iba con respirar hondo.

Intenté recomponerme, ajustándome la mochila como si fuera una armadura. Miré más allá del capó del coche y los vi. El Director Thorne y el Sheriff  estaban de pie junto a la verja, dos sombras alargadas intercambiando palabras que la niebla devoraba. Sus rostros eran máscaras de piedra, desprovistas de la sorpresa que cualquier humano normal sentiría ante una carnicería.

—El deber te llama —añadí, forzando una sonrisa que se sintió como una cicatriz.

Mi padre me estudió con esa mirada de cirujano que atraviesa la piel.

—¿Seguro, Tyler? —su voz era un susurro protector—. Puedo dar media vuelta y  llevarte a casa .

Negué con la cabeza, apretando los dientes. Si huía ahora, el miedo me perseguiría hasta mi habitación.

—No… estaré bien. Voy a buscar a Alexis y a Ethan. No quiero estar solo, y ellos tampoco deberían estarlo.

Le di un último abrazo, más corto pero cargado de una advertencia muda: Vuelve a casa. Él suspiró, asintió con pesadez y me puso una mano en el hombro.

—Eres mi tesoro más valioso. No lo olvides.

—Lo sé, papá. Tú… haz lo que sabes hacer.

Cerré la puerta del coche y el sonido metálico resonó en la calle como un disparo. Al cruzar la cinta amarilla de la policía, el ambiente cambió. No era solo el frío; era la vibración. Un mar de estudiantes deambulaba por el césped, susurrando teorías conspirativas, sus ojos saltando de los oficiales a las ventanas cerradas de la Academia. Era una olla a presión a punto de estallar.

Mi padre pasó al otro lado, identificándose ante un oficial con una identificación de hospital , y desapareció hacia el edificio principal. Yo seguí adelante, abriéndome paso entre la multitud, hasta que los vi.

Y algo en mi sangre se heló.

Estaban sentados en una banca de piedra, bajo el sauce llorón que parecía inclinarse para ocultarlos. Ashley, Ethan y Logan estaban envueltos en mantas térmicas de papel de plata que crujían con cada movimiento. Parecían sobrevivientes de un naufragio aéreo. Tenían tazas de plástico entre las manos, pero el vapor subía sin que nadie probara el contenido. Sus miradas estaban fijas en puntos distintos del vacío.

Me acerqué, con el corazón en la garganta.

—Chicos… ¿Qué demonios ha pasado? —Mi voz salió más alta de lo que pretendía.

Antes de dar un paso más, una mano firme se cerró sobre mi antebrazo. Alexis.

—Baja la voz, Tyler —me ordenó. Su tono era una cuerda tensa. No había rastro de su habitual sarcasmo ni de sus juegos de poder. Estaba pálida, con el cabello rojo despeinado, sentada entre Ethan y Ashley como un escudo humano—. No es el momento para un interrogatorio.

—Lo siento… —susurré, retrocediendo un centímetro—. Solo quería…

Miré a Logan. Me costó reconocer al chico que ayer desbordaba una confianza salvaje. Estaba encorvado, con la mirada perdida y las manos manchadas de un rastro oscuro que el agua no había logrado quitar del todo. Parecía un hombre al que le hubieran arrancado el alma y le hubieran dejado solo el armazón.

—Necesito entender —insistí, sentándome en el borde de la banca—. Mi padre está ahí dentro ahora mismo.

Ashley levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados de  paz y la manta térmica lucia estática sobre sus hombros.

—Ethan y yo… entramos. Queríamos las llaves. Pensábamos que Julian se había quedado dormido —su voz era una nota monótona, desprovista de emoción—. Pero ellos estaban allí.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Lobos —dijo ella, y un escalofrío visible recorrió su cuerpo—. Gigantes. Cubiertos de sangre de la cabeza a las patas. Intentaron atacarnos… y entonces…

—¡NO INTENTABAN ATACAR! —el grito de Logan cortó el aire como una cuchilla.

Todos nos tensamos. Logan se puso de pie, dejando caer la taza, que cayó contra el suelo. Sus ojos bicolor ardían con una furia desesperada, nublada por las lágrimas.

—¡Tenían hambre! ¡Y tenían miedo! —su voz temblaba de rabia—. No eran monstruos de feria, eran Familia. Yo los crié. Yo les di nombre. ¡Red Velvet no le haría daño a nadie si no lo obligaran!

Alexis se puso de pie también, enfrentándolo con una frialdad que me asustó.

—Esa “Familia” tuya despedazó algo  ahí dentro, Logan —dijo ella, señalando el edificio con un dedo acusador—. No me importa qué relación mística creas tener con ellos. Atacaron a mis amigos. Casi matan a Ashley.

Hizo una pausa, entrecerrando los ojos.

—Y me alegra que estén muertos. Me alegra que Thorne y Clark los hayan acribillado.

El silencio que siguió fue insoportable. Logan dio un paso hacia ella, con los puños tan apretados que sus nudillos crujieron.

—Repite eso —susurró, con una voz que no parecía humana—. Repite eso, mechones rojos, y te juro que…

El aire se volvió cortante. Ethan intentó levantarse para intervenir, pero sus piernas fallaron. Yo sabía que tenía que detener esto antes de que corriera más sangre, aunque fuera entre nosotros.

—Julian está muerto —solté.

La palabra “muerto” actuó como un mazo. Logan se detuvo en seco. Alexis cerró la boca de golpe.

—Encontraron su cuerpo dentro de la escuela —continué, sintiendo cómo el temblor de mis manos se extendía a todo mi cuerpo—. No creo que haya sido un accidente pero no se más detalles. Mi padre… mi padre es forense. Él acaba de entrar para averiguar qué paso.

Logan se desinfló. Sus hombros cayeron y dio un paso atrás, como si yo le hubiera dado un puñetazo físico.

—No… —susurró, cubriéndose la cara con las manos—. Red Velvet… Girasol… ellos no harían eso. Eran sólo animales… alguien los usó. Alguien los volvió locos.

Cayó de rodillas sobre la hierba mojada, sollozando sin control. Era el sonido de un mundo rompiéndose. Alexis, a pesar de su dureza de hace un segundo, suspiró y, con un gesto cargado de una compasión renuente, se acercó y puso una mano sobre su cabeza, atrayéndolo hacia ella. Logan se aferró a su cintura como un niño perdido.

—Esta mañana es un desastre absoluto —sentenció Alexis, mirando al resto de nosotros—. Todos tenemos versiones incompletas de una historia que apesta a podrido. El Sheriff ya tomó las declaraciones oficiales, pero aquí no estamos seguros. Hay demasiados oídos.

Me miró fijamente. Sus ojos  parecían buscar una salida de emergencia.

—Tyler, llévanos a tu casa.

—¿A mi casa? —repetí, aturdido—. Pero las clases… el Director…

—¿De verdad crees que va a haber clases hoy? —intervino Ethan, hablando por primera vez. Su voz era un hilo de polvo—. Mira a tu alrededor. El aire huele a muerto.

Miré a Ashley, que asintió con paz, y luego a Logan, que seguía temblando en el suelo. Alexis tenía razón. Si nos quedábamos allí, terminaríamos diciendo algo que no debíamos ante la persona equivocada.

—Está bien… —dije finalmente—. Mi casa está a quince minutos caminando por el sendero trasero. Vamos.

Caminamos en una procesión fúnebre, alejándonos de la cinta amarilla y de los destellos de las patrullas. Nadie miró atrás, pero todos sentimos el peso de la Academia sobre nuestras nucas. Detrás de nosotros, los secretos de Shadow Creek seguían ardiendo bajo la niebla, y en la morgue improvisada del vestíbulo, mi padre estaba a punto de descubrir que la muerte de Julian era solo el prólogo...

..."

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Advertencia: Esta trama es una sátira, y la forma de escritura es al estilo escrito de ese tiempo (años 2000 aproximadamente), se sostendrá el estilo entre sus 5 sagas para mantener su esencia de escenas directas (sí, tiene cinco libros escritos de esta manera), con la finalidad que no pierda la esencia el dicho manuscrito. También se adjuntarán imágenes que coordinarán con dicha dinámica. Y por último, la trama fue escrita en msn, (el cual cerró en 2014), de ahí el estilo que se le proporciona dicha obra que fue escrita (al menos su primera parte) en conjunto con un amigo llamado Jonathan.

Capítulo1:

Dos chicos estaban discutiendo sobre una amiga que tenían en común, y mientras tanto, estaban sentados al lado del templo de géminis; este par de chicos eran Cristian y Jonathan, en donde unos segundos más tarde, uno de ellos hizo una exclamación interesante, por lo que de esta situación surge una gran aventura.

—Oye, ¿no serás tú el que rasguñó a la niña?

—¿Qué?

—Sí, tiene un rasguño en medio de sus pechos.

—¿Y por qué crees que fui yo D=?

—Porque eres Milo de Escorpio (?) ¡He descubierto tu verdadera identidad!

—No entendí XD —se rio.

—xD Milo es uno de los caballeros del zodiaco; es ese el caballero de Escorpio y tiene una uña larga roja. xD

—Sí, yo sé quién es.

—¡Sé que fuiste tú Milo! ¬¬ Ya sé para qué usas esa uña. xD

—¿Cómo sabias que me gustaba Milo de los caballeros del zodiaco? D=

—¿Uh?, no sabía xD, soy adivino. LOL

—¿Qué me depara el mañana querido Cristian-kun? —su amigo se estremeció ante sus palabras.

—¿Por qué me dices así?… ¡Milo!

—Porqué… no sé. xD

—¿En realidad eras gay? xD

—>w> No, no soy gay.

—Lo digo por la uña larga. xD

—Jamás. >-> ¡No!

—¿Para qué la tienes entonces?

—Es para arrancar ojos.

—De seguro te haces un agujero cada vez que te rascas. xD

—Para eso tengo las otras. xD

—¡Uhhhh!, yo pensé que solo tenías uñas largas. xD

—No, las otras me sirven para rascarme.

—Ahhh, ya lo capté. ¿Y cómo es qué evitas meterle veneno a las chicas cuando vas a estar con ellas?, seguro que sí les clavas la uña las envenenas. LOL

—Eso es secreto. xD

—Creo que te he descubierto de nuevo, las drogas cuando les clavas tu uña. xD

—No —rio nuevamente.

—Pero así te resulta más fácil, ¿no?

—Ya he contado las chicas cuantas hice hentai y han sido unas 20, pero ya dejé esa vida.

—¡Uhhh Milo!, ¿dejaste todo eso por tu amigo Camus? ¡Faaa!, y yo pensaba que eras más macho.

—¿Camus?, naaah, lo dejé porque detrás de todo soy Apolo. -w-

—¿Enserio? Wow, ¿y qué te dijo Camus?

—¿Por qué tendría algo que decirme Camus? —lo miró.

—No sé, él tiene su opinión, aparte es tu mejor amigo —el Escorpiano se rio de nuevo y le contestó:

—¿Y tú quién eres?

—¿Cómo qué quién soy? —lo miró también, y volteó a ambos lados disimulando.

—Sí, ¿quién eres? ¿Cuál es tu nombre y rango?

—¡Yo soy Kanon de géminis, me tienes que hacer tu discípulo Milo!

—OK —y así, Cristian se arrodilló.

—Me tienes que enseñar cómo usar la aguja escarlata, así puedo saber cómo drogar a las chicas xD —Milo volvió a carcajearse.

—Ellas caen por mi belleza muchacho, tienes que aprender a usar la tuya nada más.

—Podría pensar que tú eres nuestro hermano perdido, te nos pareces bastante, pero serias nuestro hermano menor —Kanon cambió su expresión a una de curiosidad.

—Sí, yo también he pensado lo mismo —Milo se puso a meditar—. Sí, la verdad es que a veces no sabía quién era quién. XD

—Enserio te pareces a nosotros, a mi hermano Saga y a mí. Por cierto, ¿sabías que Shun es gay? xD, no me refiero al maestro de Mu, sino a Andrómeda.

—¡Ahhh!, sí, a ese se le nota a leguas. XD

—¿Vos viste el episodio ese donde revive a Hyoga? xD

—No me acuerdo. xD

—¡Uhhh!, parecemos mujeres diciendo los chismes de los otros caballeros, Milo. xD

—¿Yo por qué?

—Claro, aunque a estas alturas todo el mundo sabe de la relación que tienen Shun y Hyoga. Escuché decir que estaban en el baño haciendo sus necesidades y que Atenea los vio. xD

—¡OMG!, ¿enserio?, no creo. Si Hyoga era el discípulo de Camus, sería raro que sucediera eso.

—¿Tú cómo crees? Tú porque no viste cómo estaba Shun pegado a Hyoga cuando lo estaba reviviendo. Y el muy cursi de Hyoga cuando se despertó lo llevaba en brazos a Shun; parecía en sí una chica. xD ¡Yo soy el gran Kanon! recuerda que fui… no me acuerdo como se llamaba lo que fui. xD

—Jajajaja lol

—Bueno, yo gobernaba los 12 templos, por lo tanto, ¡lo veía todo!

—¿El papa?

—¿Qué papa?

—El que llevaba esa mascara roja, era el papa.

—¡Ahhh!, no era el papa, tenía otro nombre, pero no me acuerdo cómo se llamaba, digo, cómo me hacía llamar. xD

—Bueno, era el papa, ahí soy Apolo. owo

—¡Yo soy el gran Kanon! ¡El gobernante de los 12 templos! ¡Me jodió Atenea, pero he vuelto más vivo que nunca!

—¿Qué, deliras? —se burló de él entre risas.

—¡No! Mira Milo, ¡no me provoques! ¿O qué? ¿Me desafías con la uñita? ¡Dale qué yo te mando a otra dimensión!

—No puedes, mi cosmos es más fuerte.

—¿Cómo sabes? ¡Ni siquiera te has opuesto a mí! ¡Encima sé que trataste de violar a Camus!, aunque no me acuerdo si fue al revés… como sea. ¡Te voy a demandar con la policía!

—No, porque mis nekitas no te dejarán —el caballero de Escorpio le señaló a unas chicas disfrazadas de gato detrás de él.

—¡Uhhhh!, me las violo y luego seguimos xD —el ex-papa se fue a violar a las nekitas.

—¡Pervertido, ahora te demandaré y te mandaré a la cárcel! D:

—¿Cómo es qué en nuestra época hay abogados? ¿Existen? ¿En qué momento se vio un capítulo de nuestra serie teniendo una vida diaria común? xD

—Pues… según se supone vivimos en el siglo 21. xD

—Vos sabes que no me percaté; viví tanto tiempo controlando a Saga hasta que lo cagaron matando, luego me revivieron, y pues… se me fue el tiempo.

—Sí, qué pendejo vos —se volvió a reír.

—Jajajaja aún conservo parte de mi maldad ¡Muahahaha!

—Hahaha ¿Qué es eso?; es una boludez. xD

—Jajaja es Sonic, por eso va tan rápido.

—Ah, por eso va tan rápido. Che, que boludo. lol

—¡Ya Milo, estamos con un tema super serio!

—¿Cuál? ¿En el cuantas veces más rápido se da Sonic en la madre lol?

—¡No, era sobre la homosexualidad que hay entre los caballeros! ¡Por si no viste esto es grave! Se expande como una enfermedad, encima… ¡te tengo malas noticias Milo! Dx, me ha llegado una carta.

—¿Cual carta?

—¡Es de tu mejor amigo Camus!

—¿Esa cosa de dónde salió?

—¡Aquí se encuentra la verdad de las verdades!

—¿Cuál verdad? ¿Qué dice la carta?

—Sí, la carta que me dio Camus, va a tu nombre.

—¿Por qué a mi nombre? Entonces no debía llegar a tus manos, choro de cartas. ¬¬

—No, bueno, sí; se la chorifique al cartero esta mañana, tenía curiosidad por saber lo que decía, pero luego te la iba a devolver con buenas intenciones.

—¡Por eso, choro! 

—Ya déjale de dar de madres a Sonic, ¡esto es importante! xD Mira lo que te puso Camus, tu fiel amigo —le mostró la parte de delante del sobre, el cual estaba marcado con un beso.

— O_O xD ¡Ya suelta el rollo!

—¿Estás listo?

—Síiiii     

—Ya, demasiado suspenso. Aquí vamos… —tosió y se puso a leer la carta en voz alta.

Para Milo, con amor de Camus: (Estimado lector, aquí puede imitar la voz de Camus en un tono exagerado.)

¡Querido amigo, me he dado cuenta de que algo importante está pasando en los doce templos de los caballeros! Seiya y sus amigos, han estado merodeando mucho por aquí últimamente, ¡y he descubierto algo horrendo! Cuando paseaba por los doce templos, me pasé cerca de la habitación de Atenea, y escuché unas risas muy peculiares; no eran risas comunes, eran de los caballeros de Atenea; tú sabes a quienes me refiero: Shun, Hyoga, Shiryu, Ikki y Seiya. Estaban con ella; pensé que tenían una reunión normal, pero no lo era, porque apenas me asomé para verificar su charla me encontré con lo inimaginable. ¡Vi a los caballeros jugando con muñecas! ¡Todas de porcelana Dx! Entonces cuando di un paso hacia atrás para salir huyendo, Shun me atrapó con su puta cadena D=, ¡y me arrastro al infierno!

—Hahaha por chismoso xD —interrumpió Milo, luego Kanon siguió leyendo:

¡Y me he dado cuenta desde ese incidente de algo muy importante Milo! ¡Me han lavado el cerebro! ¡Estoy loco por ti!

Pero Milo no dejó que terminará de leer, y le quitó la carta a Kanon para prenderla fuego.

—Ahhh que se joda.

—Nosotros somos los únicos que quedamos Milo, hay que escapar antes de que sea demasiado tarde; el que se quiere salvar, ¡síganme, vamos todos los machos! xD

—¿Por qué me suena a trampa?

—¿Cómo crees? Nos vamos a violar a Atenea y luego nos vamos. xD

—Yo primero a las enmascaradas.

—OK, ¡a darles duro! —ambos rieron y quisieron ponerse en marcha, pero justo en ese momento aparecieron Mu y Aioria —. ¡Mira, ahí están Mu y Aioria!

—Sí, los veo —siguió a Kanon pensando que se iba a esconder, pero no era ese su plan, es por eso que no se ocultó, y cuando Mu y Aioria los vieron, ellos les gritaron “contaminados” al mismo tiempo que huían de ellos—. ¡Uhh! ¿Y a estos trogloditas qué les pasa? —y entonces Aioria tanto como Mu se detuvieron en su carrera.

—¿Ustedes acaso no están contaminados? ¡Todos los caballeros se están volviendo gays por culpa de Atenea que les está dando una pócima! —les advirtió Aioria.

—¡Sí! ¡Y ahora nos quieren violar! ¡Ahhhh, Aioria, ahí vienen correeeeee! —Mu tomó del brazo a Aioria, y los chicos nuevamente huyen.

—¡OMG!, entonces tenemos que re violar a Atenea XD —concluyo Milo.

—Seee, y se fueron rajando Mu y Aioria —Kanon ya no podía ver a los otros dos dorados.

—Yo no vi a nadie, pero mejor que corran.

—Para mí, que a la velocidad que van ya habrán salido de los templos. ¿En qué casa estamos?, yo me perdí —Milo miró a su alrededor y notó las caras en las paredes.

—Es cáncer.

—¿Y dónde carajos está máscara de la muerte?

—NPI, amigo mío. XD

Nota del autor: NPI= ni puta idea

(Sigamos xD)

—Dale Milo, ¿no hay un pasadizo secreto o algo para llegar más rápido?

—¿Por qué crees que yo lo sé todo? D= —Milo se acercó a la pared, y luego de decir esto, abrió un pasadizo tal cual.

—xDDDD ¡Joya! ¡Vamos! —enseguida atravesaron la puerta secreta, y al traspasarla se encontraron con una escena grotesca. Shion, el maestro de Mu, se está violando a Hyoga.

—¡OMG, NOOOOOOOOOOOOOOOO! —Milo gritó y se tapó los ojos —. Hay que ir por Atenea. ¡Rápido! —así fue cómo Kanon tomó del brazo a Milo para luego pasar corriendo al lado de esa pareja amorosa; bueno, si es que se podría llamarse de esa manera a lo que llegaron a ver.

—Llegamos a salvo… pero ya no veo un joto.

—¡Dónde está la zorra de Atenea! D=

—¡Qué no veo nada Milo, JODER!

—¿Cómo qué no ves nada? —el caballero de Escorpio le dio un putazo en la cara—. Pues abre los ojos animal.

—Ahhh, ahora sí veo xD —se terminó por frotar los ojos por el golpe que el otro le dio—. ¿No está Atenea en la habitación? ¿Qué jodio está haciendo?

—Seguramente filmando todos sus actos perversos —le respondió Milo entre cerrando sus ojos.

—Oye, ¿no estará controlando a Shun y a Hyoga y los estará filmando? ¿No será una fanática del yaoi?

—¡Sí! D= ¡Qué enferma!

—Mejor nos vamos, se me fueron las ganas, aparte no quiero correr el riesgo de que me violen -.-U —después de decir esto Kanon, se tiró por la ventana—. ¡Dale Milo xD! —a diferencia de él, Milo bajó por un ascensor; quién sabe de dónde lo sacó.

—Estamos muy altos para saltar -w-U —así fue cómo corrió Kanon con la suerte de caer sobre las rosas de Afrodita.

—¡Ay la puta madre, me llene de espinas! —después de aterrizar, salió de entre las rosas con miles de espinas en su trasero, y en lo que llegaba Milo riendo, se trataba de sacar las espinas.

—Ahh estás envenenado. xD

—O_O Uhhh, eso jode -.-U; espera que mato a afrodita. ¡Uh!, ahora hay que bajar todos los otros escalones. En la serie se la pasaban corriendo más que peleando —ante ese comentario, Milo siguió riendo—. Bueno, a ver, vamos a bajarle xD y terminamos con el primer capítulo de Milo y Kanon xD

—Hahaha cada vez que dices Kanon, me acuerdo de K-on. lol

—¿Qué jodio es? xD

—Es una serie de anime que está viendo mi prima. Lol

Y así, nuestros héroes se precipitaron a una aventura para salvar sus vidas de un grotesco destino. ¿Podrán sobrevivir a las muñecas de porcelana? ¿Lograremos ver a Camus, el mejor amigo íntimo de Milo? ¡No se lo pierdan! ¡Todo aquí en Milo y Kanon X! ¡Nos vemos en el segundo capítulo!...

..."

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CONJUNCIONES

  • Cambio de y por e y o por u. La conjunción y pasa a e y la conjunción o pasa a u ante voces que comienzan, respectivamente, por /i/ y /o/: simpática e inteligente y uno u otro. El cambio de estas conjunciones se da por razones fónicas, no gráficas. Por tanto, se produce el cambio también en estos casos:

  • Ante i y o, respectivamente, precedidas de h muda: aguja e hilo, mujeres u hombres.

  • Ante voces de otras lenguas que se lean con /i/ y /o/ iniciales aunque estén escritas con secuencias que se leerían de otra manera en español: carta e e-mail, perfume u eau de parfum.

  • Ante signos y otros elementos gráficos que se lean con /i/ y /o/ iniciales: los signos > e = (‘mayor e igual’); 70 u 80 personas.

  • Cuando se usa la fórmula y/o (➤ G-180) ante /o/: constructores y/u obreros.

  • En la construcción oo…: o cucarachas u hormigas, u hormigas o cucarachas, u osos u orangutanes.

  1. Por el contrario, no se produce cambio alguno en los siguientes casos:
  1. Ante i y o precedidas de h aspirada: Franco y Hitler, Watson o Holmes.

  2. Ante diptongos: madera y hierro (pero diptongo e hiato si el segmento hia- de hiato se pronuncia en dos sílabas).

  3. Ante i- y o- en palabras de otras lenguas en las que i y o no se pronuncian /i/ y /o/: iPad y iPhone; Jonas Brothers o One Direction.

  4. Cuando se usa la fórmula y/o (➤ G-180) ante /i/: arquitecto y/o ingeniero.

  5. Cuando la conjunción encabeza un fragmento discursivo y expresa un significado similar a ‘¿Dónde está?’ o ‘¿Qué hay de?’, como en ¿Y Ignacio?

  6. y/o. En español la conjunción o puede tener el valor inclusivo de y, por lo que, en principio, sería innecesario el uso de y/o. Aun así, no se considera incorrecta esta fórmula, especialmente cuando se usa en textos administrativos, jurídicos o científicos, en particular en los casos en los que pudiera caber alguna duda del valor inclusivo de la conjunción o.

  7. Coordinación de elementos:

    1. bi- y tridimensionales. Es válido coordinar prefijos: bi- y tridimensionales (➤ O-181).

    2. los y las representantes. No es recomendable la coordinación de artículos: los y las representantes. Si fuera necesario desdoblar (➤ G-3), lo más aconsejable es repetir el nombre: los representantes y las representantes.

    3. la actriz y cantante. Es más normal que dos nombres compartan artículo cuando se refieren a la misma entidad, como en la actriz y cantante o el alcalde y boticario, pero es posible que se refieran a entidades distintas, como en los libros y discos. Aun así, en estos últimos casos, suele ser más normal repetir el determinante: la madre y la hija, mi cartera y mis llaves. También es posible prescindir de ambos artículos en algunos casos: Madre e hija aparecieron finalmente sanas y salvas.

    4. lenta y progresivamente. Es posible, aunque no obligatorio, prescindir de la secuencia -mente en los adverbios de este tipo que no aparezcan en último lugar en una estructura coordinada: lenta, calmada y progresivamente; tanto interna como externamente.

    5. con cuchillo y tenedor. Con los nombres precedidos de preposición, se puede optar por coordinar solo los nombres (con cuchillo y tenedor, fanático del cine y el teatro) o los nombres con las preposiciones (con cuchillo y con tenedor, fanático del cine y del teatro). No obstante, la elección de una u otra construcción puede cambiar el sentido en determinadas circunstancias. Así, en los amigos de Ana y Luis es más normal entender que se habla de amigos comunes, mientras que en los amigos de Ana y de Luis es más normal interpretar que se habla de los de cada uno.

    6. personas que juegan y bailan. Aunque puede haber cambios en la interpretación, es posible omitir el segundo relativo en casos como personas que juegan y bailan, que alternaría con personas que juegan y que bailan.

    7. la entrada y salida de camiones. Es válido coordinar elementos que tienen un mismo complemento precedido de la misma preposición: la entrada y salida de camiones; Opto y voto por hacerlo. Cuando la preposición que rige cada nombre es distinta, se mantiene a menudo solo la que corresponde al último elemento en la lengua coloquial. Así, se dice Son cientos los aviones que llegan y salen de este aeropuerto cada día a pesar de que el verbo llegar se combina con a y el verbo salir con de. En la lengua cuidada se recomienda repetir el complemento en cada miembro de la coordinación: Son cientos los aviones que llegan a este aeropuerto y salen de él cada día.

    8. estudia y trabaja. Es posible coordinar dos o más verbos con un mismo sujeto (María estudia y trabaja) y también varios grupos verbales: María escribió la carta, la metió en el sobre y la llevó al correo. En casos como María la escribió y la metió en un sobre, se recomienda repetir el pronombre y no prescindir de uno, como en María la escribió y metió en un sobre, salvo en los casos en los que existe gran afinidad conceptual entre los verbos, o se desea enfatizar alguna acción: Lo había leído y anotado escrupulosamente; La leyó y releyó cien veces.

    9. ha diseñado y construido. Es posible y válido coordinar participios que forman parte, por ejemplo, de tiempos compuestos: El arquitecto ha diseñado y construido ese edificio.

  8. Van a cantar y bailar. Es válido coordinar verbos auxiliados en perífrasis sin repetir el verbo auxiliar ni otros posibles elementos intermedios: Van a cantar y bailar en la actuación; Tengo que estudiar y trabajar. En estos casos también se podrían mantener los otros elementos: Van a cantar y a bailar en la actuación; Tengo que estudiar y que trabajar.

  9. La obligó a estudiar y quedarse en casa. En la coordinación de complementos con verbos precedidos de preposición, como La obligó a estudiar y a quedarse en casa, es posible omitir la preposición en el segundo caso, como en La obligó a estudiar y quedarse en casa. Lo mismo ocurre con la conjunción en casos como Quiero que vengas y (que) veas lo que he preparado.

  10. Uso de y, o y pero a principio de enunciado. Las conjunciones y, o y pero pueden emplearse a principio de enunciado. Se entiende en ese caso que unen el nuevo enunciado con el anterior. Pueden, además, adquirir valores expresivos que justifican su uso a principio de oración: Y a mí qué me importa; ¿O es que ya no me quieres?; ¡Pero qué dices!

  11. ¡Que te vayas! La conjunción que puede encabezar enunciados de muy diversa naturaleza: ¡Que te vayas!; ¡Que viene Juan!; ¿¡Que no va a venir!?; Que dice María que la esperemos; ¡Que no estoy sordo!; ¿Que te ha dicho qué? A pesar de que, como se ve, pueda aparecer en contextos interrogativos y exclamativos, que es aquí una conjunción átona y no se debe tildar (➤ O-66).

  12. mejor que lo que imaginas, frente a mejor de lo que imaginas. En algunas construcciones comparativas con oraciones de relativo, puede usarse que o de para introducir el segundo término dependiendo de lo que se compare: Eso será mejor que/de lo que imaginas. En Eso será mejor que lo que imaginas se comparan dos entidades: eso y lo que imaginas; en cambio, en Eso será mejor de lo que imaginas, el segundo término, lo que imaginas, no denota una entidad distinta de eso, sino el grado o cantidad en que imagina el interlocutor que eso será bueno. Esto explica por qué en los casos en que el segundo término denota una entidad distinta debe usarse que (Tienes más posibilidades que Juan) y cuando denota grado o cantidad debe usarse de (Tienes más posibilidades de las que crees).

  13. mejor que, no ^U^mejor a. No se debe emplear la preposición a en lugar de que en casos como El futuro que nos espera será mejor que aquel que imaginamos. Sobre el uso de a y que con preferir, ➤ GLOSARIO.

  14. que que. En las oraciones comparativas es posible encontrar la secuencia que que en casos como Es mejor que vayas tú que que vengan ellos. Esta construcción es válida. Aun así, para evitar la cacofonía, es posible insertar el elemento no entre las dos conjunciones: Es mejor que vayas tú que no que vengan ellos. No es posible, en cambio, solapar las dos conjunciones usando una sola: ^U^Es mejor que vayas tú que vengan ellos. Tampoco se recomienda como solución la sustitución de la conjunción que comparativa por a: Es mejor que vayas tú que (mejor que a) que vengan ellos (➤ G-185).

  15. ¡Qué listo (que) eres! Es propio del registro conversacional, pero no incorrecto, el uso superfluo de la conjunción que en las exclamativas del tipo de ¡Qué listo (que) eres!; ¡Qué rápido (que) va!; ¡Vaya tonterías (que) dices!; ¡Menuda pinta (que) tiene! Es asimismo correcto el uso, también opcional, de la conjunción que tras ojalá: ¡Ojalá (que) todo salga bien! Sobre la posibilidad de omitir la conjunción que en casos como Espero te sirva, ➤ G-71.

LA NEGACIÓN

  • No vino nadie, frente a ^U^Vino nadie. En español, la doble negación no cancela el sentido negativo. Así, No vino nadie no equivale a Vino alguien, sino a Nadie vino. El uso de la doble negación se debe a que en español las expresiones negativas no pueden aparecer después del verbo sin que otra palabra negativa, como no (o tampoco, nunca, ninguno, sin…), preceda al verbo: ^U^Vino nadie.
  • Nadie vino, frente a ^U^Nadie no vino. Cuando nada, nadie, ninguno, nunca, etc., preceden al verbo, no deben combinarse con no en la lengua actual: Nadie vino ~ ^U^Nadie no vino; Tampoco lo hizo Juan ~ ^U^Tampoco no lo hizo Juan. Esta última opción solo se registra en zonas hispanohablantes lindantes con áreas francófonas y de habla catalana, así como en Paraguay por influencia del guaraní.
  • No creo que venga ~ Creo que no vendrá. En algunos casos se puede adelantar la posición del adverbio no sin que por ello pase a modificar verdaderamente al verbo al que precede en su nueva posición. Así, el significado de No creo que venga está próximo al de Creo que no vendrá. Algo similar ocurre en No quiero que venga ~ Quiero que no venga. En ambos casos, no obstante, se niega de manera más rotunda con la segunda opción.
  • No lo creeré hasta que no lo haya visto. En español hay algunos casos en los que la negación no aporta ningún significado, pero no por ello se considera incorrecta: No lo creeré hasta que no lo haya visto; ¡Cuántas veces no lo habré dicho!; Es mejor que vayas tú que no que vengan ellos; Por poco no se cae

Cuestiones ortográficas

LETRAS Y GRAFÍAS

  1. Las letras del abecedario. El abecedario o alfabeto español está compuesto por veintisiete letras: a, b, c, d, e, f, g, h, i, j, k, l, m, n, ñ, o, p, q, r, s, t, u, v, w, x, y, z. Los nombres recomendados de las letras son los siguientes:

a: a b: be c: ce d: de e: e f: efe g: ge h: hache i: i j: jota k: ka l: ele m: eme n: ene ñ: eñe o: o p: pe q: cu r: erre

s: ese t: te u: u

v: uve w: uve doble x: equis y: ye z: zeta

  1. Otros nombres. Aunque estos son los nombres recomendados, también se aceptan otros, como i griega para la y o i latina para la i. Se desaconsejan, en cambio, el nombre ere para la r y los nombres ceta, ceda o zeda para la z. En algunos países de América se utiliza ve para la v, nombre que suele ir acompañado de adjetivos como corta, chica o baja para distinguirlo del nombre de la b, al cual se le añade normalmente el adjetivo opuesto larga, grande o alta. Asimismo, en algunas zonas se usan doble ve, ve doble, doble uve o doble u para la w.

  2. ch, ll, rr, gu, qu. Además de las veintisiete letras, el español cuenta con cinco dígrafos (o secuencias de dos letras que representan un solo sonido): ch, ll, rr, gu, qu. Para los tres primeros son válidos, respectivamente, los nombres che, elle (también doble ele) y erre doble o doble erre. En P-1 y ss. se explica la pronunciación de las letras y los dígrafos.

PALABRAS CON B Y V

4. En general, se escribe b:

Ante consonante: abdicar, abnegación, absolver, abyecto, amable, hablar, hebra, objeto, obtener, obvio, pobre, subterfugio. Excepciones: ovni, grivna y algunos nombres propios extranjeros, como Vladimir, Vladivostok

A final de palabra: baobab, kebab… Excepciones: lev, molotov y ciertos nombres propios eslavos, como Kiev, Prokófiev, Romanov.

En la terminación -bilidad, como en habilidad o amabilidad (con la excepción de civilidad y movilidad).

En las terminaciones -buir y -bir de los verbos, como distribuir o escribir (salvo hervir, servir y vivir, y sus derivados).

En la terminación -ba- del imperfecto (➤ G-43): cantaba, ibas, íbamos, rezabais, lloraban

En las formas verbales que conservan la b del infinitivo: absorbes, absorbía… (de absorber), cabes, cabías… (de caber), había, hubo… (de haber), recabáis, recabábamos… (de recabar), etc.

  1. En general, se escribe v:

En las terminaciones -avo, -ave, -eve, -evo, -ivo de los adjetivos: octavo, dieciseisavo, grave, suave, breve, leve, longevo, nuevo, intuitivo, activo

En las formas verbales que no contienen en su infinitivo, salvo en el imperfecto en -ba-: tuvo, estuve, vaya, voy, ve, vamos, anduvimos, pero andaba, andábamos…

En las formas verbales que mantienen la v del infinitivo: volvemos, volvía, vuelve o volviéramos (de volver); cavo, cavabas, cavasteis, caváramos (de cavar); vendo, vendabas, vendó (de vendar)… PALABRAS CON C, Z Y S

  1. cerilla, zapato. Para representar el sonido [z] se pueden utilizar en español las letras c y z (para el seseo, ➤ P-7). En general, se escribe c ante e, i y z ante a, o, u y a final de sílaba: cerilla, felicidad, calcetín, incienso, frente a zapato, pozo, anzuelo, capaz, pez, regaliz, atroz, luz.

  2. kamikaze, nazi. No obstante, hay casos en los que se escribe z ante e, i:

    1. Algunos préstamos: askenazi o askenazí, azeuxis, dazibao, enzima (‘fermento’), kamikaze, majzén, nazi, razia, zéjel, zen, zepelín, zeugma, zigurat, zigzag, zíper.

    2. Algunos nombres propios: Azerbaiyán (y azerbaiyano y azerí), Nueva Zelanda (y neozelandés), Suazilandia (y suazi), Zimbabue (y zimbabuense), Elzevir (apellido de una célebre familia de impresores holandeses, y sus derivados elzevir o elzevirio y elzeviriano), Ezequiel, Zenón, Zeus.

  3. cigoto, eccema. Hay otras voces en las que alternan las dos grafías, pero, salvo en el caso de zinc, que es preferible a cinc, se recomienda el uso de c en todos los casos: ácimo, acimut, bencina, cigoto, cíngaro, circonio, eccema, magacín

  4. discreción, objeción. En general, se escribe una sola c en las palabras terminadas en -ción que no tienen ninguna palabra con -ct- en su familia, pero sí suelen tener un nombre o adjetivo terminado en vocal seguido de -to: concreción (concreto), contrición (contrito), discreción (discreto), erudición (erudito), sujeción (sujeto), objeción (objeto). También se escriben con -ción palabras como aclamación, adición ‘suma’, afición, evaluación, inflación, rendición, secreción, traición

  5. adicción, lección. Se escribe -cc- en las palabras terminadas en -ción que tienen alguna palabra con -ct- en su familia: acción (activo, acto), adicción (adicto), calefacción (calefactor), conducción (conductor), construcción (constructor), dirección (directo), elección (electo, elector), ficción (ficticio), infección (infectar), infracción (infractor), lección (lectivo), perfección (perfecto), putrefacción (putrefacto), reacción (reactor), satisfacción (satisfactorio), succión (suctor), traducción (traductor). También terminan en -cción palabras como cocción, confección, fricción y micción.

  6. En el español general, pero sobre todo en las zonas con seseo (➤ P-7), hay algunos casos en los que se duda a la hora de escribir s, c o z:

    1. arroces, felices. Se escribe con c el plural de las palabras terminadas en -z: arroces (de arroz), audaces (de audaz), felices

(de feliz), lombrices (de lombriz)

  1. bebecito, huesito, huesecito. Cuando se añade el diminutivo -ecito (➤ G-37), este se escribirá con c, como en bebecito o panecito. Si la palabra tiene -s en su raíz y solo se añade -ito, se mantendrá la s: pasito (de paso), huesito (de hueso). En estos últimos casos, si se añade -ecito, se escribirá primero s (de la raíz) y luego c (de la terminación): huesecito (frente a huesito).

  2. comprensión, atención, impresión, repetición. Se escribe -sión y no -ción:

en derivados de verbos en -der, -dir, -ter, -tir que no conservan la d o la t, como en comprensión (de comprender), agresión (de agredir) o diversión (de divertir), con alguna excepción, como atención; en derivados de verbos en -sar que no conservan la secuencia

-sa-, como en precisión (de precisar), progresión de

(progresar); en derivados de verbos en -primir o -cluir, como en impresión (de imprimir) o conclusión (de concluir); así como en palabras terminadas en -visión, como previsión (excepto movición), y otras como pasión.

  1. has frente a haz, quiso, pusieron. Se escribe s en formas verbales como has (presente de haber: ¿Has hecho eso?) frente a haz (imperativo de hacer: ¡Haz eso!), quiso (de querer), pusieron (de poner), ves (de ver), vais (de ir).

PALABRAS CON C, QU Y K

  1. cuenco, quedar, kebab. Para representar el sonido [k], en español se utiliza c ante a, o y u (también a final de palabra o ante consonante, como en crac), y el dígrafo qu- solo ante e, i: capitán, color, cubo, máscara, cuenco o escuálido y quedar, tanque o tranquilo. Además, hay casos en los que se utiliza k en contextos similares: bakalao (tipo de música), kart, kebab, kilo-, okupa, kril… Dada la variación, se recomienda consultar el diccionario ante la duda.

  2. folclore, póquer, bikini, euskera. Se prefiere c o qu (según el contexto) a k en caqui (color y fruta), Corea, cuáquero, folclore, neoyorquino, quer, polca, queroseno, quiosco, telequinesia, valquiria. Se prefiere k en alaskeño, bikini, euskera, harakiri, kamikaze, karst, kilo, kimono, kinesiología, kurdo, Marrakech, moka, musaka, okapi, pakistaní, pekinés, troika, uzbeko, vodka. A final de sílaba también alternan c y k: aeróbic (o aerobic), bistec, bloc, chic, clic, cómic, coñac, crac, frac, cnic, tac, tic, tictac, vivac, zinc, zódiac, pero anorak, brik, cuark, folk, kayak, punk, tetrabrik, turkmeno, yak

  3. cuórum, no ^U^quórum. Hoy no se acepta el uso de q fuera del dígrafo qu. De ahí que en español se deba escribir cuark, cuásar o cuórum, no ^U^quark, ^U^quásar o ^U^quórum. También se recomienda escribir Catar e Irak en lugar de Qatar e Iraq.

G Y J

15 jersey, jirafa, cónyuge, guerra. En español, el sonido [j] se puede representar con las letras j en cualquier posición (barajar, jersey, jirafa, joroba, juego, eje, lejía, rejuvenecer, reloj…) y g ante e, i (gestor, girar, imagen, cónyuge, región, higiene, congelar…). El sonido [g] (➤ P-1) se representa con la letra g (ante a, o, u, ante consonante y a final de sílaba o palabra) o el dígrafo gu (ante e, i ): gato, guerra, águila, agosto, gustar, ogro, zigzag.

  1. garaje, trajiste, complejidad. En general, se escribe j ante e, i:

    1. En la terminación -aje(s): bricolaje, garaje, golaveraje, homenaje, menaje, tatuaje, triaje… Excepciones: ambages, enálage, hipálage.
    2. En la raíz de formas verbales que no tienen el sonido [j] en el infinitivo, como trajiste (de traer), condujimos (de conducir) o dedujeras (de deducir).
    3. En las palabras formadas sobre raíces terminadas en j: complejidad, esponjita, relojes, rejilla, ojeras, quejido
  2. coger, crujir, filología. En general, se escribe g ante e, i en los siguientes casos:

    1. Los verbos terminados en -ger, -gir y sus formas: coger, coges, corregimos, elegí, eligieron, proteger, protegemos, dirigís. En estos verbos sí se escribe j ante a y o: cojo, cojas, elijo, elijan, protejamos, dirijáis… Son excepciones tejer y crujir y sus derivados (tej, tejiéramos, destejen, cruje, crujía…), y algunos otros verbos menos usuales, como mejer o grujir.

    2. Palabras que terminan en -logía, -rragia, -fagia, -algia: filología, hemorragia, onicofagia (‘costumbre de comerse las uñas’), lumbalgia

  3. México, Texas. En algunos nombres propios y sus derivados, la x puede representar el sonido [j]: xico, Texas, Ximénez, Mexía… En estos casos la x se pronuncia como [j] y se prefiere a la j en la escritura (por ejemplo, mexicano, mejor que mejicano)...

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Hola soy nuevo aquí y quería compartir el borrador del primer capítulo de una historia que estoy escribiendo. Está ambientada en una isla de fantasía, en una época tardío medieval más cercana al renacimiento. La historia seguirá a dos hermanos y su mentor que se ven obligados a huir de su hogar cuando una poderosa duquesa ordena a un grupo de sectarios que los encuentren.

CAPÍTULO 1: UN TRABAJO MÁS

Una suave brisa de viento mecía las hojas de los pinos. Un silencio inundaba el bosque, un silencio extraño. El canto de algún jilguero y el movimiento de algún pequeño roedor eran los pocos sonidos distinguibles en aquel voto de silencio que el bosque había realizado aquella tarde.

Un estrecho camino de tierra, apenas visible, se internaba en aquel paisaje tan único del sur de la isla. Allí, se encontraban de pie, parados como pasmarotes, tres hombres armados observando un cartel de madera arrancado a la derecha del camino.

—¡Y una mierda! —vociferó la figura más alta mientras se agarraba el cinturón.

—¿No me dirás que estás acojonado, hermano? —preguntó con sarcasmo el más bajo de ellos.

—No es eso, ¡joder! —El alto elevó su tono de voz buscando la intervención del último hombre, un anciano que no había dejado de observar la entrada. Ante la indiferencia del hombre, prosiguió con la discusión—: Pero ya sabes lo que opino de los putos lobos, nunca van solos, coño, van en manada, lo sabe todo el mundo.

—Vale, estás acojonado —respondió vacilante el bajo, mientras que su hermano fruncía el ceño dispuesto a responder con la respuesta más ingeniosa que había podido pensar en ese momento.

—¡Gilipollas! —vociferó el grandullón sosteniendo la camisa blanca de su hermano por el cuello mientras este no dejaba de sonreír.

—¡Basta los dos! Gonzalo, tú delante; Alonso, tú detrás. —Instantáneamente ambos hermanos se callaron y obedecieron la orden sin vacilar ni un momento. El bajo se puso al frente mientras el alto se posicionó en la retaguardia del trío.

Mientras los hermanos obedecían, el anciano no apartó la vista de aquella entrada ni un solo segundo. Lo cierto es que aquel hombre era bastante reconocible: piel rugosa, áspera, pelo de color ceniciento, barba descuidada y una gran cicatriz en su labio. No era muy alto, pero contaba con una barriga prominente cultivada a lo largo de los años. Su aspecto era más propio al de los filósofos borrachos de las tabernas que al de un buscavidas.

—Entonces… —Gonzalo se dio la vuelta para mirar al anciano antes de emprender el camino dentro del bosque—. ¿Se supone que tenemos que confiar en la palabra de un concejal corrupto? No es por ir en tu contra, Martín, pero llevas toda nuestra vida repitiendo que debemos ser más listos que los demás y esto no es algo muy inteligente, digo yo.

Lo cierto es que Gonzalo tenía parte de razón; aceptar un contrato para cazar un lobo solitario por una cantidad grande era una señal de que aquello era más bien una estafa que podía terminar o en un robo o en algo peor. Gonzalo siempre había sabido suplir su poca altura y fuerza con una inteligencia y curiosidad enormes. Las diferencias con su mellizo eran tan significantes que se podría afirmar que no se parecían en casi nada. Uno era un gigante de pelo largo y castaño oscuro, ojos color miel; el otro, de estatura baja, pelo negro carbón y corto y unos ojos verdes heredados de su padre.

—Llevamos una semana comiendo pan duro y nos quedamos sin dinero hace tres días. Sé que no es lo mejor, pero hace meses que no encuentro un contrato de verdad, así que esto es lo mejor que tenemos por ahora. —La preocupación en el rostro de Gonzalo se acentuaba a más palabras salían de la boca de Martín, así que tenía que hacer algo para calmar la situación; suspiró y buscó en su cabeza qué palabras serían las más adecuadas.

—Es una trampa, lo sé —dijo finalmente mientras se frotaba la barbilla—. Si el lobo no existe, que probablemente así sea, volveremos a la aldea y obligaremos a ese cabrón a que nos pague lo que nos debe; si existe, lo cazamos y hacemos lo mismo.

La expresión de falsa confianza de Martín solo logró convencer a Alonso, que asintiendo animó a su hermano para que echara a andar de una vez. Gonzalo, a regañadientes, empezó la caminata hacia la boca del bosque siguiendo el camino en un inicio hasta que los cantos de los pájaros cesaron y el silencio más absoluto se adueñó de la escena.

Martín hizo señas con las manos a los hermanos para que los tres abandonaran el camino y se adentraran entre los árboles. Guiando el grupo esta vez el anciano, los tres hombres desenvainaron sus armas: Alonso un mandoble viejo de aspecto endeble, Gonzalo una pequeña espada y una pequeña rodela que portaba en su espalda; finalmente Martín cargó su ballesta y preparó un puñal que colgaba de su cintura.

Una siniestra niebla comenzó a inundar el bosque al mismo tiempo que el sol comenzaba a desaparecer. Ante la escasa visión, Alonso se tropezó con una raíz que sobresalía del suelo cayendo sobre su hermano, que logró esquivarlo por centímetros y esbozó una leve sonrisa. Martín alzó su mano izquierda cerrando el puño para indicar silencio. La brisa del viento emitía un pequeño silbido que erizó la piel de los tres hombres mientras la oscuridad se cernía cada vez más sobre sus ojos.

Avanzaron durante un rato tratando de evitar los obstáculos que la propia naturaleza había dispuesto a lo largo de aquel bosque. Evitaron en todo momento la tentación de encender algo de fuego para dotarlos de la bendición que hubiera sido una luz, incluso tenue, en aquel lugar. Sus plegarias fueron atendidas cuando divisaron a la lejanía lo que parecía ser una hoguera o algo parecido; la verdad es que no lograban distinguir nada, pero era lo único que podían distinguir en aquel lugar.

Los tres pararon en seco y entrecruzaron una serie de miradas cargadas de curiosidad y cierto terror, como un sentimiento de peligro que despertó en lo más profundo de su ser. Al final fue Alonso el que decidió dar el paso y acercarse para descubrir de dónde procedía aquella luz; Martín trató de agarrarle el brazo para retenerlo, pero el gigante se deshizo fácil de las manos de su mentor.

Alonso esperaba encontrar un campamento de bandidos, los mismos a los que pertenecía el cabrón del concejal que les había mandado hacia aquella trampa. De hecho, cuanto más se acercaba, incluso pasó por su cabeza la posibilidad de que fuera el campamento de un vendedor ambulante que les invitaría a cenar e incluso a un buen vino. Pensamientos que rápidamente desaparecieron cuando, tras asomarse de un arbusto, tuvo enfrente de sí la hoguera de la que provenía la luz.

Aquella expresión de curiosidad desapareció enseguida. Enfrente de él yacían lo que a ojo parecían ser cuatro cadáveres. Ciertamente, lo que le sorprendió a Alonso no fueron los muertos en sí; había trabajado junto a Martín y su hermano durante años y aquellos bosques eran igualmente venerados y temidos. Lo que cambió el rostro de Alonso fue que la cabeza de uno de ellos estaba justo en sus pies.

Aunque se mantuvo en silencio, el pánico se adueñó de su cuerpo dando un mal paso hacia atrás y cayendo. Martín y Gonzalo se acercaron deprisa pero silenciosamente para asegurarse de que estaba bien. Mientras Martín intentaba hacer que Alonso hablara, Gonzalo se adelantó en la explicación que el anciano pretendía sacar de la boca de su hermano.

—Creo que ya no nos tenemos que preocupar porque nos vayan a robar. —Gonzalo se giró lentamente hacia Martín, que le miraba extrañado.

—Ahora solo nos tenemos que preocupar de que no nos coman. —Hizo una leve pausa—. Joder —sentenció.

Martín apartó a un lado a Gonzalo, salió de la penumbra y se quedó observando la cabeza cortada. Más que una cabeza podría decirse que era una masa de carne pegada a un cráneo, estaba destrozada.

—Por la Dama —fue la única frase que salió de su boca.

Tras observar la misma durante un instante, alzó la vista hacia el resto del campamento: ocho cuerpos contó, ni uno más, ni uno menos. El anciano ordenó a los hermanos que le cubrieran mientras descargaba su ballesta y la volvía a colocar en su espalda. Ambos obedecieron, al menos lo hicieron cuando Gonzalo logró que su hermano se incorporara de nuevo para buscar su mandoble.

Martín se acercó al primero de los muertos y se agachó para observar de cerca. Había sido asesinado, o más bien dicho, destrozado. Le faltaban la pierna izquierda al completo y el brazo derecho entero, tenía una enorme herida de garra en su estómago y en su cráneo Martín se quedó extrañado por las dos grandes incisiones de colmillos que lo atravesaban.

Entonces Gonzalo se acercó al segundo cuerpo. A este le faltaba la cabeza, así que asumió que había desenmascarado bastante rápido el misterio. Por la forma que tenía lo poco de cuello que le quedaba, pudo deducir que la muerte tuvo que ser rápida; posiblemente a la bestia le bastó un solo zarpazo para arrancarle la cabeza. Alzó de nuevo la vista y se dio cuenta de que aquel campamento, por llamarlo de alguna forma, estaba compuesto por algún saco de dormir, una cacerola y una cuchara de metal encima de la hoguera y, bueno, ahora un montón de cuerpos desmembrados.

Lo que más inquietaba a Gonzalo no era aquella escena macabra, era el silencio; silencio absoluto del bosque, un bosque que normalmente rebosaba de vida, aquella noche había muerto. Entonces comenzó a analizar más de cerca lo que parecía una huella, una huella extrañamente grande para ser de un lobo, pensamiento que guardó en sus adentros. Se agachó para analizarla de cerca y pudo deducir que, por lo menos, aquello existía; si dejaba huellas es que era real y si era real se podría matar, o de eso quería convencerse. El chisporroteo de la hoguera fue lo único que lo sacó de sus pensamientos.

Así fueron los tres uno a uno hasta llegar a la conclusión de que no habían sido ocho muertos, sino doce, solo que los últimos cuatro estaban esparcidos a lo largo del campamento.

—Esto lo ha hecho un lobo por los cojones —comenzó a maldecir Alonso—. ¡Ves!, son una puta manada, Gonzalo, una ma-na-da, serán veinte o, qué coño, ¡treinta!

—Esto no lo ha podido hacer un lobo, es imposible… —Gonzalo se quedó observando a uno de los muertos que se encontraba tendido en el suelo, con los brazos extendidos y los dedos de las manos clavados en la tierra, tratando de huir de la cosa que lo mató; volvió a pensar en la huella de antes y comenzó a repasar el amplio bestiario que Martín les había obligado a memorizar—. ¿Puede que un cajún?

—Los cajún no habrían dejado los cuerpos, se los habrían llevado a su madriguera, aunque el tamaño de las heridas es… —Martín hizo una leve pausa mientras los hermanos le observaban impacientes— …es posible, esos monstruos son los únicos capaces en esta zona de hacer algo así. —De repente a Alonso le comenzaron a rugir las tripas y el anciano se acordó del porqué se habían adentrado en aquel infierno—. Coged lo que veáis de valor, rápido, yo encenderé las antorchas.

Martín corrió hacia la hoguera que comenzaba a apagarse, agarró algunas ramas gordas y lió unos trapos a su alrededor. Roció los trapos con algo de aguardiente que tenía guardado en la cantimplora de piel de su cintura. Bastó acercar aquellas antorchas improvisadas al fuego para que ardieran. Mientras, los hermanos buscaban en las bolsas, cofres y sacos de dormir del campamento, apenas haciéndose con algunas monedas. Resulta que los saqueadores estaban más necesitados que ellos.

Toda la preparación quedó en nada cuando una ráfaga de viento apagó la hoguera y las tres ramas, quedando aquel triste cementerio totalmente a oscuras. Se comenzaron a escuchar algunos crujidos de ramas seguidos por unas leves pisadas, casi indistibles del sonido que emitía el propio viento. La niebla se encargó de separar a los hermanos de su maestro. Ambos se quedaron inmóviles durante un instante, instante que fue precedido por un grito seguido a su vez por un fuerte golpe. Esto puso en alerta total a los hermanos que lentamente se acercaron hacia donde se suponía que estaba Martín. Ninguno de ellos se atrevió a decir nada, ni una sola palabra; aunque deseaban gritar para que el anciano respondiera, no podían dejar que aquello tuviera aún más fácil localizarlos.

Ambos prepararon sus armas, espalda con espalda, decidieron comenzar a moverse poco a poco hacia la hoguera extinguida. La niebla no les dejaba ver demasiado, aquello era tanto una maldición como una bendición, eso pensaba Alonso, pero su hermano tenía la sensación de que lo que fuera que moraba aquella niebla los podía ver sin mucho problema.

Gonzalo vislumbró a Martín tirado en el suelo, justo debajo de un enorme pino; abandonando la pequeña formación, se acercó rápidamente hacia el anciano que no parecía tener ninguna herida en su cuerpo. Al comprobar que respiraba, se giró a ver a su hermano para comunicarle la buena noticia, aunque Alonso estaba más preocupado por otra cosa.

—El puto lobo —fueron las palabras que Gonzalo escuchó antes de buscar con sus propios ojos aquello que había dejado perplejo a su hermano.

Unos ojos amarillos emitían una luz casi sobrenatural y estos poco a poco iban acercándose. En apenas unos instantes se encontraba frente a ellos. El animal era un lobo, o algo parecido a un lobo. Una bestia blanca de dos metros de alto y otros tantos de largo. Tenía un aspecto canino pero con ciertas peculiaridades: de su boca sobresalían dos grandes colmillos; de su cabeza, encima de sus ojos, dos pequeños cuernos coronaban su cráneo dotando a aquel animal de un espectro demoníaco. A Gonzalo le sonaba de algo, creía haber leído sobre un animal parecido en algún lado, pero no tuvo mucho tiempo para pensar ya que aquella criatura se abalanzó sobre Alonso.

Su hermano trató de defenderse como pudo, esgrimió su mandoble y, con una velocidad impropia para una arma de semejante tamaño, comenzó a lanzar cortes sin parar; sin embargo, la criatura esquivaba cada uno de los golpes con una agilidad que causó un terror aún más grande a los hermanos. Gonzalo no se quedó quieto; dispuesto a ayudar, alzó su espada lanzándose hacia él con el único objetivo de acabar con la bestia. Poco pudo hacer cuando la niebla, una lo suficientemente espesa para privarle de la visión de aquel enfrentamiento, le impidió seguir con su heroica carga.

El joven se perdió por un momento. Con la espada en posición, se internó en la bruma, guiado por un instinto primitivo que le empujaba a ayudar a su hermano. Los ruidos de pisadas, los gruñidos de la bestia y del propio Alonso lo iban conduciendo hacia el combate. Las maldiciones que gritaba Alonso fueron desapareciendo poco a poco.

Un aullido de dolor seguido de los crujidos de varias ramas le provocaron un vuelco en el corazón a Gonzalo.

—¿Alonso? —preguntó—. ¡¿ALONSO?! —El pánico se apoderó de su cuerpo—. Hermano, por favor.

Siguió avanzando, esta vez con más cautela. Cuando se quiso dar cuenta, Gonzalo tenía a sus pies aquello que más temía: Alonso. Sin duda era él, ninguno de los bandidos podía igualar el tamaño de su hermano; estaba malherido, en el suelo, con unas marcas de garras en la espalda. El pánico nubló el juicio de Gonzalo, que perplejo apenas pudo reaccionar cuando la bestia se abalanzó contra él.

Como pudo, adoptó una posición defensiva. Mantuvo la espada a la altura de su hombro derecho mientras agarraba la misma como un estoque, postura defensiva que aprendió de un libro de esgrima. Era la única forma de defensa que conocía; sabía que la misma estaba destinada a defenderse de otros hombres, pero no tenía ni idea de qué hacer contra un monstruo como aquel. Lo cierto es que habían cazado otras veces, pero habían sido presas fáciles y la mayoría de veces era Martín el que se encargaba de los trabajos más duros.

La bestia paró su carga de golpe para observar a Gonzalo. Le sudaban las manos, le temblaban las piernas, pero su mirada era desafiante. El joven creyó ver una leve sonrisa o algo parecido en el rostro de la bestia, aunque pronto alejó ese pensamiento de su cabeza.

En ese momento, el animal comenzó a dar vueltas alrededor de Gonzalo, el cual comenzó a hacer lo mismo iniciando un duelo bastante curioso. Poco duró aquello; cuando la bestia creyó ver un punto débil, se dispuso a atacar. Gonzalo lanzó una estocada con la esperanza de atravesar o el corazón o la boca de la bestia. El animal lo esquivó, ese y los otros tantos intentos que realizó el joven.

Gonzalo decidió cambiar de estilo. Las estocadas no funcionaban, ahora había que pasar a los tajos y cortes. Cambió la postura: esta vez posicionó la espada a su derecha, en una posición abierta que dejaba descubierto su cuerpo pero le permitía dar tajos rápidos de abajo arriba seguidamente. El animal observó confundido al joven, bajando la guardia un leve instante, suficiente para que Gonzalo lanzara un falso tajo a la derecha, con lo cual el animal saltó a la izquierda para esquivarlo. Rápidamente cambió la dirección de la espada hacia el animal consiguiendo herirle en su rostro. El tajo le recorría desde uno de sus cuernos hasta uno de sus dientes, prácticamente todo su rostro. La sangre emanaba de la herida, pero el animal no aulló, no se enfadó; puede que incluso le sorprendiera, y le dio la impresión a Gonzalo de que incluso le hizo una pequeña reverencia.

Trató de repetir la misma técnica sin mucho éxito y fue demasiado tarde cuando Gonzalo comprendió que la bestia lo había estado cansando, jugando con él. Intentó volver a la postura inicial, pero el animal lanzó un mordisco que Gonzalo paró con la espada. Esta se partió y, conforme los pedazos caían al suelo, la mirada de desafío que había lanzado en un inicio a aquel animal desapareció, dando paso a una mirada de horror absoluto.

El joven fue poco a poco andando hacia atrás hasta que tropezó con uno de los saqueadores muertos. Allí, en el suelo, rezando a la Dama tanto por su alma como por la de su mentor y su hermano, una ráfaga de viento le erizó la piel. Aquella situación era demasiado irreal. Ese pequeño pensamiento se incrementó cuando recordó de dónde le sonaba aquel animal.

—No puede ser —susurró.

La bestia no compartía su entusiasmo. Se acercó poco a poco, colocó sus enormes patas encima de los brazos de Gonzalo asegurando que este no se moviera. Acercó su boca a la cara del joven, lo miró, gruñó, y se dispuso a clavar esos enormes colmillos en su cráneo. Gonzalo se había hecho a la idea de que ese era el final, aunque se negó a cerrar los ojos; no porque no quisiera, sino porque no podía creer que una criatura como lo era un lobo de Myr, que se creía extinto desde hacía por lo menos mil años, fuera la causante de su muerte.

Algo cambió entonces en el ambiente: el viento cesó y con él lo hizo el frío de la noche. Una sensación cálida inundó a Gonzalo, una sensación de calma. El lobo dio varios pasos hacia atrás y desapareció entre la niebla. El joven se quedó quieto, no entendía nada, no sabía si atribuir aquello a la Dama o a alguna bestia aún mayor que había logrado asustarlo. Se incorporó un poco aunque una gota de sangre le brotó de su nariz cayendo al suelo. La cabeza pesaba y las piernas le comenzaron a fallar. Alzó la vista al frente, por donde había desaparecido el lobo.

Apenas pudo distinguir nada, pero sabía que algo le observaba. Centró más su vista y lo vio. Allí estaba el lobo, pero no estaba solo. Una gran figura femenina se alzaba al fondo, entre los árboles, acariciando a la bestia que a su lado parecía mucho más pequeña. No pudo distinguir ningún detalle de la mujer, solo que desprendía un brillo blanco que impedía observar su rostro. Gonzalo intentó acercarse, pero cuando dio el primer paso se desplomó en el suelo; antes de cerrar los ojos pudo ver a la mujer acercándose a él. En ese momento la oscuridad se adueñó de sus ojos...

..."

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22
 
 

Capítulo 12

Diferente Amanecer

 

—¿Crees que alguien nos vio?

—Bueno, ojalá, así sabríamos que hay alguien vivo.

—Me refiero a que si algún—

—Lo sé, solo estaba jugando.

—Ah, ¿sí?, pues juega con la madera que tienes que cortar antes de que se haga de noche.

—Bueno, perdón.

—Tú te lo buscaste, yo haré la cena con lo que encontramos mientras.

—Espera, ¿Por qué no me acompañas?

—¿Para qué?

—Conversar, ¿Qué más?

—Bueno, pero la cena saldrá más tarde.

—No importa, revisa en mi mochila, hay unas donas envasadas que pude traer, las comemos mientras.

—¿Donas?, qué rico, a-aunque deberías priorizar lo esencial…

—No hay nada de malo en algo dulce de vez en cuando.

—B-bien, te lo paso por esta vez —dice Erina mientras mira las donas con ojos brillantes.

Son las 6 de la tarde, el viento helado barre las hojas del campo y agita suavemente la ropa de ambos. Aiden respira profundamente cuando salen de la cabaña, llenando sus pulmones de ese aire fresco, un poco de la humedad de los árboles y de las astillas de la madera cortada con anterioridad. El suelo se siente suave bajo sus pies debido a la lluvia del día anterior, y algunas de las hojas secas que cayeron hoy de las ramas crujen a su paso.

Erina se sienta sobre un tronco cortado, mientras Aiden quita la espada de su funda y la empuña con ambas manos.

—Un segundo, ¿Ayer estabas cortando troncos con esa cosa?

—Sí, ¿Qué tiene?

—¿No la vas a partir?, creí que era una espada de decoración.

—Hmm, pues no —dice mientras apoya la espada en su hombro —. Fue un encargo que hice hace tiempo a una herrería, especifiqué que quería que fuese completamente funcional aún si no fuera práctica de usar.

—Ay, eso debió costar bastante.

—Pues, sí, me costó casi toda la paga de un mes, pero valió la pena, aunque no está hecha para usarla realmente, por los 2 o 3 kilos que pesa.

—¿Sí?, pues si lo dices así, no se ve tan pesada.

—¿No?, ven y haz la prueba —dice clavando la punta de la espada en el suelo y ofreciéndosela a Erina.

Ella se levanta del tronco y se aferra a la empuñadura.

—Se supone que una espada normal debería pesar mucho menos de la mitad que esta, pero es una réplica exacta, por lo que es mucho más gruesa y pesada.

Erina intenta levantar la espada con mucha dificultad.

—Adelante, ataca con ella —dice con una ligera sonrisa en su rostro.

—¡Khg!, ¿por qué cuesta tanto levantarla?

Sus muñecas luchan por mantener levantada su hoja, Erina la intenta balancear de lado a lado, pero la espada parece tener vida propia.

—Uf, bien, ya… ya terminé… —dice mientras apoya el arma en el suelo ofreciéndosela a Aiden y vuelve al tronco en el que estaba.

—Tengo que admitir que tampoco era capaz de empuñarla bien —Recupera su agarre, levantando el filo y apoyándolo sobre su hombro derecho —. Pero cuando la fui a buscar, no la recordaba tan ligera, menos ahora, no sé bien por qué, no es como que haya hecho ejercicio.

Aiden toma nuevamente la espada con ambas manos y se planta frente al árbol.

—¿Tendrá algo que ver con…?

Un golpe horizontal al árbol hace que la madera se abra y rompa, soltando algunas astillas, las cuales caen a sus pies.

—No parece que te cueste mucho.

Aiden retira el arma.

—Si, bueno, no es como que sea ligera como una pluma, no puedo usarla con una mano, pero con dos —dice mientras da un par de cortes al aire —. La clave está en mover los pies también, así no pierdes el equilibrio.

Una vez terminada la demostración, Aiden enfrenta al árbol otra vez, cortándolo otra vez y explotando en astillas de madera saltando por todos lados.

—Oye Aiden, ¿Eso que tienes en el pecho ya lo tenías antes?

La embestida de la espada termina por incrustarla en el árbol, dejándola fija. Aiden voltea a verla.

—¿Qué cosa?

—Este, pues… hace unos días, cuando te estaba curando, en tu pecho, cerca del corazón, noté una especie de punto o círculo raro.

—¿En serio? —dice Aiden mientras estira el cuello de su camiseta hacia abajo para descubrir su pecho, notando que, efectivamente, hay una marca ahí.

—¿Qué mierda…? Pues si que tengo algo aquí.

Hay un pequeño círculo del tamaño de una moneda de poco valor en su pecho, es de color negro con un poco de rojo, no parece ser de un color sólido por completo, y tiene un pequeño relieve que se siente cuando pasa sus dedos sobre él.

—¿Entonces no lo tenías antes?

—N-no, o sea, eso creo.

—No te dije nada porque creía que era alguna marca de nacimiento o algo.

—Pues no, aquí no tenía nada, aunque…

—¿Qué cosa?

—Cuando estábamos en el restaurante, antes de que todo explotara, sentí una punzada muy fuerte en mi pecho, justo en esta zona, no sé si tenga algo que ver.

—Es posible.

—Y de hecho… de hecho…

Aiden da una pequeña pausa y desvía la mirada, para justo después volver a tomar su espada y seguir cortando el árbol.

—Cuando los vi, tirados en el suelo, y a esas cosas encima, me sentí… no sé cómo describirlo bien.

Los estruendosos golpes al árbol hacen que las astillas salten por los aires además de callar su voz.

—Mi cuerpo se sentía caliente, algo se abría paso dentro de mí, como miles de serpientes recorriendo justo desde aquí —Señala su pecho mientras detiene los cortes — arrastrándose y cubriendo toda la parte izquierda de mi rostro.

—Y… ¿Q-qué más recuerdas?

Su respiración está algo agitada, por el esfuerzo físico, o por lo que está por decir, aún así, vuelve a extraer la espada.

—Sentí… o más bien escuché una voz en mi cabeza, me daba la bienvenida y—

Aprieta la empuñadura con sus manos y con una fuerza que no estaba usando antes, corta el tronco, los retazos de madera saltan violentamente en todas direcciones.

—No recuerdo nada más que un profundo odio, no sabía que podía sentirme así, solo quería saltar y partirlos a la mitad…

Como si intentara callar sus pensamientos, corta una y otra vez el tronco, queda muy poco para que el árbol caiga, y este tiembla estáticamente con cada golpe brutal.

—¡Los…!, yo… no recuerdo mucho más, solo el olor desagradable de esas cosas, la rabia y después, el dolor… desperté un momento y vi a esa criatura delante de mí, no sabía bien que me estaba haciendo, pero sé que me dolía, nunca antes había…

Su respiración se agita, aprieta los dientes, y continúa una vez más con los cortes, hasta que con un grito de rabia, atraviesa con un solo movimiento la poca madera que le quedaba al tronco.

Como si se tratara de una explosión, la madera estalla con ese último golpe, las hojas caen descontroladas y las ramas se agitan de lado a lado produciendo un susurro al chocar entre sí. Mientras el árbol cede ante la gravedad y su propio peso, Aiden se mueve lejos de este, esquivando la dirección de la caída.

El tronco emite un ruido ensordecedor y seco al impactar contra la tierra, haciéndola temblar con violencia mientras las hojas saltan por todos lados y las ramas se parten.

—Fue como un destello, un dolor tan intenso como nunca lo había sentido, para luego simplemente apagarse hasta la noche, como si mi cuerpo me hubiera guardado ese dolor para cuando estuviera consciente…

Erina se pone de pie, nota la rabia y frustración en la mirada de Aiden, quien también se encuentra respirando agitado por el esfuerzo físico provocado por terminar de destrozar el tronco de un solo tajo.

—¿E-estás bien?, siento haber tocado ese tema, es solo que desde hace rato que quería preguntarte sobre esa marca…

—No te preocupes, es solo que… —dice da un gran suspiro —Es solo que me cuesta controlar un poco lo que siento cuando me pongo a recordar, no sé por qué.

Aiden toma otra vez la espada con una sola mano, la levanta y con algo de fuerza y el propio peso del arma, clava la espada en el tronco caído, quedando sujeta con firmeza.

—¿Puedes traerme la sierra?, creo que la dejé junto a la chimenea.

—S-sí, ya voy —dice mientras entra a la cabaña a paso acelerado.

Erina, lo siento, yo soy quien quería conversar, y volví incómoda la situación, sé que quizás te sientas culpable por sacar el tema y haberme molestado, pero no miento al decirte que no termino de entender que…

No sé por qué me cuesta tanto controlarme…

Erina sale de la cabaña nuevamente con la herramienta en la mano, la hoja de sierra ondula de lado a lado produciendo un cimbreo ligero.

—Mira cómo hace —dice Erina mientras se planta frente a Aiden y agita la hoja de la sierra horizontalmente, produciendo sonidos ondulantes más fuertes y graciosos.

Aiden ríe —Bien, dámela, solo voy a cortar lo suficiente, podrías entrar y hacer la cena mientras —dice mientras le quita la herramienta de las manos.

—Sí, lo siento, e-este… volveré a la cabañita… —dice mientras se aleja con lentitud.

¿Está incómoda?, mierda, esto…

Que puedo hacer…

—Ah, sí, ¿Erina?

—¿S-sí?

—Te encontré un regalo antes, cuando cenemos te lo entregaré.

—¡¿Un regalo?! —dice con sus ojos iluminados.

—Sí, aunque ya que te comiste las donas no debería darte nada.

—¿Q-qué?, pero eso no fue mi culpa, solo desaparecieron de la caja…

—No importa, iba a dártelas de todas formas, vamos, ve, intentaré terminar rápido.

—Muy bien —dice mientras corre emocionada de vuelta a la cabaña.

Genial, eso funcionó.

Terminemos de una vez.

 

 

 

Luego de una hora, el ruido de fuera al fin acabó, todo el olor a madera cortada y aserrada desaparece poco a poco, el viento ya casi no sopla y el sol se está poniendo en el horizonte, son casi las 8 de la noche.

Aiden entra cargando con un pequeño montón de leña en sus brazos, pero antes de dejarlos en la chimenea, un delicioso olor a carne de pollo asada llena por completo la cabaña. Deja la leña junto al lugar para hacer el fuego, manejando su peso con suma facilidad, como si cargara un par de almohadas.

Con cuidado, se acerca a Erina—

—¿Qué haces?

—¡Ahh!, dios, no me asustes.

—¿No me escuchaste entrar?

—Si, no, bueno, da igual, estoy haciendo algo del pollito que encontramos, acompañado de arroz.

—Luce bien.

—Obvio que luce bien, lo estoy haciendo yo, anda, haz el fuego mientras termino.

Siguiendo la indicación de Erina, Aiden camina hacia la chimenea.

El calor repentino que emanó de la tierra luego de esta abrirse, secó aún más la corteza de los árboles, por lo que debería encender fácil. Toma una porción de astillas de madera pequeñas y las acumula como base, para luego dejar trozos más gruesos encima. Chispas saltan del mechero, para abrirle paso al fuego, el cual comienza a quemar los bordes de las astillas, soltando un ligero olor a quemado, aún así, no tardan en encenderse y envolverse en las llamas, consumiéndose poco a poco.

Todo el humo comienza a subir por la chimenea, y el calor que emana se hace más presente. Aiden toma el atizador que se encontraba apoyado en la pared y ajusta un poco la madera antes de comenzar a ayudar a Erina con la mesa.

Pero…

La mesa ya está ordenada, pero aún falta que Erina termine la comida, mierda, el olor solo hace que mi estómago ruga aún más…

Tengo mucha hambre, me da a mí que no bastará con repetirme, espero que haya hecho de sobra.

Últimamente mi cabeza da vueltas cada vez que tengo hambre, como si tuviera un vacío en el estómago, nunca me había pasado.

No puedo decírselo a Erina, volverme un problema más es lo que menos quiero.

Aiden se sienta en la mesa y acerca su mochila hacia él, hurgando en ella unos segundos hasta encontrar lo que busca.

—Aquí están.

—¿Qué cosa? —Interrumpe Erina junto al ruido de los platos siendo acomodados sobre la mesa.

—Esto… —Aiden sigue con su mirada la comida que Erina está dejando frente a el.

—¿Es mi regalo?, déjame ver, anda —dice mientras intenta meter la mano en el bolso.

—Primero comamos, estoy muriéndome de hambre.

—Buu, está bien.

Aiden observa con atención a Erina mientras ella se enfoca en dar el primer bocado, y una vez lo da, se sumerge en el suyo, comiendo como si no lo hubiera hecho hace días.

Carajo, que rico está esto.

Devora la comida como si fuera un animal, Erina no le presta demasiada atención, solo pasan un par de minutos hasta que se le ocurre mirar hacia el frente y—

—¡¿Te lo comiste todo ya?!

—Oh, sí —dice mientras se saborea los labios —¿Queda un poco más?

Erina suelta una pequeña carcajada —Sí, sabía que querrías más, te rellenaré más el plato esta vez.

Y así lo hace, rellena el plato con una pequeña montaña de arroz junto a un par de pechugas de pollo.

—Aquí tienes —dice mientras le acerca el plato nuevamente.

—Genial, gracias, eres la mejor —dice mientras se sumerge en su plato, esta vez sin esperar.

Erina solo sonríe mientras lo mira comer.

—Oye, ¿Siempre has comido así? Eso es una barbaridad.

—Pues no —dice con la boca llena, para luego tragar —. No sé por qué últimamente tengo muchísima hambre, generalmente cuando volvemos de una excursión, o hago algo de ejercicio.

—Entiendo, ¿Y tu brazo izquierdo ya no te duele?

Aiden para de comer un momento, pensando en que responder.

—Sí, no, no lo sé bien, solo se siente incómodo, no sé cómo debería estar, nunca me han empalado antes —dice mientras esboza una pequeña sonrisa.

—¿Seguro?, ¿No quieres que te lo re—?

—No te preocupes, toma.

Toma con rapidez algo de la mochila, y lo acerca a Erina.

—Este es tu regalo…

—¿Esto?, ¿Es una memoria?

—Sip, es una memoria USB, cuando pasamos junto a esa tienda de electrónica, tomé un par, son de la mejor calidad que había ahí, deberían costar bastante, pero no había nadie en el lugar, así que me atendí solo —dice mientras continúa comiendo.

—Oh, comprendo, pero ¿Por qué una memoria?

Aiden da un último bocado, apenas queda arroz en su plato y no hay rastro del pollo.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que todo comenzó?

—Hmm, pues déjame pensar —Erina se lleva una mano a la barbilla —. Creo que casi unas dos semanas.

—Entonces queda poco tiempo. Esta ciudad tiene la suerte de tener una red eléctrica posiblemente automatizada, no lo sé muy bien, pero es lo que nos ha mantenido con energía hasta ahora.

—Oh, sin gente que se haga cargo, no tardarán en fallar, ¿No?

—Sí, nos quedaremos sin luz tarde o temprano, sé que intentamos buscar señales telefónicas sin éxito, pero llegará un punto en el que deberemos dejar los celulares atrás.

—Lo sé… pero, ¿Qué tiene que ver la memoria que me diste con todo eso?

—Esa memoria es tu oportunidad para guardar todos tus recuerdos más preciados, y así en un futuro, si es que todo esto termina, no tengas que depender de tu memoria, y puedas revivir lo que querías conservar.

Erina abre bien los ojos.

—Ya veo, asumí que eran para otra cosa, ya que tampoco tenemos computadoras, me siento algo tonta.

—No te preocupes, yo tampoco me había dado cuenta, es solo que cuando estábamos fuera mencionaste sobre el por qué no se ha ido la luz aún.

—No, no, a ti se te ocurrió primero… gracias Aiden, te juro que no sabía el valor de lo que me estabas dando, pero ahora sí. Pero, ¿Cómo lo cone—?

—Con esto —dice Aiden mientras que, con los ojos cerrados y una sonrisa, le extiende un pequeño aparato —. Es un adaptador, así puedes guardar todo lo que quieras, más aún considerando que tomé las memorias con más capacidad que había en la tienda… ¡Bah!, no las extrañarán.

—¿Memorias?, ¿Tomaste una para ti también?

—Sí, pero no tengo nada que guardar en ella, solo la tomé por… avaricia supongo.

—Oh, ¿En serio?, eso es algo triste.

—No te burles.

—No me burlo, o sea, vivíamos una época en la que podías registrar todo lo que quisieras en un par de segundos, ¿Y tú no tienes nada?

—Bueno, debí aclararlo mejor, quería decir que no tengo nada que valga la pena guardar, no me gusta tomar demasiadas fotos, o nunca sentí la necesidad de preservar algo…

—¿Qué hay de tu familia?, ¿tus padres?, ¿alguna n-novia?

—Creo que… no soy alguien a quien le guste recordar, más bien siento que es una carga. Nunca me han gustado los recuerdos, fotos pasadas, o cosas así, me ponen… incómodo. Así que no tengo a nadie que quiera conservar realmente.

—Entiendo… —dice Erina mientras baja la mirada.

—Siento ponerte triste, eso es lo que pasa al rebuscar demasiado en mí.

—Pero eso es algo bueno, no deberías guardarte cosas así.

—Sí, lo sé. Suelo enfrentar lo que está delante de mí, pero no sé cómo luchar contra aquello que no puedo ver. No tengo demasiadas opciones.

—Pues, yo creo que hablar sobre lo que sientes es una forma de luchar, pero a veces, no todo puede resolverse así… a veces solo puedes aceptarlo.

Aiden baja la mirada ante la afirmación de Erina.

—Creo que tienes razón… pero por ahora no se me antoja seguir luchando —Bosteza—. Estoy muy cansado y ya se hizo algo tarde, debería ir a la cama.

—Bueno, sí, yo también tengo algo de sueño. No te preocupes, ve a dormir, yo me ocupo de los platos.

—¿De verdad?, entonces gracias, así me pagas mis donas.

Aiden se retira de la mesa y camina con tranquilidad a su habitación, dejando a Erina sola tras de él. Los pasos resuenan en la madera rechinante hasta desaparecer por completo.

Aiden…

No me imagino toda la soledad por la que has pasado, tanta, que ni siquiera quieres que tu familia forme parte de tus recuerdos.

Pero no tienes que huir de lo que sientes, ni tampoco tienes que luchar solo.

Estoy aquí...

..."

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23
 
 

Inquietud naciente. Los dos abuelos y un paseo en barca en el crepúsculo

El tiempo era horriblemente malo. En este sentido, Hans Castorp no tenía suerte durante su breve estancia en aquellas comarcas. No nevaba, pero durante días enteros caía una lluvia pesada y fea, espesas nieblas cubrían el valle y tempestades ridiculamente superfluas —pues hacía, además, tanto frío que incluso habían encendido la calefacción en el comedor— estallaban en ecos que retumbaban largamente.

—¡Qué lástima! —dijo Joachim—. Había pensado que podríamos ir un día al Schatzalp llevándonos el almuerzo, o hacer otra excursión, pero me parece que no será posible. Esperemos que tu última semana sea mejor.

Pero Hans Castorp respondió:

—Vamos, hombre. No importa. No tengo grandes aspiraciones excursionistas. Mi última expedición no resultó precisamente un éxito. Descanso mejor viviendo sin muchas variaciones. Los cambios son para los valientes, pero yo, con mis tres semanas, ¿para qué quiero variaciones y sorpresas?

De este modo, se sentía alegre y ocupado en el propio Berghof. Si albergaba esperanzas, tanto su realización como las decepciones le esperarían aquí, y no en un Schatzalp cualquiera. No era el tedio lo que le atormentaba; todo lo contrario, comenzaba a temer que el fin de su estancia llegase con demasiada rapidez. Transcurría la segunda semana, dos tercios del tiempo que le era concedido quedarían bien pronto consumidos, y cuando comenzara la tercera semana tendría que ocuparse de hacer la maleta. La vivacidad de su sentido del tiempo se había debilitado. Los días comenzaban a volar, a pesar de que cada uno de ellos se componía de esperas renovadas y sensaciones silenciosas y secretas… Sí, el tiempo es un singular enigma, una cuestión difícil de aclarar.

¿Es necesario detallar de un modo más preciso las sensaciones secretas que retardaban y aceleraban a la vez el curso de los días de Hans Castorp? Todo el mundo las conoce, eran sensaciones vulgares en su insignificancia sentimental, y en el caso más razonable y prometedor hubiese podido aplicarse a ellas la insípida canción «Una sola palabra suya…»; no hubiera podido desarrollarse de otra manera.

Era imposible que madame Chauchat percibiese los hilos que se anudaban entre determinada mesa y la suya y, sin embargo, Hans Castorp deseaba desaforadamente que se diera cuenta. Empleamos estos términos porque Hans Castorp comprendía claramente el carácter irracional de su caso. Pero quien llega al extremo a que él había llegado —o al que iba a llegar—, desea que la otra parte tenga conocimiento de su estado, aunque la cosa no tenga fundamento ni razón. Así es el hombre…

Así pues, cuando madame Chauchat miró dos o tres veces por casualidad y se encontró con los ojos de Hans Castorp, ella devolvió la mirada de un modo magnético y, volvió a hacerlo, encontró de nuevo los ojos de Hans Castorp. A la quinta vez ella ya no pudo sorprender sus miradas; él estaba al acecho, pero sintió de pronto que madame Chauchat le miraba y sus ojos respondieron con tanta precipitación que la dama volvió la cabeza sonriendo. La desconfianza y la duda se disputaron en su espíritu ante aquella sonrisa. Si ella le juzgaba pueril, se engañaba. Su necesidad de refinamiento era considerable. A la sexta ocasión, cuando él adivinó la mirada, cuando supo interiormente que le miraba, fingió observar insistentemente con repugnancia a una dama cubierta de pústulas que se había acercado a la mesa para hablar con la tía rusa; se mantuvo así, con firmeza, al menos dos o tres minutos, y no cedió hasta que estuvo seguro de que aquellos ojos le habían abandonado. Fue una extraña comedia que madame Chauchat no solamente podía, sino debía comprender, a fin de que la gran sutileza y dominio de Hans Castorp la hiciese reflexionar…

También ocurrió lo siguiente: durante la comida, madame Chauchat se volvió con indolencia e inspeccionó la sala. Hans Castorp se hallaba en su puesto, y sus ojos se encontraron. Mientras se miraban —la enferma, de una manera burlona y un poco curiosa; Hans Castorp, con una firmeza excitada, apretando incluso los dientes para mantener firmes sus miradas—, la servilleta de madame Chauchat estaba a punto de resbalar de sus rodillas y caer al suelo. Estremeciéndose nerviosamente alargó la mano, pero él también se sobresaltó y estuvo a punto de saltar de la silla, tratando de precipitarse ciegamente en su ayuda por encima de los ocho metros de espacio y la mesa que los separaba, como si constituyese una catástrofe el que la servilleta cayese al suelo… Ella consiguió atraparla, pero agachada, con la punta de la servilleta en la mano y el rostro sombrío, aparentemente irritada por aquel absurdo pánico al que acababa de ceder y del que ella parecía hacerle responsable, miró una vez más en su dirección con las cejas arqueadas y luego se volvió sonriendo.

Hans Castorp interpretó ese accidente como un triunfo al que se abandonó. Pero la reacción no se hizo esperar, pues, durante dos días enteros —es decir, durante diez comidas—, madame Chauchat ya no volvió a mirar la sala y renunció incluso a «presentarse» en público entrando en el comedor como solía hacerlo. Era duro. Pero como esos cambios en las costumbres de la dama estaban relacionados con él, existía, pues, un vínculo entre ellos y, aunque bajo una forma negativa, eso, podía ser suficiente.

Comprendía que Joachim había tenido toda la razón al poner de relieve que no era en modo alguno fácil trabar relaciones allí, a excepción de los comensales de la propia mesa. Así pues, al terminar la comida, durante la única hora que propiciaba una especie de vida social, hora que se reducía con frecuencia a unos veinte minutos, madame Chauchat se sentaba siempre en su círculo acostumbrado: el señor del pecho hundido, el humorista de los cabellos encrespados, el silencioso doctor Blumenkohl y los jóvenes de hombros caídos, todos ellos al fondo del pequeño salón que parecía estar reservado a la «mesa de los rusos distinguidos».

Además, Joachim tenía siempre prisa en marcharse, a fin de no abreviar la cura de reposo de la tarde, según decía, y quizá también por otras razones dietéticas que no manifestaba pero que Hans Castorp sospechaba y respetaba.

Hemos reprochado a Hans Castorp el carácter de sus deseos, pero cualesquiera que fuesen, no se trataba en ningún caso de relaciones mundanas en lo que se refería a madame Chauchat y, en el fondo, estaba de acuerdo con las circunstancias que a ello se oponían.

Las relaciones indefinidas que sus miradas e iniciativas habían establecido entre él y la rusa no tenían carácter mundano, no obligaban a nada y no pretendían hacerlo.

Una parte de la reprobación mundana y social podía armonizarse con ellas y, el hecho de que tuviera que reprimir los latidos de su corazón al pensar en Clawdia, no era suficiente para destruir en el nieto de Hans Lorenz Castorp la convicción de que no podía haber nada en común entre él y aquella extranjera separada de su marido, que no llevaba sortija de alianza, que se comportaba mal, que daba portazos, que hacía bolitas de pan y que, indudablemente, se roía las uñas. En realidad, al margen de sus relaciones secretas, profundos abismos separaban su existencia de la de ella, y no hubiera podido afrontar ninguna de las críticas que admitía estaban justificadas.

Hans Castorp era demasiado sensato para tener orgullo personal, pero un orgullo más general y de un origen más lejano se hallaba inscrito en su frente y en torno de sus ojos soñolientos. De dicho orgullo procedía su sentimiento de superioridad, del que no podía ni quería deshacerse ante la manera de ser y de comportarse de madame Chauchat. Curiosamente cobró conciencia, con una vivacidad particular y acaso por primera vez, de ese sentimiento de superioridad cuando oyó a madame Chauchat hablar en alemán. Se hallaba ésta de pie, con las manos metidas en los bolsillos de su blusa al terminar una comida, y mantenía una conversación con otra enferma, sin duda una compañera de cura de reposo. Hans Castorp la oyó pasar. Ella hacía esfuerzos verdaderamente encantadores para hablar la lengua alemana, la lengua materna de Hans Castorp, lo que despertó en éste orgullo desconocido, a pesar de que al mismo tiempo se sintió dispuesto a sacrificarlo ante el deleite que le producía aquel delicioso chapoteo verbal.

En una palabra: Hans Castorp no consideraba su relación muda con ese lánguido miembro de los habitantes de allá arriba más que como una aventura de vacaciones que, ante el tribunal de la razón —de su propia conciencia razonable—, no podía en modo alguno pretender ser aprobada; en primer lugar, porque madame Chauchat estaba enferma, fatigada, febril e interiormente agusanada, circunstancia indudablemente ligada al carácter dudoso de su existencia toda, así como a la prudente voluntad de mantener las distancias de Hans Castorp… No; intentar seriamente trabar relación con ella era una idea descabellada. Además, ¿no acabaría todo, bien o mal, antes de una semana y media, cuando comenzara su trabajo en casa de Tunder&Wilms?

Sin embargo, en espera de eso, había empezado a considerar las emociones, tensiones, satisfacciones y decepciones que resultaban de su sutil relación con la enferma, así como el sentido y contenido verdadero de su permanencia allí durante las vacaciones; a no vivir más que por ellos y a dejar depender su humor, bueno o malo, de su desarrollo. La situación era propicia, pues convivían en un espacio limitado, con horarios y costumbres idénticas para todos y, aunque madame Chauchat se hallaba alojada en un piso distinto del suyo —por otra parte, hacía su cura de reposo, según se enteró Hans Castorp por medio de la institutriz, en una sala común, la situada bajo el tejado, y la misma en la que el capitán Miklosich había apagado la luz recientemente—, por el sencillo hecho de las cinco comidas diarias existía la posibilidad de los encuentros frecuentes. Y en esto, lo mismo que en todo lo demás, la ausencia de preocupaciones y esfuerzos le parecía a Hans Castorp maravilloso, a pesar de que sentirse encerrado en aquel sanatorio resultara angustioso. No obstante, trataba de ayudarse a sí mismo, calculaba y ponía su cerebro al servicio de la causa para aumentar su felicidad. Como madame Chauchat llegaba generalmente con retraso a la mesa, él procuró hacer lo mismo a fin de encontrarla por el camino. Se vestía lentamente, nunca estaba dispuesto cuando Joachim iba a buscarle, dejaba que su primo se marchara y decía que ya le seguiría. Aconsejado por el instinto propio de su estado, esperaba durante el tiempo que le parecía indicado; luego bajaba al primer piso. Al llegar allí, no continuaba descendiendo por la misma escalera, iba por otra, recorriendo la longitud del pasillo hasta pasar frente a la puerta de una habitación que le era bien conocida: la número 7. Durante el camino, mientras iba por el corredor de una escalera a otra, se le ofrecía a cada paso una probabilidad, pues a cada instante dicha puerta podía abrirse, lo cual ocurría a veces: la puerta se cerraba con estrépito detrás de madame Chauchat, que se escurría sigilosamente hacia la escalera. Luego descendía delante de él sosteniéndose los cabellos con la mano, o bien Hans Castorp marchaba delante y notaba su mirada clavada en la espalda, sintiendo sobresaltos y hormigueos, pero con la voluntad de mantenerse en su posición, como si ignorase su presencia y como si llevase una vida independiente al margen de ella. En tales ocasiones, metía las manos en los bolsillos de la chaqueta, se encogía inútilmente de hombros y tosía con fuerza, golpeándose el pecho con el puño como para manifestar su indiferencia.

A veces llevaba la astucia mucho más lejos. Cuando estaba ya sentado a la mesa decía con aire contrariado a su primo, palpándose los bolsillos:

—Vaya, he olvidado el pañuelo. Tendré que volver a subir.

Y subía, para que Clawdia y él se encontrasen, lo que constituía algo más peligroso y al mismo tiempo de un encanto más infinitamente agudo que cuando iba delante o detrás de ella.

La primera vez que realizó esta maniobra, ella le lanzó una mirada más bien impertinente y exenta de timidez, pero cuando se fueron acercando, ella volvió los ojos con indiferencia y pasó por su lado de tal modo que el episodio no podía tener valor alguno. Por el contrario, la segunda vez ella le miró no sólo de lejos, sino durante todo el tiempo: le miró a la cara con un aire firme y poco sombrío, y hasta llegó a volver la cabeza hacia él al pasar por su lado. El pobre Hans Castorp se sintió penetrado hasta la medula. Por otra parte, no había motivo para tenerle lástima, puesto que era lo que había deseado y preparado. Pero este encuentro le causó un gran sobresalto, no sólo mientras ocurría, sino también después, a título retrospectivo, pues precisamente cuando hubo pasado se dio cuenta de cómo había ocurrido.

Jamás había tenido el rostro de madame Chauchat tan cerca de él, tan claramente distinto en todos sus detalles; pudo distinguir el vello que nacía en la raíz de su trenza rubia, de un tono rojizo, metálico, y con la que se recogía sencillamente los cabellos. No había existido más que la distancia de unos palmos entre su rostro y el de ella, rostro de formas tan extrañas y al mismo tiempo familiares que constituían lo que más le gustaba en el mundo: facciones exóticas y llenas de carácter (pues únicamente lo que nos es extraño nos parece que tiene carácter), de un exotismo nórdico y misterioso, que incitaba a la exploración en la medida en que sus signos y proporciones eran difíciles de determinar. Pero lo más característico eran sin duda los pómulos salientes, elevados, que cercaban aquellos ojos situados excepcionalmente a una notable distancia uno de otro, a flor de rostro, un tanto oblicuos, endulzando la concavidad de las mejillas, que destacaban a su vez la plenitud de los labios ligeramente curvados. Lo más impresionante eran los ojos, esos ojos alargados de tártaro (eso era lo que creía Hans Castorp), de un corte verdaderamente mágico, de un gris azulado o de un azul grisáceo, que era el color de las montañas remotas y que a veces, en una mirada oblicua que no pretendía observar, se fundían con una coloración nocturna, tenebrosa y velada… Los ojos de Clawdia le habían contemplado de muy cerca con una mirada penetrante y sombría y, por la posición, el color y la expresión se parecían de una manera sorprendente y casi terrorífica a los de Pribislav Hippe. «Se parecían» no era del todo la expresión apropiada; eran más bien los «mismos» ojos y también la anchura de la mitad superior del rostro, aquella nariz un poco maciza…, todo, hasta la blancura rosada de la piel, el color sano de las mejillas, que en madame Chauchat no hacían más que dar la ilusión de salud y que, como en todos los demás pacientes, eran sólo el resultado superficial de la cura de reposo al aire libre; todo era como en que Pribislav, e incluso este le había mirado del mismo modo cuando se encontraron en el patio de la escuela.

Era desconcertante desde todos los aspectos. Hans Castorp estaba entusiasmado por esa coincidencia y, al mismo tiempo, sentía algo parecido al temor, a una angustia creciente, como si estuviera encerrado en un lugar exiguo. El hecho de recordar a Pribislav, tanto tiempo olvidado, y de que en la persona de madame Chauchat su antiguo camarada le mirase con sus «mismos» ojos, contenía un sentido de felicidad angustioso. Al mismo tiempo era prometedor, inquietante y casi amenazador, y el joven Hans Castorp sentía que tenía necesidad de ayuda. Movimientos vagos e instintivos se operaban en él, movimientos que hubieran podido ser calificados de tanteos, de gestos en busca de un consejo, de un apoyo. Pensó en aquellas personas que quizá podrían serle beneficiosas.

Junto a él, estaba Joachim, el valiente y honrado Joachim, cuyos ojos, durante esos últimos meses habían adquirido una expresión triste, y que se encogía a veces de hombros con esa violencia obstinada que antes jamás había manifestado. Joachim, con su «Henrich azul» en el bolsillo, como solía designar ese utensilio madame Stoehr; con el rostro marcado con un atrevimiento tan restaurado que Hans Castorp se sentía emocionado hasta el fondo del alma. El honrado Joachim estaba acosando y atormentando al doctor Behrens para poder marcharse, para volver a la «llanura», al «terreno llano», del que se hablaba aquí con un ligero pero perceptible desdén; para volver al servicio militar que tanto anhelaba. A fin de lograrlo lo antes posible y de ganar un poco del tiempo que aquí se perdía tan ligeramente, se aplicaba con toda conciencia al servicio de la cura, lo hacía para restablecerse y porque cumplir con ese deber era cumplir con «su» deber.

Por eso insistía cada noche, y cada cuarto de hora, a su primo en abandonar la reunión e ir a la cura nocturna, y así, en cierto modo, acudía en socorro de Hans Castorp, con los ojos fijos en el saloncito de los rusos. Pero si Joachim tenía tanta prisa en abreviar la velada, era también debido a otra razón silenciada, pero que Hans Castorp conocía desde que había aprendido a comprender por qué el rostro de Joachim se cubría de manchas al palidecer y por qué su boca se hallaba atormentada en ocasiones por una mueca tan singularmente lastimosa. En efecto, Marusja, la eternamente risueña, la que llevaba un pequeño rubí en el dedo y de la que emanaba un perfume de naranja, la del pecho opulento y carcomido, asistía con frecuencia a estas reuniones, y Hans Castorp comprendió que era eso lo que alejaba a Joachim, porque se sentía demasiado atraído hacia ella, atraído de una manera irresistible.

Joachim se hallaba tan aprisionado como él tal vez de un modo más estrecho y angustiado, puesto que se sentaba cinco veces al día a la misma mesa que Marusja, la del pañuelo perfumado con esencia de naranja. En cualquier caso, estaba demasiado ocupado en sí mismo para poder ayudar a Hans Castorp. Su huida cotidiana sin duda le honraba, pero esto era muy poco tranquilizador para Hans Castorp, y a menudo le parecía que el buen ejemplo de Joachim, con relación a su exactitud en la observación de la cura, y las instrucciones de experto que le daba sobre este punto, tenían algo de inquietante.

Hans Castorp había llegado hacía sólo dos semanas, pero tenía la impresión de que hacía mucho más tiempo, y el régimen de esas gentes, que Joachim observaba a su lado con tanta aplicación, había comenzado a adquirir a sus ojos una intangibilidad casi sagrada y natural, de modo que la vida de allá abajo, en el «llano», vista desde arriba, le parecía casi singular y paradójica. Había adquirido ya una aceptable destreza en el manejo de las mantas, por medio de las cuales se transformaba, en los días fríos, en un paquete compacto, en una verdadera momia; faltaba poco para igualar a Joachim en la destreza y en el arte de envolverse según las reglas, y casi se sorprendía al pensar que en la llanura nadie sabía nada de ese arte ni de esas reglas. Sí, era sorprendente, pero al mismo tiempo que Hans Castorp se extrañaba de encontrarlo así, esa inquietud, que hacía interiormente se revolviese en busca de un consejo o un apoyo, nacía de nuevo en él.

Pensaba en el doctor Behrens y en su consejo «absolutamente desinteresado» de que viviese como los pacientes y de que incluso tomase su temperatura. Pensaba en Settembrini, que se había echado a reír cuando se enteró del consejo y que luego había citado algo de La flauta mágica. Sí, pensó en ellos a título de ensayo para ver si este pensamiento le aliviaba. ¿Tenía cabellos blancos el doctor Behrens? ¿Podría ser el padre de Hans Castorp? Quizá sí… Además, era el director del sanatorio, la más alta autoridad —casi de una autoridad paterna, lo que el joven Hans Castorp necesitaba—. Pero a pesar de que lo intentase, no podía pensar en el doctor con una confianza filial. Éste había enterrado aquí a su mujer, había sufrido un dolor que le convertía provisionalmente en un ser extraño, y luego se había quedado porque la tumba le retenía y él mismo se hallaba ligeramente enfermo. ¿Lo había superado? ¿Estaba decidido, sinceramente y sin segundas intenciones, a curar a los enfermos para que pudiesen regresar rápidamente a la llanura y prestar sus servicios? Sus mejillas tenían siempre un extraño color azul, y podía afirmarse que siempre tenía fiebre. Pero esto tal vez era una ilusión y el color de su rostro se debía al frío. Hans Castorp sentía lo mismo todos los días: una especie de calor seco sin tener fiebre, por lo que se podía juzgar sin termómetro…

Pero cuando oía hablar al consejero áulico, no podía evitar pensar que tenía fiebre, pues había algo misterioso en su manera de hablar. Parecía muy despreocupado, muy alegre y jovial, pero se intuía en él algo extraño y exaltado, sobre todo cuando se observaban sus mejillas azules y sus ojos lacrimosos que hacían creer que todavía lloraba a su mujer. Hans Castorp recordó lo que Settembrini había dicho acerca de la «melancolía» y la «depravación» del doctor, y recordó también que el italiano le había llamado «un alma confusa». Eso podía ser malicia o ligereza, pero de todos modos estimaba muy poco reconfortante pensar en el doctor Behrens.

Estaba también Settembrini, el hombre de oposición, ese humorista y «homo humanus», como él mismo se definía, que, con abundantes y acertadas palabras, le había reprochado que calificase la unión entre la enfermedad y la estupidez de «contradicción» y de «dilema para el sentimiento humano». ¿Qué debía pensar de él? ¿Era provechoso hacerlo? Sin duda Hans Castorp recordaba que se había enojado en el trascurso de esas divagaciones, que llenaban aquí sus noches, a causa de la sonrisa sutil y seca del italiano —esa sonrisa que ondulaba bajo la bella curva de sus bigotes— y recordaba haber calificado a Settembrini de «organillero ambulante» y de haber intentado separarse de él porque le estorbaba. Pero eso había en sueños, y el Hans Castorp despierto era otro Hans Castorp, menos desenfrenado que el de los sueños. En estado de vigilia podía ser de otro modo y tal vez le convenía estudiar el carácter moderno de Settembrini y su espíritu crítico, a pesar de que era evidente que esa crítica pretendía ejercer influencia. El joven Hans Castorp deseaba de todo corazón ser influido, lo que, naturalmente, no significaba que estuviera dispuesto a dejarse convencer por Settembrini haciendo las maletas y marchándose antes del tiempo señalado, como éste le había recientemente propuesto con seriedad.

«Placet experiri», pensaba sonriendo, ya que sabía suficiente latín, sin que pudiera considerarse un homo humanus.

No perdía, pues, de vista a Settembrini y escuchaba con gusto, y no sin atención crítica, todo lo que el italiano decía en las entrevistas que se celebraban durante los paseos prescritos por el tratamiento, hasta el banco situado en la falda de la montaña o hasta Davos-Platz. Hacía lo mismo en otras ocasiones como, por ejemplo, cuando terminaba la comida. Settembrini se ponía en pie el primero, y con su pantalón a cuadros y un palillo entre los dientes vagaba a través de la sala de las siete mesas para terminar, con manifiesto desprecio de las reglas y costumbres, yendo un instante a la mesa de los primos. El italiano se tomaba esta libertad, se plantaba allí con las piernas cruzadas, en una actitud graciosa, y hablaba gesticulando con su palillo. A veces tomaba una silla, se colocaba en uno de los rincones de la mesa, entre Hans Castorp y la institutriz, o bien entre Hans Castorp y la señorita Robinson, y contemplaba cómo los nueve comensales devoraban los postres a los que él había renunciado.

—¿Puedo unirme a esa noble compañía? —preguntaba estrechando la mano de los dos primos y dirigiendo un saludo a las demás personas—. Ese cervecero de allá abajo…, sin mencionar el aspecto desesperante de la cervecera, acaba de darnos una conferencia psicosociológica. ¡Oh, el señor Magnus…! ¿Quieren oírla? «Nuestra querida Alemania es un gran cuartel; sí, ciertamente. Pero se oculta en ella gran capacidad, y no cambiaría nuestras sólidas virtudes por la cortesía de otros. ¿De qué sirve la cortesía si me engaña por delante y por detrás?…» Y otras cosas por el estilo. Ya no pude resistir más. Además, tengo por vecino un ser lamentable con rosas de cementerio en las mejillas, a una vieja solterona de Transilvania que habla sin cesar de su «cuñado», un hombre del que nadie sabe nada ni nadie lo quiere saber. En una palabra, no he podido resistir más y me he escabullido.

—Ha huido con armas y bagajes —dijo la señora Stoehr—, hay que confesarlo.

—Exactamente —exclamó Settembrini—, con armas y bagajes. Veo que aquí soplan otros vientos. No hay duda, he llegado a buen puerto con saco y bagaje. ¡Ah, si todo el mundo supiese disponer las palabras de este modo…! ¿Pero me permite que le pregunte por los progresos de su preciosa salud, señora Stoehr?

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Siempre igual! Usted no lo ignora. Se dan dos pasos adelante y tres atrás. Cuando se ha tenido paciencia durante cinco meses, llega el viejo y prescribe otros seis. ¡Ay!, es el suplicio de Tántalo. Uno va empujando, empujando, y cuando cree haber llegado arriba…

—¡Oh, qué amable es usted! Concede al fin a ese pobre Tántalo un poco de variedad. Por un día, le hace empujar la famosa roca. Esto sí que es tener buen corazón… Pero ¿qué pasa, señora? Se dicen de usted cosas misteriosas. Se habla de dobles, de cuerpos astrales. Yo no creía en nada, pero lo que pasa en su habitación me inquieta…

—Me parece que el señor quiere divertirse a mi costa.

—Nada de eso. Le aseguro que no es mi intención.

¡Pero tranquilíceme sobre ciertos aspectos oscuros de su existencia y luego podremos hablar de divertirnos! Ayer por la noche, entre las nueve y media y las diez, hacía un poco de ejercicio en el jardín y miré hacia los balcones; en el de usted estaba encendida la lámpara eléctrica, y lucía a través de la oscuridad. Usted hacía su cura, como lo ordenan el deber, la razón y el reglamento. He aquí a nuestra linda enferma, me dije a mí mismo, que observa fielmente las prescripciones para poder volver lo antes posible a los brazos del señor Stoehr. Y de pronto, ¿qué oigo…? Pues que a la misma hora la habían visto en el cinematógrafo —Settembrini pronunció esta palabra en italiano, con el acento sobre la cuarta sílaba—, en el cinematógrafo del Casino, y después en la confitería, tomando vino dulce y no sé qué clase de pasteles, y se rumorea…

La señora Stoehr se retorcía de risa, tratando de disimular con la servilleta. Tocaba con el codo a Joachim Ziemssen y al tranquilo doctor Blumenkohl, guiñaba un ojo de un modo astuto y confidencial, mostrando una vana coquetería. Para escapar al control médico, tenía la costumbre de colocar en el balcón la lámpara encendida y escabullirse discretamente y en busca de distracciones allá abajo, en el barrio inglés. Su marido la esperaba en Cannstadt. Por otra parte, no era la única paciente que practicaba este sistema.

—… es decir —continuó Settembrini—, que usted saboreaba los pastelillos en compañía de… en compañía del capitán Miklosich, de Bucarest. Se asegura que lleva corsé, pero ¡Dios mío!, ¿qué importancia puede tener eso? Se lo ruego, señora, ¿dónde estaba? ¿Es acaso doble? Sin duda se hallaba dormida y mientras la parte terrenal de su ser realizaba solitariamente la cura, la parte espiritual se divertía en compañía del capitán Miklosich y de los pastelillos…

La señora Stoehr se retorcía y gesticulaba como si alguien le hiciese cosquillas.

—No sabemos si se debe desear lo contrario —aseguró Settembrini—. Es decir, que hubiese saboreado sola los pastelillos y que hubiese hecho su cura de reposo en compañía del capitán Miklosich…

—¡Hi, hi, hi…!

—¿Conocen los señores la historia de anteayer? —inquirió sin transición el italiano—. Alguien fue raptado, por el diablo o, más exactamente, por su señora madre, una dama enérgica. Me gustó… Era el joven Schneermann, Anton Schneermann, el que se sentaba allí delante, en la mesa de la señorita Kleefeld. Como pueden ver, su sitio está vacío. Pronto será ocupado y no siento inquietud sobre este aspecto, pero Anton se ha marchado en alas del Céfiro, en un juego de manos y antes de que pudiese darse cuenta. Se hallaba aquí desde hacía año y medio, con sus dieciséis años; se le acababan de conceder seis meses más. Y ¿qué ocurre? No sé quién haría llegar unas palabras a la señora Schneermann, pues siempre estuvo recelosa de las costumbres de su vastago in Baccho et coeteris. Entró en escena sin avisar, una auténtica matrona, tres palmos más alta que yo, de cabellos blancos, furibunda. Administró, sin decir una palabra, un par de bofetadas al señor Anton, le cogió por el cuello y lo metió en el tren. «Si debe morir (exclamó), puede morir también allá abajo.» ¡Y hala, a casa!

Todos los que le oían se reían, pues Settembrini se había expresado con gracia. Parecía muy bien informado sobre las últimas noticias, aunque consideraba la vida en común en el sanatorio con una marcada ironía. Lo sabía todo. Conocía los nombres y las condiciones de existencia de los recién llegados. Contaba que el día anterior, fulano o zutana había sufrido la extracción de una costilla y sabía de muy buena fuente que, a partir del otoño próximo, no serían ya admitidos enfermos que tuviesen más de 38,5 de fiebre. Afirmaba que la pasada noche, el perrito de la señora Capatsulias, de Mytilene, se había sentado sobre el interruptor de la lámpara de la mesita de noche de su dueña, lo que había provocado muchas molestias y algún tumulto, ya que la señora Capatsulias no fue encontrada sola, sino en compañía del asesor Düstmund, de Friedrichshagen. El mismo doctor Blumenkohl no pudo evitar sonreírse al oír esta historia; la linda Marusja estuvo a punto de asfixiarse con su pañuelo perfumado con esencia de naranja, y la señora Stoehr lanzó un grito comprimiendo su seno izquierdo con las dos manos.

Pero cuando se hallaba solo con los primos, Lodovico Settembrini gustaba de hablar de sí mismo y sus orígenes, tanto en el paseo como en las reuniones vespertinas, y también después del almuerzo, cuando la mayoría de los huéspedes habían salido del comedor y los tres hombres permanecían sentados un momento al extremo de la mesa, mientras las sirvientas retiraban la vajilla y Hans Castorp fumaba su María Mancini, cuyo sabor comenzó a apreciar de nuevo durante esta tercera semana. Examinándolo con atención, sorprendido, pero dispuesto a sufrir su influencia, escuchaba los relatos del italiano, que le abrían un mundo singular y novedoso.

Settembrini hablaba de su abuelo, que había sido abogado en Milán y sobre todo un gran patriota, una especie de agitador, un orador y publicista político, un hombre de oposición —al igual que su nieto, aunque lo había practicado con un estilo más elevado y un espíritu más atrevido—. Mientras que Lodovico, como hacía él observar con amargura, se veía reducido a burlarse de la vida y los habitantes del Sanatorio Internacional Berghof, a ejercer sobre ellos su crítica mordaz y a protestar en nombre de una humanidad hermosa y activa, el abuelo había dado mucho quehacer a los gobiernos, había conspirado contra Austria y la Santa Alianza, que en aquel tiempo tenían a su patria desmembrada bajo el yugo de una servidumbre exhaustiva, y había sido un miembro celoso de ciertas sociedades difundidas por Italia, un carbonario, decía Settembrini bajando súbitamente la voz, como si hoy resultara peligroso hablar de eso.

En resumen, ese Giuseppe Settembrini aparecía en los relatos de su nieto y ante los que le escuchaban como si hubiese llevado una existencia tenebrosa, apasionada y sediciosa, como un cabecilla y un conspirador y, a pesar de todo el respeto que se esforzaban en manifestar por cortesía, no conseguía borrar de sus rostros una expresión de antipatía desconfiada, incluso de repugnancia. Sin duda los acontecimientos evocados eran de una naturaleza bastante singular: lo que oían se refería a una época lejana, había pasado casi un siglo, ¡ya era historia! Y a causa de la historia, en particular de la historia antigua, pudieron comprender la mentalidad del abuelo de Settembrini, su amor temerario y desesperado por la libertad y su odio invencible contra los tiranos que le eran teóricamente familiares. Además, ese espíritu revolucionario y esos manejos de conspirador se aliaban, como pronto supieron, con un profundo amor a su patria a la que deseaba ver libre y unida. Efectivamente, esos actos sediciosos habían sido el fruto y la emanación de su sentimiento patriótico y, por extraña que pareciese a ambos primos esta mezcla de espíritu revolucionario y patriotismo —pues ellos tenían la costumbre de identificar el patriotismo a un sentido conservador del orden—, no podían dejar de reconocer que, en las circunstancias y en la época de referencia, la revolución quizá había sido el verdadero deber cívico, y que la lealtad ponderada equivalía a una indiferencia hacia los problemas públicos.

El abuelo Settembrini no había sido sólo un patriota italiano, sino también un ciudadano y un combatiente de aquellos pueblos sedientos de libertad. Tras el fracaso de cierto golpe de mano y de una tentativa de golpe de Estado en Turín, en la que había participado con la palabra y la acción, logrando escapar por muy poco de las garras de los esbirros del príncipe Metternich, empleó sus años de destierro en combatir y derramar su sangre en España por la Constitución, y en Grecia por la independencia del pueblo helénico. En este último país fue donde el padre de Settembrini vino al mundo —sin duda por eso había llegado a ser tan gran humorista y aficionado a la antigüedad clásica—, nacido de una madre de sangre alemana, pues Giuseppe se había casado con la muchacha en Suiza y ella le había acompañado en todas sus anteriores aventuras. Más tarde, después de vivir durante diez años en el destierro, pudo al fin volver a su país y establecerse como abogado en Milán. No obstante, no renunció por eso a empujar a la nación por medio de la palabra oral y escrita, en verso y en prosa, a la libertad y la instauración de una república una e indivisible, a concebir programas revolucionarios con un aliento apasionado y dictatorial, a predecir, en un estilo claro, la unión de los pueblos liberados para asegurar la felicidad universal. Un detalle que mencionó el nieto Settembrini causó una impresión particularmente viva al joven Hans Castorp, y fue que el abuelo Giuseppe siempre aparecía ante sus conciudadanos vestido de negro, pues decía que llevaba luto por Italia, su patria, esclavizada e infeliz. Al oír eso, Hans Castorp, que ya los había comparado mentalmente, se acordó de su abuelo, quien durante el tiempo que su nieto le había conocido, llevaba trajes negros, aunque su espíritu era muy diferente del que había animado a ese otro. Recordó el modo de vestir pasado de moda por el que Hans Lorenz Castorp, que soñaba en un tiempo pasado, se había conformado al tiempo presente, señalando con una especie de artificio que no pertenecía a ese nuevo tiempo, hasta el día en que, en su lecho mortuorio, sus vestidos recobraron solemnemente la forma verdadera y apropiada a su carácter. ¡En realidad los dos abuelos habían sido completamente diferentes! Hans Castorp pensaba en esto mientras sus ojos adquirían una expresión fija y balanceaba prudentemente la cabeza, de modo que este movimiento podía interpretarse tanto como una muestra de admiración hacia Giuseppe Settembrini como un signo de su sorpresa y su desaprobación.

Por otra parte, evitaba condenar lo que le parecía extraño, y se atenía a su mera comparación. Veía la estrecha cabeza del viejo Hans Lorenz inclinándose sobre la concha dorada de la jofaina bautismal —aquella pieza atávica que se transmitía invariablemente de padres a hijos—, con la boca redondeada, pues sus labios formaban el prefijo alemán «ur», ese sonido sordo y piadoso que evocaba vagamente los lugares donde se comportaba solemne y reverencialmente. Y veía a Giuseppe Settembrini agitando la bandera tricolor en una mano, blandiendo su sable en la otra, con los negros ojos elevados hacia la altura invocando el cielo, lanzándose a la cabeza de una tropa de defensores de la libertad contra la falange del despotismo. Ambas actitudes tenían sin duda su belleza y honor, y Hans Castorp se preocupaba de mostrarse equitativo, pues personalmente se sentía un tanto parcial. El abuelo Settembrini había combatido por los derechos políticos, mientras que éstos habían pertenecido en su origen a su propio abuelo, o al menos a sus abuelos, y era la canalla quien se los había arrancado durante los cuatro últimos siglos por medio de la violencia y las convulsiones políticas, o valiéndose de la retórica.

Y he aquí que uno y otro habían ido vestidos de negro, el abuelo del norte y el abuelo del sur, los dos con el fin de establecer entre ellos y el nefasto tiempo presente una distancia severa. Pero mientras uno obraba por piedad, en honor del pasado y la muerte a los que pertenecía su naturaleza, el otro lo hacía por espíritu de rebelión, en honor de un progreso enemigo de toda piedad. Ciertamente eran dos mundos, dos puntos cardinales, pensaba Hans Castorp, y, en cierto modo, se veía colocado entre los dos polos, y le pareció que eso ya le había ocurrido antes. Se acordaba de un paseo solitario en barco a la caída de la tarde, en un lago del Holstein, a fines de verano, hacía unos años. Eran alrededor de las siete, el sol se había puesto y una luna casi llena se había elevado al este por encima de las riberas cubiertas de espesos arbustos. Durante diez minutos, mientras Hans Castorp remaba sobre el agua tranquila, había reinado una placidez de ensueño, extrañamente turbadora. Al oeste resplandecía el pleno día, una luz brillante y límpida; pero si volvía la cabeza, veía una noche de luna llena, mágica y saturada de nieblas húmedas. Ese extraño contraste duró sólo un cuarto de hora, antes de que la noche y la luna triunfaran y, con una sorpresa emocionada, los ojos deslumbrados y engañados de Hans Castorp habían ido de una a otra luz y de un paisaje a otro, del día a la noche y de la noche al día. Eso fue lo que entonces recordó.

Sea lo que sea —se decía—, el abogado Settembrini, al llevar semejante vida y desplegar una actividad tan intensa, no llegaría a ser un gran jurista. Pero el principio mismo de la justicia le había animado, como ponía de relieve su nieto, desde su infancia hasta el fin de su vida; y, a pesar de que en este momento no tuviese la cabeza muy clara y su organismo estuviese absorbido por los seis platos de comida del sanatorio Berghof, Hans Castorp se esforzaba en comprender lo que Settembrini quería decir cuando llamaba a ese principio «la fuente de la libertad y progreso».

Por esta última palabra, Hans Castorp entendió algo así como el desarrollo de las grúas de vapor en el siglo XIX, y descubrió que Settembrini no hacía mucho caso de esas cosas y que su abuelo tampoco. El italiano rendía a la patria de sus dos oyentes un gran homenaje, teniendo en cuenta que habían sido los inventores de la pólvora —que había relegado al pasado la coraza de los feudales— y la imprenta, ya que esta última había permitido difundir las ideas democráticas. Alababa, pues, a Alemania bajo este aspecto, pero concedía la mayor importancia a su propio país, puesto que había sido el primero, cuando los demás vivían todavía sumidos en el crepúsculo de la superstición y la servidumbre, en desplegar la bandera de las luces, la cultura y la libertad.

Pero si Settembrini reverenciaba la técnica y el transporte —el campo profesional de Hans Castorp—, como había manifestado en su primera entrevista con los primos en el banco del recodo, no parecía, sin embargo, que fuese por amor a esos dominios, sino más bien a causa de su influencia sobre el perfeccionamiento moral del hombre, pues éste era el género de importancia que se declaraba satisfecho de conceder. Al subyugar cada vez más a la naturaleza por las relaciones que establecía, por las redes de caminos y telegráficas, salvando las diferencias climáticas, la mecánica se manifestaba como el medio más seguro de aproximación de los pueblos, para favorecer su comprensión recíproca, establecer entre ellos compromisos humanos, destruir los prejuicios y llevarlos hacia la unión universal. La raza humana había salido de la sombra, del miedo y el odio, y por un camino de luz se dirigía hacia un estado ulterior de simpatía, claridad interior, bondad y felicidad, y en este camino la mecánica era el vehículo más útil.

Pero, al hablar así, de un solo aliento mezclaba categorías que Hans Castorp estaba acostumbrado a considerar separadamente. «Mecánica y moral», decía, e incluso afirmaba que el Salvador del cristianismo había sido el primero en revelar el principio de igualdad y unión de los pueblos, después de lo cual la imprenta había favorecido poderosamente su expansión, hasta que la Revolución Francesa lo había elevado a la categoría de ley. Por razones mal definidas, todo eso pareció al joven Hans Castorp extraordinariamente confuso, a pesar de que el señor Settembrini lo resumía en términos claros y enérgicos. Una sola vez —decía—, una sola vez en su vida, al comienzo de su madurez, su abuelo se había sentido completamente feliz: fue cuando tuvo noticia de la Revolución de julio en París. En voz alta y públicamente había proclamado que un día los hombres compararían aquellos tres días con los seis de la creación del mundo. En ese instante, Hans Castorp no pudo evitar dar un puñetazo sobre la mesa y experimentar una sorpresa profunda. Le parecía verdaderamente exagerado que se pudieran colocar los tres días estivales de 1830, durante los cuales los parisienses se habían dado una nueva constitución, al lado de los seis días durante los cuales Dios había separado la tierra del agua y creado los astros eternos, así como las flores, los árboles, los peces, los pájaros y toda la vida; más tarde, con su primo Joachim, puso de relieve que eso le había parecido excesivo y verdaderamente extraño.

Pero estaba tan dispuesto a «dejarse influir», es decir, a entregarse a nuevas experiencias, que reprimió la protesta que su piedad y buen gusto reclamaban contra la concepción settembriana de los hechos. Se decía que lo que parecía blasfemo podía ser calificado de audaz, y lo que juzgaba de mal gusto podía ser generosidad y noble entusiasmo, al menos en ciertas circunstancias como, por ejemplo, cuando el abuelo de Settembrini había llamado a las barricadas el «trono del pueblo» y declarado que se trataba de «consagrar la pica del ciudadano sobre el altar de la humanidad».

Hans Castorp sabía por qué escuchaba a Settembrini; no podía explicarlo con claridad, pero lo sabía. Había en su complacencia una especie de sentimiento del deber, al margen de esa ausencia de responsabilidad propia de las vacaciones de un viajero y un visitante que no se detiene ante ninguna impresión y que se deja llevar por las cosas, consciente de que mañana, o pasado mañana, abrirá sus alas y volverá al orden acostumbrado. Era, por consiguiente, como una especie de voz de su conciencia y, para ser más explícitos, de su mala conciencia lo que le inclinaba a escuchar al italiano, con las piernas cruzadas, chupando golosamente de su María Mancini, o cuando los tres iban de paseo por el barrio inglés en dirección al Berghof.

Según su opinión y lo que exponía Settembrini, dos principios se disputaban al mundo: la fuerza y el derecho, la tiranía y la libertad, la superstición y la ciencia, el principio de conservación y el principio de movimiento: el progreso. Se podía definir al uno como el principio asiático; al otro, como el principio europeo, pues Europa era la tierra de la rebeldía, la crítica y la actividad que transformaba, mientras el continente oriental encarnaba la inmovilidad y el reposo. No era posible cuestionar cuál de esas dos potencias terminaría por alcanzar la victoria: sería sin duda la potencia de la luz, la del perfeccionamiento conforme a la razón, pues la humanidad arrastraba sin cesar nuevos países por el camino esplendoroso, conquistaba continuamente nuevas tierras en la misma Europa y ya comenzaba a penetrar en Asia. Pero era preciso mucho tiempo para que su victoria fuese completa, y todos los que habían recibido la luz debían todavía realizar grandes y nobles esfuerzos hasta que alumbrase el día en que las monarquías se hundieran, incluso en los países que no habían tenido su «dieciocho» ni su 1879.

«Pero ese día llegará —había dicho Settembrini, y sonreía finalmente bajo su bigote—. Llegará sobre las alas del águila y las palomas, llegará con la aurora de la fraternización universal de los pueblos, bajo el signo de la razón, la ciencia y el derecho. Aportará a la santa alianza de la democracia de los ciudadanos la contrapartida esplendorosa de la infame alianza de los príncipes y los gabinetes, de los que el abuelo Giuseppe había sido enemigo mortal y adversario personal; algún día se implantará la república universal.»

Pero para alcanzar este objetivo era, ante todo, necesario extinguir el principio asiático de la servidumbre y el nervio vital de su resistencia, es decir, Viena. Se trataba de herir a Austria en la cabeza y destruirla, primero para vengarse del pasado, luego para preparar el camino al reino del derecho y la felicidad sobre la Tierra.

Esta última conclusión de las elocuentes expansiones de Settembrini ya no interesaban a Hans Castorp. No le gustaban, le herían penosamente como un resentimiento personal o nacional cada vez que las oía. En lo que se refiere a Joachim Ziemssen, cuando el italiano se metía por esos vericuetos volvía la cabeza, fruncía el entrecejo y dejaba de escuchar, advirtiendo de que ya era hora de ir a la cura o intentando desviar la conversación. Hans Castorp no se sentía tampoco dispuesto a prestar atención a tales extravíos —sin duda se hallaba más allá de los límites de las influencias que su conciencia le aconsejaba sufrir a título de ensayo—, y sin embargo tenía tanto interés en ser iniciado que, cuando Settembrini iba a sentarse a su lado o se unía a ellos al aire libre, era el joven quien invitaba al italiano a expresar sus ideas.

Esas ideas, este ideal y estas tendencias, observaba Settembrini, eran en él una tradición de familia, pues los tres habían consagrado a ellas su vida y sus fuerzas; el abuelo, el padre y el nieto. Cada uno a su manera. El padre, no menos que el abuelo Giuseppe, aunque no hubiese sido un agitador político y un combatiente de la causa por la libertad, sino un sabio discreto y delicado, un humanista de pupitre. ¿Pero qué era el humanismo? El amor de los hombres, nada más, y por eso mismo el humanismo no era otra cosa que una política, una actitud de sublevación contra todo lo que mancha y deshonra la idea del hombre. Se habría reprochado al padre de Settembrini que reverenciaba la forma, pero esa misma forma —y su belleza— la había cultivado únicamente por respeto a la dignidad del hombre, en oposición febril a la Edad Media, que no sólo había estado entregada al desprecio del hombre y a la superstición, sino que se había hundido en una especie de vergonzosa ausencia de formas bellas. Ante todo, había defendido la libertad de pensamiento y el placer de vivir, y había sostenido que era preciso abandonar el cielo y los gorriones. ¡Prometeo! Éste fue, según él, el primer humanista, y era idéntico a ese Satán en homenaje del cual Carducci había compuesto su himno… ¡Ah, si los primos hubiesen oído al viejo boloñés cuando se burlaba de la sensibilidad cristiana de los románticos, de los cantos sagrados de Manzoni, de la poesía de sombras y la luz de luna del romanticismo que había comparado a ésta con una «pálida monja celeste»! Per Baccho! eso hubiese sido un gran placer. Y también tendrían que haber visto a Carducci interpretando a Dante: le había celebrado como el habitante de una gran ciudad que había defendido, contra el ascetismo y la negación de la vida, la fuerza activa que transforma al mundo y lo mejora. No era la sombra enfermiza y mística de Beatrice lo que el poeta había querido honrar bajo el nombre de «donna gentile e pietosa»; por el contrario, había llamado así a su esposa que, en el poema, representaba el principio del conocimiento de las cosas terrenales y la actividad en la vida…

..."

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24
 
 

EN EL PRESENTE.

Jack estaba acostado en la cama, sacó el collar de su hermano y lo observó en silencio. Podía recordar cada momento con él como si hubiera ocurrido ayer.

En ese instante, Rick entró en la habitación.

—¿Ya estás mejor?

Jack asintió con la cabeza.

—Bien. Entonces sígueme, hay algo que hacer.

Jack se levantó y lo siguió hasta la sala principal de la base. Allí se encontraba todo el grupo. Cuando lo vieron, le dieron una cálida bienvenida, Jack sonrió, pero al instante un flashback de sus antiguos amigos cruzó por su mente, provocándole un punzante dolor de cabeza. Intentó que nadie lo notara.

Rick comenzó a hablar, explicó que habían aparecido nuevos tipos de mutantes, en ese momento, Jack sacó un libro de su mochila. Todos lo miraron.

—Este libro me lo dio una amiga —dijo—. Se dedicó a estudiar a los mutantes. Logró clasificarlos y describir sus habilidades.

—Genial. Deberías leernos ese libro —expresó Tom.

—Está bien, aquí voy.

Jack abrió el libro.

—Primero está el mutante normal. El que todos conocemos. El más común.

Hizo una pausa.

—Pero también existen mutantes anormales. Hasta ahora, hay cinco registrados.

El grupo escuchaba en absoluto silencio.

Uno: “Thief”.

Más rápido y sigiloso que los mutantes normales.

Su debilidad: es físicamente más débil.

Dos: “Grandulón”.

El grandulón que casi mata a Violet, Michael y a mí.

Es enorme, posee una fuerza y resistencia brutales, pero es torpe. Si pierde de vista a su presa, le cuesta recuperarla.

Tres: “El Ciego”.

No puede ver, pero oye absolutamente todo.

Hasta el más mínimo sonido.

Su rostro está cubierto. Solo se distingue su boca.

Cuatro: “Bestia”.

Se mueve en cuatro patas.

Eso le da velocidad y una tenacidad salvaje.

No tiene un punto débil claro, pero igual que el grandulón no es muy listo.

Jack respiró profundo antes de continuar.

Cinco, “El Alfa”.

Un poco más grande que los mutantes normales.

No es el más fuerte, pero es el más peligroso.

Es inteligente. Organiza a los mutantes. Aprende de sus presas. Las estudia.

Y nunca está solo.

Jack cerró el libro lentamente.

—Si te topas con uno de esos, tienes un noventa por ciento de probabilidades de no sobrevivir.

El grupo quedó en silencio.

—Ese libro sí que es genial, hermanito —dijo Michael.

Jack lo miró en silencio.

Hermanito…

—¿Estás bien? —preguntó Michael.

—No es nada. Estoy bien.

Todos agradecieron a Jack por la información.

Él levantó la mirada hacia el cielo y pensó:

Gracias.

Rick dio una palmada.

—Bien, muchachos. Ahora estamos mejor informados, y da la casualidad de que tenemos algo que hacer.

—¡Al fin una misión! Ya estaba aburrido de estar acá —protestó Tom.

—En esta misión iremos en Cherry. Pero ustedes esperarán aquí por si acaso. Solo Aoi, Jack, Michael y yo iremos.

—Eso es totalmente injusto—se quejó Tom.

—¿Qué es Cherry? —preguntó Jack.

—Claro, tú no lo sabes. Sígueme.

Rick lo condujo hasta una sección de la base que parecía un taller, allí estaba, una Ford Transit completamente modificada: ventanas blindadas, parachoques reforzados, placas metálicas y neumáticos preparados para el caos.

—Esta es Cherry. Un miembro más de la familia —dijo Rick, mirándola con orgullo.

—Wow, sí que está linda esta máquina —opinó Jack.

—Es hermosa —añadió Rick—. Bueno, es hora de movernos.

El grupo comenzó a prepararse, armas. Mochilas. Municiones. Silencio, minutos después, todo estaba listo, subieron a Cherry y emprendieron el viaje hacia su nueva misión.

Ya en el viaje, Jack observaba a Rick y preguntó:

—¿Qué tenemos que hacer?

—Hace unas semanas fuimos en busca de comida y cruzamos por una especie de base militar —explicó Rick—. Podría haber cosas interesantes y muy útiles allí dentro, pero no sé lo que nos espera. Por eso dejé a los demás en la base.

Una base militar… pensó Jack.

De pronto, un dolor le punzó la cabeza.

No otra vez… Jack comenzó a temblar, sintiendo que perdía el control.

Aoi lo tocó suavemente en el hombro.

—¿Estás bien? —preguntó.

Jack respiró hondo, reincorporándose:

—Sí, perdón, me perdí en mis pensamientos.

Tras un largo viaje, el grupo entró por un caminito de tierra, pero Cherry avanzaba sin dificultad, totalmente modificada para cualquier terreno.

Finalmente, llegaron a la base militar. Estacionaron, y Rick ordenó a Michael que esperara allí por precaución. Todos observaron la estructura, y Michael murmuró:

—Podría ser nuestra nueva base.

—No es mala idea —opinó Rick—. Bueno, entremos.

El grupo se infiltró. La base parecía haber estado habitada no hace mucho. Por ahora, parecía desierta, pero ninguno bajaba la guardia. En este mundo no podías relajarte ni un segundo.

—Miren, hay alguien —dijo Aoi.

Se acercaron y encontraron a una persona que parecía normal. Rick comprobó su pulso.

—¡Sigue vivo! Debemos llevarlo urgente a nuestra base —ordenó—. Más tarde volveremos a inspeccionar este lugar.

Rick lo cargó sobre su espalda mientras Aoi y Jack lo seguían. De pronto, Jack escuchó un sonido. Giró la cabeza y percibió una presencia fugaz. La vio un instante y desapareció.

Drake, pensó.

En un instante, Jack corrió hacia la figura. Gritaba, cegado por el odio, parecía que el mismo era un mutante. Rick ordenó a Aoi detenerlo, y ella se interpuso. Jack esquivó su ataque y contraatacó con un gancho derecho. Aoi apenas logró esquivarlo, pero en ese instante Jack aprovecho y siguió corriendo, ignorando todo. Entonces apareció Michael y disparó con un taser. Jack intentó esquivar, pero fue demasiado tarde: los dardos impactaron y cayó al suelo paralizado. Levantó la cabeza y vio que la figura se había esfumado. Cerró los ojos, y antes de perder el conocimiento pensó:

Te prometo que te mataré.

De vuelta en la base, Jack fue trasladado a su habitación. Rick les dijo a los demás que estaba bien, sin mencionar a Tom ni Violet que había perdido el control nuevamente. Lo importante ahora era el hombre que habían encontrado. Lo llevaron a la sala de hospital improvisada, y Violet, con los conocimientos que su padre le enseñó, hizo todo lo posible para estabilizarlo. Todo el grupo colaboraba como si fuera una operación quirúrgica: cada segundo contaba.

Tras un arduo trabajo, lograron estabilizar al paciente. El grupo celebró, y Tom fue a ver a Jack, esperando que hubiera despertado para festejar con ellos, pero al llegar a su habitación, notó que la puerta estaba abierta. Algo no andaba bien. Corrió y vio la cama vacía. Alarmado, corrió junto con el grupo y dio la noticia: Jack había desaparecido.

El grupo guardó silencio. Rick pensó un momento antes de decir:

—Volvió a la base. Debemos ir a buscarlo.

—¿Estás seguro? Ese chico nos está trayendo problemas últimamente —dijo Michael.

En ese instante, Violet arremetió:

—Si no fuera por él, no habríamos contado con ayuda el otro día.

—Ya no peleen —interrumpió Rick—. No abandonaré a nadie nunca. Está decidido: iremos por él.

Lejos de la base, Jack encontró una motocicleta y se dirigió hacia la base militar, decidido a cumplir su promesa. No dejaría que su familia fuera arrebatada de nuevo...

..."

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25
 
 

La bolsa de basura desapareció en la penumbra en completo silencio. El eco del impacto llegó débil a los oídos de Juan, que aún tenía la cabeza dentro del tubo. Inspiró hondo. Sacó la cabeza del tubo. En el pasillo, su mujer lo miraba con expectación. 

—Huele mal, pero a lo mismo de siempre —le dijo Juan con la nariz arrugada—. El señor Elías va a tener razón al final. Es la vieja.

—¿Pero cómo va a ser ella? Sé que es un bicho malo, pero no creo que pueda vivir con semejante peste. ¡Imagínate cómo olerá allá dentro!

Juan se encogió de hombros y se encaminó hacia la puerta del apartamento, sabiendo que no llegaría a abrirla. 

—Anda, sube —dijo la mujer.

—Claudia, cariño. Hoy no tengo paciencia. Mejor llamamos a la policía.

—La policía está harta de nosotros. Acuérdate de la última vez. Sube. O subo yo. ¡A ver quién tiene menos paciencia! 

—Vale, vale —se rindió Juan con un suspiro—. Pero dame una máscara de esas del COVID.

Las campanadas del timbre se ahogaron en un pastoso silencio. Juan esperó con los brazos en jarras, listo para el duelo de insultos y amenazas. Pero tan solo escuchó las inquietas chanclas de Claudia en el piso de abajo. Su respiración dentro del tapabocas.  Furioso, envió una ráfaga de campanadas y, cuando eso no funcionó, aporreó la puerta con el puño. De repente, la puerta cedió con un chasquido metálico y la cerradura cayó al suelo. La puerta se abrió y una ola casi sólida de pestilencia empujó a Juan hacia atrás. 

—¡Madre de Dios!

—¿Todo bien? —preguntó Claudia desde la escalera.

—Sí, sí. Creo que no está. Voy a entrar.

Dentro, las luces estaban encendidas. Juan avanzó con cautela. No sabía si era peor respirar por la boca o por la nariz. Se limpió las lágrimas. Frente a él, en la pared, había un tosco agujero; daba al canal de ventilación que también estaba perforado. En el suelo, esperaba una caja de herramientas aún abierta. Juan recogió un martillo y siguió lentamente hacia la cocina. Un penetrante olor químico se abrió paso entre la peste, y entonces, Juan la vio: Su piel era un mosaico de manchas moradas y negras. Estaba tendida sobre un burbujeante charco amarillo que había disuelto tela, piel y carne. La mano que le quedaba intacta aferraba una botella de algún químico y sobre su deforme rostro sin ojos había una máscara de gas mal puesta. ..

..."

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